Matar las buganvillas
Empezaré por las buganvillas.
Imaginen una pequeña urbanización de barrio de Sevilla o de cualquier ciudad, una urbanización impersonal, rodeada de esas vallas con pinchos que gritan amenaza. Tiene, sin embargo, un pequeño parque en el que los niños solían jugar y los vecinos más mayores sentarse a tomar el sol, y dentro del parque, una hermosa jacaranda de más de cuarenta años. Cada primavera, cuando florece, el parque se recubre de una alfombra de flores violetas en un espectáculo de belleza de esos que hacen olvidar cualquier día duro de trabajo. Mi madre me manda fotos: “mira qué bonito, debajo de casa”, porque esa urbanización es donde yo crecí.
Decía que los niños solían jugar, en pasado, porque con los años el parque se cerró, se rodeó de otra verja más y se le echó la llave. Algunos vecinos comenzaron a protestar por el ruido, y el ruido se fue, y los juegos de los niños, y la ruleta y los subibajas en los que hicimos amigos, y los buenos días, cómo está, qué tiempo más bueno hace hoy, cómo está su madre que hace tiempo que no me la cruzo...
Tras años de silencio, descampado y vallas con pinchos, un arquitecto ya retirado es nombrado presidente de la intercomunidad y decide devolver la vida a aquel lugar. El parque se vuelve a abrir y se plantan limoneros que tapan la visión de las rejas. Estos empiezan a crecer hermosos y dan exquisitos limones que los vecinos recogen. También se plantan buganvillas que con los años van creciendo y dotando al lugar de flores rosas, fucsias, moradas, anaranjadas...
Pero siempre que algo brota, aparece una resistencia que exige control, límite, disciplina. Y hay quien convierte en una cruzada personal el acabar con todo aquello que no puede uniformar ni someter. Y entonces se talan los árboles alegando peligro, se cortan las ramas de los limoneros y se les intenta dar una absurda y artificial forma circular y se arrancan de raíz las buganvillas hasta que no quede nada.
Confieso que me impactó la visión de las buganvillas arrancadas, podía sentir el odio en ese acto, el deseo macabro de matar lo que está vivo y crece de forma desordenada. Me pregunté por qué, quien puede odiar tanto las buganvillas. Y entonces lo entendí.
Les parecerá una tontería pero creo que las democracias necesitan árboles, parques y flores porque estos generan comunidad, mientras que los espacios duros nos aíslan. La visión de una valla provoca miedo, la de una jacaranda en flor, ganas de salir a la calle
Existe una larga tradición de pensamiento autoritario relacionado con el orden, el control, la geometría, la uniformidad. Las dictaduras suelen ir acompañadas de una iconografía propia que responde a la necesidad de imponer, de someter, de construir un molde inflexible a lo que todo debe ajustarse. Lo vemos en sus arquitecturas rectas y geométricas, en sus materiales duros y sus superficies lisas y pulidas, en esa escenificación del orden que impone el camino recto.
Pero la vida, la de las plantas, los animales y los seres humanos no tiene nada que ver con eso. Lo que está vivo se mueve, crece, se mezcla, es imperfecto e imprevisible, es diverso.
En la novela El cordero carnívoro, Agustín Gómez Arcos escribió una frase que usé en mi documental: “Te quiero, porque eres el desorden, y a mí no me gusta el orden”. Creo que condensa perfectamente esa libertad de lo que está vivo frente al orden asfixiante de la dictadura.
Quizá la democracia debería parecerse más a un prado que a un jardín versallesco con setos cuadriculados. Un ecosistema que funciona, que atrae a nuevas especies, que crece y varía, que requiere cuidado y no sometimiento.
Les parecerá una tontería pero creo que las democracias necesitan árboles, parques y flores porque estos generan comunidad, mientras que los espacios duros nos aíslan. La visión de una valla provoca miedo, la de una jacaranda en flor, ganas de salir a la calle.
Por eso creo que arrancar las buganvillas fue más que un acto contra las plantas, quizá nos hable también de nuestro tiempo. Y entonces, defender las flores sea más importante de lo que pensamos.