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Isabel Pedrote

Como casi todo periodista de Sevilla, empezó en El Correo de Andalucía, y luego trabajó 24 intensos años en El País, mayormente de cronista política. Ha colaborado en televisión y radio, y también ha pasado por la comunicación institucional.

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La izquierda partida

Es vieja, muy vieja. Se trata de la historia de siempre, con otros nombres, otros modos, otra presentación. Primero unir y después desunir, agrupar y dispersar, mancomunar y romper; con todas las combinaciones de alianzas y fraccionamientos imaginables. Así hasta el infinito, como un ejército de Sísifos desquiciados que cuando logran elevar el peñasco gigante a la cumbre con un encomiable esfuerzo colectivo, lo dejan caer rodando hacia el valle. Regreso a la falda de la montaña y vuelta a empezar. La tenacidad de la izquierda para partirse a sí misma es inagotable. Lo que ahora ha hecho Teresa Rodríguez en Andalucía al desligarse de Podemos se ha visto en muchas ocasiones. Tanto como sus consecuencias: la batalla de las esencias de la izquierda verdadera suele desembocar en un relato confuso para el común de los electores, que finalmente acaba reflejándose en la merma de votos.

Porque una buena parte de los ciudadanos no puede sustraerse a la impresión de que detrás de las barreras insalvables para convivir bajo un proyecto de referencia, y del supuesto choque de fundamentos morales que conduce inexorablemente a la parcelación de partidos, en realidad palpita la clásica y vulgar pelea por el poder, las ambiciones y las rencillas entre los dirigentes. Eso es lo que mayormente queda, y nadie debe extrañarse, pues es lo único comprensible en esta intrincada trama de disensos, sobre todo si encima es reincidente. Cada vez va siendo más difícil que el electorado acepte la máxima de que es imprescindible la comunión exacta y completa de principios para conseguir una acción política conjunta. No cuela. Le pasó a Izquierda Unida y le está pasando a Podemos, aunque las épocas sean muy diferentes.

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Madrid nos mata

La crisis financiera que descabalgó de golpe a España entera del sueño de los equilibrios situó a las regiones con menos solidez económica lejos de la nube de las conquistas trabajosamente alcanzadas, como si se tratara de una fiesta de excesos y despilfarro a la que juiciosamente había que poner fin. Se acabó el recreo, vinieron a decir los partidos que nunca creyeron mucho en la arquitectura autonómica, y que además debían competir en el mismo espacio con los que nacieron precisamente para combatirla. De modo que la lógica centralista se impuso como la receta más cabal. Sus aparatos han seguido internamente el esquema a pies juntillas y las estructuras territoriales de las formaciones sólo pintan algo si juegan a favor o en contra de la autoridad central, el mando supremo. Y lo peor es que la argumentación del centralismo redentor de dispendios se ha interiorizado mansamente como algo necesario y saludable. 

El fenómeno se repite en todos los ámbitos, desde lo político y económico a lo cultural y universitario. El talento de la periferia se ve forzado a emigrar en busca de oportunidades a la par que crece en habitantes y riqueza la metrópolis de Madrid, según los estudios, la más beneficiada en el nuevo mapa de desigualdades que ha dejado la Gran Recesión y que año tras año se expande como una plaga incontrolable. No es únicamente la España rural la que se vacía, también se han descapitalizado las comunidades autónomas, que padecen la hinchazón madrileña en forma de diáspora de jóvenes que no tienen más alternativa que irse fuera, a veces ni siquiera para prosperar, sino simplemente para sobrevivir. Los datos son abrumadores: en 2018 casi 41.000 asalariados de otras zonas se trasladaron a allí, además de arrebatar a Cataluña el papel motriz de la economía española, en parte por los deméritos de los propios gobernantes y el éxodo de sedes sociales de las empresas.

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El vergel de Andalucía

Si hacemos caso a lo que se decía y clamaba antes del cambio de Gobierno autonómico, cuyo aniversario acabamos de atravesar, hasta los años ochenta Andalucía era un espléndido vergel rebosante de prosperidad. Según esta fábula, que acabaron por adoptar con matices todos los partidos entonces en la oposición, la vida bullía maravillosa en este pensil bendecido por el cielo, pero las sucesivas victorias del PSOE en las urnas durante 36 años fueron marchitándolo y dejándolo transfigurado en un páramo infecundo e irreconocible. Naturalmente, la ensoñación atribuía los males estructurales acumulados en décadas (el desempleo o la falta de industrias)  al poder regional en exclusiva, tal si se tratara de un territorio soberano que decidiera en soledad y con sus propios medios su destino y no dependiera de nada ni nadie. Y, como corresponde a este tipo de historietas, los libertadores lograrían con arrojo recuperar las glorias pasadas y el lustre perdido. Fin.

No es ninguna novedad que los gobiernos que durante la campaña electoral aseguraron mutaciones milagrosas se desdigan al chocar con la realidad de la carencia de recursos y la complejidad administrativa. Existe incluso cierta tolerancia condescendiente del ciudadano ante la euforia de los candidatos al autoadjudicarse proverbiales dotes de gestión. A Mariano Rajoy le suele dar la risa cuando experimenta ataques de sinceridad y reconoce sin tapujos que incumplió sus promesas unos días después de cruzar la puerta de la Moncloa. Le pasó no hace mucho frente a Felipe González, quien también se desternilla, y se justificó con la cita famosa de Winston Churchill: "La mejor dieta para un político es comerse sus propias palabras". Sin ir más lejos, Moreno Bonilla tuvo que merendarse prácticamente a pie de urna los 600.000 empleos que dijo que iba a crear, la bajada masiva de impuestos o el despido fulminante de los millares de supuestos enchufados de la Junta. 

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Subvencionado, tú

El lingüista George Lakoff nos habló en su popular ensayo No pienses en un elefante (Ediciones Península) de la importancia que tiene para el proceso de creación de opinión pública fijar un marco mental que delimite los términos del debate, y de que el principal instrumento para lograrlo es el lenguaje. Si en los últimos años en España hay una palabra clave que consiga establecer un encuadre altamente negativo en sólo unos minutos, esa es sin duda subvención. Es mentarla y empezar a borbotear improperios como una cafetera en ebullición, pese a que algunos en el frenesí se disparen en el pie de su propia incongruencia. Ocurre en cada edición de Los Goya. Los premiados dicen cosas que molestan al arco conservador y enseguida se activa el alfilerazo sin frontera. No tiene pérdida: cuando el dinero público va a los que me caen bien, se trata de ayudas, respaldo institucional, políticas de apoyo; cuando no, es subvención. Como un insulto. Subvencionado, tú.

No seré yo la abogada de las pesadísimas peroratas que los galardonados se marcan al recoger las estatuillas, una letanía de agradecimientos, afectadas dedicatorias y reivindicaciones variopintas que prolongan la gala hasta que te hormiguean las piernas de puro entumecimiento. Si bien ha de admitirse que es lo habitual en los festivales, y sucede en todas partes: desde Cannes a Hollywood, raro es quien se resista frente al micrófono a enumerar atropelladamente la lista de allegados o defender su causa. Tampoco me propongo escribir de los contenidos de las demandas, de si son justas o improcedentes, moderadas o abusivas, elegantes o chabacanas. Ni siquiera de por qué irrita tanto a ciertos sectores, que se creen con licencia para pontificar y dar lecciones, que los cineastas elijan para sus películas los temas que les inspiran y motivan, en lugar de los que a ellos les gustan. Y que lo reprueben con el habitual (y ya cansino) desparrame de sinónimos maledicentes de progresista.

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¿Dónde está la moderación?

Decir que se es moderado suena bien. Desde luego, mucho mejor que confesarse extremista irredento sin flexibilidad para considerar posiciones distintas. Figura en los manuales de la moderna politología: la moderación desde la firmeza de convicciones es una estrategia acertada porque permite situarse como sujeto aglutinador de los anhelos de concordia de la mayoría. Además, presupone templanza, sosiego, raciocinio, capacidad de diálogo e incluso sentido común. Cuando alguien se autocalifica como moderado se está colocando en un espacio amplio, alejado de la crispación y las alharacas. Pero una cosa es predicar y otra dar trigo. En la miscelánea de pactos que conforman la gobernabilidad española (estatal, autonómica y local) la moderación es más reclamo publicitario que realidad, porque los extremos han irrumpido en la gestión como aliados necesarios. Están dentro.

Naturalmente, no me refiero a una concepción histórica de los partidos llamados moderados, claramente de ideología conservadora, sino a un estilo político contemporáneo que en ocasiones ha adoptado tanto la izquierda como la derecha, y que confronta con la intemperancia y los excesos, con la polarización y las líneas rojas, con las dicotomías irreconciliables, con los conmigo o contra mí. Que busca la razón ponderada y no una sociedad dividida en bandos incompatibles, como si no hubiera más dialéctica que la binaria. Que renuncia a las proclamas infamantes cuyo último fin es manipular las emociones. Que practica la contención verbal y deja de echar leña al bolero febril de los sentimientos traicionados en el que se ha convertido el debate público.

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La patochada rentable

Mucho nos hemos reído de Donald Trump por la cantidad de invenciones ridículas que antes de acceder a la presidencia de Estados Unidos fue capaz de encadenar. Engañifas tan descaradas y argumentos tan infantiloides que resultaba casi imposible imaginar que fueran a calar en el electorado. Sin embargo, ahí está, al frente de la primera potencia mundial, con su grotesco peinado de ensaimada amarilla y su larguísima corbata de payaso, jugando a la ruleta rusa con la vida de todos nosotros y la supervivencia misma del planeta. Lo peor es que las rústicas falsedades continúan, ahora desde el poder, y parece que viento en popa rumbo al segundo mandato en la Casa Blanca. Los expertos sostienen que está todo inventado y que es un hecho que la desinformación trufada de bulos y patrañas crea relatos alternativos eficaces, multiplicados al infinito por la acción aceleradora de Internet. De acuerdo, la patochada es rentable, pero a mí me sigue pareciendo asombroso que trucos harto chapuceros, a los que se le ve de lejos el cartón, funcionen.

Viene esto a colación al recapacitar sobre el profuso balance de representaciones teatreras del nuevo Gobierno de la Junta para denunciar lo que sus antecesores hicieron mal, como si lo de gestionar fuera una encomienda secundaria e irrelevante. Algunos las estimamos perecederas y les pronosticamos una vida corta, pues artificios de reducida consistencia pronto iban a caer por su propio peso: el ciudadano exigiría más resultados y menos espectáculo. Craso error. Cada semana asistimos a una nueva función de los prestidigitadores rupestres de San Telmo, a los que se les caen las cartas de las mangas, que tiene eco inmediato en los medios (cosas de la era digital). La penúltima pamplina -a esta hora no me atrevo a decir la última, porque escribo un día antes de su publicación- ha sido el rocambolesco hallazgo de un cuarto "oculto" y "secreto" ¡con ducha de hidromasaje! en la Consejería de Salud, justo cuando su titular recibía una reprimenda pública del propio Moreno Bonilla y colocaba a una activista traída directamente del Obispado de Córdoba al frente de las políticas públicas de sexualidad.

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La irrealidad como ecosistema

El ecosistema de la política del ruido es la irrealidad. Sólo en un hábitat compuesto de bulos, datos falsos y alucinaciones puede sobrevivir un discurso desgarrado y permanentemente pasado de rosca que nada tiene que ver con la vida de todos nosotros. Lo hemos visto estos días en el Congreso de los Diputados, con esa refriega de honras mancilladas y ultrajes variopintos propia de las comedias villanescas. Tan pronto parecía otearse los pendones salvadores de los Tercios de Flandes, como la reencarnación de Stalin capitaneando las hordas marxistas junto a comandos de ETA en formación, como se visualizaban las húmedas mazmorras donde consumen sus días los héroes de la Cataluña sojuzgada. El estrambote se ha normalizado y es preciso imbuirse de la cotidianidad de los días para no sucumbir al clima enfebrecido.

El Gobierno de Pedro Sánchez nace tras un atribulado proceso, es cierto, y gracias a la abstención de partidos que despiertan dudas justificadas, al igual, por cierto, que los que sostienen varios ejecutivos autonómicos, entre ellos el de Andalucía. Eso está ahí. Pero ni es ilegítimo ni había otra alternativa al bloqueo enquistado. Y desde luego, no es la antiEspaña y, que se sepa, tampoco la antiAndalucía, aunque el presidente de la Junta se haya colocado ya frente a toriles con su capote verdiblanco para recibir a porta gayola al nuevo gabinete antes de que salga al ruedo. En su primera entrevista en Canal Sur Radio, Moreno Bonilla ha reiterado que la comunidad está "intervenida" y ha amenazado con sacar las legiones a la calle si se "pisotean" derechos, que él barrunta que va a ser que sí. Después ha añadido que encabezará cuantas manifestaciones hagan falta contra las afrentas, y se ha autocalificado como "moderado".

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Familias y visibilidad

En Andalucía (y fuera de ella) se ha recibido con un arquear de cejas al premio que la Junta está en proceso de instaurar para las familias que tengan más hijos, como aquellos de la posguerra que puso en marcha Franco y su vehemente política de natalismo. La asociación de ideas con el No-Do y el tufo a naftalina que desprende tal estampa es inmediata. Pero una vez recolocadas las cejas en su sitio habitual, convendría reflexionar sobre qué se quiere decir con este galardón camp auspiciado muy seriamente desde el ámbito institucional. Si se trata del preludio de una intervención sincera sobre los factores reales que repercuten en el descalabro del número de nacimientos; o, por el contrario, es un mero gesto de reivindicación ideológica, pues la exaltación de la familia tradicional, junto con la épica desgarrada de la unidad de la patria, forma parte de la retórica de plantilla del populismo de derechas.

La caída de la natalidad en España es alarmante: somos uno de los países con la tasa de fecundidad más baja del mundo y los recientes datos del INE nos colocan en registros mínimos. Pero lo llamativo es el desfase entre los anhelos reproductivos que expresan mujeres y hombres (una media de dos hijos) y los que realmente tienen (1,2). Una brecha que evidencia que existen condiciones económicas y sociales poderosas que deben ser atendidas por la política, como la precariedad, el acceso a una vivienda o la conciliación. El debate es complejo y abundante en puntos de vista, sin embargo, no parece que la escasez de alumbramientos sea fruto del hedonismo o la trágica pérdida de valores. Tampoco de la falta de "visibilidad" de la familia, como reza el texto del Premio de la Junta. Además de a la descendencia, otorga otras siete distinciones. Curiosamente, en ninguna contempla a las parejas del mismo sexo.

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Sanidad parasitaria

La sanidad andaluza vuelve a estar estos días en primera plana por su visible colapso: cierre de centros de salud, camas, quirófanos y plantas de hospitales enteras; 700 profesionales menos al mes, operaciones canceladas, falta de especialistas y citas a más de un año. Escribe el médico y experto Javier Padilla en su libro ¿A quién vamos a dejar morir? (Capitán Swing) que quienes son contrarios a los sistemas públicos de salud no quieren privatizarlos ni que desaparezcan, como a menudo claman los mensajes apocalípticos. Lo que buscan es que lo público alimente todo el engranaje privado mediante conciertos y externalizaciones. Es lo que llama "parasitación" y es fácil de comprender: con dinero de todos garantizan los ingresos estables del negocio privado. En este flujo, el deterioro general y las deficiencias actúan como acicates, y de paso ayudan también a dinamizar el sector de las compañías de seguros. ¿Es esto lo que está pasando en Andalucía?

Lo que sí sabemos es que una de las primeras decisiones del consejero del ramo, el parlanchín Jesús Aguirre, el de los modos de cacharrero, fue derivar enfermos a clínicas privadas y gastar ahí el 60% del dinero adicional de un inservible plan de choque a las listas de espera. En línea con la pericia de su Ejecutivo para descubrir teatralmente documentos de sus predecesores en trampillas secretas justo en el momento oportuno, Aguirre se topó en "un cajón" con 500.000 pacientes en espera --en realidad cambió los criterios y la manera de contar--, que le vinieron de perlas para anunciar un aumento de los conciertos a "beneficio" de los usuarios. Una vez más, las huestes del autodenominado Gobierno del cambio desembarcaron en el sistema de salud como libertadores, pero el resultado es el que tenemos: declive y recortes, la mitad de la plantilla con temporalidad y la Consejería de Hacienda controlando el presupuesto de los hospitales con el ojo puesto en el ajuste y no en el enfermo.

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Historietas

Sostienen los entendidos que la clave de la política actual es el relato, es decir, disponer de una historia que consiga conectar con el ciudadano y persuadirlo. Las historias mueven las emociones y éstas a las personas. No es nada nuevo, siempre ha sido así: desde el cuento alrededor del fuego en el principios de los tiempos, hasta las más depuradas estrategias de comunicación moderna de los llamados spin doctors (asesores y expertos) que ahora nos inundan. La narrativa de los mensajes políticos es esencial, y tan malo es carecer de ella como pasarse de rosca en el melodrama y el manejo de los arquetipos del malvado y el libertador. El primer caso es el del PSOE andaluz, que se quedó en blanco al perder la Junta después de 36 años y sigue en estado ameba; y el segundo, el del PP y Ciudadanos, sus sucesores en el Gobierno, tan sobreactuados en la propaganda discursiva y escénica como infecundos en la gestión.

La desorientación de los socialistas andaluces dura ya un año. Se quedaron sin relato tras salir de San Telmo y desde entonces han actuado como si su destino inexorable fuera vagar por los océanos de la política igual que el holandés errante. Incapaces de escapar de la perplejidad en la que le sumió la alianza de las tres derechas para desbancarlos, sus respuestas han sido poco más que unos agónicos manotazos al aire. Es verdad que en este tiempo han recibido un golpe detrás de otro. El último, el de los ERE; pero ni siquiera este mazazo formidable es el motivo de su deambular de boxeador sonado. Tampoco el acusado desgaste de la figura de Susana Díaz, a la que han encañonado todos los reflectores, incluidos los de su propio partido dentro y fuera de Andalucía, y el consiguiente dilema sobre los futuros liderazgos.

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