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Del usar y tirar a la nueva minería urbana

Cada vez son más las personas que reciclan y cada vez son más las directivas europeas, normativas españolas y ordenanzas municipales que van en la dirección de reducir los residuos y de reparar, reutilizar y de reciclar

Camión de reciclaje. / Foto: Ecoembes

Camión de reciclaje Foto: Ecoembes

La cultura actual mayoritaria en nuestra sociedad es la de usar y tirar. Está firmemente enraizada en campañas publicitarias que acompañaron a la desaparición de los envases retornables para la leche y los refrescos y su sustitución por latas y tetrabrik. Algunas personas aún recordarán, quizá compartiendo nuestra indignación, aquella campaña en la que unos jóvenes sonrientes bebían refrescos en esos modernos recipientes y acababan el anuncio diciendo: ¡Y se tiran! Y las latas que lanzaban se encestaban limpiamente en la papelera. Gracias al invento nos liberamos de la tiranía de tener que pagar por un recipiente y tener que devolverlo para recuperar la fianza. ¡Genial! Nos hicimos mucho más libres e irresponsables con el Medio Ambiente.

También retrocedió rápidamente la costumbre de llevar a reparar a los talleres los productos eléctricos y electrodomésticos averiados. Por una parte, los aparatos nuevos en lugar de durar más, cada vez se empezaron a diseñar para durar menos. Muchas hemos tenido la experiencia de que un técnico en lavadoras o televisores nos recomiende: “¡Arréglela! o ¡arréglelo!, ¡le durará toda la vida, los nuevos no!”. Por otra parte, la industria se aplica en innovar para que los aparatos que compramos cada vez pasen de moda antes y sintamos la necesidad de sustituirlos por otros. Eso cuando no nos vemos directamente obligados a hacerlo porque o bien quedan obsoletos, o no se pueden actualizar, o directamente empiezan a fallar y hacernos la vida imposible. ¿No les ha pasado nunca con el móvil o el ordenador? ¿No han escuchado o llegado nunca a conclusiones como esta?: “¡Es más barato comprar uno nuevo! ¡Lo siento, ya no hay recambios para su modelo, ha dejado de fabricarse!”

Todo esto se ve incrementado por una lógica de mercado que choca frontalmente con el sentido común y nos obliga a tomar medidas. Es lógico, para los fabricantes, pensar que, si las bombillas, los ordenadores, los coches, los móviles, las lavadoras y frigoríficos son fuertes y duran “toda la vida”, llega un momento en que sus ventas se reducen o estancan. El objetivo principal de la obsolescencia programada es garantizar que los consumidores compran los productos en múltiples ocasiones, en lugar de una sola vez. Esa lógica choca sin embargo con los intereses de los consumidores y con la realidad de que no tenemos planeta B del que extraer los recursos y al que enviar los residuos, que ya no caben en nuestros océanos y que nuestra atmósfera no puede asimilar sin recalentarse.

Afortunadamente, esa cultura está cambiando. Cada vez son más las personas que reciclan y cada vez son más las directivas europeas, normativas españolas y ordenanzas municipales que van en la dirección de reducir los residuos y de reparar, reutilizar y de reciclar. El cubo de basura único ha sido sustituido por hasta cinco cubos de basura en algunas partes de Sevilla. Y algunas personas hemos adquirido el hábito de sacar a pasear la basura, haciendo una gymkana por nuestros barrios en busca de los contenedores verde, azul, amarillo, marrón, gris, buscando contenedores para depositar ropa usada, las pilas o acumulando basura electrónica para llevarla algún día a un punto limpio. Hay que reconocer que no nos lo ponen fácil y la consecuencia es que vamos muy retrasados en cumplimiento de los objetivos.

Por otra parte, el volumen de residuos no deja de aumentar, los vertederos se colapsan, las cementeras sin suficiente trabajo seducen a nuestros políticos para que les dejen quemar nuestra basura tóxica y nos llegan por las redes imágenes de los mares de plástico y, tal vez, del gigantesco basurero de electrónica en las afueras de Ghana, en el que miles de pobres pierden su salud y sus vidas manipulando, sin medidas de seguridad, la basura que no queremos ver en nuestra rica Europa.

Tal vez incluso sepan que la historia negra de nuestra basura electrónica empieza incluso antes y está teñida de sangre. Aunque lo normal es mirar para otro lado. No nos resulta estético, cuando esperamos en la cola la salida a la venta de la última generación de nuestro Smartphone favorito, mezclar la glamurosa imagen que nos venden con la de los muertos en las guerras del Coltán en la República Democrática del Congo. Pero lo cierto es que esa industria empieza con los acuerdos comerciales que países europeos, mucho más avanzados en conciencia ambiental que nosotros, tienen con los señores de la guerra de Ruanda, Burundi y Uganda, de modo que les financian la guerra a cambio de acuerdos preferentes sobre el botín que garanticen la llegada puntual de los suministros. Tal vez sepan que el kilo de Coltán se paga a 10$ a los mineros y se vende a 300 $ en Europa. ¡Así funciona el mercado libre!

Pero esto no va a continuar así porque no puede. Porque se agotan los recursos que necesita la industria para seguir funcionando. Empiezan a tomarse medidas para limitar e incluso impedir el diseño de productos que se quedan obsoletos porque se diseñan para ello. Y emerge con rapidez un nuevo modelo de negocio en torno a la economía circular. Los residuos de ayer son las minas urbanas de mañana. Se acumulan directivas, decretos y ordenanzas. Hay ciudades que han sido pioneras y están cerca de la meta: San Francisco será declarada ciudad de residuos cero en 2020. Y es bueno aprender de su experiencia, que se está extendiendo rápidamente. Empieza con campañas de sensibilización acompañadas de medidas que lo ponen mucho más fácil a quiénes reciclan. Sólo tres contenedores a pie de casa. ¡Nada de gymkanas y acumulación de bidones de colores, en casas que no crecen al ritmo de nuestras basuras! Uno para residuos orgánicos, que acaban siendo vendidos como compostaje biológico para los agricultores de la zona. Es muy importante empezar por aquí porque representan la mayor parte de los residuos que hoy van a los vertederos. Otro para todo lo reciclable que luego es separado en planta: papel, vidrio y envases de plástico y tetrabrik. Un tercero para para lo no reciclable. Todo esto necesita acompañarse con medidas activas para reducir el volumen de la basura, el uso de plásticos y otros envases desechables, y su sustitución por la venta de productos a granel o en envases retornables.

Por otra parte, las normativas y directivas empiezan a obligar a los fabricantes y distribuidores a colaborar, a hacerse cargo nuestros aparatos electrodomésticos una vez que acaba su vida útil. Las ordenanzas municipales más avanzadas ayudan obligando a que se recojan en la puerta de nuestras casas. A partir de ahí comienza un proceso en el que, una vez terminada su vida útil, sus componentes sean recuperados y convertidos en recursos para la fabricación de nuevos aparatos. Objetivo basura cero, sumando directivas europeas, nacionales y ordenanzas municipales. Si lo hacemos no tendremos que seguir luchando, como hace la Plataforma contra la Incineradora de Residuos de los Alcores, para respirar tranquilos. El aire estará más limpio. Y de paso, creando una industria de futuro en nuestros polígonos industriales, la industria verde de recuperación de residuos.

Esteban de Manuel Jerez, candidato de Adelante Sevilla por Equo Verdes

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