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Presidente, acérquese a un contenedor de basura

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Cinco días después de las manifestaciones que dieron lugar al movimiento 15M,  El País publicó (el 20 de mayo de 2011) un artículo titulado "Presidente, baje a la plaza" en el que su autor, Antoni Gutiérrez-Rubí, exhortaba al entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, a “bajar a la plaza” y escuchar a algunos de esos miles de ciudadanos que se mostraban indignados con la respuesta y la forma de actuar de los políticos ante la crisis.

La ciudadanía se mostraba insatisfecha con los resultados de la gestión política (empeoramiento de las condiciones de vida para una mayoría social, mientras los responsables de la crisis parecían salir indemnes) y con el procedimiento utilizado (falta de receptividad hacia las demandas ciudadanas). Una insatisfacción que podría condensarse en el sentimiento generalizado de que los gobernantes no gobiernan “ni para el pueblo, ni con el pueblo”.

Cerca de un año y medio después, el malestar de los ciudadanos, lejos de mitigarse, se ha acentuado. Ni siquiera el cambio de partido en el Gobierno, ni de presidente, ha supuesto un alivio, sino más bien todo lo contrario. Las encuestas que se han venido publicando desde que el PP asumió las riendas del Gobierno no hacen sino constatar un clima social caracterizado por el pesimismo económico, el rechazo mayoritario a los recortes aplicados por el Ejecutivo de Rajoy y la cronificación del desencanto (y hasta desesperación) de los ciudadanos con los políticos. 

Por eso, hoy también se le podría recomendar a Rajoy --y si cabe con más motivo por sus contadas intervenciones públicas y su recurrente argumento de la mayoría absoluta para no dar cuenta de sus acciones-- que “bajara a la plaza”. No obstante, ya no es la plaza el lugar donde debe acercarse el máximo responsable político del país para captar la realidad de la sociedad, sino al contenedor de basura. Cada vez en más ciudades y barrios vemos cómo, al caer la noche, son numerosas las personas que acuden a los cubos de basura --y no sólo a aquellos donde los supermercados depositan los productos caducados--  para conseguir alimentos y bienes que no pueden comprar.

Así, más que a la frustración política, lo acuciante hoy es entender y dar respuesta a los problemas de empobrecimiento y exclusión social que están llegando a alcanzar en España niveles alarmantes. Cerca de 5.700.000 personas están desempleadas y el número de hogares con todos sus miembros en paro asciende a la escalofriante cifra de 1.737.600 (de acuerdo con los datos de la última EPA). El 21,8% de la población residente en España vive por debajo del umbral de riesgo de pobreza.

Y todo ello con unas perspectivas de agravamiento de la situación social; al menos, en el corto plazo. Las medidas de ajuste y recortes sociales que --presionado por los mercados y las autoridades europeas-- está adoptando el Gobierno de Rajoy vienen a empeorar la angustiosa situación (económica, social y personal) en la que se encuentran muchos ciudadanos. En este sentido, lo mínimo que se puede exigir a un gobernante es que conozca la realidad de esos ciudadanos y su opinión sobre las consecuencias que van a tener, sobre sus vidas, la aplicación de determinadas medidas.

Por ello, señor Rajoy, un día cualquiera, cuando haya terminado su jornada laboral, salga a la calle y acérquese a un contenedor para explicarles a todas esas personas que no ven otra opción que acudir a la basura, cómo las medidas que su Gobierno está adoptando cambiarán sus vidas.

¿Puede parecer una propuesta extravagante y demagógica? Sé, señor Rajoy, que a usted no se lo parecerá, ya que cuando era líder de la oposición no tuvo ningún reparo en acudir (y hacerlo además en varias ocasiones) a comedores sociales y actuar como voluntario, cocinando y sirviendo personalmente las raciones a algunos de los necesitados comensales.

En una de esas visitas en diciembre de 2009 usted dijo “a veces el dinero público se maneja como se maneja, pero con muy poco dinero se puede atender a mucha gente para necesidades tan básicas como es la de poder comer”.

Supongo que ahora que está más cerca del poder y de la administración del dinero público, su aseveración será aún mucho más sentida. ¿O no?

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