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La urgencia de votar no ha decaído

Detrás de este tirabuzón interminable de eslóganes y consignas está la vida real de todos nosotros

Los españoles en Oceanía son los primeros en emitir su voto para el 10-N

EFE

Comprendo que es una manera extravagante de comenzar un artículo, que no es forma pero, sinceramente, no sé qué más decir de la próxima cita en las urnas sin repetirme. En mi descargo añadiré que no soy la única. La campaña electoral cronificada durante un lustro ha hecho mella en la información y la opinión publicada, y son muy evidentes las marcas de redundancia y tedio que ha ido dejando. Tanto hablar y nada nuevo. Sólo se me ocurre recordar que detrás de este tirabuzón interminable de eslóganes y consignas, de simpatías y ojerizas, de análisis y comidillas, está la vida real de todos nosotros. Que es esencial lo que se nos va al renunciar a depositar una papeleta. Que la estampa del castigo a los políticos con un desaire de ausencia, que ahora nos parece garbosa y juncal, en realidad es la imagen de una capitulación tonta y baldía. Miren a su alrededor: la urgencia de ir a votar no ha decaído.

Es cierto que llevamos mucho tiempo dándole vueltas a lo mismo, a los unos, a los otros, a sus hábiles estrategias, a sus maniobras fallidas, a las sagacidades, a las torpezas, a la buena y la mala fe. Es cierto que llevamos mucho tiempo calculando, escuchando tertulias, calibrando encuestas, patrullando por redes sociales, interpretando las interpretaciones, prediciendo, adivinando y pontificando. El hartazgo está más que justificado. El espectáculo que ha dado la clase política y su mochila de cargos y servidumbres ha sido tan desolador y vergonzoso que la tentación de caer en el desentendimiento y el cinismo es potentísima. Habían ganado el partido, tuvieron la fórmula en sus manos, y prefirieron cultivar las desavenencias y poner el marcador a cero. Hace falta poseer una conciencia cívica de hierro y una fortaleza democrática titánica para evitar mandarles a tomar viento y dimitir del voto.

Sin embargo, como decía al principio, lejos de ser una representación teatral lejana -que ni nos va ni nos viene, y que allá ellos que con su pan se lo coman porque nada se merecen-, lo que palpita detrás es la vida diaria de todos nosotros, décadas de lucha por los derechos civiles, por la igualdad, nuestra sanidad, nuestra educación y el bienestar. Es mentira que no pase nada, el nihilismo de postureo siempre esconde una negación de la realidad que tiene consecuencias. Presten atención a Andalucía, donde la extrema derecha de Vox determina desde hace casi un año el Gobierno de la Junta metiendo paletadas de doctrina que van calando en la gestión ordinaria, aunque no ceje el empeño de aparentar lo contrario. Pactos sellados en papel con membretes y logos que aún se niegan, con un desparpajo tan pasmoso que a su lado el realismo mágico de la familia Buendía es una descripción fría y objetiva de datos.

Lo acabamos de comprobar con los niños migrantes que llegan solos: 800.000 euros más este año para la seguridad de los centros que los alojan y 150.000 para el que viene, pese a que el índice de violencia es ínfimo. Qué más da: el mensaje intoxicado es lo sustancial. El consejero de Presidencia y portavoz del Gobierno, Elías Bendodo -que va camino de batir la plusmarca del juego sucio en tiempo récord-, acaba de despachar el escrache cizañero de Rocío Monasterio frente a un centro de menores migrantes de Sevilla con grácil naturalidad: "Tienen derecho a hacer campaña, cada uno la hace donde considere oportuno". Como si en lugar de tratar de sembrar el odio racista y miserable hubiera ido a recitar unos versos y dejar magdalenas hechas por ella. Confieso que a estas alturas saber quién contamina a quién es un jeroglífico inextricable. 

Andalucía es un laboratorio viviente que es preciso observar con persistencia. Los intereses creados en torno al nuevo equipo se han ido apilando como sacos terreros hasta levantar un muro, y a veces no se distingue bien lo que bulle en su interior. Les conviene transmitir que impera la sensatez porque, al fin y al cambo, las concesiones a la extrema derecha son nimiedades asumibles, lo importante es la estabilidad. Dirán que exagero, pero si este escenario se trasladara al ámbito nacional, pleno de competencias con sus leyes básicas y su potente capacidad de acción -el alcance de las comunidades autónomas es muy limitado, créanme-, estaríamos cerca de empezar a especular con distopías. Por eso, ante otro domingo electoral decisivo, lo que se me ocurre es insistir en que la urgencia de votar no ha decaído: está en juego la vida real de todos nosotros. Aunque me repita, después de todo, no soy la única.

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