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Y ahora, ¿qué? ¿Cuál es la excusa?

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Te voy a contar una cosa pero que quede entre tú y yo, ¿vale? ¿Me lo prometes? ¿De verdad? ¿Sí? De acuerdo. El otro día tuve un incidente bastante feo cuando salí a tirar la basura. ¿El motivo? Apareció detrás de mí un tipo y se dedicó a seguirme e insultarme.

Esta situación llevó a tener que desviarme del camino de vuelta a casa. Casi una hora andando. Casi que, saliendo de mi barrio, tuve que llamar a una amiga y hablar por teléfono mientras compartía mi ubicación, aunque hacía un rato que ni lo veía ni lo escuchaba.

En todo ese rato no me encontré a ningún policía. Y era raro porque llevo unos meses encontrándome un furgón policial cada vez que salgo de la puerta de mi portal. Da igual que fuesen las cinco de la mañana, las diez, las cuatro de la tarde o las once de la noche. Podría ser que pasara antes y no me percatase que estuvieran ahí, aunque los furgones no son muy discretos que digamos. Podría ser por mi seguridad, o podría ser por la tuya.

Yo creo que es más por tu seguridad, porque a mí lo que me genera es angustia. Y no estoy exagerando. Mira lo que está pasando. El pasado jueves 26 de marzo, el Parlamento Europeo aprobó (y celebró) el nuevo reglamento europeo de deportaciones. Sí, deportaciones masivas basadas en el modelo ICE de Estados Unidos, lo que supone no sólo un recorte de derechos a las personas migrantes sino, también, el aumento de la discriminación racial en suelo europeo.

También el 26 de marzo nos encontramos por la tarde con las duras imágenes de la detención arbitraria y racista al exdiputado, y activista antirracista, Serigne Mbaye. Tendrán que explicar muy bien y nítidamente por qué esa actuación no tiene ni un ápice de racismo. Pero, te voy a confesar una cosa, algo se torció en mi estómago al ver la rodilla sobre el cuerpo de Serigne, como hicieron con Haitam Mejri el pasado diciembre en Torremolinos, y mostraban las imágenes publicadas en este mismo medio.

Es importante que incluso habiendo salido a la luz las imágenes, y desmontarse el argumentario oficial, incluso después se trata de hacer malabares para defender una actuación cuyos intentos de justificación hacen aguas por doquier para evitar decir que el peligro real se encontraba en que era “un moro”.

En el caso de Haitam, tras inmovilizarlo y golpeado en la cabeza, le presionaron sobre piernas y tórax, provocando una asfixia que le provocó la muerte según el informe de la autopsia, y darle más de ocho descargas de táser. Al ser consultado el Gobierno por el uso de esas pistolas, su respuesta fue que la actuación se ajustó a los principios de “congruencia, oportunidad y proporcionalidad”.

Mientras tanto, nosotras, las que nunca somos nombradas en estas agresiones, somos las encargadas de la supervivencia física, mental, económica y emocional ante tamaña crueldad sobre nuestros barrios y familias, donde la violencia institucional se funde con nuestra sombra

Pero hay tres cosas que unen a estos dos casos. No excepcionales ni puntuales, sino de violencia: la rodilla sobre el cuerpo, la existencia de imágenes y la respuesta institucional: no hay racismo, es una respuesta proporcional. ¿Proporcional a qué? Y sobre todo, ¿a quién?

Y es que, hablando de cuerpos, seguro que se te está quedando mal cuerpo. Pero no me preguntes cómo estoy, porque lo que me duele no es ni el estómago ni el pecho: me duelen las manos. Me duelen las manos, como diría Silvia Agüero, como a tantas mujeres racializadas de que tengamos que enterrar a los hombres de nuestras comunidades o parar en seco nuestras vidas porque los han detenido, y soltado, ya que no tenían un motivo real más allá del racial.

Y es que este tipo de agresiones no son individuales sino que impactan de lleno en el entorno y sirve de aviso a sus comunidades, como el disparo al aire de un cazador. Mientras tanto, nosotras, las que nunca somos nombradas en estas agresiones, somos las encargadas de la supervivencia física, mental, económica y emocional ante tamaña crueldad sobre nuestros barrios y familias, donde la violencia institucional se funde con nuestra sombra.

Porque no son situaciones puntuales, ni casos aislados, es puro racismo de Estado. Al final son estas mismas manos cansadas y doloridas las que siguen tejiendo y sosteniendo. Podríamos irnos, quizás, deberíamos irnos, pero la impunidad debe dejar de ser costumbre. No hay paz en la injusticia.

Estos hechos muestran la finitud de sus excusas y la imposibilidad de que exista seguridad para nosotras. Siempre habrá un recordatorio, que cada vez es más violento y virulento. Y ahora, más allá de una profunda consternación y las condenas protocolarias, ¿qué se vais hacer?