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No pongan en valor el patrimonio

El coleccionista mexicano Mauricio Fernández Garza, en un fotograma de 'Los cielos españoles'.

'Los cielos españoles' es un documental producido por José Manuel Herráiz e Isabel Soria que narra la peripecia de numerosos artesonados mudéjares aragoneses que acabaron a principios del siglo XX en manos del magnate norteamericano Randolph Hearst. Era un tiempo en el que, como señala Herráiz, “se podía comprar prácticamente todo en España, también el arte".

Uno observa con desasosiego la fotografía de un país subdesarrollado, despreocupado, inculto e ignorante, sumido en su convulsa decadencia, pues eso es lo que de verdad subyace en esta historia que los autores han armado con toda la austeridad narrativa del buen documental. No necesita ni juegos retóricos ni una panoplia de juicios de valor para provocar la conciencia del espectador. Los hechos hablan por sí solos.

Herráiz y Soria reconstruyen una trama urdida por millonarios con ínfulas, mercachifles sin escrúpulos, políticos arribistas y la iglesia, casi siempre, como cómplice necesario y activo instigador de esta sangría de bienes artísticos. Las grandes fortunas surgidas a finales del siglo XIX y principios del XX en los Estados Unidos, provenientes de nuevas industrias, ferrocarriles y finanzas, buscaron la manera de distinguirse del resto de la sociedad mediante la adquisición compulsiva de bienes inmuebles, arte, joyas y, si era necesario, un pasado acorde con su nuevo estatus. No solo era cuestión de dinero sino también de prestigio.

Estos nuevos magnates acudieron a la decadente Europa, donde la historia se había hecho vieja de tanto usarla, para adornar sus estancias, dignificar genealogías, construir palacios, adquirir criterio cultural y refinar el gusto. España, Italia, Francia o Grecia fueron los destinos preferidos de esos “tours”, al estilo de los viajeros románticos del XIX, en los que no se captaban paisajes, experiencias y emociones sino valiosas obras de arte que habían permanecido en sus lugares de origen, casi siempre humildes y remotos, durante siglos.

Al ver el documental de Herráiz y Soria hay un lamento constante de fondo, que tiene que ver con la rabia por el país que fue y, sobre todo, por el que pudo ser; sin Ilustración ni Reforma. Remite a aquella declaración que Gerald Brenan atribuía en 'El laberinto español' al economista Francisco Martínez de la Mata: “No existe en ninguna de sus partes ni amor ni interés por la conservación del todo; cada hombre piensa únicamente en su utilidad presente y en modo alguno en la futura”. Esta observación sobre España fue realizada a mediados del siglo XVII.

'Hearst Castle', la mansión construida por Randolph Hearst entre 1919 y 1947 en California, es el resultado del desvarío megalómano de un hombre obsesionado con el arte español. Varias de sus salas principales fueron cubiertas con artesonados procedentes de Barbastro, Teruel y Calatayud. La arquitecta Julia Morgan, la encargada de diseñar aquella extravagancia, reconocería años después que su desconocimiento del arte mudéjar le hizo cometer numerosas tropelías a la hora de instalar los techos, que habían sido desmontados pieza por pieza en España y transportados en largas travesías hasta los Estados Unidos. Muchos de esos artesonados permanecieron en sus cajas almacenados durante décadas y acabaron en manos de otros propietarios después de interminables cambalaches. Perfecta metáfora para quien hizo del arte simple expresión del capitalismo feroz.

El de Hearst y los artesonados mudéjares es solo un episodio más de la historia del patrimonio aragonés emigrado durante todo el siglo XX. Cientos de piezas (retablos, pinturas murales, tallas, claustros, sepulcros, artesonados, puertas, capiteles…) se esfumaron de sus lugares de origen a causa de la combinación perversa de avidez material e ignorancia popular. El contexto siempre era el mismo: multimillonarios que suspiraban por una colección privada, venerables museos americanos fascinados con el arte medieval europeo, museos nacionales con afán centralizador, anticuarios al acecho de nuevos clientes, ávidos coleccionistas, testaferros sin escrúpulos y especialistas guiados por un sincero espíritu de conservación.

Casi siempre los compradores eran asesorados por experimentados anticuarios y reputados hispanistas que utilizaban sus conocimientos y prestigio para fines poco edificantes pero muy lucrativos. Kingsley Porter, Chandler Post o Arthur Byne son determinantes para enfocar y materializar el interés por el arte medieval de las nuevas fortunas norteamericanas de principios del siglo XX. Libros como el publicado por Byne, asesor personal de Randolph Hearst, y su esposa Mildred Stapley, 'Arquitectura española del siglo XV', fueron utilizados después casi como un catálogo de subasta.

Varios anticuarios nacionales, entre ellos Celestí Dupont, Luis Ruiz y Josep Bardolet –algunos de los cuales llegaron a abrir sucursal en Nueva York–, o coleccionistas como el catalán Lluis Plandiura, rivalizaron en la carrera por las piezas más codiciadas. El historiador Antonio Naval recuerda que “en ese tiempo se hicieron no menos de 30 subastas monográficas de arte español en Nueva York”. Naval, que lleva años siguiendo el rastro de las piezas aragonesas dispersas en Estados Unidos, calcula que al menos 200 han cruzado el charco.

Este expolio se produce con la complicidad necesaria de muchos poderes locales y eclesiásticos, pero también con la oposición de una minoría ilustrada que empieza a crear conciencia sobre la necesidad de preservar el patrimonio nacional, no solo el cultural sino también el natural. En esa primer tercio del siglo XX surgen instituciones como el Centre Excursionista de Catalunya, el SIPA (Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragón) o la Junta de Museos de Barcelona, que alertan de la desaparición del patrimonio religioso, principalmente de las iglesias pirenaicas. El 16 de agosto de 1918 el rey Alfonso XIII declara por Real Decreto el Parque Nacional de de Ordesa, una medida que solo fue posible gracias al empeño de Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa.

En 1919 la Nunciatura Apostólica prohibió la “venta y extracción de objetos artísticos y de pinturas de sus templos o conventos” y el gobierno español promulgó en 1926 la ley contra la exportación de obras de arte. Estas leyes se mostraron insuficientes para frenar la ambición de los poderosos compradores e intermediarios, que siguieron operando a sus anchas durante décadas. El expolio adquirió formas menos sofisticadas y más contumaces, como el robo. El caso más famoso fue el de Erik el belga, que asaltó iglesias y ermitas del Aragón rural y se apropió de joyas de incalculable valor como la silla de San Ramón de la catedral de Roda de Isábena. El fenómeno se enmarca en los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando el éxodo rural y el desapego de los pueblos en retirada dejaron indefenso el patrimonio. Lo expoliado se pierde en una cartografía indescifrable de coleccionistas privados.

La pregunta que surge un siglo después es inquietante. ¿Es posible que esto siga ocurriendo en la España democrática? Araceli Pereda, directora de Hispania Nostra, la asociación de defensa del patrimonio artístico e histórico que elabora una relación de los monumentos en peligro en nuestro país, respondía de manera tajante en una reciente entrevista en el diario El País: “Creo que sí. Ahora hay más vigilancia, pero se sigue comerciando. Como cada comunidad autónoma cuenta con sus propios sistemas de control, la información fluye menos que cuando había un órgano centralizador, el Ministerio de Cultura. Basta con ver las tiendas de los anticuarios y las subastas”.

Aunque es indudable que existe más educación y una mayor conciencia en la sociedad sobre el valor del patrimonio, y que el estado de las autonomías ha permitido generar mayores recursos para su rehabilitación, catalogación y conservación; uno tiene la sospecha de que en ocasiones los políticos conceden al patrimonio un carácter folclórico, como a otros muchos elementos de la tradición y de la historia que se protegen y se promocionan para mayor gloria del turismo y de la identidad local. Eso que ahora se llama retóricamente “poner en valor”.

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