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Una patria a golpe de bandera

Bandera de España

La bandera, más allá de la representación oficial del país, es un concepto abstracto y, por lo tanto, irracional. No cabe apelar a ordenamientos jurídicos cuando se trata de asimilar su representatividad a la idea siempre subjetiva e íntima de la patria. Por eso las banderas deberían ser un elemento aséptico de la identidad nacional para que nadie pudiera sentirse extraviado bajo su cobijo o, por el contrario, para que nadie tuviera la tentación de atribuirle unos determinados valores que forzaran una uniformidad excluyente.

O se siente o no se siente. Si se siente habría que aceptar sin aspavientos el derecho de cada español a identificar esa bandera con unos valores determinados o con una representación propia de la patria. Un marco mental y emocional personal e intransferible. E incluso asumir como un ejercicio de libertad ciudadana la desafección hacia la enseña nacional. En España, desafortunadamente, un sector importante de la derecha española se apropió hace décadas de la bandera y la vinculó a una serie de valores que gravitan solo en su universo particular. Buena parte de esa panoplia ideológica es incompatible con otras interpretaciones igualmente legítimas de la idea de la patria, la nación o la comunidad. En consecuencia, han convertido la bandera en un símbolo que solo representa a una parte del país.

Lo vemos estos días en muchas calles de España durante las movilizaciones promovidas por VOX y el Partido Popular. La bandera que, dicen, deberían lucir todos los españoles con orgullo y sin complejos es utilizada para atizar a la mitad del país, sociológicamente de izquierdas, que no se identifica con toda esa fruslería ideológica. Irónicamente, un sector de la derecha culpa a los ciudadanos de izquierdas de esa apropiación y les acusan de pasividad y desdén. Es decir, son ellos los que se han dejado robar la bandera. El argumento, construido a partir de una monumental falacia, ha provocado, sin embargo, la reacción de miles de españoles en redes sociales, que han acudido decididos a reivindicar la bandera como símbolo común por encima de ideologías. La bandera es de todos, dicen.

Es cierto que la izquierda española no ha sentido fervor por la rojigualda porque la identificaba con la dictadura franquista, que la impuso tras ganar la Guerra civil. Es cierto que a lo largo de la democracia ha tenido una relación cargada de prejuicios y complejos de tipo sentimental e ideológico. Es cierto que por tradición se ha sentido más representada por la tricolor republicana. Pero también es verdad que tras la muerte del dictador quienes más concesiones hicieron en la construcción de la nueva democracia fueron los partidos de izquierdas, que sufrieron durante 40 años la terrible represión franquista. Todo el corpus de símbolos, empezando por la propia monarquía, fue asimilado dócilmente para facilitar una transición rápida y pacífica.

Hay un momento en la historia de esa transición que ilustra bien el contexto en el que se desarrolló la Transición. El 14 de abril de 1977, cinco días después de la legalización del PCE, los comunistas españoles celebraron la primera reunión de su Comité Central desde el final de la guerra. El ruido de sables era ensordecedor y Adolfo Suárez, a través de su estrecho colaborador, José María Armero, pidió a Santiago Carrillo un gesto para calmar los exaltados ánimos de los cuarteles. Las palabras con las que abrió el líder comunista aquella reunión ya son historia:

“Nos encontramos en la reunión más difícil que hayamos tenido hasta hoy desde la guerra[...] En estas horas, no digo en estos días, digo en estas horas, puede decidirse si se va hacia la democracia o se entra en una involución gravísima que afectaría no sólo al Partido y a todas las fuerzas democráticas de la oposición, sino también a las reformistas e institucionales [...] Creo que no dramatizo, digo en este minuto lo que hay”. En el transcurso de ese Comité el PCE adoptó la bandera rojigualda y la lució junto a la comunista en su primera comparecencia ante los medios de comunicación. Adolfo Suárez logró lo que quería.

Aunque el tiempo haya reducido a una anécdota de la historia española ese momento dramático, siempre es conveniente ahondar en la raíz de los problemas para entender sus derivaciones actuales. El propio Pedro Sánchez, en el acto de presentación de su candidatura a la presidencia del gobierno en las elecciones generales de 2015, se dirigió a sus seguidores desde un escenario presidido por una inmensa bandera española. “Atrás parecen haber quedado los tiempos en los que el PSOE se avergonzaba de los símbolos nacionales de su país” decía la crónica del periódico digital El Español.

Lo que se ventila estos días no es solo la apropiación de los símbolos y su utilización como arma arrojadiza sobre el adversario, sino su instrumentalización para otros fines políticos de mayor alcance y profundidad. Las demostraciones en la calle forman parte de una lucha ideológica por la defensa de unos privilegios de clase que se consideran amenazados. Hay una estrategia de acoso y derribo a un gobierno que consideran ilegítimo por la presencia de comunistas y por sus acuerdos con los independentistas. La narrativa es, a veces, tan delirante y retorcida que muchos de ellos reclaman libertad y democracia mientras ondean banderas franquistas.

“Pactan con los enemigos de España”, denuncian cuando el gobierno de Sánchez acuerda con Bildu la derogación de la reforma laboral aprobada unilateralmente por el PP en 2012. De nuevo el mismo marco mental para hablar del país. ¿De qué España hablan? Pactar con Bildu (una coalición de partidos entre los que se encuentra la antigua Eusko Alkartasuna, la Aralar de Patxi Zabaleta o la escisión de Izquierda Unida, Alternatiba), leyes que benefician a millones de trabajadores españoles en situación de precariedad no pone en peligro la unidad de España ni su estado de derecho. Tampoco deslegitima su fin. Tan solo constata la complejidad y diversidad de un país que no es visible desde una sola óptica y que necesita pactos y acuerdos multilaterales para ser gobernado. La democracia, efectivamente, obliga a dialogar, negociar y ceder. Lo que en realidad se enfrentan son dos conceptos de la patria: la de los símbolos frente a la social y de progreso. Y para millones de españoles no es peor pactar con Bildu leyes que mejoran las vidas de miles de trabajadores que gobernar comunidades autónomas gracias al voto de la ultraderecha que añora la dictadura franquista. El recurso a la bandera pretende uniformizar un país que ya no es una, grande y libre.

El escritor italiano Antonio Scurati recrea en su fantástica biografía novelada sobre Mussolini, “M. El Hijo del Siglo”, el ascenso del dictador al poder a partir de la construcción de un nuevo relato sobre el país trufado de manipulaciones que apelaban a las más bajas pasiones de los italianos. Cuando Mussolini se refiere a los Osados, un cuerpo de veteranos de élite que luchó en la Primera Guerra Mundial y que se sumó desde la primera hora a su proyecto político, los describe como “fanáticos, supervivientes que, creyéndose héroes consagrados a la muerte, confunden una sífilis mal curada con una señal del destino”. La analogía con el momento actual es tentadora. En la primera reunión de los Fascios de Combate celebrada en 1919, Il Duce duda y especula con los nombres más adecuados para cubrir los principales cuadros de mando: “a los otros dirigentes los escogeremos al azar entre los que monten más alboroto en las primeras filas”, concluye. Las recetas son viejas; el ruido siempre como recurso para distraer la atención.

Los politólogos Steven V. Miller y Nicholas T. Davis, de Texas A&M, han publicado recientemente en Estados Unidos un documento de trabajo titulado "Intolerancia a los grupos externos blancos y disminución del apoyo a la democracia estadounidense". Su estudio encuentra una correlación entre la intolerancia de los blancos estadounidenses y el apoyo a un gobierno autoritario. Cuando los blancos intolerantes temen que la democracia pueda beneficiar a las personas marginadas, abandonan su compromiso con la democracia. El informe muestra que las personas que dijeron que no querían vivir al lado de inmigrantes o de personas de otra raza apoyaban más la idea de un gobierno militar o de un líder fuerte que pudiera ignorar las legislaturas y los resultados electorales.

Hans-Georg Betz, un destacado experto en populismo y derecha radical en las democracias liberales desarrolladas, defiende en Open Democracy que “lo que diferencia a los partidos populistas en general, y a los partidos populistas de extrema derecha en particular, es que estos apelan principalmente a una variedad de emociones: ira, indignación, nostalgia y especialmente resentimiento”.

Existe una narrativa populista radical y universal de derechas que acusa a la izquierda intelectual, cultural y política desde la década de 1960, como insiste el destacado líder holandés de la formación ultra Foro para la Democracia, Thierry Baudet, de fomentar una estrategia destinada a destruir la "sociedad burguesa, las tradiciones burguesas y el estilo de vida burgués de la gente común" para establecer la "utopía" igualitaria.

La escritora y activista canadiense Naomi Klein advertía recientemente de que “la extrema derecha está siendo mucho más internacionalista que la izquierda; están intercambiando estrategias, trucos políticos y tecnologías”. Ésta es la verdadera agenda que se esconde tras las banderas y el ensordecedor ruido de las cacerolas. No se trata de patriotismo sino de mantener unos privilegios a costa de los derechos de las clases menos favorecidas. La pandemia y el confinamiento, que ha igualado a todos, sólo ha acelerado un proceso que, como queda demostrado, viene de lejos y es global.

La izquierda se equivoca cuando aspira a competir con la derecha en el terreno de los símbolos, un espacio en el que las emociones tienen más predicamento que los argumentos. Como afirman los periodistas Pablo Carmona y Nuria Alabao en CTXT: “la única manera efectiva de enfrentarse a la ultraderecha es recuperar la calle con demandas materiales”. Y es ahí donde Andy Robinson, periodista y economista, defiende una nueva Internacional Progresista “para coordinar estrategias para el mundo de la post pandemia en vez de dejar que los ultra nacionalistas delirantes de la nueva derecha inspirada por Steve Bannon sean los que monopolicen las redes internacionales”. Quizá sea el momento para que la izquierda española haga autocrítica, abandone algunas de las herramientas filosófico-culturales que han determinado su acción política en los últimos años, muchas dentro de las lindes de la mera propaganda, y se dedique a las demandas materiales. Es la única batalla que puede disputar a la ultraderecha sin necesidad de atizarse con la bandera y salir mal parado.

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30 de mayo de 2020 - 06:50 h

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