Premios
Siempre he desconfiado de aquellas personas que rechazan un premio, que dicen no a un reconocimiento. Desde recibir el Óscar hasta ser hijo predilecto de tu pueblo. Quienes se niegan a ello suelen tener un ego desmedido y una necesidad infinita de que les prestemos atención. Como hoy estoy caritativo, voy a dedicarles el artículo. Para que sean felices.
Quienes dicen no a un reconocimiento –salvo que te lo esté dando, qué sé yo, un criminal de guerra o el que inventó las batucadas– solo desean protagonizar la noticia. Que el foco apunte no al premio –por importante que sea–, sino a ellos mismos.
Estas personas suelen disfrazar su renuncia con los ropajes de la pureza y la independencia. Con los ropajes de la dignidad. Son todos ellos seres de luz que anhelan no contaminarse con las pequeñeces que nos ensucian a los demás, con aquellas cosas por las que todo el mundo –salvo ellos– se vende. Sartre endiosado frente a Camus agradeciendo a quien fue su maestro cuando era niño.
Hay cosas increíbles. Imaginad, por ejemplo, que a alguien le dan el más importante premio a la paz concedido en el mundo y que se dedica a ir en peregrinación a regalárselo al señor feudal de nuestro tiempo. Como una ofrenda.
O imaginad, por ejemplo, que se muere tu padre, que era un actor y un cómico que tuvo éxito hace años y que un gobierno tiene la deferencia de concederle una medalla a título póstumo. E imaginad que ese hijo, en lugar de agradecer el gesto –para el cual no existía ninguna obligación–, va y dice que, oye, que a su padre lo que le gustaba eran los premios en vida. Mira, tú.
Hay que ser humildes y, sobre todo, hay que tener educación. En definitiva, todo se reduce simplemente a una cuestión de educación. Te dan algo, lo aceptas, das las gracias y colocas la escultura en la estantería del salón.
Yo, por si acaso, aquí lo digo. Para que no haya dudas. Diputaciones provinciales, jurados del Nadal, comunidades de regantes, Naciones Unidas: acepto premios. No lo olvidéis.
Iré. Daré las gracias. Y me iré.