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Isabel Pedrote

Como casi todo periodista de Sevilla, empezó en El Correo de Andalucía, y luego trabajó 24 intensos años en El País, mayormente de cronista política. Ha colaborado en televisión y radio, y también ha pasado por la comunicación institucional.

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El contagio empieza a ser palpable

La periodista francesa Mona Chollet relaciona en su libro Brujas (Ediciones B) la cacería desencadenada en Europa a principios de la Edad Moderna, que en realidad fue una guerra contra las mujeres, con la efervescencia humanista del Renacimiento. El estallido de esta orgía de sangre no ocurrió en la Edad Media, como a menudo se sugiere, sino en una etapa que asociamos con el inicio del progreso, las ciencias y las artes. Hubo más de un motivo -la necesidad de hallar un chivo expiatorio y el miedo a los cambios es siempre el origen de todas las persecuciones- pero, sin duda, se trató de una explosión de misoginia gradualmente acumulada ante la autonomía que trabajosamente iban adquiriendo las mujeres. Podían hacerlo y lo hicieron.

A cada conquista colectiva, a cada mutación trascendente, le sigue una respuesta involutiva. Es más, suelen ser simultáneas: a la vez que arraiga el avance se está construyendo ya la ofensiva de la reacción para desandar el camino y reimplantar el orden primigenio. En lo que concierne a la mujer, este vaivén de la historia ha sido una constante desgraciada. En cualquier época sobre la que pongamos la lupa, encontramos a quienes han percibido la más leve brisa de independencia y de igualdad como un huracán catastrófico. Y han corrido a dominarlo. Sólo en el siglo pasado las oscilaciones se amontonan: desde la práctica abolición de la mujer española como ser social tras la caída de la República, o el retroceso de la emancipación alcanzada en la Segunda Guerra Mundial, hasta la revancha de la opinión publicada durante los ochenta y noventa contra la expansión de las dos décadas anteriores.   

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Perturbadora ideología

Es un clásico. Cuando alguien se refiere a la ideología como algo intrínsecamente perjudicial y desaconsejable no es difícil predecir su orientación. En La escopeta nacional, la mítica película de García Berlanga, el personaje que representa José Sazatornil responde a la pregunta de si está comprometido políticamente: "Yo, apolítico total, de derechas, como mi padre". Repeler y repudiar la ideología suele ser un recurso muy socorrido de los partidos conservadores para tratar de convencer, como si sus propios actos políticos no estuvieran inspirados en ideas y creencias sino en una suerte de pragmatismo infalible, ungido por el sentido común a la manera del descendimiento del Espíritu Santo en lenguas de fuego sobre las cabezas de los apóstoles.   

El Gobierno andaluz sigue esta táctica con el presupuesto de 2019: abjurar de la ideología para demostrar el sumun de la buena voluntad y altura de miras. Eso sí, después del encomio de teorías fuertemente ideologizadas. El exponente de este contrasentido es el consejero de Hacienda, Juan Bravo, quien en cada comparecencia pública en la que se le presenta la ocasión regala a la concurrencia una entusiasta defensa de la economía neoliberal y, sin embargo, se apresura a tachar de "ideológico" -como sinónimo de "negativo"- aquello que le incomoda o simplemente le viene mal. Caso de la memoria histórica, las medidas de violencia de género y de inmigración, que rechazan sus aliados de Vox.

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¿Qué será lo próximo, "feminazi"?

Confieso que me resulta descorazonador escuchar a la consejera de Igualdad de Andalucía hablar de "chiringuitos de género". Ha bastado un ademán de Vox respecto al bloqueo del presupuesto de la Junta —cuyos votos son indispensables— para que la hipotética guardiana de las políticas públicas sobre mujer abrace códigos machistas, y recite de corrido el compendio de conceptos furiosamente sexistas acuñados por la extrema derecha. La sensación de derrota es inevitable. En sólo unos minutos, Rocío Ruiz, que así se llama la titular —a la sazón, de Ciudadanos—, ha hecho crujir años y años de esfuerzos para que las administraciones se impliquen en el combate de la discriminación y su vertiente más extrema, que es el terror del maltrato y la muerte.

Pero no sólo; también ha golpeado el ahínco laborioso de expertos de todo tipo: juristas, sociólogos, historiadores, psicólogos, policías. Con un par de frases, Ruiz ha puesto en jaque el concienzudo trabajo de todos ellos. Porque no es lo mismo que las despreciativas expresiones sobre las áreas que dirige salgan de su boca que de la de un diputado cualquiera. Incluso si es el consejero de Presidencia (Elías Bendodo) quien las repite, ya que se le supone presto a maniobrar lo que haga falta para evitar que se le disloque su Gobierno de tres patas. Llegados a este punto, mi pregunta es: ¿cree la consejera Ruiz en lo que hace? ¿Sabe algo de lo que maneja? De momento, es evidente que carece de la sensibilidad mínima para calibrar el impacto que significa que quien es depositaria de la encomienda de velar por la igualdad desde la órbita pública exhiba una mirada manchada de sexismo. Como si tal cosa.

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De los cuentos de campaña al realismo mágico de los pactos

La campaña electoral ha muerto, cierto, y con ella los cuentos para niños grandes que han sido la propaganda ramplona y los mítines de coloridas banderolas. Pero la narración continúa en la nueva fase de los pactos de gobernabilidad, esta vez con relatos más próximos al realismo mágico. En la novela La casa de los espíritus, la primera obra de la chilena Isabel Allende, el personaje de Clara del Valle deja de hablar a su iracundo marido, Esteban Trueba. El silencio no altera el vínculo entre ellos: le apoya en el trabajo, se preocupa de su bienestar, son un matrimonio. Lo único es que cuando Trueba se dirige a ella, hace como que no le oye, mira para otro lado y recurre para comunicarse a personas interpuestas.

Ciudadanos escogió esta senda estratégica en Andalucía para su Ejecutivo de coalición con el PP y parece que la va a repetir en los escenarios abiertos en un puñado de autonomías y ciudades, donde la extrema derecha participa en la aritmética de Gobierno. Sostiene que no ha negociado ni va a negociar con Vox -la tercera fuerza necesaria para desbancar las listas más votadas de los socialistas-, que nada tiene que discutir con los ultras, y que si recibe sus votos, ellos sabrán. El realismo mágico no pretende presentar la magia como si fuera real, sino presentar la realidad como si fuera mágica. La táctica del escritor es deformar la realidad. Vox les apoya sin nada a cambio, porque sí.

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El doblaje creativo del Gobierno andaluz

En el último pleno del Parlamento andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla le dijo a Susana Díaz que la diferencia entre su Gobierno y los de ella radica en que él carece de hipotecas. Se produjo entonces una escena pintoresca, pues mientras el presidente aseguraba volar como un pájaro libre de ataduras, su hipoteca (la bancada de Vox) aplaudía atronadoramente en el extremo del hemiciclo. Este tipo de disociación entre lo que se dice y lo que se ve sólo la ha conseguido mejorar el doblaje de la censura franquista. La anécdota de la versión española de la época de Arco de Triunfo viene muy al pelo: en una de sus secuencias, a la pregunta de "¿es su marido?", Ingrid Bergman negaba con la cabeza al tiempo que se escuchaba un rotundo "sí". Surrealismo puro.

Que el Gobierno autonómico de PP y Ciudadanos tiene una hipoteca con Vox es innegable, por mucho doblaje creativo que los estrategas de San Telmo quieran sobreponer a lo que está a la vista de todos. Para que el armazón no se venga abajo necesitan sus votos, pero hacen como si no, y así van transcurriendo los días, entre intercambios de avisos a navegantes, que ríete tú de la autoridad portuaria, y pirotecnia controlada: efectos visuales sonoros y fumígenos de combustión no explosiva.

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El malabarismo electoral llega a su fin

Quedan solo unos días para cerrar de una vez el tupido lapso electoral que en Andalucía se abrió el 2 de diciembre pasado y concluye con la doble cita de municipales y europeas del 26 de este mes. Será entonces cuando empiecen a despejarse los enigmas mantenidos en suspenso durante esta interminable riada de propaganda que fluye desde todos los frentes, y que ha bloqueado cualquier certidumbre, entre vaguedades, medias verdades y engaños descarados. Como ocurre con "Juego de Tronos", la serie de intrigas palaciegas y batallas espectaculares cuyo último capítulo tiene al mundo catódico en vilo, estamos deseando que se desvelen todos los misterios encapsulados en una irritante ambigüedad, y vislumbrar, al menos, a dónde vamos a ir a parar en esta etapa.

Saber, en primer lugar, qué será de los consensos dinamitados nada más comenzar la legislatura sobre violencia machista y memoria histórica, asuntos transversales de importancia capital que fueron mimosamente cimentados en el anterior mandato hasta lograr la meritoria marca de erigir dos leyes sin votos en contra. ¿Cómo encajará el presidente  Moreno Bonilla definitivamente el discurso incendiario de Vox, ese partido que ya únicamente él califica de serio, después de que Casado lo geolocalizara de una patada en la extrema derecha? ¿Cuánto tiempo aguantará sorteando las bravatas diarias de sus exaltados socios de investidura? ¿Y Marín? ¿Qué nuevo mandamiento del voluble Rivera defenderá ahora como la verdad revelada en el Monte Sinaí? 

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La carambola al desnudo

Las elecciones generales del 28 de abril han tenido el efecto de un fuerte vendaval en el Gobierno de coalición de Andalucía. La ráfaga del descalabro del PP de Pablo Casado ha levantado de golpe el faldón del teatro de guiñol que suele ser la política y ha vuelto a recordar que lo que hay debajo son dos partidos que no alcanzan para componer una mayoría y se sostienen con la extrema derecha de puntal. Es cierto que se sabía, pero la realidad se olvida cuando uno se abandona a la trama de lo que le están contando y se deja llevar por la fantasía.

A la fotografía del Ejecutivo sólido, duradero y autónomo que proclamaron triunfalmente sus líderes antes de las elecciones, ahora se le descubren clarísimamente los retoques del photoshop. El armazón pelado, así expuesto, sin decorados ni artificios, proyecta una imagen de fragilidad extrema, como esos edificios desvestidos que asombrosamente quedan en pie después del paso de un huracán.

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Andalucía como espantajo

La doble ración de debate entre los cuatro candidatos a la presidencia del Gobierno acabó en empacho. Suele pasar cuando te lo comes todo de golpe, que sienta mal, y en lugar de disipar indecisos, lo más probable es que brotaran algunos nuevos. Ya se verá. Salvo Cataluña, la España de las comunidades estuvo ausente, y Andalucía apareció como decorado teatral; una vez más, el marco folclórico de la refriega, como aquellos de cartón piedra de las películas donde los protagonistas dirimían sus diferencias tentándose la faca. Es una cruz.

El dúo mal avenido de Casado y Rivera no dejó de descerrajar cifras desquiciadas de fraudes de todo pelaje, mientras Sánchez, mirando a cámara, citó a Andalucía como ejemplo de lo que ocurrirá si dan los números para un pacto con la extrema derecha. Le faltó la música de "Psicosis". Todo muy de pasada, pues ninguno parecía saber de qué diablos le hablaba el otro. La cuestión es que a ambos bloques les sirvió como espantajo, un prodigio de versatilidad que en realidad revela el desconocimiento y la frivolidad con la que nuestros próceres apuntan invariablemente a esta tierra.

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La revolución y el día de la justicia social

El 20 de febrero es el día mundial de la justicia social. Durante esta jornada, la asamblea general de Naciones Unidas invita a los estados miembros a realizar actividades encaminadas a "erradicar la pobreza y promover el empleo pleno y el trabajo decente, la igualdad entre los sexos y el acceso al bienestar social". La llamada a su conmemoración abunda sobre la importancia que tiene para la paz y el desarrollo de los pueblos, así como para lograr sociedades más cohesionadas y equitativas. 

No parece que esta sea precisamente la idea que maneja el presidente de la Junta de Andalucía, quien ha apelado a "la justicia social" para argumentar la supresión, por decreto, del impuesto de sucesiones a los herederos de más de un millón de euros. Una de dos: o Moreno Bonilla es preso de una ignorancia supina o es aficionado al sarcasmo. Aunque lo más probable es que a los guionista del cambio se les hayan ido los pies detrás de la grandilocuencia de su propaganda hasta acabar en un confuso jardín.  

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¡Y a mí, qué!

Es sabido que los periodos electorales operan igual que un cambio de agujas para el tren de la política práctica y los debates importantes. Lo que de verdad concierne a la vida real de los ciudadanos se manda a una vía muerta, mientras se da paso a las alegrías facilonas de los convoyes de campaña, con vagones repletos de pancartas y gallardetes que engatusan y distraen la mirada de los asuntos de enjundia.

No obstante, a veces, el efecto de los reclamos es dudoso, y es difícil saber si será para bien o para mal, pues la reacción lógica es ¡y a mí, qué! Fíjense, por ejemplo, en el decreto ley que bonificará, sin tope, el impuesto de sucesiones en Andalucía. Anunciado por Juan Manuel Moreno Bonilla con redoble de platillos para el martes próximo, nadie en su sano juicio puede esperar que las muchedumbres se echen a la calle pletóricas de júbilo para celebrar que los herederos que superen el millón de euros -ahora están exentos quienes no alcancen esta cifra- dejen de pagar en adelante al fisco.

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