En Abierto es un espacio para voces universitarias, políticas, asociativas, ciudadanas, cooperativas... Un espacio para el debate, para la argumentación y para la reflexión. Porque en tiempos de cambios es necesario estar atento y escuchar. Y lo queremos hacer con el “micrófono” en abierto.
Testigos del horror
Nunca se ha obligado a tantos millones de seres humanos a presenciar en primera línea (a través de las múltiples pantallas que suplen lo real) y a ser testigos de guerras tan injustas, de genocidios y crímenes contra la humanidad, de violaciones, corrupciones y mentiras. A presenciar en silencio, como si fuera algo inevitable, las muertes o mutilaciones (reales y simbólicas) de niños, mujeres, ancianos; de seres inocentes. Todo ello afecta a nuestro equilibrio mental, a la integridad ética con que hemos de afrontar la vida. Una buena parte de nuestro planeta, al final del primer cuarto del siglo XXI, ha enloquecido. Como hace un siglo, cuando Antonio Machado -consciente de la abyección generalizada- decía: “qué difícil es/ cuando todo baja/ no bajar también” y en el otro extremo, desde el totalitarismo, Marinetti saludaba a la guerra como “higiene del mundo”.
Muchos signos nos advierten de que podemos estar ante una catástrofe inimaginable. Incluso alguno de los nuevos dictadores del suprematismo y del nacional-populismo, para fomentar el miedo que nos hace esclavos, dicen que estamos muy cerca de la tercera guerra mundial, si es que no ha comenzado ya. Pero nadie nos puede obligar a callar ni a ser cómplices.
Decía Gandhi: “No me asusta la maldad de los malos, me aterroriza la indiferencia de los buenos”. Por ello no podemos ser indiferentes ni escondernos tras la impotencia de nuestra pequeñez frente a la magnitud de los poderes que llevan la humanidad hacia el abismo. Porque es esa pequeñez y el gesto honrado -cada día- de la mayor parte de la humanidad, lo que salva el mundo, como afirma Borges en su poema “Los justos”. Hoy más que nunca recordamos las palabras de Eduardo Galeano: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.
Gritemos alto y claro que vamos a luchar por la democracia, por la libertad auténtica como derecho de todos, por la igualdad y la justicia social, por la fraternidad. Que no vamos a permitir la corrupción y la involución de tantos logros alcanzados, especialmente en el reconocimiento de la dignidad y los derechos de las mujeres y de otros colectivos que merecen todo nuestro respeto. Que todo ser humano tiene derecho a una vida digna, a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda, y que no hay ningún ser humano que -por venir de otros lugares del planeta al “nuestro”, que no nos pertenece- sea ilegal. Que no aceptamos que la vida y la felicidad de los seres humanos sean mercancías para la acumulación insaciable de unos pocos mercaderes despiadados que no tienen empatía ni más horizonte que el lucro.
No renunciemos a caminar hacia horizontes de verdad, de bondad, de belleza, frente a la mentira, la maldad y el horror grotesco que quieren imponernos.
Digamos NO. Alto y claro. Con realismo, pero sin perder la idealidad de los altos valores que nos hacen humanos. Sin utopismos estériles, pero sin perder una utopía razonable que nos impulsa siempre hacia un futuro mejor. Día a día, en cada uno de nuestros actos, con fuerza real y simbólica.
Proclamemos -no solo con la palabra, sino con la vida y el ejemplo- que no vamos a dejar de tener fe en lo mejor de lo humano, de esperar un mundo mejor y -sobre todo- de amar. Amar la vida
Desde una esperanza que no lo es por estar segura de alcanzar los grandes y nobles ideales que defiende, sino porque cree que son valiosos y tienen sentido. Y que vale la pena luchar por ellos, porque nuestra dignidad nos va en ese compromiso.
Caminemos desde la esperanza y recordemos que lo que nos hace humanos es la alteridad, la empatía, la palabra que nos impulsa al diálogo y no al odio y a la confrontación. Proclamemos -no solo con la palabra, sino con la vida y el ejemplo- que no vamos a dejar de tener fe en lo mejor de lo humano, de esperar un mundo mejor y -sobre todo- de amar. Amar la vida. Amar a los seres humanos, pero también toda la vida animal y vegetal con la que estamos en comunión en esta fraternidad planetaria.
Poco antes de morir, el último padre de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, Stéphan Hessel, publicaba varios libritos cuyo título era ya todo un programa. El programa que cualquier persona honrada debería proponerse en estos momentos. Comenzaba con el imperativo “¡Indignaos!”, porque hay momentos en los que quien no se indigna es indigno. Y, en la seguridad de que una indignación que no esté acompañada por la acción es estéril, nos instaba a dar un segundo paso: “¡Comprometeos!”. Desde su dura experiencia histórica -como judío superviviente del holocausto nazi- nos instaba a perseverar, porque esta lucha no es fácil: “¡No os rindáis!”. Pero todo eso no basta sin un horizonte, sin una ruta posible, cuando se proclama desde el pensamiento único del ultraliberalismo criminal que no hay alternativa a la suya. Su última aportación, en hermoso diálogo con otro gran sabio centenario, Edgar Morin, fue “El camino de la esperanza”.
Sigamos caminando. Cumpliendo nuestra misión de “homo viator”, el ser que está en camino, en la vía hacia el futuro. Que es el camino de la esperanza.