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Mariano Cuesta

Ceuta, 1977. Fotógrafo y diseñador gráfico. Nací para robar rosas de las avenidas de la muerte, pero estudié Comunicación Audiovisual. 

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Dyslexia

Una de las cosas que más me gustan del trabajo con el diseño gráfico es que más allá de su aspecto estético, que lo tiene y es fundamental, es la funcionalidad del mismo, es decir, que el diseño es útil y esa es su función principal. Hay elementos de diseño que más allá de su belleza son tremendamente funcionales y es algo que no estamos acostumbrados a asociar. El caso que traigo hoy es un caso de un diseñador que es disléxico y desarrolló una tipografía para que el resto del mundo entienda los efectos del trastorno, que deteriora la capacidad de lectura. Se estima que la dislexia afecta al 10% de la población mundial. La fuente Dyslexia está basada en la fuente Helvética suprimiendo el 40% de cada letra y número, eliminando sus características clave pero dejando lo suficiente para hacerlas legibles.

El proyecto comenzó como un reto gráfico autoimpuesto durante los estudios de Britton en el London College of Communication, para la cual decidió aplicar sus experiencias en dislexia para ayudar a otros a entender algunos de los síntomas.

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¿Campeones?

Hace unas semanas que la película Campeones (2018) está en boca de todos. Cosecha elogios allá por donde va, hace una taquilla estupenda y lleva bastantes semanas liderando la cartelera española. La cuestión es que la película se vende como algo sobre discapacidad, pero en realidad la película trata sobre un gilipollas. Así de simple.

Un gilipollas ególatra que se cree mejor que nadie y que tiene su vida resuelta hasta que una noche se emborracha, coge el coche y tiene un accidente (Lo de gilipollas lo digo con conocimiento de causa). A partir de ahí la juez lo manda a realizar tareas sociales y no es otra que entrenar a un equipo de chicos con discapacidad.

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Arthur Floyd Gottfredson

Una de las cosas que más me gustan de escribir aquí es que buscando casos de personas con discapacidad te encuentras verdaderas joyas. En este caso, lo encontré de casualidad. Andaba yo leyendo la Breve Historia del Cómic de Gerardo Vilches cuando una curiosidad salvaje apareció. Walt Disney, del que todos conocemos la mayoría de historias que se cuentan sobre él, se asoció con un dibujante sobre el que depositó el peso de los diseños de Mickey Mouse. Este hombre no era otro que el artista de origen danés Arthur Floyd Gottfredrson, cuyo trabajo fue fundamental para desarrollar el personaje de Mickey. 

Nacido en 1905, durante su infancia, Arthur tuvo un accidente en una cacería y le dejó un brazo prácticamente inutilizado. Así que empezó a interesarse por las cosas que no requerían un gran esfuerzo físico y aprendió a dibujar.

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Una caja de pizza

Si pensamos en una caja de pizza lo tenemos claro: cuadrada, de cartón, con colores más o menos llamativos, con las letras de la empresa que los fabrica. Sirve para guardar la pizza y ocupa bastante sitio cuando esta se acaba. Recuerdo un meme que anda circulando por ahí sobre un tipo que llama preocupado a una pizzería diciendo que le han mandado sólo la masa y el operador de la pizzería le dice que no se preocupe que rápidamente le mandan otra. Justo en ese momento el tipo se da cuenta de que ha abierto la caja por el otro lado. 

Con las personas con discapacidad pasa lo mismo. Cuando pones en la mesa a la persona con discapacidad automáticamente te viene a la cabeza la silla de ruedas, una persona que no puede hacer su vida normal y automáticamente el comentario de “¡pobrecito!” Y claro, cuando hay personas que se escapan a esa “definición” empiezan los “problemas”. –Pues yo no veo que tengas ninguna discapacidad, lo puedes hacer todo. –Pues yo creo que te aprovechas porque eres como otro cualquiera. Y así. Por que estamos destinados a estar en una silla de ruedas, a depender de familiares u otros, a ser carne de expresiones de lástima y de compasión. Como la caja de pizza, para el resto, somos un mero arquetipo y de eso se trata, de desmontar la imagen que tienen de nosotros. Una buena manera de hacerlo es acercándose a nosotros, las personas con discapacidad. A mí me encanta que me pregunten sobre ello porque se ve claramente la intención que hay detrás de las preguntas que te hacen. 

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Zonas azules... y líneas rojas (otra vez)

Como desde hace un par de meses tengo coche, soy mucho más consciente de sus problemas y lo que conlleva. Sobre todo aparcar. Y es que últimamente está difícil encontrar sitio, pero hay gente que a eso no le importa. Porque a pesar de que las personas con movilidad reducida tengamos ciertas zonas marcadas para aparcar con mayor margen de movimientos, hay gente que no parece importarle lo más mínimo. En este tiempo que llevo conduciendo he visto un clásico: Aparcar en zona de movilidad reducida.

He visto las mayores barbaridades, desde copar una plaza completa hasta aparcar en zona intermedia, ocupando dos plazas. Estas cosas me hacen darle muchas vueltas a qué sociedad estamos creando, porque esto no es algo que sea típico de una generación, es algo transversal, por desgracia. Y sobre todo lo veo en los supermercados, que son zonas donde no suele ir la policía o la guardia civil de tráfico.

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Hablemos de los malos

En el cine suele haber protagonistas y antagonistas, la representación de intereses contrapuestos, el conflicto. Los protagonistas suelen tener características muy determinadas en dos vertientes, el típico héroe guapo y fornido que se adentra en los peligros sin despeinarse y luego está el tipo de héroe por accidente, aquella persona normal que se convierte en héroe por las circunstancias, haciendo cosas que ni el mismo pensaba que era capaz de hacer.

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Frida, el dolor transformado

Tenía unos dieciséis años cuando, por primera vez, vi un cuadro que me dejó con la boca abierta. Era un retrato de una mujer semidesnuda, con unas tiras blancas en el que se dejaba  ver, a cuerpo abierto, una columna arquitectónica que sustituía a la habitual de huesos. Y además, su cuerpo estaba lleno de tachuelas clavadas en diferentes partes del cuerpo sin sangrar. En mi vida ha habido artistas con los que he conectado porque me sentía reflejado en ellos. Uno es Kakfa y la otra es Frida. De Kafka ya he hablado muchas veces aquí, sobre su proceso mental, sus preocupaciones, sus conflictos vitales y familiares, pero creo que no he hablado de Frida y lo que supuso para mí. 

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Cuotas

Ayer estuve en una cena con amigos y solemos hablar de muchos y muy variados temas. Ayer salió el tema de las cuotas en la sociedad. El tema empezó por las cuotas en el caso de las mujeres y yo lo llevé al caso que me ocupa que es la discapacidad. Por un lado hay quien piensa que las cuotas son una buena herramienta para fomentar la normalización de “minorías” o colectivos de difícil inserción laboral, como es este caso. Por otro lado hay quien piensa que, rizando mucho el rizo, que la discriminación positiva promueve otros daños colaterales a otros colectivos que se encuentran fuera de esa cuota.  

Yo creo que las cuotas son necesarias, al menos en un primer momento, porque a la sociedad le cuesta asumir los cambios. Y ya ha ido pasando en ocasiones anteriores hasta que la sociedad se vaya acostumbrando a la “exposición” de personas con discapacidad y vea que tampoco somos excesivamente distintos en la mayoría de los casos de lo que ellos pueden ser.  

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Derecho a decidir

Estos días he recordado una anécdota que me ocurrió cuando era pequeño. Esto viene al caso porque estoy viendo, hoy sobre todo, que había gente que estaba tuiteando sobre luchas a ciertas edades entre vocación periodística y lo que algunos consideran la dura realidad. Yo tendría nueve años, acababa de entrar en el conservatorio y empezaba a aprender las notas, ritmos y todo lo árido del lenguaje musical. La cuestión es que durante ese curso se empezaba a buscar un instrumento musical. Mis padres eligieron que tocara el violín así que hablaron con el profe del conservatorio y resulta que este se negó a darme clase. Se negó por el prejuicio de que debía coger el violín de una forma determinada con mi mano derecha y claro… como ya sabéis los que me soléis leer… no tengo los dedos estándar en la mano derecha así que eso suponía un problema… Y así es como me salí del conservatorio. Porque no había una posibilidad de convencer a ese señor profesor de violín. Yo vivía en una ciudad pequeña, Melilla, y no había muchas opciones más… así que me salí. Al tiempo en el cole me volvió a pasar algo parecido cuando tuve que dar música en el cole. Todos los niños con su flauta y a mí me ofrecieron tocar la armónica. Y no. No estaba dispuesto otra vez a pasar por lo mismo. Así que me compraron la flauta y aprendí. A veces lidiar contra el sistema es más jodido que hacerlo contra tu propia discapacidad. En mi caso ya estaba acostumbrado a ella, así que vivía razonablemente bien, intentando hacer las cosas lo mejor posible dentro de mis posibilidades. Pero si hay algo que me repatea los higadillos es que presupongan que por tener una discapacidad no puedo hacer algo. Esa manía de “infantilizar” o de eliminar la capacidad de decisión por “intentar evitar” el conflicto que nos supondría enfrentarnos a la frustración de reconocer que no podemos, es valga la redundancia, frustrante. Porque nosotros tenemos un nivel de capacidad distinto, ni mejor ni peor, pero por el hecho de tener una discapacidad ya se nos vienen encima todos los prejuicios de golpe y eso pesa. Pesa porque tenemos que estar aceptando, conviviendo o luchando con nuestra discapacidad para que encima nos tengan que estar diciendo que si no podemos, que si podemos, que si tal o cual. Lo fácil sería dejarnos decidir a nosotros que para eso generalmente tenemos opinión y nos gusta, ya ves tú qué cosas, manifestarla. En mi caso huyo del infantilismo, de la “comodidad” de ciertas situaciones, pero a vosotros, que me leéis y no soy retrones deberíais pensar si realmente el hecho de decidir por nosotros no es un acto egoísta. Dadnos espacio y podremos crecer lo suficiente, si necesitamos ayuda ya os la pediremos pero, por favor, no decidáis por nosotros, no seáis como mi viejo profesor de violín. No nos neguéis el derecho a decidir por nosotros mismos. Somos personas con discapacidad y la mayoría tenemos la posibilidad de decidir.  

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El día que fui campeón

Siempre me gustó el deporte. A pesar de mis evidentes dificultades, he sido y soy un enamorado del deporte. Cuando era pequeño jugaba al fútbol, porque era a lo que todo el mundo jugaba. Era muy malo, la verdad, porque claro… con este estilo tan original de andar… cualquiera atinaba a darle a la pelota, y si contamos con que no corría mucho…. La cosa es que probé también con el tenis y bueno, seguía sin correr mucho, pero de vez en cuando le daba. Hasta que llegué a Sevilla y empecé a jugar a algo que no había jugado antes: Voleibol. En realidad jugaba en casa, pero no en plan más serio.

En el colegio donde estudiaba tenía mucha tradición y unas instalaciones maravillosas para poder desarrollar ese deporte. Todo empezó en los campeonatos del cole. La verdad es que el voley siempre se me dio bien. Tenía fuerza y reflejos, aunque no tuviera mucho físico. Es verdad que no saltaba mucho, pero era un jugador bastante decente. El voley es un deporte al que hay que echarle horas, aparte de ser técnico hay que tener reflejos y bastante físico. Yo no tenía esto último salvando la fuerza y los reflejos, pero yo era bastante técnico y le echaba muchas horas. Recuerdo tener una pelota y jugar al frontón con ella, machacando saques, probando cosas nuevas, quería formar parte del equipo y no desentonar. Nunca he llevado muy bien sentirme fuera de los grupos y esta vez era mi oportunidad de ser parte del grupo. La verdad es que los equipos en los que participé eran bastante buenos y yo era parte de ellos. Me gustaba mucho porque no entendíamos muy bien y jugábamos bastante. Así que los sábados por la mañana íbamos a jugar el campeonato del cole y ganábamos muchos partidos. Yo, particularmente, recuerdo dos. La final que ganamos en segundo de BUP al equipo favorito y luego otra de la que aún guardo la medalla. 

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