Capitalismo criminal
Escuchaba con atención a Nicolás Sartorius en una brillante exposición sobre el capitalismo. Analizando la situación actual, antes del terrible accidente de Urda, afirmaba que de todas las formas que había tomado y se había mostrado el capitalismo a lo largo de su historia, ahora estábamos en una fase digital, la de los big data.
Creo que tiene razón, con una puntualización que debo a Bertolt Brecht. Al capitalismo poco le importan los apellidos como émulo del camaleón que es, decía el sabio: “El capitalismo es un caballero al que no le gusta que le llamen por su nombre”. De pila, se entiende.
Sartorius me trajo a la mente una serie de televisión fresquita —por eso la vi, cansado de tanta trascendencia novelera—, sin embargo, a medida que avanzaban sus capítulos noté una cierta profundidad en sus mensajes. The Gentlemen cuenta la historia de un aristócrata inglés venido a menos quien, para venirse a más, decide, en el subsuelo de sus vastas posesiones, dedicarse al cultivo y también tráfico de marihuana.
La verdad es que en el plano teórico podemos coincidir en qué fase del capitalismo estamos, es la manía humana de clasificar, pero no en que esté moribundo o decadente, en todo caso, lo que está en crisis es la resistencia al capitalismo
En uno de los capítulos, sus jóvenes y ya enajenados cultivadores, en un arranque de conciencia de clase, deciden ponerse en huelga. Ya saben, pedían un poquito de aquí y otro poquito de allá, sin improbable amparo sindical. No cuestionaban, siquiera, el sistema. La patronal, el duque, se niega a transigir. En una escena junto con otros de su estirpe, explica el porqué de su intransigencia y exclama: no podemos ceder, nosotros somos el capitalismo criminal, el sistema. Como añadido dramático televisero, el líder de la revuelta es baleado sin piedad. En el coro, cual drama heleno, otra de las protagonistas, proclama eufórica: hemos vencido al socialismo.
La verdad es que en el plano teórico podemos coincidir en qué fase del capitalismo estamos, es la manía humana de clasificar, pero no en que esté moribundo o decadente, en todo caso, lo que está en crisis es la resistencia al capitalismo. Incluso le podemos poner un segundo apellido; puestos a clasificar, además de criminal, digámosle capitalismo de las prisas, como ha señalado en una expresión de gran lucidez el marido de una de las víctimas del recién accidente ferroviario.
Y es que, errores de una naturaleza o de otra, dimisiones, desinversiones, injerencias o lo que sea, entre la crítica de clase domina la idea de que, en la alocada liberalización del transporte ferroviario, el de la alta velocidad, es decir, convertir en mercancía la necesidad humana de viajar, desplazarse, comunicarse, está el origen de nuestras desgracias. Tan solo se considera nuestra necesidad u ocio una ventana de oportunidad, sin caras ni vidas que importen, el objetivo es siempre acumular beneficios, la codicia, rentabilizar las prisas creadas en detrimento de nuestra propia seguridad. Al menos este enfoque merece una reflexión.
Desde mucho antes de Adamuz no se cuestiona o reflexiona sobre el sistema; como en el ámbito sindical, se trata solo de arrancar cositas, victorias solo cosméticas
Eso sí, con la ventaja de los poderosos de asistir, ellos desde el palco, a un concierto ritual desafinado de códigos de indignación digitales o almohadillas que durarán poco, son pasajeros, con un plus carroñero y de gandinga política, mediática, audiencias récord, pero sin llegar o no querer llegar al fondo, como si el sistema se pudiera combatir con una o más dimisiones, como si alguna vez llegara, de verdad, esperen, un resultado convincente de un informe de lo que pasó tras una investigación en Urda, Adamuz o Angrois. Piensen ustedes, de momento aplacen, pero no descarten otras cosas, cuántas empresas están hoy ligadas al negocio ferroviario y cuánto contribuyen, invierten en una red para que sea casi segura y cuánta responsabilidad por rentabilizar las prisas están dispuestas a asumir. En esto, la suculenta publicidad en los medios, mechados como en otras cosas, hace mancuerna.
Una cierta izquierda piensa que no hay alternativa, que su papel consiste en la limitación de los daños causados por el capitalismo criminal. Desde mucho antes de Adamuz no se cuestiona o reflexiona sobre el sistema; como en el ámbito sindical, se trata solo de arrancar cositas, victorias solo cosméticas; un poco más de salario, una media horita menos de jornada, subidas peleadas por el SMI, cuotas identitarias, mientras se comparten sin pudor los fiestones institucionales de una dirigencia cuyo objetivo es la dominación sin piedad. Incluso en la calle, hasta ahora, en la que se debería legitimar la izquierda ya que la derecha se legitima en los parqués, algunos parecen estar más interesados en performances penitenciales con cobertura tertuliana, tamborileras incluidas, que en reivindicaciones no esporádicas de calado.
Jean-Philippe Kindler, agitador alemán de conciencias dormidas, hace una afirmación advertencia demoledora contra la parsimonia de la izquierda, a la que pinta de “izquierda hipster con barniz socialdemócrata”. Más suave fue Walter Benjamin, allá por los treinta, pero premonitorio: “El capitalismo no morirá de muerte natural”.