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Un día bajo el sol de Españistán

Imaginen que un analista político extranjero hubiera aterrizado este miércoles en Madrid: sus únicas salidas serían la dimisión, el psiquiátrico o el suicidio

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MADRID, 12/05/07.- La presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata a la reelección, Esperanza Aguirre, durante el acto electoral celebrado hoy en la plaza de toros de Valdemoro (Madrid), acompañada por el director de Campaña, Ignacio González (d), y el secretario general del PP regional, Francisco Granados (i). EFE/Kiko Huesca

Imagen de archivo de Esperanza Aguirre entre Francisco Granados e Ignacio González.

Dimisión, pabellón psiquiátrico o suicidio; esas serían las tres únicas salidas que encontraría un analista político anglosajón al que obligaran a seguir detalladamente la situación que se vive en nuestro país. Si creen que exagero, por favor, imaginen que ese supuesto pobre desgraciado hubiera aterrizado este miércoles en Madrid. Estas son solo algunas de las cosas a las que habría tenido que enfrentarse.

Lo primero que se habría encontrado es a la presidenta de la tercera comunidad autónoma en número de habitantes declarando por escrito ante un magistrado de la Audiencia Nacional contra su antecesor en el cargo. El acusado, un tal Ignacio González, llevaba ya varias horas detenido por la Guardia Civil. Al documentarse sobre este personaje, nuestro analista habría hallado el dato de que su partido, que es el que gobierna España, le hizo presidente de la Comunidad de Madrid tres años después de que se destapara un oscuro viaje a Colombia en el que se le veía trapicheando con bolsas de plástico.

También habría leído que el PP siguió defendiendo la honradez y rectitud de González, incluso cuando se descubrió que veraneaba a cuerpo de rey en un lujoso ático cuya propiedad y procedencia no fue capaz de explicar.

Algo más le costaría averiguar quiénes eran esos dos tipos de los que todo el mundo hablaba, que habían sido acusados por el juez de coaccionar a la presidenta madrileña para que no colaborara con los investigadores. Ojiplático se quedaría al descubrir que no eran políticos, ni empresarios… sino el director y el presidente de un importante periódico conservador. Aún más le sorprendería saber que en España esto tampoco era una gran novedad, ya que el segundo de ellos era reincidente; varios artículos le señalaron en su día como el hombre que medió entre el PP y su corrupto tesorero para evitar que este tirara de la manta.

Nuestro analista sufriría otro shock de mayor intensidad al acercarse a un quiosco y comprobar que todo lo que acababa de conocer no era nada, comparado con la noticia que ocupaba las portadas de todos los periódicos. El presidente del Gobierno tendrá que responder ante un tribunal sobre la avalancha de datos y testimonios que prueban la existencia de una enorme trama de corrupción para financiar su partido y, de paso, enriquecer a unos cuantos mafiosos.

No tendría que bucear mucho en los archivos para constatar que Mariano Rajoy, personalmente, dirigió varias de las campañas electorales que están bajo sospecha; para constatar que Mariano Rajoy era vicesecretario general o presidente del partido mientras se cometían todas estas fechorías; para averiguar que Mariano Rajoy aparecía como perceptor de sobresueldos pagados con dinero negro.

Convencido de que estaba viviendo un día inédito en la historia de España, nuestro esforzado analista trataría de averiguar cómo era una jornada normal. Miraría 48 horas atrás y se toparía con las revelaciones sobre el que fuera gurú económico durante tres décadas del partido que gobierna España. Era un señor, apellidado Rato, al que se le acusaba de casi todo: utilización de su cargo de vicepresidente del Gobierno para conseguir contratos para sus empresas, ocultación de patrimonio, evasión de capitales, fraude fiscal, creación de empresas offshore… Y solo era un caso más; según leía en algunos medios, eran más de treinta los escándalos de corrupción que salpicaban al partido que gobierna España: Púnica, Brugal, Imelsa, Taula, Palma Arena, Acuamed, Fabra, Arístegui y otros extraños nombres desfilarían delante de sus incrédulos ojos.

Aun así, no querría rendirse y retrocedería un poco más en el tiempo buscando un solo instante de normalidad: Murcia estaba sin presidente, dimitido tras su imputación en dos casos de corrupción; un hospital privatizado en Madrid, financiado con dinero público, atendía gratis a los pacientes de clínicas privadas; un ministro explicaba cómo planeaba sacar a la venta unas autopistas quebradas, después de sanearlas con entre 3.000 y 5.000 millones de euros de dinero público…

Convencido ya de que no había jornadas normales en España, su última esperanza sería encontrar algo de cordura en los partidos de la oposición. El iluso muy pronto descubriría que ese presidente, el mismo que iba a tener que declarar ante la Audiencia Nacional, gobernaba gracias a todos ellos. Leería que los socialistas se abstuvieron en la votación decisiva; que Ciudadanos le respaldó con un sí; que Podemos se negó a apoyar a los socialistas para provocar un cambio de Gobierno cuando pudo hacerlo.

Finalmente, nuestro desmoralizado analista volvería al presente para echar un último vistazo antes de decidirse entre el suicidio, la huida o el psiquiátrico: el partido que gobierna España decía que era víctima de una conspiración de jueces, políticos y periodistas; los dirigentes del PSOE se concentraban en matarse mutuamente; los de Podemos ejercían de guías turísticos a bordo de un autobús azulado de dos plantas; y los de Ciudadanos explicaban que seguirán apoyando al partido de la corrupción porque esa es la mejor garantía de acabar… con la corrupción.

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