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Empacho

Muchos deberíamos comer menos; pero los que vamos en silla de ruedas tal vez con más razón

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Comilona

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Cuando era joven, algunos fines de semana dormía con una palangana junto a la cama. A veces, a mitad de noche tenía que utilizarla o llamaba a mi padre para que me llevara al baño porque mi estómago había “centrifugado”. Cosas del alcohol. Ahora, también muchos viernes me despierto entre sudores fríos y debo llamar por móvil a mi asistente para que me lleve al baño lo más rápido que pueda. Pero es culpa de la comida. Aquel mito adolescente de “me ha sentado mal la cena” se ha convertido en realidad.

He aprendido que no puedo comer lo mismo que el resto de la gente. Lo hice a fuerza de empachos, de noches de malestar y días de abotargamiento. Durante año y medio, desde octubre de 2010 a mayo de 2012, estuve de baja por una operación. Sin caminar; siempre en la silla de ruedas, el sillón o la cama. Cuando entré en quirófano pesaba 47 kilos; al volver al trabajo, 60. La falta de movimiento, el hastío, la Nutella, el whisky y los ansiolíticos me convirtieron en una bola (no voy a enseñar fotos aquí...).

Pero más allá de la estética, aprendí que debo comer menos. Probé varias dietas, entre ellas la Dukan, pero no funcionaron. Ahora casi he vuelto a mi peso. Sólo con caminar lo poco que camino y reducir muchísimo las calorías que ingesto.

Trato de comer poco, lo justo para no pasar hambre. No es sólo una cuestión de mantener la línea (o la curva) sino de sentirme bien. Nunca como 2 platos, solo repito de forma excepcional y me gusta ayunar 24 horas de vez en cuando. Para cenar, muchas veces, un filete de jamón, un yogur y avena. Mi familia y amigos me dicen que estoy tarao y que ellos se morirían de hambre si hiciesen lo mismo. A lo primero, discrepo; sobre lo segundo, es muy posible.

Pero no puedo comer lo mismo que el resto. Peso menos y me muevo una décima parte. Mi estómago no lo soportaría. Mis piernas, tampoco. Tengo la impresión de que es algo común a la gente que va en silla de ruedas. No es raro ver a retrones con sobrepeso o muy delgados…

He descubierto que comiendo lo justo, en ese punto en el que piensas “otro trocito más de carne… “ o “un poco más de pasta…”, estoy perfecto. Los europeos lo llevan haciendo décadas: desayunar fuerte y comer muy poco. Así pueden seguir trabajando hasta la tarde. después de un plato de judías y un filete soy incapaz de sentarme delante del ordenador a escribir.

En cuanto a los días de ayuno, es cuestión de beber mucha agua. Tras el hambre inicial (muy parecido al de cualquier día), me encuentro de lujo. Es como el sueño: si se pasa la hora, ya te desvelas… Curiosamente, pasado ese rato, me siento con más energías. Y cuanto menos comes, menos necesitas.

El periodista científico Pere Estupinyá escribió en su libro El ladrón de cerebros parecido a mi improvisada dieta. Al parecer, está comprobado que la mejor forma de que tu cerebro llegue a viejo en buena forma es restringir las calorías y hacer ayunos esporádicos. Espero llegar a los 100 con la cabeza bien amueblada…

Lo malo son los fines de semana.. Ir a un restaurante y privarte de los huevos rotos, el foie, las trufas… Es pecado. Así que una vez por semana castigo a mi estómago y premio a mi paladar. A las 3 de la mañana me arrepiento, pero se me olvida pronto.

Aprovecho para preguntar a los lectores con movilidad reducida: ¿lleváis algún tipo de dieta?

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