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ARAGÓN

Leguineche

Viajé a Brihuega el lunes 11 de julio de 1999 para conocer a Manu Leguineche. Me acompañó Pablo Segura, un fotógrafo amigo. Llegamos al mediodía y charlamos con el periodista más de dos horas en el patio de la “Casa de los Gramáticos”. Luego nos fuimos a comer a un pueblo cercano y, al despedirnos por la tarde, Leguineche me regaló un libro dedicado: “A Fernando, con un abrazo grande, y el recuerdo de vuestro paso por Bri”. En realidad, habría sido suficiente con una conversación de una hora. Fui a entrevistarlo para Ciberpaís, el suplemento de tecnología de El País, donde yo hacía entonces unas entrevistas de dos o tres folios a doble espacio, como mucho. Quería conocer a Leguineche y no me importó echar el día para una faena de una hora.

Han pasado veinte años, pero he recordado ese encuentro estos últimos días leyendo la biografía ‘Manu Leguineche. El jefe de la tribu”, de Víctor López, que ha publicado recientemente Ediciones del Viento. Al terminar de leerla, reconozco que me ha atrapado la melancolía. La vida de Leguineche es la de un pura sangre del periodismo. Un buen tipo que ejerció de vasco queriendo y de maestro del periodismo sin querer. Pero fue maestro de un periodismo que forma parte del pasado y que nada tiene que ver con lo que se está haciendo en los medios de comunicación en la actualidad. Leguineche ejercía el periodismo que caminaba en busca de la noticia. Ahora, las cosas han cambiado tanto que es la noticia la que camina hacia las redacciones.

“El periodismo es sacrificio, y el que quiera hacerse millonario que se dedique a otra cosa”, decía Manu a un grupo que era, según cuenta su biógrafo, “un especie de club de amigos que trabajaba sin horarios, a destajo y por pura vocación”. Era su época de Colpisa, una agencia que ahora es propiedad del grupo Vocento.  Cuando Leguineche, según explica Víctor López, entraba en la redacción y la veía demasiado poblada, preguntaba: “¿Qué hacéis aquí, en lugar de estar dónde pasan las cosas?”.

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El olvido del mundo del trabajo

Los problemas laborales ocupan poco espacio en la agenda política. Se habla de número de parados y de cotizaciones a la Seguridad Social, pero casi siempre como arma arrojadiza entre partidos políticos, pocas veces se profundiza en las causas del paro, en la calidad del trabajo, la siniestralidad o en la existencia de trabajadores pobres. También suena lo de la derogación de las reformas laborales, pero no está claro cuáles son para el PSOE  “las medidas más lesivas” -para los socialistas las “menos lesivas” se pueden mantener-, a lo peor se limitan a anular o modificar el artículo 52d del Estatuto de los Trabajadores. Aunque solo faltaría que un gobierno que pretende ser progresista permitiera el despido de una persona por estar enferma. Veremos cuál es el peso de Unidas Podemos en esta cuestión.

La ideología neoliberal ha ganado la batalla, ha conseguido la hegemonía cultural. Ya no existe la clase trabajadora como el conjunto de personas asalariadas que negocian su parte en la distribución de la riqueza a través de la Negociación Colectiva (NC). Cuando políticos y medios de comunicación hablan de trabajadores se suelen referir al segmento inferior de los mismos, a los precarios, temporales o trabajadores pobres. El resto es clase media. Y hasta tal punto el neoliberalismo ha ganado la batalla que muchos trabajadores públicos o de grandes empresas y algunos sindicalistas también se consideran clase media.

En las elecciones del 10-N, el ecologismo, el feminismo, la defensa de las políticas sociales – temas puestos en primer plano por el negacionismo de la extrema derecha- y el conflicto catalán, han eclipsado la problemática específica del mundo del trabajo. Y claro que estos problemas son importantes y urgentes, está en juego el futuro del planeta tal como lo conocemos, el respeto a  la mitad de la humanidad o la convivencia dentro de la diversidad existente en España, pero no nos podemos olvidar de los dieciséis millones de personas asalariadas, muchas de las cuales están viendo cómo se deterioran sus condiciones laborales y salariales.

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Duele Bolivia

Duele Bolivia, duele el golpe de Estado, duele por burdo, evidente, porque nos recuerda a una época que creíamos pasada. Duele por la posición de la comunidad internacional, duele porque no es el primero, ni será el último.

Lo de Bolivia es parte de un plan de reconquista de un continente trazado al más puro estilo ultraderechista. Parte de una cuestión económica fundamental, máxime con la renovación del tratado de libre comercio de Mercosur pendiente de ser ratificado por el Parlamento Europeo y los estados miembro. Un acuerdo que facilitará el acceso de los productores del viejo continente a los cuantiosos recursos naturales de Bolivia, que cuenta con el 85% de las reservas mundiales de litio (claves para la revolución tecnológica). Pero no debemos obviar que la estrategia económica se fundamenta en una guerra cultural que es sostén de esa misma estrategia de reconquista.

El frente común que un día marcaron los diferentes gobiernos de la izquierda latinoamericana era demasiado incómodo. Sus estrategias, como la de generar un bloque económico independiente llamado ALBA que les liberara de la sumisión estadounidense y sus tratados de libre comercio, producían dolores de cabeza en la Casa Blanca. Sus datos incontestables de crecimiento real y de reducción de las desigualdades eran un ejemplo a combatir. Durante la administración de Morales, Bolivia ha mantenido el mayor crecimiento económico de Sudamérica con un 5% anual, reduciendo además en 23 puntos el índice de pobreza extrema. (Datos similares han presentado Venezuela, Brasil, Ecuador, Nicaragua… ). No en vano, en cuanto ese bloque se ha ido debilitando por diferentes razones, la administración Trump y sus aliados han intentando el derrocamiento de sus gobiernos con estrategias similares: la desacreditación de sus mandatarios, la creación de una falseada sociedad civil contraria y finalmente el uso de la fuerza por sus diferentes vías. Este plan también ha sido puesto en marcha en Bolivia.

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PAC o muerte

Melocotones del Bajo Cinca.

“El momento 2008: nada nos humaniza tanto como la aporía, ese estado de intensa perplejidad en el que nos encontramos cuando nuestras certezas se hacen añicos; cuando, de repente, quedamos atrapadas en un punto muerto, sin poder explicar lo que ven nuestros ojos, lo que tocan nuestros dedos, lo que oyen nuestros oídos. En esos raros momentos, mientras nuestra razón se esfuerza con valentía para comprender lo que registran nuestros sentidos, nuestra aporía nos humilla y prepara a la mente bien dispuesta para verdades antes insoportables. Y cuando la aporía despliega su red para prender a toda la humanidad, sabemos que estamos en un momento muy especial de la historia. Septiembre de 2008 fue uno de esos momentos.”

Este es el inicio del libro de Yaris Varoufakis, 'El Minotauro Global', sobre la crisis financiera iniciada por las hipotecas subprime en 2008. Este concepto se puede aplicar al actual momento en la hortofruticultura y otros sectores de la agricultura española.

A los agricultores nos inculcaron que había que trabajar, que había que producir alimentos saludables y seguros, haciendo del trabajo una virtud que nos ayuda a progresar y mejorar nuestras explotaciones.

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Ni vacía ni vaciada

San Julián de Banzo, Huesca.

Me cuesta entender el fenómeno de la “España vacía”. Será que, en tanto que pirenaico y por lo tanto hijo de esa España montaraz, he crecido y he forjado mi identidad en la melancolía del abandono y de las soledades. Me pertenece. La he escrito como periodista en cientos de artículos y en varios libros y, sobre todo, la he leído durante años en los textos de Enrique Satué, Severino Pallaruelo, Eduardo Martínez de Pisón, Joan Obiols, Violant i Simorra o María Barbal, por citar tan solo a algunos de los autores que mejor han explicado la vida en las montañas pirenaicas.

La “España vacía”, como apuntaba el escritor Alberto Olmos, es un impreciso aserto que se beneficia de su precisa ambigüedad. Es perfecto para estos tiempos postmodernos en los que lo estético tiene más recorrido que lo intelectual, en los que se anhela el sintagma revelador que nos ahorre las explicaciones complejas. Frente a esta brillante ocurrencia siempre tiene que existir una contraparte que azuce el debate digital, pues de eso se trata, de generar militancias que nos posicionen y nos aíslen de la sórdida geografía de los indecisos.

Y ese debate se ha situado entre los que defienden la “España vacía” como una suerte de versión canónica y los que consideran que la “España vaciada” explica mejor la realidad de una parte del país. La primera, observa. La segunda, juzga. Se trata, desde mi punto de vista, de una polémica instalada en la inerte placidez de lo ornamental, pues ambas expresiones han hecho fortuna en los medios de comunicación y en los debates públicos gracias a su fuerza como eslogan, como tropo retórico. Es suficiente el empuje de su sonoridad y la cuota de tendencia que cubre.

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Locas

Me dicen que finalmente saltaste desde el octavo piso porque aquellos chavales te acusaban y se reían de ti, lo habían hecho desde siempre, y tú ya no podías más. Me dicen que, entre la vida que amabas con cierto desprecio y la muerte que te seducía cada día más ante los insultos de niñatos convertidos en hombres adultos sin conciencia ni elegancia, decidiste abrazar a la muerte. Y Zaragoza te llora y yo te lloro y me gusta saber que te fuiste volando para no sentir más ese miedo que te cortejaba y te dejaba sin aliento, justo en el instante en el que todos los gritos estaban dentro de tu cabeza y tú no eras más que el abandono del último grito: tu grito desgarrado y bello pidiendo auxilio en la soledad que habías inventado.

Nadie quiere hoy hablar de eso, ni de la locura ni del suicidio, y por eso hablamos del árbol que pierde sus hojas de la forma más hermosa y que, como tú, besa la tierra porque alguien lleno de vanidad y de maldad le dijo que el cielo era para la lluvia, para el sol, para las nubes y sobre todo para él y para todos los que como él decían la verdad, aunque su verdad estuviera rodeada de mentira y de podredumbre. Pero, al igual que el árbol que besa la tierra, tú lo creíste. A él y a todos aquellos que te hicieron invisible, que te acusaron, que te despreciaron y te dejaron sin vida.

El ruido de esta ciudad despierta aumenta con el paso de las horas que vivimos juntas y a veces se escuchan las alarmas de un coche de bomberos o quizá sea de policía y entiendo que la vida sigue: rutinaria y azarosa forma de desvelar hasta los secretos más enterrados. En la casa reina el silencio y oigo unos pasos en el pasillo que lleva hasta mi dulce locura y dibujo ángeles en la pared de nuestra amistad y tengo que confesarte que ya no sé muy bien cuál de las dos soy yo.

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Sin mujeres, no hay desarrollo rural

Una agricultora sube a su tractor.

Aprobado por el Parlamento autonómico el pasado 21 de noviembre, Castilla-La Mancha cuenta con el primer Estatuto de las mujeres rurales con rango de ley en España.

La definición de mujeres rurales va más allá de agricultoras y ganaderas para englobar a todas las que viven en municipios de menos de 30.000 habitantes.

El porqué de esta ley que está a punto de entrar en vigor lo explicó certeramente el alcalde de Pedro Muñoz (Ciudad Real), José Juan Fernández: “No se puede afrontar el desarrollo rural y el problema de la despoblación sin una perspectiva feminista”.

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Blockchain y Administración pública

La primera vez que expliqué lo que era el blockchain a un dirigente público me contestó que sí, que lo había convencido de comprar Bitcoins esa misma tarde. Era hacia finales de 2017, y le sucedió lo que a la mayor parte de la gente la primera vez que escucha esos «palabros» en inglés. Pensó que blockchain y Bitcoin son la misma cosa.

Una semana más tarde volví a intentarlo. Le dije que se olvidara de los Bitcoins, que ese era solo un caso de uso, el que más éxito había cosechado hasta ese momento, pero que lo importante no era la criptomoneda sino la tecnología que hacía posible ese intercambio de valor entre pares sin necesidad de un intermediario financiero, como hasta ahora es lo habitual. Esta segunda vez tuve más éxito. Le convencí de que, aparte de casos de uso de naturaleza financiera, la tecnología tenía muchísimo potencial para mejorar la actuación administrativa y la prestación de servicios públicos, y logré su implicación para poner en marcha algunas iniciativas que han colocado a la Administración de la Comunidad Autónoma de Aragón en la vanguardia de Administraciones que se preparan para el futuro tecnológico.

No debíamos ir muy mal encaminados. Un año después de aquella conversación, el Parlamento Europeo señalaba el potencial de esta nueva tecnología para el desarrollo de «nuevos modelos de administración pública». Y a renglón seguido, en la primavera de 2019, un caso de uso de esta tecnología en el ámbito de la contratación pública desarrollado en la Comunidad Autónoma de Aragón se colaba (como única referencia de proyecto desarrollado desde una Administración pública europea) en el informe sobre «Blockchain for Government and Public Services» del Observatorio blockchain de la Comisión Europea.

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Día internacional del Laicismo

Carta de Laicidad

El 9 de diciembre se celebra el día internacional del Laicismo y de la Libertad de Conciencia. Un 9 de diciembre de 1905 se aprobó la Ley de Separación de las Iglesias y el Estado en Francia, primera ley en el mundo que garantiza el Laicismo del Estado. También un 9 de diciembre, pero de 1931 y en España, se aprobó la Constitución de la II República, una de las más avanzadas en su época en el establecimiento de un Estado Laico. Y en una fecha inmediatamente posterior, el 10 de diciembre de 1948, la ONU proclamaba la Declaración de los Derechos Humanos. Tenemos varios e importantes motivos para en estos días de primeros de diciembre, celebrar y reivindicar el Laicismo.

El Laicismo es una regla fundamental del Estado de Derecho, un ideal de concordia y unión de todos los seres humanos cuyos principios básicos son la Libertad de Conciencia, la igualdad de trato de todas las personas y la búsqueda del bien común como única razón de ser del Estado.

Solo un Estado que se reconoce como Laico puede defender estos principios y para ello es imprescindible la separación del Estado y las Iglesias.

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La escalera

La escalera

La escalera es de hierro y los peldaños de madera y en ella se han subido, sobre todo, mi madre y mi abuela. Mi abuela ya no lo hace, murió de vieja en una cama mirando el mar. Se llamaba Sabina, era menuda, muy menuda, y cuando se subía a la escalera, ésta la engullía entre peldaño y peldaño y ella se quedaba acurrucada y se reía y me gritaba que la ayudara, que le daba vértigo, pero por mucho vértigo o miedo que tuviera, ella subía a la escalera y lo hacía muy a menudo: para limpiar los ventanales a los que por su pequeña estatura no llegaba o para limpiar las lámparas del techo. Me gustaba mucho ver cómo limpiaba esas lámparas de miles de cristales que ella acariciaba con sus menudas y frágiles manos, mientras les decía cosas hermosas porque sus reflejos eran hermosos y sus formas me permitían pasar las horas contemplándolos sin pensar en nada, solo en ese cuerpo menudo sobre una escalera y en esas manos que con tanto amor y con tanta cotidianeidad limpiaban cada uno de los cristales, que eran un paso en el tiempo que yo todavía ignoraba y que a mi abuela se le disfrazaba de amor enterrado en un tiempo pretérito y oscuro. 

La escalera tenía vida y a mí me gustaba sacarla de la despensa, abrirla y sentarme en uno de sus peldaños y desde ahí, atalaya de mi infancia, construir la literatura de mi vida en una ciudad llamada Zaragoza y que a diario recorría en una distancia familiar y dulce, hasta aquella mañana en la que saludé a la muerte cuando un coche arrebató la vida de aquel niño y de su perro. Recuerdo que me quedé paralizada, sin siquiera escuchar los gritos que eran de rabia y dolor, y volví sobre mis pasos, no corría porque tenía miedo y solo quería llegar a casa, abrazar a la abuela y sentarme en mi escalera y así repetir el día y olvidar el ruido y los gritos. Al llegar a casa le expliqué a la abuela lo sucedido, le expliqué mi miedo y le dije que ya sabía qué era el vértigo y le dije que el vértigo era aceptar que las cosas solo en una parte muy pequeña dependen de nosotros y que por eso el vértigo te puede llevar hasta los lugares más desgarradamente bellos y hasta los más terriblemente sórdidos. La abuela me abrazó y me besó y me llevó hasta la despensa y sacamos juntas la escalera y la abrimos y nos sentamos cada una en un peldaño y desde su peldaño me explicó que nuestra vida era como esa escalera y que mientras estuviera ella y la escalera habría cobijo, habría infancia, habría canción y fiesta y flores entre las piedras y piedras entre las flores y un cielo violeta y el alivio que se siente cuando una mano te descubre que hay menos soledad a pesar del ruido y que hay más silencio contra los gritos.

Mi abuela era muy sabia y mi escalera me recuerda que ella sigue ahí y la veo cuando mi madre, ochenta y un años, se sube a nuestra escalera para decirle hola a la navidad y a mi abuela, que desde el último peldaño me susurra que todo vuelve y que no es necesario correr ni pisar para intentar llegar o alcanzar. “La vida, me recuerda, es una inmensa paciencia llena de impaciencia y como la vieja escalera debes permanecer en tu sitio, hasta que alguien te precise de urgencia o de cotidianeidad”. La abuela, me digo, sigue vagando entre los peldaños de nuestra escalera para regalarme esos cristales que ella convertía en golosinas para que no sufriera. Ni yo ni mis hermanas.

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