Andalucía, entre el 1 de mayo y la feria de Jerez
Mis urnas galopan y cortan el viento cuando pasan por El Puerto, caminito de Jerez. La campaña de las próximas elecciones autonómicas, según ha anunciado el presidente Moreno Bonilla –gestión de hierro envuelta en guante de seda--, se iniciará el 1 de mayo y concluirá el último día de la populosa Feria de esa última localidad andaluza: jornada de reflexión entre berlinas y coches de caballos, dando el cante por bulerías en las casetas las ideas en traje corto.
Hay que tener arrojo, indudablemente, para abrir el periodo electoral entre pancartas sindicales y banderolas reivindicativas, cuando San Telmo se ufana del dinamismo económico andaluz porque el Producto Interior Bruto (PIB) de la comunidad registró un incremento real del 3,2%, cuatro décimas por encima de la media española y el doble del crecimiento de la Eurozona, pero sigue siendo el farolillo rojo de las autonomías patrias.
¿En qué momento se jodió Andalucía?, cabe preguntarnos citando al Vargas Llosa de “Conversación en la catedral”, respecto a un Perú mítico que quizá nunca existió o no existió nunca del todo. El PSOE le echará la culpa al PP y el PP, al PSOE. La izquierda y Vox, a las dos. Quizá la Andalucía autonómica, más allá de la épica del 4-D o del 28-F, quedó reducida a ser filial del equipo titular, que es el Estado en su conjunto, en el mejor de los casos, o el Gobierno de turno, en el peor. Franquicias sin demasiada voz propia porque los partidos políticos que han reivindicado el andalucismo profundo desde la derecha o desde la izquierda y renegando de ser sucursales no han logrado convencer definitivamente a sus compatriotas.
Convenzámonos de que, por mucho que duela, Andalucía no está presente en la conversación pública española, de manera cotidiana, como si lo están otras nacionalidades históricas, particularmente Cataluña o País Vasco; u otras nacionalidades sobrevenidas, como la de Madrid. Andalucía sólo suele protagonizar los informativos a escala estatal cuando toca una efeméride o un desastre, o cuando el presidente Juanma se deja caer por un late night de gran audiencia. Lo más chungo es que Andalucía tampoco forma parte del debate andaluz, salvo cuando ya no hay más remedio y los centros de salud rebosan, no por exceso de inmigrantes en los ambulatorios sino porque el gran negocio de la sanidad privada es la externalización de la pública. O cuando el ruido es tan ensordecedor que ni el aparato de propaganda pueda poner sordina a los cribados del cáncer de mama. O a las líneas suprimidas en los institutos, o el depauperado presupuesto de las universidades públicas cuando las privadas se multiplican como champiñones.
Lo demás es silencio: hablamos del pulso español con el despacho oval, pero no nos preguntamos por qué las últimas bases que utilizan los estadounidenses en España se encuentran en Andalucía. Nos quejamos de las infraestructuras, pero no parece inquietarnos que los grandes corredores ferroviarios que deben empezar por Algeciras a escala europea, vayan como un tiro en Valencia, pero no aquí.
Seguro que el Partido Popular le afeará a Maria Jesús Montero, como ministra de Hacienda y vicepresidenta primera del Gobierno, la financiación a la carta de Cataluña. Pero, ¿alguien va a decirnos cuál es la que quiere Andalucía?
Aquí, no parece haber proyecto colectivo, sino titulares de prensa, esgrima de partidos, brochazos imprecisos sobre la blanquiverde, entre discursos oficiales, arengas altisonantes y lágrimas de cocodrilo. Seguimos sin saber qué querremos ser de mayores. ¿Hay alguien que esté escribiendo un nuevo Ideal Andaluz?
Vox pondrá el acento malevo en los migrantes, cuando la comunidad carece de competencias de relieve en la materia, ni siquiera para evitar que a algunos de ellos les mataran por un puñado de teasers en un locutorio de Torremolinos o corriendo de los guripas por las calles de Sevilla. Sería curioso pero no improbable que, en las próximas semanas, les dimitiera alguno de los candidatos que aún se desconocen.
El PP, pasados aquellos tiempos en que Manuel Chaves podía dejar el ministerio de Trabajo y sustituir a Pepote Rodríguez de la Borbolla sin despeinarse, tildará de paracaídas a la candidata socialista y ella echará mano de las mareas blancas aunque estas nacieron cuando el PSOE gobernaba aún su granero al sur pero se había rendido al austericidio de la Unión Europea.
No obstante, los populares tendrán que diversificar sus dardos, entre los sociatas y los de Santiago Abascal, el viejo compañero de Nuevas Generaciones de Moreno Bonilla, cuyas expectativas de voto juvenil crecen aunque todavía está por ver que los jóvenes ultraderechistas se levanten ese día con ganas de acudir al colegio electoral. Quizá por eso, los conservadores de toda la vida se reserven una carta: si los partidos localistas agrupados bajo el paraguas de Juntos 100x100 arañan un escaño por Cádiz, la única circunscripción por la que se presentan, a lo mejor el PP andaluz puede cuadrar una mayoría si no llegaran por la mínima a la mayoría absoluta.
A la izquierda del PSOE, siguiendo su costumbre, habrá dos, tres o cuatro papeletas. Todas con el apellido de Andalucía, hasta el punto de que hará falta un manual de instrucciones para averiguar quién es cada cual. ¿Pensarán acaso que esa es la mejor fórmula para lograr que sus votantes decidan levantarse del sofá el 17 de mayo?
Aquí, no parece haber proyecto colectivo, sino titulares de prensa, esgrima de partidos, brochazos imprecisos sobre la blanquiverde, entre discursos oficiales, arengas altisonantes y lágrimas de cocodrilo. Seguimos sin saber qué querremos ser de mayores. ¿Hay alguien que esté escribiendo un nuevo Ideal Andaluz? La respuesta es sí, pero sus argumentos probablemente no lleguen a ser utilizados en esta campaña, entre alegatos contra Perro Sánchez, ocurrencias de Díaz Ayuso y lapsus de Núñez Feijoo. Viva Andalucía en diferido.