En la tarde de este jueves, sus deudos despedían a Chema Cobo (Tarifa, Cádiz, 1952-Málaga, 2023) en Alhaurín de la Torre, el lugar donde contrajo domicilio en 1999 y donde transcurrieron sus últimos años de vida nómada y heterodoxa. Una década antes había aparecido ya la figura del joker, un símbolo en toda su pintura, el mono de las cartas, el bufón, el símbolo de la suerte que hace unas horas le abandonó: “El 'Joker' es un catalizador en apariencia, pero en realidad lo que hace es subvertir cualquier atisbo de estabilidad que pueda establecerse al ver una serie u otra –declaró mucho tiempo--. El Joker, por no ser nada en concreto, es una cosa en un momento y lo contrario en la siguiente”.
Hijo del espíritu del 68 y de la transición democrática, estudió Filosofía, se inició en el cine y formó parte, en sus comienzos, de la llamada Nueva Figuración Madrileña: “Hablábamos de cosas como pintar por el placer de pintar, del eclecticismo como actitud vital, de un academicismo burlesco”, comentaba en torno a esa etapa fundacional de su obra.
Con su paisano Guillermo Pérez Villalta, las Costus u Ocaña, fue uno de los artistas plásticos andaluces que formó en las filas de La Movida, pero pronto abandonó cualquier compartimento estanco para globalizar su pintura mucho antes de que existiera formalmente la globalización: residió en Estados Unidos, donde su obra fue aplaudida desde Chicago a Nueva York, hasta Bélgica, donde residió durante varios años, aunque volvió a la luz del sur, harto de que el sol se fuera allí a las cuatro de la tarde.
Humor y distorsión
Su biografía creativa se sustenta en un largo viaje, también intelectual. Su pensamiento, como en una vieja canción de Luis Eduardo Aute, nunca tomó asiento. Su pincel, tampoco: “Me gusta hacer obras en que lo importante no es lo que se ve, sino lo que se oculta --aseveró Chema Cobo–. Parto de una pintura aparentemente clásica y la gente con una simple distorsión estilística puede darse cuenta de que no es solo lo que está viendo a primera vista, sino que hay algo más”.
Era, según palabras de Francisco del Río, “un pintor que pretende con el arte, como él mismo afirma, negar lo evidente, expresar aquello que no se alcanza expresar con lenguaje”. Por otro lado, las creaciones de Chema Cobo están llenas de ironía y dosis de humor.
En los últimos años, junto con nuevas creaciones, Chema Cobo recopiló ocasionalmente parte de su obra anterior, como una mirada retrospectiva que podía explicar su presente y atisbar su porvenir artístico. Una de ellas, miscelánea, fue 'El clamor de las moscas', en homenaje a “moscas que acuden a la miel del momento y se pavonean en ella”, comisariada por Fernando Sáez Prada y una de cuyas últimas paradas tuvo lugar en Jaén, en septiembre de 2020, donde recopilaba dibujos sobre papel y algunos jokers escultóricos.
Los jokers, sí, también las máscaras, o los mapas que no siempre representan la realidad: “Yo que he nacido en Tarifa, veía en frente a África desde pequeño. Cuando vi el mapa de África me sorprendió que fuera el monte que yo veía en frente de mi casa”.
“El espectador sabe que hay truco siempre”
“La vida la contemplo como una mascarada grotesca. Me fascinaba de pequeño cuando me llevaban a ver un mago. El artista miente sin hacer daño, como un mago. El espectador sabe que hay truco siempre”.
El arte como juego. Pero también como elemento literario: lector empedernido, Chema Cobo lega también un largo rastro de aforismos, que agrupó en títulos como 'Amnesia', tomado de otras piezas: “Yo somos dos”, escribió en uno de ellos. “Yo somos gemelos”, añadió en el siguiente. De ahí, su gusto por la ilustración de algunos libros, como la edición artesanal de 'El Cuervo', de Edgar Allan Poe, o el poema 'Howl', de Allen Ginsberg, que Francisco Cumpián sacara de su heroica imprenta malagueña y a las que Cobo regaló un puñado de extraordinarias ilustraciones.
“Yo siempre he concebido el arte como juego gratuito que genera riqueza para mantenerte. Equilibrado sería así -afirmó--. Se impone el hombre trabajador, que produce. La conclusión o el inicio de la exposición parte del triunfo del juego sobre el hombre productivo”.
Crítico con el poder, desde sus orígenes. Viajero desde el neoexpresionismo al conceptismo, sus cuadros jugaban con las palabras y sus palabras, con las imágenes. Siempre rechazó el academicismo, “una necesidad de triunfalismo institucional al que se prestan demasiado los artistas”, me aseguró en cierta ocasión.
“La avaricia –añadió—es un modelo en este país. Todos tienen vocación de Julio Iglesias, pero muy pocos sienten vocación por Luis Cernuda”.
De aquí, quizá, que se refugiara en su familia –su hermano Chipi, sindicalista, murió muy joven--, en un selecto grupo de amigos y en su Joker, que hoy le reservaba, al póker, la mano del muerto.