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Un sistema entero de referencias

13 de marzo de 2026 21:51 h

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Hay una escena en la película “La peor persona del mundo”, de Joachim Trier, que siempre me hace llorar. Aksel, visiblemente enfermo, le dice a Julie que siente que el mundo que conocía ha desaparecido: “Crecí en un mundo sin internet ni teléfonos móviles. Suena a queja de viejo pero pienso mucho en ello”. Le habla de una época en la que la cultura se transmitía por los objetos: “Vivíamos rodeados de ellos. Podías cogerlos, tenerlos en las manos, compararlos. Podías mirar la portada de un disco durante horas. Leer los créditos. Descubrir quién había tocado la guitarra, quién había producido el álbum… y a partir de ahí encontrar otras cosas. Era un sistema entero de referencias”. 

Como un vestigio de otro tiempo, Aksel recuerda una época en la que acumulábamos conocimientos y experiencias a través de discos, cómics, libros, películas... “Ahora siento que todo lo que tengo son conocimientos y recuerdos sobre cosas estúpidas y sin importancia… cosas de las que ya nadie se preocupa”. 

Si como yo pasaron su adolescencia cogiendo el autobús los sábados para ir al cine, pasando horas en tiendas de discos donde podían ponerse unos auriculares y escuchar un álbum completo, ahorrando para comprar el último de su grupo favorito y después, en casa, abrirlo con emoción para leer las letras de las canciones; grabando cintas VHS cuando por fin ponían en televisión esa película que tanto les gustaba y querían guardarla para verla una y otra vez y, maldita sea, la cinta se acababa justo antes del final. Si sus primeros gestos de amor fueron grabar una cinta de casete o un CD recopilatorio para la persona que les gustaba, si recuerdan las visitas al videoclub, supongo que las palabras de Aksel les arañan el pecho tanto como a mí. 

Hablan del final de un modo de construir nuestra identidad, de la obsolescencia de aquellas cosas que significaron algo importante para nosotros, que de algún modo, definían quiénes éramos. 

Me siento tan vieja como Aksel cuando caigo en la cuenta de que lo que construye el imaginario de estos jóvenes, su identidad, sus referencias, no son las películas, ni la música, ni quizá, las experiencias colectivas, sino el contenido viral de TikTok, los reels, los memes y aquello que dicte el algoritmo

Pensé mucho en ellas tras el famoso episodio de la chica influencer de la alfombra roja del Festival de Málaga a la que le piden que recomiende una película. Tras un silencio incómodo en el que la influencer no sabe dónde meterse, pregunta: “Pero una película... ¿qué rollo?”. La periodista le dice que una película española, ya que estamos en un festival de cine español. Y tras otros segundos que se hacen interminables mientras trata de solucionar la papeleta, por fin ve la luz diciendo: “La nueva de ocho apellidos”. No sabemos si se refiere a Ocho apellidos catalanes, 2015 o a Ocho apellidos marroquís, 2023. Lo que es seguro es que ninguna es nueva, que las ha visto en Netflix y que ir un festival de cine y que le preguntaran por una película se le hizo completamente extraño. 

Más allá de la cuestión de si tiene sentido o no lo de los influencers en los festivales o galas de cine, lo que me cayó como una losa fue la evidencia de que hay generaciones para las que el cine es algo totalmente ajeno, lejano, prescindible. 

Me siento tan vieja como Aksel cuando caigo en la cuenta de que lo que construye el imaginario de estos jóvenes, su identidad, sus referencias, no son las películas, ni la música, ni quizá, las experiencias colectivas, sino el contenido viral de TikTok, los reels, los memes y aquello que dicte el algoritmo. 

No es una crítica hacia ellos, ni mucho menos, eso sí que sería de vieja. Al fin y al cabo viven el tiempo que les ha tocado, un tiempo marcado por la velocidad y el consumo rápido. Hoy vemos más imágenes que nunca, pero desaparecen enseguida para ser sustituidas por otras nuevas, se venden libros, pero en las redes se presume de haber leído cincuenta en un mes, cumpliendo algún objetivo que se me escapa, se consumen fragmentos de canciones en los pocos segundos que dura un TikTok.

Y así, en este flujo frenético que no deja espacio para que nada se asiente, respire y deje algún poso duradero en nosotros, me pregunto cómo se construye un sistema de referencias, una memoria colectiva. ¿Cómo será ese mundo sin escenas a las que volver, canciones con las que llorar o historias en las que reconocernos cuando nos sentimos perdidos?

El cine está dejando de ser el lugar donde las personas construyen su imaginario. Y yo empiezo a sentirme como Aksel, fuera de una época.