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Proporcionalidad

Hay quien considera que la Generalitat está tensando la cuerda para forzar una sobreactuación del Estado

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Un juez avala que mostrar esteladas en la final de Copa es libertad de expresión

EFE

Que los agravios deben ser respondidos con proporcionalidad lo saben no solo los estadistas, sino también todos los padres del mundo. Es la única manera de evitar que el desmandado, sea infante, adulto o institución, caiga en una rebeldía superior.

Ocurre que la proporcionalidad, y eso también los saben los padres, es un asunto subjetivo. No hay una guía de proporcionalidad, no hay unos estándares, no hay un bloque metálico en la Oficina Internacional de Pesas y Medidas al que acudir para comprobar experimentalmente si una respuesta es o no proporcional. La respuesta justa a los agravios debe calcularse a ojo y, si eso ya resulta delicado en el núcleo familiar, donde, por norma general, solo hay tres o cuatro opiniones, no les digo nada cuando entran en juego millones de puntos de vista.

El asunto está en boga estos días gracias, sobre todo, a Kim Jong-un y a Carles Puigdemont, héroes nacionales cada cuál de su nación, cada cuál por sus motivos. Las respuestas a sus desafíos (la guerra nuclear, el primero, el referéndum, el segundo) están en manos de dos hombres igualmente singulares: Donald Trump y Mariano Rajoy.

No es necesario seguir de cerca la actualidad política para saber que ninguno de ellos es un experto en proporcionalidad. Hace unos días, poco después de revelarse que Corea del Norte había logrado miniaturizar una cabeza nuclear, el presidente de Estados Unidos amenazó al país asiático con "un fuego y una furia nunca vistos en el mundo". Esa es más o menos la actitud que la derecha mediática española le exige a Rajoy con respecto a Catalunya.

Hay quien considera que la Generalitat está tensando la cuerda para forzar una sobreactuación del Estado, ese desfile de tanques por la Diagonal que tanto anhelan algunos, versión patria del fuego y la furia. Pero Rajoy no es hombre dado a las sobreactuaciones, y, de hecho, ni tan siquiera a las actuaciones.

Dicen que el presidente se juega su futuro político, que escucha a todo el mundo, incluso a los exaltados, y pide sosiego. Conociendo su trayectoria, lo más probable es que Rajoy solo esté dejando pasar el tiempo, con la confianza quizás de que Kim Jong-un dé el primer paso y provoque una guerra termonuclear antes del 1 de octubre. Sería una tragedia para la humanidad, pero una suerte para el PP.

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