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Juan Gavasa

Soy periodista y de vez en cuando escribo libros. Nací pirenaico pero desde hace ocho años también soy medio canadiense. Vivo en Toronto y dirijo la agencia de noticias PanamericanWorld. Soy cofundador de la empresa de comunicación XQuadra Media y de Lattin Magazine, medio digital enfocado en la comunidad de habla hispana en Canadá.

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No pongan en valor el patrimonio

'Los cielos españoles' es un documental producido por José Manuel Herráiz e Isabel Soria que narra la peripecia de numerosos artesonados mudéjares aragoneses que acabaron a principios del siglo XX en manos del magnate norteamericano Randolph Hearst. Era un tiempo en el que, como señala Herráiz, “se podía comprar prácticamente todo en España, también el arte".

Uno observa con desasosiego la fotografía de un país subdesarrollado, despreocupado, inculto e ignorante, sumido en su convulsa decadencia, pues eso es lo que de verdad subyace en esta historia que los autores han armado con toda la austeridad narrativa del buen documental. No necesita ni juegos retóricos ni una panoplia de juicios de valor para provocar la conciencia del espectador. Los hechos hablan por sí solos.

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Comunistas

La llegada de Unidas Podemos al gobierno de coalición que preside Pedro Sánchez ha despertado (si es que alguna vez permanecieron dormidos), todos los fantasma que la derecha española suele sacar a pasear cuando pierde el poder. La presencia de Alberto Garzón, miembro del PCE, en el ministerio de Consumo ha reactivado una dialéctica que nos remite a la larga noche del franquismo, cuando el judaísmo, la masonería y el comunismo eran los enemigos de España.

Probablemente el dictador se sorprendería si viera ahora el crecimiento que ha experimentado aquella lista canónica de traidores a la patria, que incluso incluye también a Teruel, una de las provincias históricamente más marginadas del país. La defensa del concepto más rancio y obtuso de la nación no admite, como se puede observar, ni la disidencia ni la tibieza.

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Ni vacía ni vaciada

Me cuesta entender el fenómeno de la “España vacía”. Será que, en tanto que pirenaico y por lo tanto hijo de esa España montaraz, he crecido y he forjado mi identidad en la melancolía del abandono y de las soledades. Me pertenece. La he escrito como periodista en cientos de artículos y en varios libros y, sobre todo, la he leído durante años en los textos de Enrique Satué, Severino Pallaruelo, Eduardo Martínez de Pisón, Joan Obiols, Violant i Simorra o María Barbal, por citar tan solo a algunos de los autores que mejor han explicado la vida en las montañas pirenaicas.

La “España vacía”, como apuntaba el escritor Alberto Olmos, es un impreciso aserto que se beneficia de su precisa ambigüedad. Es perfecto para estos tiempos postmodernos en los que lo estético tiene más recorrido que lo intelectual, en los que se anhela el sintagma revelador que nos ahorre las explicaciones complejas. Frente a esta brillante ocurrencia siempre tiene que existir una contraparte que azuce el debate digital, pues de eso se trata, de generar militancias que nos posicionen y nos aíslen de la sórdida geografía de los indecisos.

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De la revolución tranquila a la revolución de los ricos

Canadá suele ser observado por los nacionalismos vasco y catalán como el ejemplo de democracia plena, capaz de gestionar sus conflictos internos de manera civilizada y racional. Su manera de resolver la tortuosa relación con Quebec, que votó dos veces en 1981 y 1995 para conseguir la independencia, es el anhelo de quienes consideran a la democracia española como un artefacto defectuoso e incapaz.

Habría que dejar clara una cosa: ni Canadá (entiéndase su gobierno federal) ni la mayoría de canadienses han aprendido a convivir con Quebec. En eso los españoles nos parecemos bastante. Aquella conllevancia de la que hablaba Ortega y Gasset respecto al problema catalán es igualmente aplicable a Canadá. Sus ciudadanos aceptan la existencia de una disonancia en la estructura del país pero la miran de reojo, con distancia e indiferencia. La tratan de evitar.

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