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Antes de que lo sintético nos permitiera crear colores a nuestro antojo, la gama cromática disponible en pintura era limitada. Algunos tonos, por su rareza o escasez, llegaron a convertirse en bienes más preciados que el oro. Es el caso del azul de ultramar. Obtenido en origen del lapislázuli extraído de las canteras de Badajsán, hoy Afganistán, llegó a Europa por Venecia. Se utilizó para adornar las escrituras y para dar belleza y valor a esos cuadros en lo que se combinaba con el bermellón y el pan de oro dando esplendor a la pintura renacentista. Incluso alguien incapaz de ver, puede intuir la belleza de un color ligado a dos palabras tan exuberantes como lapislázuli y ultramar.
A punto de comenzar 2026 Pantone, la referencia del color en nuestra era, ha elegido el blanco como el color del año. Eso sí, con un nombre algo más sofisticado: Cloud Dancer. Un blanco con ínfulas. No es anecdótico, es la constatación de una tendencia mundial que salta a la vista pero que ya cuenta con estudios que la avalan: el color ha muerto. Según el análisis de los fondos de la Science Museum Group Collection, en 1800 solo el 8% de los objetos eran grises o negros, ahora lo son el 80%. Se constata en la producción industrial, en el sector del automóvil, la moda, la tecnología. La apariencia de nuestro mundo es cada vez más neutra, más anodina.
La insulsez se apodera de nuestras vidas desde los propios hogares, hasta nuestro aspecto o los lugares que visitamos. Paredes de hormigón, muebles blancos, sofás beiges o grises, cuadros con textura y sin nada que decir. Melenas largas, lisas, con raya en el medio, tal vez una onda, leve, uniforme. Corte degradado, cazadora, pantalón y mochila negros. Elegancia aspiracional vestida de caqui, verde musgo o azul cielo. Coche blanco, gris, negro. Incluso para una amante de los colores básicos, tanta armonía empieza a ser asfixiante. Sobre todo, si más allá de la estética analizamos el trasfondo sociológico de tanta neutralidad cromática.
No destacar, no expresar opiniones sinceras, tener un discurso vacío de contenido preparado como respuesta a cualquier cuestión, ocultar el pensamiento propio tras una especie de espejo que refleja lo que el otro quiere ver es el beige de la personalidad y se ha convertido en el mejor color para progresar en una sociedad que venera lo insulso. Lo ves a diario en el trabajo o cuando una Motomami reniega de un “ismo” -uno en concreto- con la excusa de no osar alcanzar la pureza que este exige. La insulsez es como un agujero negro que se traga la lógica y la razón, que absorbe la eficiencia y desvirtúa la inteligencia. Al tibio se le trata de sensato, al equidistante de estadista y al necio de sabio.
También el algoritmo se suma a esa colorimetría pocha y nos ofrece una y otra vez la sosez regurgitada, el mismo acorde que triunfa estadísticamente, el mismo contenido que creyó intuir que te gustaba. Y aquí andamos, esperando una explosión de color que nos saque de tanta neutralidad pasivo agresiva, de tanto clon caminando por las calles, de tanto atrevido plan calcado al de los demás, de tanta ñoñez disfrazada de progreso. Feliz y colorido 2026.