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Que gane la convivencia

Hablar de segregación, de devolverlos a todos, de "españoles primero" es hablar de crear una verdadera fractura social

Manifestación en Barcelona el Dia Internacional del Migrante / ROBERT BONET

Manifestación en Barcelona el Dia Internacional del Migrante ROBERT BONET

Como estaba previsto Andalucía ha empezado el ciclo electoral en España. Un ciclo que acabará con unas elecciones generales que, se adelanten o no, ya marcan todo el proceso que viviremos a partir del 2 de diciembre próximo.

En este escenario que llaman de post crisis muchas cosas han cambiado. Los más de diez años de ruptura del crecimiento han traído una opinión pública menos previsible y con más opciones por las que decantarse en las urnas. Una opinión de personas que en su gran mayoría viven peor que hace diez años y que después de una década de esfuerzo constante por mantener sus proyectos, ilusiones y expectativas vitales acusan la frustración de no ver claro el final del túnel.

Esta crisis tiene sus raíces en un modelo económico que genera desajustes tan increíbles en el reparto de la riqueza como que el número de personas con grandes fortunas haya crecido significativamente durante el mismo periodo de tiempo que alcanzamos un paro histórico en el país.

Fuera de Europa también se viven las consecuencias de este sinsentido. Son las mismas lógicas que condenan en la pobreza a la población de algunos de los países con los recursos naturales más ricos del mundo. Población que opta por un viaje desesperado a Europa con la ilusión de tener mejores oportunidades.

Esta es una ronda electoral decisiva para saber cómo va a configurarse la sociedad de la próxima década. La crisis bien dejará una estela de tensión social irreparable entre quienes sufren un modelo económico injusto o se resuelve con una reivindicación de mejoras para todos y todas lo que componemos esta Andalucía rica en su diversidad social.

No hace falta detallar cómo en otras regiones europeas han ganado fuerza propuestas políticas que explotando el sentimiento de frustración han hecho negocio mezclando el rechazo a los migrantes con indefinidas promesas de mejora para los autóctonos.

Lo que no suelen señalar estas agrupaciones políticas es qué solución dar a una sociedad fracturada. Sitúan a las personas migrantes como recién llegados, como si la migración fuese algo que empezó hace un par de años. Esa es la primera y más importante mentira de la nueva ultraderecha.

Hace ya casi treinta años que España recibe aportes significativos de población nacida fuera. Independientemente de lo que pueda pensar cada cual la demografía manda un mensaje claro. Más del diez por ciento de la población del país y en especial de Andalucía tiene raíces migratorias. Hablar de segregación, de devolverlos a todos, de “españoles primero” es hablar de crear una verdadera fractura social.

Esta es por tanto una campaña decisiva para la vida que vamos a tener todos y todas en la próxima década. Si queremos que sea en una dirección positiva debemos partir de análisis con menos testosterona y más objetividad.

Andalucía tiene al menos tres dimensiones a las que atender en lo que respecta a las migraciones.

Por un lado las personas que han nacido fuera de Andalucía pero ya forman parte de su ciudadanía. En los pueblos, en los barrios la diversidad de orígenes es cada vez mayor y también las relaciones entre población de distintos orígenes. La única cuestión es si vamos a tener ciudadanos y ciudadanas de distintos niveles o si vamos a reforzar los servicios y políticas públicas para asegurar que tenemos una ciudadanía sólida y construida sobre el principio de la igualdad de oportunidades y el bienestar de toda la población. Esto significa servicios de sanidad, educación, asistencia social o empleo diseñados desde el acceso universal y la atención a cualquier persona que sea vecino o vecina en la Comunidad Autónoma.

Dado que las migraciones juegan un papel simbólico central en este pulso a los valores democráticos, a esta normalización de los servicios debe acompañarle el desarrollo de proyectos de convivencia comunitaria en barrios y pueblos, recuperando la práctica la mediación social intercultural en espacios y servicios públicos así como la promoción de experiencias de convivencia comunitaria. Desde la experiencia personal de la convivencia se neutraliza el miedo al otro como gran desconocido.

Andalucía es también, y estos dos últimos veranos lo hemos visto bien, parte de la Frontera Sur de Europa. Es verdad que las competencias de la Junta de Andalucía en este sentido son relativamente menores y que es el Estado Central quien debe liderar el trabajo de atención humanitaria. Pero al final son los pueblos de costa y las ciudades de paso hacia el norte quienes viven en primera fila la llegada de personas necesitadas de atención humanitaria urgente. El nuevo gobierno andaluz debe exigir más a Madrid y a Bruselas para evitar escenas penosas y al mismo tiempo debe liderar la comunicación entre los ayuntamientos de costa para que los recursos existentes se optimicen y mandar un mensaje claro a la población de coordinación y serenidad en la gestión. Es verdad que han llegado miles de personas a la costa andaluza, pero no todas a la vez y en un territorio de más de 8.500.000 habitantes. Con interés y coordinación no eran necesarias las imágenes provocando alarma de este verano.

Finalmente debemos reivindicar sin miedo ni ambages el patrimonio cultural andaluz como tierra de convivencia. Uno de los elementos que más se han señalado en la construcción de la identidad andaluza es su pluralidad tanto histórica como actual. Sin caer en triunfalismos ni brindis al sol, urge reivindicar la identidad de Andalucía como tierra de convivencia y libertad.

Como hemos dicho ya, estamos inmersos en un contexto internacional y europeo de poderosos discursos políticos basados en el odio y el miedo. Partidos políticos que instrumentalizan la diversidad inherente a la sociedad del siglo XXI para generar división y refuerzo de identidades excluyentes amenazan con hacer retroceder décadas de progreso cultural y democrático.

La alternativa no se trata de solidaridad ni de buenismo, se trata de entender el momento histórico y responder a la altura con una mirada inteligente y valiente que sepa aportar una solución para toda la población andaluza cada vez más diversa en sus orígenes y más ligada en su futuro común.

Necesitamos con urgencia referencias políticas valientes que sepan convertir la desazón en apuesta por la convivencia y que marquen un mensaje claro de unidad social ante los retos de la Andalucía del siglo XXI.

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