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Isabel Pedrote

Como casi todo periodista de Sevilla, empezó en El Correo de Andalucía, y luego trabajó 24 intensos años en El País, mayormente de cronista política. Ha colaborado en televisión y radio, y también ha pasado por la comunicación institucional.

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Queipo y los sentimientos religiosos

Por la casa de la playa de mi familia andaba rodando, amarillenta y desportillada, la primera edición de El último virrey (1978, Argos Vergara). Una tarde de verano de hace unos cuantos años, agotadas todas las lecturas que me había llevado, y sin nada más a mano, la ojeé con desgana y me quedé prendida. Escrito con maestría por el periodista y literato Manuel Barrios antes de que se completara la Transición, el libro delinea la personalidad levantisca y sanguinaria del general Queipo de Llano. E incluye también un muestrario de sus famosas "charlas" radiofónicas en las que, además de propagar el terror, asume abiertamente, y con grotesca altanería, las "más negras responsabilidades" de un criminal de guerra. Asombrosamente, casi 59 años después de muerto, su tumba glorificada destaca en la sevillana basílica de la Macarena, un lugar sacro y de hondo sentimiento religioso.

Me ha venido este recuerdo al hilo de la nueva polémica (otra más) que arde en los hornos de la indignación ultracofrade: el anuncio del Festival de Cine de Sevilla, un ingenioso vídeo que juega con la afición semanasantera de esta ciudad, a la vez que hace gala de un miramiento exquisito para evitar cualquier leve roce con su iconografía. Parece que no ha sido suficiente. Siempre prestos a soliviantarse por cualquier nimiedad, los que blanden el sentimiento religioso cual cachiporra con la que atizar a todo lo que les disgusta -que suele ser lo diferente- se han apresurado a desplegar sobre el spot una amplia galería de mohines, desde pucheros lastimosos hasta acalorados aspavientos. Eso sí, sin alcanzar la intensidad de la revuelta (perfectamente ordenada, faltaría más) para conseguir que el Ministerio de Cultura retirase de la web del Instituto de Patrimonio fotografías de la restauración de imágenes.

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La política hincha

He leído que hincha es un término acuñado en Uruguay, cuyo origen se debe a uno de los encargados de inflar los balones de un equipo de Montevideo -a los que se les solía llamar "hinchas"-. Este hombre, devoto incondicional e irracional, se hizo famoso por sus fuertes bramidos y su forma exaltada de animar a los jugadores. Vivimos tiempos de política hincha. Del cruce energúmeno de vena inflamada en lugar de argumentos. Tiempos en los que quien piensa distinto no es el adversario sino el enemigo agrio y del todo aborrecible. Lo que priman son las arengas estrepitosas para calentar a las gradas ciegas, como caballos con anteojeras a los que se les aprieta la barriga. El método es dividir de manera irreconciliable y plantear dicotomías artificiales del conmigo o contra mí. En definitiva: vivimos tiempos en los que la política para ganar espacio en lugar de convencer busca el odio rentable.

Está muy calculado. Los estrategas de comunicación de los partidos han estudiado aviesamente cómo llamar la atención y amplificar el eco de sus mensajes alentando la indignación, igual que una piedra arrojada a un estanque: del golpe brotan círculos concéntricos que se multiplican y estiran. Sobre el tema que sea, no importa, lo primordial es el ruido. El gurú de estas tácticas es Steve Bannon, el director de la campaña de Trump y figura relevante del Tea Party, pero su escuela (y estela) van más allá de los aplicados alumnos de Vox, y crecen en todos los ámbitos políticos. Ahí tenemos a Marcos de Quinto, de Ciudadanos, con su infamante tuit sobre el Open Arms [llamó a los exhaustos migrantes a la deriva "pasajeros bien comidos"], o al más reciente de su colega el siempre incendiario Girauta, quien ha escupido una caterva de insultos sobre el PSC con la agresividad de un macarra.

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Impuestos en campaña

Una de las consecuencias de que España se haya instalado dentro de un bucle electoral inacabable es que los grandes desafíos están arrumbados en el desván de la indolencia en espera de una oportunidad de sosiego y estabilidad que nunca llega. Los debates en profundidad son metafísicamente incompatibles con las gesticulaciones y la vacuidad de las campañas, en las que se regalan promesas como baratijas. Las reformas pendientes que minan la fluidez del Estado del bienestar son varias -pensiones, financiación autonómica, energía, mercado laboral-, pero ninguna se presta a embadurnarse del barro de la refriega política como la fiscal, especialmente desde que el populismo de derechas haya dictado como dogma que todo se soluciona bajando impuestos.

Así que aquí estamos otra vez en plena manufactura de una variada gama de chollos fiscales y fórmulas mágicas que aseguran que si se paga menos, milagrosamente nos dan más, a ver dónde está la bolita; que predican sobre el averno tributario español y sus oscuras tinieblas (del andaluz ya no, que está en deconstrucción); de estrafalarias revoluciones de las que se benefician las élites mientras la zanja de la desigualdad se agiganta; de mítines con gangas irresistibles de llévese dos y pague la mitad en cómodos plazos. Las tradicionales teorías económicas liberales se anuncian como recién salidas del horno del sentido común, y todo se encomienda a la eficacia, capacidad y competencia de los gobernantes, de las que no debemos recelar en plan aguafiestas.

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La izquierda andaluza se vuelve borrosa

Tenían el partido ganado hace meses y decidieron despeñar la copa desde los palcos vips y hacerla añicos. Vuelta a empezar. La derecha ha recibido un regalo inesperado, súbitamente una nueva oportunidad, que lo mismo es baldía, o no. A saber. De momento, se puede proclamar que quienes teorizaban sobre la evolución del bipartidismo español hacia una dinámica de bloques con resultado idéntico no han estado del todo finos, porque el bloque de la izquierda (en su acepción de grupo ocasional) ni siquiera ha emergido. Sumar es insuficiente, hace falta entenderse, y en esta catarsis de culpabilidades que nos inunda, ya se repite un estribillo poco esperanzador: el que divide es el otro. Conclusión: el anhelo de la izquierda de superar la parcelación caleidoscópica que va en aumento --y, a lo que se ve, en su detrimento-- se adivina lejano.

Mucho se ha escrito sobre la desunión de la izquierda y su tendencia a combatirse entre sí, una especie de maldición que le hace buscar inexorablemente puntos de disputa insalvables justo en los momentos más cruciales de la historia. Es difícil, por lo tanto, alumbrar reflexiones novedosas. Todo es viejo, muy viejo, pero no por eso deja de repetirse. Sin duda, la parodia que mejor ha captado este espíritu de disenso perpetuo es La Vida de Brian, la película de los Monty Python, y sus enfrentadas combinaciones del Frente Popular de Judea. Una pureza suicida que conduce al dislate de un partido hecho a medida de cada persona, como si fuera imprescindible compartir íntegramente el ideario y conectar al cien por cien, karma incluido, para acordar unas líneas de políticas comunes. Nadie acertaría a predecir hasta dónde será capaz de llegar la izquierda partiéndose a sí misma.

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Aunque no se lo merezcan

El enfado es de proporciones bíblicas. Si por el común de los ciudadanos fuera, ningún castigo sería suficiente para calmar la rabia de esta enorme frustración suscitada por los políticos, que no por la política. Corta se iba a quedar la caravana de calamidades de las diez plagas de Egipto concebida por la imaginativa ira de Dios, con sus úlceras pestilentes, su enjambre de piojos y su lluvia de granizo y fuego. Lo que menos se les puede llamar es sádicos retorcidos, porque en las últimas semanas han fingido que perseguían un acuerdo cuando sólo se trataba de tantear las posibilidades de éxito. E irresponsables, porque se han conducido como si sus actos fueran inocuos, un juego de pirotecnia inofensivo, y en realidad no tuvieran consecuencias en la vida de las personas.

Más que nunca se cumple el viejo aserto de que los políticos no pisan tierra y orbitan en una galaxia alejada de sus administrados y de lo que de verdad importa. Su comportamiento tiene poco que ver con los ideales y valores que dicen defender, y desde luego, nada con lo que necesita la sociedad española. Han perdido por completo la perspectiva, están en otro orden de cosas, en otra dimensión. Lo único que les ha movido es la dinámica del poder: conseguirlo y mantenerlo. Como ratones desquiciados, dando vueltas en la noria de una lógica de la que no pueden escapar, retroalimentándose unos a otros en ese ecosistema endogámico de autodestrucción que no les permite un leve pensamiento sobre el alcance de sus fútiles maniobras. Ni siquiera sobre la ética.

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Reencuentro con la fanfarria

Septiembre es el mes oficial de los retornos. No importa si durante la fecha habitual de vacaciones se quedó varado y no vuelve de ninguna parte. Tampoco si ha carecido de periodo de asueto o si, en un escenario aún peor, el trabajo al que reengancharse es inexistente. El ritmo lento de los días de pronto se acelera, las prédicas entusiastas se disparan y se suceden las invocaciones a los proyectos ilusionantes, las energías renovadas, las pilas cargadas y otros lugares comunes que, en lo que a la política se refiere, más que inoportunos, son del todo irritantes. Apenas se ha movido nada, y la conexión con la actualidad consiste en el reencuentro con el mismo hilo de consignas enlatadas que pretende hacer pasar por realidad hechos que nunca han ocurrido. Pura fanfarria.

No se trata únicamente de la propaganda goebbeliana y su táctica machacona de repetir una falsedad hasta que se perciba como verdad, o de la exasperante negación de la evidencia que ha convertidos al gag de los hermanos Marx -¿a quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?- en la auténtica bandera de estos tiempos. La forma de hacer política que se ha instalado desborda el descaro de ambas (malas) prácticas y se extiende hacia recursos igual de desvergonzados: se fabrican problemas irreales presuntamente originados por enemigos reconocibles a nivel cómic para ofrecer después respuestas efectistas.

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Cosas que ya no existen

Se adquiere conciencia del paso del tiempo cuando un día te sorprendes haciendo inventario de las cosas que ya no existen. Suele ocurrirme sobre estas fechas al volver a la casa familiar de la playa, al mismo mar de todos los veranos, como el título de la primera novela de Esther Tusquets. Árboles que han desaparecido, senderos que dejaron de serlo, edificios alzados en huecos inverosímiles; un paisaje modificado apenas reconocible. Nada es como era y el extrañamiento con lo que me rodea me da la medida exacta de lo ausente y de lo perdido. También el estado de los objetos tiene el poder de tasar el tiempo: los desconchados de la pintura, el color desleído de las cortinas, la solería levantada, las rejas manchadas de óxido, el veteado de grietas en el techo. 

Con la política y el periodismo tengo una sensación parecida. Es tan extenso el recuento de los modos y las cosas que ya no son y, sobre todo, tan punzante la evocación de las personas que ya no están, que resulta casi imposible escapar a la nostalgia. El otro día me encontré en la calle a un agitador impenitente de épocas pasadas que hacía mucho que no veía y me congratuló comprobar cómo conservaba aún intactas las trazas de digno perdedor infatigable, de rebelde maldito. Repasamos el repertorio de los usos periodísticos y políticos extinguidos entre risas y socarronería mutua, con un punto de incredulidad sobre aquellas certezas que dábamos por inamovibles y que los años han contradicho.  

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Exhibición de politiqueo

Es sabido que la política siempre ha tenido mucho de representación teatral. La forja de un dirigente se asemeja al proceso de definición de un personaje, al igual que sus categorías: principal, secundario, antagonista, tritagonista o instrumental. Y los parlamentos y otros foros públicos son en realidad escenarios con sus decorados, sus bambalinas de colores y sus tramoyas repletas de guionistas y apuntadores. Cierto que para que el espectáculo funcione conviene una ardorosa clac que anime, pero se trata  de un mero estímulo, lo realmente imprescindible es que tanto los personajes como la trama sean dignos de que el espectador conecte y se considere concernido por la historia. Da lo mismo que sea de manera simbólica, lo importante es que se sienta partícipe y la crea de interés.

Precisamente esto último es lo que está fallando en la política española durante las últimas semanas. Con motivo. Después de un maratón de urnas, en el que, por cierto, los electores han estado más que a la altura (con una participación del 76% en los comicios generales), la respuesta ha sido una exhibición descocada de vil politiqueo. Incoherencias, dilaciones, falsedades, maniobras toscas, fintas florentinas, intercambio de favores, colocaciones indecorosas de cuadros descolgados, cambalaches... La peor cara del uso de lo público en pro de unos intereses difíciles de descifrar y que a simple vista parecen a la medida de egos y componendas. Se empieza a acusar la fatiga.

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El contagio empieza a ser palpable

La periodista francesa Mona Chollet relaciona en su libro Brujas (Ediciones B) la cacería desencadenada en Europa a principios de la Edad Moderna, que en realidad fue una guerra contra las mujeres, con la efervescencia humanista del Renacimiento. El estallido de esta orgía de sangre no ocurrió en la Edad Media, como a menudo se sugiere, sino en una etapa que asociamos con el inicio del progreso, las ciencias y las artes. Hubo más de un motivo -la necesidad de hallar un chivo expiatorio y el miedo a los cambios es siempre el origen de todas las persecuciones- pero, sin duda, se trató de una explosión de misoginia gradualmente acumulada ante la autonomía que trabajosamente iban adquiriendo las mujeres. Podían hacerlo y lo hicieron.

A cada conquista colectiva, a cada mutación trascendente, le sigue una respuesta involutiva. Es más, suelen ser simultáneas: a la vez que arraiga el avance se está construyendo ya la ofensiva de la reacción para desandar el camino y reimplantar el orden primigenio. En lo que concierne a la mujer, este vaivén de la historia ha sido una constante desgraciada. En cualquier época sobre la que pongamos la lupa, encontramos a quienes han percibido la más leve brisa de independencia y de igualdad como un huracán catastrófico. Y han corrido a dominarlo. Sólo en el siglo pasado las oscilaciones se amontonan: desde la práctica abolición de la mujer española como ser social tras la caída de la República, o el retroceso de la emancipación alcanzada en la Segunda Guerra Mundial, hasta la revancha de la opinión publicada durante los ochenta y noventa contra la expansión de las dos décadas anteriores.   

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Perturbadora ideología

Es un clásico. Cuando alguien se refiere a la ideología como algo intrínsecamente perjudicial y desaconsejable no es difícil predecir su orientación. En La escopeta nacional, la mítica película de García Berlanga, el personaje que representa José Sazatornil responde a la pregunta de si está comprometido políticamente: "Yo, apolítico total, de derechas, como mi padre". Repeler y repudiar la ideología suele ser un recurso muy socorrido de los partidos conservadores para tratar de convencer, como si sus propios actos políticos no estuvieran inspirados en ideas y creencias sino en una suerte de pragmatismo infalible, ungido por el sentido común a la manera del descendimiento del Espíritu Santo en lenguas de fuego sobre las cabezas de los apóstoles.   

El Gobierno andaluz sigue esta táctica con el presupuesto de 2019: abjurar de la ideología para demostrar el sumun de la buena voluntad y altura de miras. Eso sí, después del encomio de teorías fuertemente ideologizadas. El exponente de este contrasentido es el consejero de Hacienda, Juan Bravo, quien en cada comparecencia pública en la que se le presenta la ocasión regala a la concurrencia una entusiasta defensa de la economía neoliberal y, sin embargo, se apresura a tachar de "ideológico" -como sinónimo de "negativo"- aquello que le incomoda o simplemente le viene mal. Caso de la memoria histórica, las medidas de violencia de género y de inmigración, que rechazan sus aliados de Vox.

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