Los muy patriotas
Los muy patriotas suelen creer en la propiedad privada de la patria, como si tuvieran en su linaje las escrituras de esta vieja tierra de tránsito, desde aquella primera europea que en realidad fue africana, hasta llegar a esta España diversa en la que como cantara ese rojo conspicuo de Victor Manuel, aquí cabemos todos o no cabe ni Dios.
Los muy patriotas suelen tener memoria selectiva: muy fanes de los Reyes Católicos, de Felipe II y no sé por qué, en menor medida, de Carlos I de España y V de Alemania. Suelen pensar que fenicios y cartagineses vinieron como turistas. Prefieren, eso sí, a Viriato, que a Trajano, Adriano y Teodosio, no tienen una opinión fundada sobre los visigodos y desprecian a Al Andalus como si ocho siglos no fueran nada y Alhakam II hubiese llegado en patera.
Los muy patriotas llevan la bandera en los tirantes, en las pulseras, en los estancos y en los partidos de la Selección Española. Aunque a veces sean, más bien, patriotas del pasado y sustituyan el escudo de la Constitución, que debe ser una inmigrante ilegal, por el pollo de una, grande y supuestamente libre. Que tampoco falten el aspa requeté, pero mucho cuidado con el pendón de Castilla, la arbonaida bereber o las cuatro barras de Aragón o de Cataluña. Reservan, por supuesto, el derecho de admisión a ikurriñas y estreleiras. Y de franjas moradas, ni hablamos.
Los muy patriotas cantan los novios de la muerte en las bodas y pasean a los contrayentes como si fueran el cristo del Sábado Legionario, destronando al españolísimo Paquito El Chocolatero. De un momento a otro, meterán la Marcha Real a ritmo de regetón, con la letra de Pemán de 1928, para que suene a todo gas cuando los invitados salten a la piscina.
Los muy patriotas abominan del cine español desde que se rompió el Landismo de tanto usarlo; del teatro, desde que ya no reponen el don Juan Tenorio en las noches de difuntos y de los escritores en general salvo honrosas y bravías excepciones, porque ellos mueren legítimamente con Benavente, con “Raza” y siguen convencidos de que Pérez Galdós era un afrancesado y Almudena Grandes, una rencorosa.
No seré yo quien profese de antiyanqui, con toda la cultura suya que llevo impregnada como si nos viniera de serie pero sin serlo. Cosa distinta es que me molesten –y mucho-- su intervencionismo perpetuo, sus agencias de falta de inteligencia y sus pentágonos dispuestos al ataque, por no hablar de las bases que mantienen en territorio español y que sea Andalucía la que sigue condenada a sufrirlas, cuando ya hace tiempo que desaparecieron la de Zaragoza o la de Torrejón
Los muy patriotas suelen despreciar a los que no lo somos tanto, a quienes leímos a aquel Nicolás Gogol que le dijo a su amada: “Mi patria eres tú”. A los que creemos que bajo el mismo techo caben varias lenguas y un sinfín de acentos, el “toreador” de Carmen, las habaneras y los cantes de ida y vuelta, que la patria viaja en una secuencia de Buñuel y en unos salmos de León Felipe, tanto como en un artículo de Wenceslao Fernández Florez, en un verso de Salvat-Papasseit o en un libro de Chaves Nogales, o que probablemente no haya casi nada tan patriótico como un lienzo de El Greco o como un bolero cantado por Moncho el gitano o por el ángel negro de Antonio Machín.
Los muy patriotas entran en mi concepto de patria, aunque yo no entre en la suya. Sólo que me sorprende que, en los últimos días, anden renuentes a ejercer el patriotismo con ese remedo de Calígula instalado en el despacho oval de la Casa Blanca. Conozco veintisiete estados de los USA y en ellos encontré calor humano, más allá de los excesos de sus gobiernos, de la explosión del Maine y de la pérdida de las colonias, del signo del dólar, que son las columnas de Hércules, o de la colaboración interesada de España en su independencia contra la Pérfida Albión. Así que no seré yo quien profese de antiyanqui, con toda la cultura suya que llevo impregnada como si nos viniera de serie pero sin serlo. Cosa distinta es que me molesten –y mucho-- su intervencionismo perpetuo, sus agencias de falta de inteligencia y sus pentágonos dispuestos al ataque, por no hablar de las bases que mantienen en territorio español y que sea Andalucía la que sigue condenada a sufrirlas, cuando ya hace tiempo que desaparecieron la de Zaragoza o la de Torrejón.
Sin embargo, la repentina pasión con que nuestros muy patriotas atienden a los reclamos de Washington sobre Irak o sobre Irán –quiza se confundan con la letra final de ambos países--, sobre Gaza o sobre Venezuela, me llevan a maliciar que tal vez los confines de su patria se hayan visto repentinamente ampliados y ahora sean patriotas de arancel y de motosierra, de petrolera y de inflación, de Little Saint-James, la isla de Epstein, o de los muy nobles estados de la Florida o de Texas que alguna vez fueron españoles, como mucho antes de los indios karancaguas. Quizá se esté instalando entre nosotros, el patriotrumpismo, feliz expresión que he leído en algún sitio. Muchos de sus partidarios se aprestan a acudir a las urnas, para apoyarlo, a la vista de los últimos puto-sondeos. No se si en las próximas campañas sonará más el himno de las Barras y Estrellas, o el Que Viva España, aquel cantable popularizado por Manolo Escobar, pero que era en realidad una canción belga escrita por Leo Rozenstraten en flamenco, y compuesta por Leo Caerts. Muy poco patriótico, supongo, para los muy patriotas que tampoco creen en esa otra patria común, aún por alicatar, que venía siendo la Unión Europea.