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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Realismo mágico de derechas

El expresidente del Gobierno José María Aznar, durante las jornadas "1936. La guerra que todos perdimos”, que se celebran este lunes en la Fundación Cajasol de Sevilla.

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El día 5 de octubre José María Aznar aseguró en un acto público que la izquierda pretende conferir a estas próximas elecciones generales un carácter constituyente, lo cual, simplificando, viene a significar que la izquierda, si gana, pretende proclamar la III República. En mi casa le grité a la tele: ¿quién se va a creer semejante chorrada? Pero hete aquí que, al día siguiente, un amigo lo escucha en la calle en boca de un ciudadano, y no para reírse, sino para denunciar airado que “en estas elecciones nos jugamos la monarquía”.

Entre Aznar y su alerta sobre el regreso de la república y el resto del Partido Popular, incluido el presidente de Aragón, dando pábulo al bulo del fraude electoral a imagen y semejanza de Trump, la derecha se ha pasado ya varios pueblos de la tradicional hipérbole y gesticulación que se espera de ellos ante una convocatoria electoral. Y no olvidemos a ETA, que seguro que acaba también en las elecciones.

La III República no está en el vocabulario del PSOE, ni siquiera en el PSOE de Pedro Sánchez. A su izquierda, el anhelo republicano siempre está presente, pero nadie –salvo IU– se lo ha planteado a corto o medio plazo. No es verdad ni esto ni el fraude electoral, pero no cometamos el error de ir corriendo a desmentírselo al amigo de derechas desquiciado por los contenidos tóxicos que consume diariamente. No servirá más que para discutir sin llegar a ninguna parte. A las manos, si acaso.

No discuta, no vale para nada

Es revelador que, por demencial que sea la cosa que suelten los líderes de la derecha, sus votantes la repetirán al día siguiente. Ya quisiera la izquierda que sus consignas bajaran al votante de la misma forma. La derecha tiene una máquina de consignas perfectamente engrasada. Y aquí está la cuestión: ¿sus votantes se lo creen? Probablemente no, pero no importa. Aquí está uno de los errores de análisis que suelen hacerse respecto a los bulos y la posverdad: los ciudadanos repiten bulos que han visto en internet, pero no es que se lo crean, es que es efectivo. Si a sus líderes les da igual decir una mentira, a ellos les da lo mismo replicarla si eso jode a los putos rojos. La señora que dice que Pedro Sánchez prendió fuego los montes con un dron que disparaba rayos láser, ¿se lo hubiera creído si lo que vio en el teléfono culpara a Feijoo? No lo creo.

Los que replican los bulos en los grupos de Whatsapp y en la terraza del bar a voz en grito tienen la psicología del niño que vive entre la ficción y la realidad. Viven en un estado de vigilia a medio camino entre la realidad y la fantasía. Entre el realismo mágico y la fantasía realista. Se lo creen, pero en el fondo no se lo creen, pero a los efectos se lo creen, qué más da. Son como ese niño que se inventa una mentira y llega a creérsela, y una parte de él sabe que es mentira, pero otra lo vive como una divertida realidad. ¿Cómo va a ser mentira eso si es lo que me gusta?

Hay muchas críticas razonables que hacerle al Gobierno. Hoy vivimos un tiempo de precios altos y vivienda inaccesible, pero la economía va bien según los parámetros liberales con los que se mide el éxito de los países. El país va como un tiro. De hecho, a los empresarios les va bastante bien. Saben que no hay dictadura, ni comunismo, ni república, ni ETA, pero no le estropees el juego. Por eso tiene todo el sentido que un programa de TV del misterio haya pasado de decirte que hay ovnis y fantasmas a que Pedro Sánchez ocultaba doscientos muertos en el parking de Paiporta o que la agenda 2030 es una conspiración para volvernos homosexuales.

El dato no mata relato. El debate ya no es racional. La gente no es de derechas o de izquierdas por lo que afirma ser. Siempre hay otra razón, profunda, que tal vez ni ellos conozcan. Quizá defiendan ardientemente que el problema son los impuestos, la civilización occidental o la seguridad, pero en el fondo quizá simplemente es que quieren ser como el vecino que tiene perras, y cree que, votando como él, algo le caerá. O porque les molesta que les vaya bien a los que son más desgraciados que ellos. O quizá solo es que les gusta ser de una tribu urbana: unos llevan cresta y otros fachaleco. Quién sabe.

Será un error intentar usar argumentos, estadísticas y fact-checkings para ilustrar a nuestro vecino envenenado, porque en el fondo ya saben la verdad, pero las mentiras son más divertidas. Ya ni siquiera se les exige ser buenas personas. La ultraderecha político-mediática te da patente de corso para ser vil y abyecto. Llegamos así al malismo, a simpatizar con la Manada, con Epstein y aplaudir que vilipendien en sus medios a una señora de 87 años que han echado de su casa hasta que la llevan a la muerte. Y así estamos, haciendo política con las vísceras, y con las vísceras no se puede dialogar. Los debates electorales sirven para poco. En los tiempos que corren sería más apropiado hacer concursos de insultos o combates de arrojarse excrementos en la velada de un youtuber. Ya estamos en ese nivel.

La proyección en el otro

La derecha española siempre tiene una tendencia a proyectar en sus enemigos sus propias perversiones (“¿ah, que tú no robarías si estuvieras ahí?”). En este caso, están acusando a la izquierda de imprimir a su victoria un carácter constituyente de nuevo régimen. ¿Por qué? Probablemente porque una de las cartas que usará la izquierda en estas elecciones será el miedo a que, cuando PP-Vox tome el poder ejecutivo y el legislativo —todos los demás poderes formales y materiales ya los tienen— pretenda imprimir a su victoria un carácter constituyente de nuevo régimen y darle la vuelta al país como un calcetín. Y mandar a Pedro Sánchez a prisión. Ya se les ocurrirá por qué.

Así que, cual meme de varios Spiderman señalándose, ambos bloques se acusan de cosas parecidas. Sin embargo, la tesis de Aznar no está sustentada en nada más que en su calenturienta imaginación. De lo que sí tenemos pruebas es de la agenda de involución democrática de las derechas. Lo han dicho ellos. Está escrito. Es el programa electoral de Vox, además de sus acciones en los gobiernos autonómicos. Nos dan una idea clara de qué piensan hacer con las pensiones, los sindicatos, la seguridad social o de su reforma de la Constitución, necesaria para todo lo que quieren hacer. Además, seguro que nos deparan divertidas sorpresas para cuando tomen posesión del Ministerio del Interior. Da la impresión de que hasta el Rey ande enredando, como si le supieran a poco las funciones que le confiere la Constitución.

La izquierda aceptó la Monarquía en 1978 a cambio de democracia y derechos. Hace diez años Podemos cuestionó con la boca pequeña el pacto constitucional por considerar que se erosionaban ambas cosas. Ahora es la derecha la que parece sentirse desvinculada de ese pacto, sin razón aparente. En este sentido, la izquierda en su conjunto podría llegar a la conclusión de que el pacto tampoco le concierne y que, oiga, pues tal vez no sea mala idea la de Aznar: volver a incluir la República en los planes. Así, los de enfrente, que chillen con razón. Total, van a chillar igual.

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