Benzodiacepinas y antidepresivos: alerta sobre la adicción en Asturias, líder en consumo de psicofármacos

Bárbara Bécares/ Raquel. L. Murias

Oviedo /Uviéu /Siero/ Navia —
1 de febrero de 2026 08:55 h

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“Un día fui a la médica de cabecera por un tremendo dolor cervical y en la zona de los carpianos. Tenía que entregar con urgencia un trabajo en el ordenador, pero me costaba escribir y eso me generó mucha ansiedad”. Así comienza el relato de una vecina de la cuenca minera asturiana que acabó iniciando un tratamiento con alprazolam, una benzodiacepina utilizada como ansiolítico para tratar la ansiedad.

“La médica me preguntó directamente si quería que me lo recetara. Le expliqué que el origen del dolor no era nuevo, pero tardaron tres años en derivarme a hacer pruebas diagnósticas”, explica. Finalmente, la paciente aceptó la prescripción del alprazolam para gestionar el estrés laboral y la ansiedad asociada al dolor. “Yo no sabía que estas pastillas causaban adicción porque nunca antes había tomado nada parecido”, explica.

Lo que más le sorprendió fue que, tras la primera caja, dejó de necesitar acudir a consulta para renovar la receta. Bastaba una llamada telefónica al centro de salud para que el trámite se realizara desde el mostrador. “Así, mes a mes, sin hablar con nadie”, concreta esta asturiana.

Año tras año, Asturias encabeza las estadísticas de consumo de antidepresivos en España. Según los datos de la Encuesta de Salud de España del Instituto Nacional de Estadística, publicados en noviembre de dos mil veinticinco, el Principado volvió a situarse a la cabeza. No se trata de un hecho aislado: basta revisar la hemeroteca para comprobar que este liderazgo se repite ejercicio tras ejercicio.

“El médico no me advirtió de que eran adictivas”, resume Bego Castaño, vecina de Siero. Empezó a sufrir ataques de ansiedad intensos sin saber qué le ocurría. “Fui a urgencias del HUCA pensando que tenía algo en el corazón”. Allí le administraron una medicación de emergencia y le recomendaron acudir a su médico de cabecera, que le recetó paroxetina, un antidepresivo, y Trankimazin, un ansiolítico de la familia de las benzodiacepinas.

“Si me olvidaba de una pastilla, me ponía enferma”

“Inicié el tratamiento, pero nadie me habló de revisiones ni de acudir al psiquiatra”, relata. Con el tiempo empezó a notar que, si se olvidaba de tomar la pastilla, sufría vértigos, vómitos y mareos intensos. Otro médico le recomendó meditación y respiración, pero tampoco la derivó a un especialista para revisar el consumo diario de psicofármacos.

Años después, al quedarse embarazada, le aconsejaron dejar la medicación de golpe. El resultado fue un síndrome de abstinencia tan severo que acabó en urgencias. “Una enfermera me explicó que no podía abandonar algo así de forma brusca, y menos embarazada, porque incluso podía provocar un aborto”. Dos décadas después, ha conseguido dejar algunos fármacos, pero continúa con la paroxetina en un proceso largo, supervisado y complejo.

“Me convertí en una yonqui del Trankimazin”

Otro testimonio resume de forma cruda el impacto de este tipo de tratamientos prolongados. “Llevo toda la vida luchando con los ataques de pánico que me genera mi terror a las enfermedades. Pasé años creyendo que era normal vivir así, con falta de aliento y mareos constantes. Hace más de veinte años fui al psiquiatra por primera vez y supe que tenía un trastorno de ansiedad generalizado”, explica Lorena Pérez.

Esta paciente explica que los antidepresivos le permitieron salir de etapas muy oscuras. “Fueron la muleta para levantarme, para salir de la cama, para afrontar la vida sin terror”. Sin embargo, el Trankimazin marcó un antes y un después. “Llegué a consumir cuatro miligramos al día. Me apagaba el cerebro y me convirtió en una yonqui”, explica esta asturiana.

Con el tiempo consiguió dejar los antidepresivos de forma pautada, pero no el ansiolítico. “El Trankimazin generó en mí una dependencia terrible. Si no lo llevaba encima y me daba cuenta, las palpitaciones, los sudores fríos y la ansiedad eran insoportables. Si no lo tomaba no pegaba ojo, noches en vela con una sensación terrible de miedo, como si fuese a pasar una desgracia”, explica con las lágrimas en los ojos. Acudió en varias ocasiones a su psiquiatra para intentar abandonar la benzodiacepina, pero la respuesta fue siempre la misma: que sería muy complicado o incluso imposible. “Me reconoció que era muy adictivo y que hubo una época en la que incluso estaba de moda tomarlo. Soy consciente de que genera adicción, pero yo quería liberarme de esa cruz, no sé si es peor está deprimido o tener que ser dependiente de una medicación así ”.

Tras años con una pastilla azul siempre en el bolso, Lorena Pérez decidió reducir la dosis por su cuenta, muy lentamente. “Fueron meses durísimos, con temblores, sensación de ahogo y mareos, pero lo logré. Lo hice de forma muy escalonada, el médico no se atrevió, pero yo lo hice. Lamento que no me apoyase en mi decisión de desengancharme, desconozco el motivo, pero necesitaba salir de ese bucle”, concreta Pérez. Asegura que vivir sin Trankimazin ha sido uno de los mayores retos de su vida. “Hay que informar del enganche que provoca y de cómo anula la mente. Yo he perdido memoria, mucha. Me salvó del terror de los ataques de pánico, pero me condicionó de por vida”.

Disfraza el problema, pero no lo soluciona

El consumo de benzodiacepinas no siempre llega únicamente por el malestar emocional. También se receta con frecuencia para dolores musculares. Anay, auxiliar de enfermería en Oviedo, explica que su trabajo implica un gran esfuerzo físico. “De base me pautan diazepam de cinco miligramos y Enantyum para la costocondritis y las contracturas de espalda”. La alternativa, la fisioterapia, no siempre es accesible económicamente.

“Soy consciente de que el diazepam disfraza el problema, pero no lo soluciona”, afirma. Reconoce además efectos secundarios claros: lentitud mental, olvidos y dificultad para encontrar palabras durante una conversación.

Médicos que piden soluciones “más allá de la medicación”

Para el psiquiatra asturiano Luis Bastida Rivas, el problema no es solo farmacológico, sino estructural. Defiende buscar soluciones a la ansiedad más allá de la medicación, pero reconoce el contexto en el que se prescribe. “Hay médicos de cabecera que atienden a sesenta personas en una mañana y los pacientes quieren salir con una solución rápida”.

“No se explica que son fármacos muy adictivos”, advierte. En el caso de las benzodiacepinas, explica, actúan como un freno del sistema nervioso central. El cuerpo, para compensar, activa el acelerador. Cuando se retira el tratamiento de forma brusca, ese acelerador sigue funcionando y aparece el síndrome de abstinencia. A largo plazo, añade, el consumo crónico afecta a la atención y a las funciones cognitivas. No cuestiona que en determinados momentos estos medicamentos sean necesarios, pero rechaza que se conviertan en la única respuesta. “Una pastilla puede servir para un momento puntual, como un antiinflamatorio, pero no como solución permanente”.

Ese planteamiento lo comparte Estefanía del Barrio-Herguedas, psicóloga sanitaria y creadora de la clínica Psicología en Armonía. “No podemos responsabilizar individualmente a las personas de un malestar que es colectivo”, sostiene. Señala factores como la soledad, la sobrecarga laboral o de cuidados y la falta de redes de apoyo.

No son la única respuesta

“Los antidepresivos no son negativos en sí mismos. En determinados momentos pueden ser una herramienta fundamental”, explica. El problema surge cuando se convierten en la única respuesta al sufrimiento emocional. “Alivian el síntoma, pero no resuelven la causa”.

Asturias no solo lidera el consumo de psicofármacos. También es la comunidad con la tasa de suicidios más alta del país. Cada vez más profesionales y pacientes coinciden en una misma advertencia: la medicalización masiva del malestar puede estar tapando un problema mucho más profundo, que requiere tiempo, escucha y una respuesta social y comunitaria que vaya más allá de la receta. La reciente firma en Asturias del Pacto por la Salud Mental, y la previsión de que este año se apruebe la Ley de Salud mental abren un hilo de esperanza para que existan más controles en este tipo de tratamientos y se refuercen las terapias psicológicas y psiquiátricas en el sistema público.