Andalucía Opinión y blogs

Sobre este blog

La portada de mañana
Acceder
Sánchez reinicia la campaña con la “ejemplaridad” de Puente
Cómo se organiza la huelga del 11N para parar un país por la vivienda
Opinión - 'En el punto de mira', por Rosa María Artal

Recomponerse tras el shock

6 de noviembre de 2026 22:22 h

0

Veníamos de la victoria de Lula en Brasil y de la bochornosa huida a EEUU de Bolsonaro. La víspera del brutal accidente de tren dormí con el buen rollo de haber copresentado, esa noche, la gala con el tema “El poder de la calle”, de los Premios Gente de 10 de Andalucía, con los que la edición andaluza de elDiario.es reconoce a personas de a pie que hacen cosas extraordinarias.

Esta edición eran el único boxeador ciego de España, quien promueve el deporte como terapia; una adolescente movilizada contra el estruendo de los ferris, que dañan a los cetáceos; un astrofísico que ha identificado una luna en Júpiter y, pese a ello, se ve obligado a emigrar a China para lograr financiación; la mujer-coraje que defiende a las jornaleras de la fresa desde la Asociación de Mujeres Inmigrantes en Acción; un farero jubilado decidido a salvar la colección de patrimonio y arte que ha reunido en su faro y la profesora de Psicología que, tras perder a su hija veinteañera por un cáncer, se ha volcado en lograr un protocolo universitario pionero que adapta horarios de clase y calendarios de exámenes a las necesidades de otros alumnos con patologías graves.

Gente brújula. Reconfortantes. Al amanecer, en cambio, la colisión salvaje de trenes, con su suma de hasta 69 muertos, sus amputados, desaparecidos… rompió toda esperanza en añicos. Urda redobló el dolor de Adamuz. E igual que el 11-S de 2001 lloramos los muertos en las Torres Gemelas y también la injusta represión de EEUU sobre afganos e iraquíes que nos vimos venir, este 28-O me estremecí por tantas vidas destruidas y por el tsunami electoral que preví nos traería, el 29N, un gobierno PP-Vox, menos inversor en lo público, peor.

Juntos frente al trauma

En el estupor inicial por el accidente me lancé a un febril intercambio de llamadas y mensajes, para compartir mi horror e incredulidad. De mis interlocutores recibía, ecos de mi propio espanto y fatalismo. “¿Cómo ha podido pasar?”, “¿Es posible que, con tanta IA, al final, se deje todo al factor humano?”, “Tal desastre tapará ya cualquier reivindicación social”, “Esto no hay quien lo remonte”…

Entre informaciones y análisis, se abrió paso el fogonazo de lucidez, tan breve como esclarecedor, del viudo de Carmen de Santa Ana, Javier Barrio, quien nos alertó: “Estos muertos son del tipo de sociedad en que estamos viviendo, la peor época del capitalismo con prisas, que quiere el dinero a la mayor velocidad posible”.

Yo, sin haber perdido a nadie en la tragedia, me sentía bloqueada, de dolor y miedo. Tenía que viajar, en pocos días, en AVE, de Sevilla a Madrid para volar a esta Atenas, desde la que hoy escribo. Con el tren cancelado, la opción que mejor cuadraba a mis necesidades suponía recurrir al bus de madrugada. Subí y me abroché el cinturón, aún sugestionada por el accidente, como la mayoría del pasaje. Se veía en nuestras caras. Nos inquietó que, al parar, a las cuatro de la mañana, en medio de la oscuridad, el conductor nos dijera que ningún compañero le daba el relevo, que el protocolo solo dicta 45 minutos para que el chófer descanse como pueda.

Fatalismo o pragmatismo esperanzado

Ahora, en mis días en Atenas, apenas una avenida me separa del barrio de Exarchia, conocido por su espíritu anarquista y combativo. El barrio cuya rebelión, en 1973 marcó la caída del régimen de los coroneles, el que lleva, desde 2022, impidiendo al gobierno plantarles el metro en su plaza central como estocada final en la gentrificación y turistificación galopantes. 

Pues bien, durante mis gestiones cotidianas, el vecindario, tenderas y vendedores, paisanaje en cafés y calles, me identifican mediterránea y, al saberme española, hablan con admiración de la movilización social por la vivienda en nuestro país y nuestras manifestaciones por la educación y sanidad pública. “Aquí sufrimos los mismos problemas”, aseguran, “pero no estamos tan movilizados”. 

Es lo primero que les viene a los labios. También su “envidia” de “un gobierno que representa a la gente”, así lo dicen, “que defiende a Palestina”. Luego, profundizando, comentamos las situaciones migratorias en Ceuta y Lesbos. Los desafíos racistas y fascistas que compartimos. Y nos dan el pésame, solidarios, por las víctimas de Urda, desde su propia experiencia del accidente ferroviario de Tesalia, en 2023, con 57 muertos, bajo el gobierno del primer ministro conservador Kyriákos Mitsotákis. El mismo que sigue dirigiendo el país, tres años después y tras dimitir, en su día, su ministro de Transporte, como, este martes, lo ha hecho Óscar Puente.

En medio de la semana, del otro lado del Atlántico, la apabullante victoria demócrata en EEUU, frente a Trump, a su compra de votos y a los manejos de los oligarcas, nos llega cual vivificante brisa de esperanza. Enlaza con los grandes resultados progresistas previos en Brasil, y con el éxito de la lista ciudadana en las elecciones en Serbia, y con la resistencia numantina, en Albania, a que el yerno de Trump, conchabado con el gobierno local, les robe un paraje natural.

Lo que traen estos nuevos días me hace pensar que es normal y legítimo que nos paralice una tragedia tremenda, como la de Urda. Un siniestro del que hay que depurar responsabilidades y evitar que se repita. Normal incluso que el drama nos venza por un tiempo. Pero el mundo sigue girando. Y, con el compromiso de muchos, felizmente en una dirección más humanista y fraterna de a la que el ultracapitalismo salvaje quiere abocarnos. 

Encajemos nuestro dolor, irreparable, y consideremos, viendo la realidad con los ojos bien abiertos, si permitir, por acción o abstención, que ganen los partidos que defienden bajar impuestos a la élite privilegiada a costa de invertir menos en lo público, protegerá mejor nuestras vidas o las pondrá más en riesgo. Y una vez pensado, defendamos el proyecto colectivo que creemos mejor para la mayoría social, tanto en la Huelga General del 11-N como el próximo 29, en que estamos convocados a votar.