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Isabel Pedrote

Como casi todo periodista de Sevilla, empezó en El Correo de Andalucía, y luego trabajó 24 intensos años en El País, mayormente de cronista política. Ha colaborado en televisión y radio, y también ha pasado por la comunicación institucional.

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Andalucía pinta poco

La confección de las listas para las próximas elecciones generales nos ha dejado toda una exhibición de autoridad de los líderes de la nueva hornada. Sin miramientos, han hecho lo que han querido mediante el plumazo jerárquico. Y no les ha importado nada que tal alarde de mando se haya llevado por delante sus propias prédicas y principios; lo que, a la postre, deviene en una refutación de ellos mismos. Pero tras desbrozar las rencillas de las belicosas tribus de los partidos -narradas copiosamente por los cronistas-, hay una lectura de este proceso muy preocupante que no escapa a ninguna formación: Andalucía pinta poco.

Sorprende la naturalidad con la que en los últimos años se ha ido interiorizando la lógica del centralismo, que aterrizó abruptamente con la crisis económica y ha laminado de forma feroz la vindicación territorial hasta reducirla a una tímida resistencia. Las autonomías han acusado la montaraz campaña de desprestigio que ha minimizado logros y magnificado errores. Su caricatura es la del despilfarro. Sin duda, ha contribuido el movimiento independentista de Cataluña y la consiguiente explosión nacionalista española, aunque todo empezó mucho antes.

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Iconos del poder

No se puede decir que el saldo de la acción del nuevo Gobierno andaluz sea abultado. Más bien al contrario: lo primero ha sido verter bolsas de hielo sobre las promesas de campaña y propinar un empujón al proyecto de Presupuestos más allá del denso ciclo electoral. La oposición argumenta que es porque eluden retratarse antes de llegar a las urnas. El Ejecutivo responde que es porque la prioridad es revisar la famosa herencia recibida, a lo que se ve, agazapada en incontables cajones, prestos a abrirse oportunamente justo cuando se denuncie un incumplimiento. Me temo que no va a haber Junta suficiente para tanto cajón.

En lo que sí ha sido diligente el flamante gabinete es en referenciar los símbolos del poder en Andalucía. Desde esa primera, y efectiva, foto delante de la fachada del Palacio de San Telmo -solía ser intramuros -, hasta el lleno el lunes pasado de los premios de El Público de Canal Sur, con el presidente, dos consejeros, dos viceconsejeros y otros dos delegados, una panoplia completa de autoridades. Sin olvidar el acto del 28-F en el Teatro de la Maestranza, transmutado, para dar el toque personal, en una suerte de gala televisiva de enigmática catalogación.

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Que Vox parezca razonable

Ha ocurrido más de una vez, sobre todo desde que las redes sociales se incautaron de nuestros ratos sueltos y creemos estar conectados a la actualidad vía tuit. Todo empieza cuando alguien se toma en serio el titular de una revista de humor. La cadena de reacción se pone en marcha vertiginosamente, y la indignación inflamada o la defensa solidaria engordan una maraña tan ridícula como baldía.

Es cierto que vivimos en la era de las fake news -las tradicionales patrañas de toda la vida-, y que su sofisticación ha puesto a circular productos muy conseguidos, por lo que es fácil hacerse un lío y caer en sus zanjas. Pero también lo es que la realidad, especialmente la política, hace tiempo que le sacó varias zancadas de ventaja a la ficción, y que la incoherencia y el desbarre se han normalizado. De modo que cualquier desatino, por raro que sea, lo juzgamos verosímil.

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Debajo de la alfombra del Gobierno andaluz

Con el paso del tiempo, los gobiernos que en campaña electoral prometieron a su parroquia una Arcadia feliz suelen ir desdiciéndose de algunos de sus anuncios, al darse de bruces con la realidad de la falta de recursos y la maraña del universo administrativo. Incluso existe cierto margen de tolerancia por parte de la ciudadanía para este tipo de incumplimientos: sabemos que los políticos en su pelea por el voto suelen recurrir a mensajes simplones y, a menudo fantasiosos, sobre su capacidad de gestión y las infinitas virtudes de sus respectivas varitas mágicas.

Lo que no es tan habitual o, por lo menos, no lo era (que cada día nos desayunamos con un nuevo ismo político), es que a los electores se les apee de la nube de los compromisos adquiridos de un zarpazo, y prácticamente a pie de urna.

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