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Mariano Cuesta

Ceuta, 1977. Fotógrafo y diseñador gráfico. Nací para robar rosas de las avenidas de la muerte, pero estudié Comunicación Audiovisual. 

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Frida, el dolor transformado

Tenía unos dieciséis años cuando, por primera vez, vi un cuadro que me dejó con la boca abierta. Era un retrato de una mujer semidesnuda, con unas tiras blancas en el que se dejaba  ver, a cuerpo abierto, una columna arquitectónica que sustituía a la habitual de huesos. Y además, su cuerpo estaba lleno de tachuelas clavadas en diferentes partes del cuerpo sin sangrar. En mi vida ha habido artistas con los que he conectado porque me sentía reflejado en ellos. Uno es Kakfa y la otra es Frida. De Kafka ya he hablado muchas veces aquí, sobre su proceso mental, sus preocupaciones, sus conflictos vitales y familiares, pero creo que no he hablado de Frida y lo que supuso para mí. 

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Cuotas

Ayer estuve en una cena con amigos y solemos hablar de muchos y muy variados temas. Ayer salió el tema de las cuotas en la sociedad. El tema empezó por las cuotas en el caso de las mujeres y yo lo llevé al caso que me ocupa que es la discapacidad. Por un lado hay quien piensa que las cuotas son una buena herramienta para fomentar la normalización de “minorías” o colectivos de difícil inserción laboral, como es este caso. Por otro lado hay quien piensa que, rizando mucho el rizo, que la discriminación positiva promueve otros daños colaterales a otros colectivos que se encuentran fuera de esa cuota.  

Yo creo que las cuotas son necesarias, al menos en un primer momento, porque a la sociedad le cuesta asumir los cambios. Y ya ha ido pasando en ocasiones anteriores hasta que la sociedad se vaya acostumbrando a la “exposición” de personas con discapacidad y vea que tampoco somos excesivamente distintos en la mayoría de los casos de lo que ellos pueden ser.  

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Derecho a decidir

Estos días he recordado una anécdota que me ocurrió cuando era pequeño. Esto viene al caso porque estoy viendo, hoy sobre todo, que había gente que estaba tuiteando sobre luchas a ciertas edades entre vocación periodística y lo que algunos consideran la dura realidad. Yo tendría nueve años, acababa de entrar en el conservatorio y empezaba a aprender las notas, ritmos y todo lo árido del lenguaje musical. La cuestión es que durante ese curso se empezaba a buscar un instrumento musical. Mis padres eligieron que tocara el violín así que hablaron con el profe del conservatorio y resulta que este se negó a darme clase. Se negó por el prejuicio de que debía coger el violín de una forma determinada con mi mano derecha y claro… como ya sabéis los que me soléis leer… no tengo los dedos estándar en la mano derecha así que eso suponía un problema… Y así es como me salí del conservatorio. Porque no había una posibilidad de convencer a ese señor profesor de violín. Yo vivía en una ciudad pequeña, Melilla, y no había muchas opciones más… así que me salí. Al tiempo en el cole me volvió a pasar algo parecido cuando tuve que dar música en el cole. Todos los niños con su flauta y a mí me ofrecieron tocar la armónica. Y no. No estaba dispuesto otra vez a pasar por lo mismo. Así que me compraron la flauta y aprendí. A veces lidiar contra el sistema es más jodido que hacerlo contra tu propia discapacidad. En mi caso ya estaba acostumbrado a ella, así que vivía razonablemente bien, intentando hacer las cosas lo mejor posible dentro de mis posibilidades. Pero si hay algo que me repatea los higadillos es que presupongan que por tener una discapacidad no puedo hacer algo. Esa manía de “infantilizar” o de eliminar la capacidad de decisión por “intentar evitar” el conflicto que nos supondría enfrentarnos a la frustración de reconocer que no podemos, es valga la redundancia, frustrante. Porque nosotros tenemos un nivel de capacidad distinto, ni mejor ni peor, pero por el hecho de tener una discapacidad ya se nos vienen encima todos los prejuicios de golpe y eso pesa. Pesa porque tenemos que estar aceptando, conviviendo o luchando con nuestra discapacidad para que encima nos tengan que estar diciendo que si no podemos, que si podemos, que si tal o cual. Lo fácil sería dejarnos decidir a nosotros que para eso generalmente tenemos opinión y nos gusta, ya ves tú qué cosas, manifestarla. En mi caso huyo del infantilismo, de la “comodidad” de ciertas situaciones, pero a vosotros, que me leéis y no soy retrones deberíais pensar si realmente el hecho de decidir por nosotros no es un acto egoísta. Dadnos espacio y podremos crecer lo suficiente, si necesitamos ayuda ya os la pediremos pero, por favor, no decidáis por nosotros, no seáis como mi viejo profesor de violín. No nos neguéis el derecho a decidir por nosotros mismos. Somos personas con discapacidad y la mayoría tenemos la posibilidad de decidir.  

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El día que fui campeón

Siempre me gustó el deporte. A pesar de mis evidentes dificultades, he sido y soy un enamorado del deporte. Cuando era pequeño jugaba al fútbol, porque era a lo que todo el mundo jugaba. Era muy malo, la verdad, porque claro… con este estilo tan original de andar… cualquiera atinaba a darle a la pelota, y si contamos con que no corría mucho…. La cosa es que probé también con el tenis y bueno, seguía sin correr mucho, pero de vez en cuando le daba. Hasta que llegué a Sevilla y empecé a jugar a algo que no había jugado antes: Voleibol. En realidad jugaba en casa, pero no en plan más serio.

En el colegio donde estudiaba tenía mucha tradición y unas instalaciones maravillosas para poder desarrollar ese deporte. Todo empezó en los campeonatos del cole. La verdad es que el voley siempre se me dio bien. Tenía fuerza y reflejos, aunque no tuviera mucho físico. Es verdad que no saltaba mucho, pero era un jugador bastante decente. El voley es un deporte al que hay que echarle horas, aparte de ser técnico hay que tener reflejos y bastante físico. Yo no tenía esto último salvando la fuerza y los reflejos, pero yo era bastante técnico y le echaba muchas horas. Recuerdo tener una pelota y jugar al frontón con ella, machacando saques, probando cosas nuevas, quería formar parte del equipo y no desentonar. Nunca he llevado muy bien sentirme fuera de los grupos y esta vez era mi oportunidad de ser parte del grupo. La verdad es que los equipos en los que participé eran bastante buenos y yo era parte de ellos. Me gustaba mucho porque no entendíamos muy bien y jugábamos bastante. Así que los sábados por la mañana íbamos a jugar el campeonato del cole y ganábamos muchos partidos. Yo, particularmente, recuerdo dos. La final que ganamos en segundo de BUP al equipo favorito y luego otra de la que aún guardo la medalla. 

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Los impostores

Esta semana me he hecho una pregunta. ¿Es aceptable que una persona sin discapacidad interprete en el cine a una persona con discapacidad? ¿Están quitando protagonismo a actores que tienen discapacidad o es compatible, y hasta saludable, que esto ocurra así? Desde mi punto de vista puedo decir que no me molesta en absoluto que actores sin discapacidad nos interpreten, creo que puede ser una manera estupenda de ponerle cara a nuestra situación y de que gente famosa sea la que ponga el foco en nuestros problemas.

Particularmente entiendo el mundo de la actuación como un mundo fantástico donde cualquiera puede ser cualquiera cosa. Eso implica que no necesariamente personas con discapacidad se tengan que interpretar a ellas mismas, y al revés, que puedan interpretar personajes que, aún teniendo una discapacidad, no sea el centro de la trama. Lo llevo diciendo durante mucho tiempo. Echo mucho de menos personajes/actores con discapacidad cuya trama argumental no sea su propia enfermedad o el sufrimiento vital que esto conlleva.

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La insoportable levedad del ser

Jordi Roca es uno de los mayores reposteros del mundo. Miembro del Celler de Can Roca junto con sus hermanos Josep y Joan, conforman un equipo de alto nivel. Yo no conocía más que el nombre de este magnífico repostero, pero no había visto nada suyo. Vi que recomendaban mucho su capítulo en la serie de Netflix The Chef’s Table, así que me dispuse a verlo. La historia de Jordi es un peculiar. Siempre ha sido una persona muy ajena a todos, como si viviera en su mundo, muy tímido y casi siempre a la sombra de sus hermanos. Nunca quiso ser el lebrel de los mayores, así que se desmarcó de los fogones.

Su historia personal cambió el año pasado cuando, afectado por una laringitis, perdió la voz. Parecía que era algo transitorio pero se quedó, parece ser que relacionada con la distonía cervical que padece desde hace años. Una de las cosas que más me llamó la atención del documental fue el arranque. En él, Jordi contaba el problema de su afonía y cómo lo había enfocado. Hay dos maneras de enfocar los problemas: una quejándose y otra aprendiendo de ello. Sé que generalmente hablo de las condiciones materiales y de que la discapacidad siempre es una mierda, pero hay veces que un cambio de perspectiva te hace mejor persona.

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Mis manos

Nunca fui consciente de lo que significaban mis manos. Mi vida era el tiempo que transcurría en el colegio y en casa entre operación y operación. Creo que fueron unas ocho operaciones en total desde que nací hasta que cumplí ocho años. Nunca me sentí distinto, nunca eché de menos tener más dedos, nunca envidié a los que tenían todos los dedos, porque yo tenía unas manos especiales, sobre todo la derecha. Tenía una mano con la que podía hacer la sombra de un perro enfadado sin mayor trabajo que doblar un dedo o, mejor dicho “el dedo” que era el único que podía doblar. Siempre fui un poco la comidilla de los niños del cole y en cierto modo, cuando aún éramos tiernos e inocentes, era la envidia de algunos porque, claro,  tenía una mano especial de la que yo contaba mil historias. Que si me la había comido un cocodrilo, que si me la había pillado con un ascensor, que un día me dio un bocado un león… Era una suerte de niño mágico que tenía una historia especial. Pero la vida no siempre es tan bonita y llegó la adolescencia. 

Resulta curioso que muchas de las cosas por las que me han insultado a lo largo de mi periplo escolar hayan sido las que uno no esperaba. De siempre, para algunos, yo era el “cabezabuque” porque tenía la cabeza grande y en cierto modo se metían con mi forma de andar, pero yo no era muy consciente de lo que significaba aquello. Nunca me he sentido especialmente dolido por la gente que ha tratado de ridiculizarme. Eso sí, tenía un terrible complejo frente a las chicas. Pobre yo adolescente, si hubiera sabido lo que sé ahora de la vida. Pero volvamos a mis manos. Por ellas dejé el conservatorio, porque el profesor de violín que me iba a dar clase no quería tener un alumno como yo. Ponía un montón de excusas diciendo que yo no iba a ser capaz de sostener el arco debidamente. Por ellas acabé tocando en el coro del colegio, emperrado en aprender a tocar la flauta como los demás compañeros, porque pretendían que yo tocara otro instrumento.

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Jeremy "the dud"

En un mundo donde tener una discapacidad es la norma, aquellos desafortunados que carecen de ella son etiquetados como "Sin especialidad" o, menos caritativamente, “inútiles”. Es un giro simple pero potente. Ya el trailer golpea de manera divertida y desconcertante a la vez. Lo interesante de 'Jeremy "the dud"' es que las personas con discapacidad no son tratadas con la habitual condescendencia. La premisa de que un chico considerado sin discapacidad sea señalado y tratado como se suele tratar a las personas con discapacidad. Este es un proyecto ambicioso que nació en colaboración con una ONG llamada genU, una organización que ayuda a desarrollar todo su potencial a las personas con discapacidad. Además veintidós personas con discapacidad, aparecen en la película, y sólo Nick Boshier y Jackson O'Doherty, quien interpreta a otro “inútil”, son las excepciones.

Me parece un proyecto interesante y una vuelta de tuerca bastante potente porque normaliza algo que aún está por hacer, pone del revés los prejuicios que tienen algunos con respecto a la discapacidad. "La idea de Jeremy “el inútil” surgió de un deseo de capturar la esencia de la valentía, diversión, pasión, de los participantes que vemos cada día como nos apoyan para realizar sus sueños. Nos comprometimos a hacer algo grande para ayudar a las personas ver la capacidad de las personas, en vez de la discapacidad; a ver a la gente como lo que son, no el retrato de la gente que no tiene discapacidad". Según palabras del director general de genU: “El objetivo es fomentar la inclusión, la inspiración y la independencia para todos”.

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Jorge

Jorge es un tipo del montón con mala suerte. Su padre, con quien no tenía una gran relación, muere y su pareja rompe con él. Por contra hereda una casa inmensa pero a punto de la ruina, así  que decide buscar un compañero de piso. Y va buscando pero resulta que no encuentra nada. Un día le aparece un correo de un tal Ludovico pidiendo ver la casa, así que accede y queda con él. Abre la puerta y encuentra a un chico de unos treinta años en una silla de ruedas. Es Ludovico.  Jorge se queda aturdido y empieza a poner excusas sobre lo incómodo que sería para Ludovico vivir ahí, pero Ludovico no tiene problema. Ludovico es diseñador gráfico, se gana la vida bastante bien, dentro de lo que cabe, pero tampoco anda muy bien de pasta por lo que tiene que compartir piso. Por ello, además, necesitan encontrar un nuevo compañero de piso que esta vez será un paraguayo, un tipo bastante peculiar que pondrá un poco de sal a la convivencia. 

Jorge es asocial, bastante lerdo en general y, aunque estudió la carrera de abogado trabaja en un call-center. No tiene amigos y es un ser bastante anodino. Esta es la premisa de la serie de Malena Pichot, cómica argentina , que trata de mostrar varios temas sociales, entre ellos quiénes somos, cómo nos formamos socialmente, qué límites nos ponemos... Todo en clave de humor. Un humor bastante corrosivo e inteligente que pone en jaque las circunstancias en las que solemos vivir todos. Es todo lo contrario que Intocable, de la que me he quejado alguna que otra vez. Esta vez son gente “normalita”, con sus problemas económicos pero con una actitud ante la vida un poco distinta. 

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La chica sin manos

Es una película de animación francesa de 2016, adaptación del cuento de los hermanos Grimm, que relata la vivencia de una chica que es vendida al diablo por su padre para mantener la riqueza de la que este le había provisto a cambio de unas tierras. La cuestión es que ella es tan pura que el demonio no se la puede llevar, porque al llorar ha purificado sus manos. Entonces le pide al padre que le corte las manos a su hija para poder llevársela. Ella accede sin rechistar y pierde las manos y, huye de la casa del molinero.

Se encuentra un príncipe y de algún modo se ven reconocidos, se casan y empiezan a pasar cosas que no contaré aquí para no destripar la película al completo. Pero me ha gustado mucho en general el tratamiento de la situación de la chica. El hecho de que haya perdido las manos no la hace más vulnerable, le complica, sí, pero no la inutiliza. Por otro lado no recuerdo ahora ninguna película que trate de esta manera la discapacidad sobrevenida. Por otro lado me parece interesante el trazo de la textura puesto que está realizada como si fueran unos trazos mínimos de pincel… es estéticamente llamativa, alejada de los dibujos clásicos y la animación por ordenador. Esto le da un aire como etéreo y ligero, además de un aspecto fantamagórico por momentos. Son trazos monocolor en cada elemento, pero no tiene colores realistas, sino que son digamos adecuados a la escena que estamos viendo.

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