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La guerra relámpago

La disyuntiva es esta: o la democracia limita a los mercados, o los mercados arrasarán con la democracia tal y como la conocimos

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Hay que tenerlo bien presente: la crisis económica es una oportunidad para deshacerse del estado social europeo. La verdadera estafa no radica en cómo se responde a una coyuntura. No es cómo salimos de la crisis lo que está sobre la mesa. Lo que la vasta conspiración de fondos de inversión, grandes bancos y empresas desean es acabar de una vez por todas con ese raro invento producto de la civilización europea y dos guerras mundiales: el estado del bienestar. Cuanto más pequeño sea, más grandes serán sus negocios. Que la gente sea infeliz, viva mal, sufra, enferme o muera, no es su problema. Al contrario: más dinero para la caja. Cabe que esa ofensiva haya nacido de una aplicación consciente de la doctrina del shock o cabe que, simplemente, se haya aprovechado que el Pisuerga pasa por Valladolid.

Pero el hecho es que estamos ante una transformación cósmica del mundo que conocimos. Nada volverá a ser igual. La disyuntiva es esta: o la democracia limita a los mercados, o los mercados arrasarán con la democracia tal y como la conocimos. Se podrá conservar, tal vez, su cáscara y su apariencia, pero la substancia, la capacidad de decisión acerca de en qué clase de país queremos vivir, se habrá perdido.

La gente, de algún modo, intuye esto. Si se producen cambios de sentido en las opiniones, desconfianza en las instituciones que vehiculan ese giro, distancia anímica respecto a los medios de comunicación que repiten como papagayos las dos o tres supuestas verdades esenciales que hay que adoptar como dogmas revelados, es porque la gente no es tan completamente idiota como lo desearían desde arriba.

En realidad, ¿alguien podía esperar que ese 23 % de parados iban a contentarse con unas políticas que les empujan a un infierno del que tal vez no conseguirán salir jamás? ¿Que lo iban a hacer los precarios a los que se les ha cortado de raíz sus expectativas de futuro?. O la gente a la que se le ha bajado el sueldo de manera inmisericorde -el ejemplo: esos trabajadores de la limpieza a los que se les pretende reducir el salario hasta un 40 %-. ¿O que las clases medias que le han visto los dientes al lobo –han aprendido que ya nadie está a salvo- iban a saltar de contento con sus propias desgracias?

¿Era razonable suponer que un ataque frontal a todo una forma de vida iba a suscitar simple resignación? ¿ Más, cuando, al mismo tiempo, las élites han mostrado su indiferencia en relación al empobrecimiento de su propio pueblo? Hemos visto cómo, en el mismo momento en que tanta gente se hundía, se incrementaba el número de millonarios y su patrimonio. Y se ha puesto en evidencia el carácter sistémico de la corrupción, antes más o menos tolerada, hoy vivida como una bofetada en el rostro, una burla y una infamia.

La crisis ha resultado una oportunidad de oro para que los bancos se deshagan de ese 50% del negocio que controlaban las cajas y además, cosa que ni soñarían en otro tiempo, con el aplauso general. Al tiempo, los empresarios han podido despedir a bajo precio y volver a contratar -a veces a la misma persona- con un salario más reducido. Los precios de la energía se han disparado en estos años, contribuyendo a la aparición de un nuevo paisaje de pobreza energética. Mientras, lo público se ha ido poniendo en almoneda. De frente, como se intentó con la sanidad madrileña, lo que generó una gran contestación social vehiculada a través de la inteligente Marea Blanca, o de un modo más taimado, como en la Galicia de Feijóo, a través de un progresivo despiece que pasa más desapercibido.

Como telón de fondo, el marco general: una gran deuda privada que se transformó, a través de una magia de trileros, en deuda y déficits públicos. Los disparates de la burbuja inmobiliaria, de Martinsa-Fadesa, Astroc, etcétera, y de sus financiadores, los bancos y cajas, que realizaron enormes beneficios en la fase alcista, han mutado en una causa general contra el Estado de Bienestar, al que se acusa de no ser sostenible. Las pensiones se han puesto en cuarentena y se ha pactado su progresivo descenso. Y si no se han bajado directamente ha sido porque significaría el derrumbe electoral del PP y porque son la única tabla de salvación de muchas familias -son el verdadero estabilizador social en España. De la Dependencia ya será mejor que ni hablemos. Fue un niño que apenas sí tuvo tiempo a crecer.

El desierto es tan enorme y ha crecido tan rápido que poca gente llegó a imaginar su rápido avance. Ha sido una blitzkrieg, una guerra social relámpago que ha cogido por sorpresa a la sociedad. La reacción, al principio, fue de incredulidad, dado que era inimaginable lo que se venía encima. Se decía, por ejemplo "Nosotros no somos Grecia". Pero no tardamos en poder cerciorarnos de que sí éramos griegos. ¡Y de qué modo!. Al desconcierto se le sumó el miedo. Mucha gente recalca que la contestación social ha sido más bien escasa en plena batalla, lo que cabe atribuir a la suma de los dos factores: el desconcierto y el miedo.

La ofensiva ha sido tan enorme que la democracia es apenas tolerada como un molesto inconveniente por los amos del mundo, que se expresan, entre otras formas, a través de las agencias de calificación. A sus ojos parecería que la libertad es un extraño anacronismo ineficiente del que de momento no pueden prescindir. Ese antagonismo entre la gran tradición del liberalismo político y el politburó de los mercados es una de las señales de identidad de nuestro tiempo.

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