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Adriana Lastra

Vicesecretaria general del PSOE y portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso. Diputada socialista por Asturias.

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Combatir el discurso del odio

Algo que sabemos muy bien quienes tenemos responsabilidades públicas es que, en política, las palabras son algo casi físico, tienen peso. Con las palabras (solidaridad, comunidad, acuerdo) unimos e incluimos, pero también estigmatizamos, dividimos y excluimos (mi raza, mi tierra, mi dinero). Sobre las primeras se ha edificado lo mejor que tenemos, desde la democracia hasta el estado de bienestar y la Unión Europea. Sobre las segundas se han levantado algunos de los momentos más oscuros de la historia de la humanidad y de España.

Quienes trabajamos con palabras sabemos que lo que se dice, también lo que se calla, tiene consecuencias; por eso las medimos y las elegimos cuidadosamente. Cuando un presidente dice que "los inmigrantes traen drogas, son criminales y violadores", no está solamente falseando la realidad, está provocando acciones. Según datos del FBI, entre 2017 y 2018, los delitos de odio en EEUU crecieron un 17%; en Gran Bretaña, crecieron un 27% en los meses posteriores al referéndum sobre el brexit.

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De miedos y esperanzas

La gran pregunta de nuestro tiempo político es la siguiente: ¿Qué es lo que motiva a millones de personas en todo el mundo a respaldar liderazgos que contravienen aquello que hasta hace bien poco considerábamos como los grandes consensos de la civilización? ¿Por qué los partidos ultras obtienen apoyos extraordinarios en democracias consolidadas como Francia, Alemania, Italia, Austria, Noruega, Holanda...? ¿Cómo es posible que cerca de 400.000 andaluces votaran a los herederos del franquismo que condenó Andalucía a la opresión y el subdesarrollo durante 40 años? ¿Cuál es la razón por la que más de un 10% de encuestados declaran su voluntad de votar en España a un partido que presume de contradecir "lo políticamente correcto"? ¿Y cómo explicar que hasta el 14% de los votantes del PP en 2016, el 10% de los votantes de Ciudadanos y el 2% de los que votaron a Podemos se muestren dispuestos a transferirle su apoyo? ¿Han surgido de pronto millones de partidarios del fascismo? ¿Son todas estas personas unos reaccionarios, machistas, xenófobos y anti europeos? No. Todas estas preguntas son una sola, y su respuesta está en el miedo. El mundo avanza demasiado deprisa. Los cambios son demasiado grandes y disruptivos. Y por el camino van quedando demasiadas incertidumbres, demasiadas inseguridades, demasiados perdedores, demasiados excluidos. Demasiados miedos. La globalización hace huir a las empresas que antes nos daban trabajo, y desdibuja las fronteras que antes nos protegían de las crisis internacionales, y permite que los de allí se instalen aquí, que los de aquí se instalen allí... Aquellos a los que votamos para que nos gobiernen, ahora deben pedir permiso fuera para hacerlo. La zozobra llega hasta lo más íntimo y las identidades que antes parecían inmutables ahora se hacen diversas, compatibles, mutables... libres. Y si antes todos éramos españoles y mucho españoles, ahora hay quienes a nuestro alrededor se sienten libremente más europeos, o más de la tierra cercana, o ciudadanos del mundo... Los avances tecnológicos que parecían llegar para facilitarnos la vida, aparecen ahora como responsables de que los empleos ya no sean buenos empleos, y que la información ya no sea buena información. Y nos dicen que utilizar el coche, como hicimos toda la vida, equivale en la práctica a atentar contra el ambiente, la salud, el clima, el planeta. La revolución de las mujeres en defensa de la igualdad es incontestable, pero resquebraja y voltea estructuras de pensamiento firmemente asentadas durante milenios. Las mujeres miran a los hombres de tú a tú y este hecho mina la sempiterna y segura autoridad paternal, el significado tradicional de algo tan sagrado como la maternidad, el reparto habitual de roles sexuales y hasta la continuidad de los cuidados en el hogar. La familia es la familia, pero tan distinta... La democracia consistía antes en votar cada cierto tiempo y confiar nuestra representación y gobierno a quienes estaban legitimados para ello, con cierto margen de conocimiento y crítica por nuestra parte. Ahora, la democracia es que todos opinan de todo, todos quieren saberlo todo y todos pretenden influir en todo, votando cada día si es preciso. El mundo avanza a gran velocidad y el vértigo nos hace sensibles al discurso de la seguridad y el orden. Un poco de seguridad ante tanta inseguridad; algo de orden entre tanto desorden. Resulta lógico que muchos pongan oídos a quienes expresan los mismos temores que nosotros sentimos, a quienes parecen hablar claro al proyectar nuestro enfado, a quienes señalan culpables sobre los que descargar ese enfado y a quienes prometen soluciones fáciles, aunque sospechemos que fácil, fácil, no hay nada en la vida. Solo que a cambio de nuestra atención, de nuestra confianza y de nuestro voto, esos mismos no van a parar el mundo. Porque el mundo no se puede parar. Y no van a solucionar fácilmente los problemas que denuncian "sin complejos". Porque los problemas complejos requieren en realidad soluciones complejas, que ellos no son capaces ni están dispuestos a implementar. Solo que no solucionan ningún problema, sino que agravan esos problemas. Hay dos actitudes para enfrentar esta situación: alimentar el miedo o construir la esperanza. La derecha tradicional española, por convicción o por temor a perder votos, ha decidido acompañar la estrategia del miedo. Casado y Rivera han optado por asumir el discurso que subraya los temores, señala culpables y apunta soluciones tan simples como inverosímiles. Porque no se resuelven los conflictos de las identidades territoriales diversas con el palo y el tentetieso, ni se afrontan las consecuencias de la igualdad de la mujer intentando recortar sus derechos, ni se garantiza a los jóvenes un futuro de buenos empleos con la simpleza de arremeter cada día contra el "sanchismo". Los cambios en marcha conllevan riegos, claro está, pero también nos traen oportunidades nuevas a explorar. Si entendemos los cambios, si trabajamos para gobernarlos, si los regulamos conforme a nuestros valores de igualdad, libertad y solidaridad, los miedos pueden convertirse en esperanzas. La esperanza de una vida mejor para las mayorías. Se puede gobernar la globalización con justicia, y se pueden regular los avances tecnológicos para la equidad y los buenos empleos, y se puede conseguir que la igualdad de ellas revierta en una vida mejor para ellas y ellos, y se puede lograr una convivencia con más y mejor democracia. Con esperanza. Y sin miedos. Esa es la España que quieres. Ese es el mundo que queremos.

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A los hombres les toca mover ficha

Un país digno no puede aceptar que las mujeres sean asesinadas, que no se sientan seguras, que estén amenazadas. Un país digno no puede permitirse que la mitad de la población sea susceptible de sufrir una violencia terrible que elige a sus víctimas solo por ser mujeres. No podemos aceptar que, trabajando igual, las mujeres cobren un 22% menos. No podemos aceptar la ausencia de mujeres en los espacios de poder al tiempo que siguen sobrerrepresentadas en la responsabilidad de los cuidados y trabajo doméstico. En definitiva, no podemos hablar de libertad si existe violencia contra la mitad de la población de un país. Sin libertad, sin igualdad y sin la seguridad de las mujeres no podemos hablar de una sociedad plenamente democrática.

Y, si queremos ser un país digno, tampoco podemos aceptar que los hombres, la otra mitad de la población, no esté movilizada en la lucha por la igualdad. La violencia machista es un problema de los hombres que afecta a las mujeres. La violencia es masculina y resulta obvio decir que necesitamos que los hombres tengan un papel activo en la lucha contra la violencia machista. Necesitamos que cada ciudadano se sienta interpelado. El discurso social de la igualdad es mayoritario y son mayoría los hombres que dicen estar a favor de la igualdad. Sin embargo, esto no se transforma en ilusión, ganas y empeño por participar activamente en este proceso de cambio que pasa necesariamente por la renuncia a sus privilegios masculinos. Ha llegado el momento en el que a los hombres les toca mover ficha e iniciar su propia revisión de género individual y colectivamente. El feminismo les ofrece las suficientes herramientas para ello. La recompensa es compartir una sociedad más justa y digna.

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Eres joven, pero tu pensión ya te la están robando hoy

Dice Celia Villalobos que cuando te jubiles dentro de cuarenta años y te corresponda una pensión miserable, la culpa habrá sido tuya. Porque no has ahorrado. Según la diputada del PP, ex ministra, ex presidenta del  Congreso y, en la actualidad, presidenta  de la comisión del Pacto de Toledo, la culpa habrá sido tuya por no haber ahorrado “dos eurillos al mes”, como, según ella, hacen los jóvenes de Dinamarca. El desparpajo de Villalobos le permite hacer afirmaciones de este calibre (dos euros al mes durante cuarenta años supondrían un acumulado de menos de 1000€ para el día que te jubiles) porque, en realidad, lo que persigue es generar titulares, por ridículos que sean, que sugieran la necesidad de privatizar el sistema público de pensiones.

La presidenta del Pacto de Toledo, que tendría que ser la mayor defensora de las pensiones públicas, se dedica, por el contrario, a ser la mejor comercial de los bancos y aseguradoras, vendiendo las bondades de sus planes de pensiones privados.

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Diálogo y reformas: el camino y la solución

El Congreso de los Diputados, al aprobar la Comisión no permanente para la evaluación y la modernización del Estado autonómico que propuso el secretario general del PSOE hace apenas 10 días, ha iniciado el camino para, por fin, abordar la solución política que requiere una crisis institucional como la que enfrentamos. Porque el desafío secesionista, y la respuesta que debe ofrecerse desde la legitimidad del Estado de Derecho, no pueden impedirnos constatar que el edificio territorial que se construyó hace casi cuarenta años, sufre hoy de tensiones, desajustes y malestares que requieren ya de puestas en común y soluciones compartidas.

El diálogo, la conversación democrática, es sin duda el camino que como decía al principio iniciamos en el seno de la Comisión no permanente. La razón del éxito de la democracia española desde finales de los setenta se encuentra en la gestión inteligente de la pluralidad. La integración de ideologías diferentes con un proyecto común aseguró el tránsito desde la dictadura al actual sistema de libertades y hoy continua siendo la única hoja de ruta capaz de garantizarnos que la respuesta a la crisis territorial tiene como condición imprescindible para su legitimación que sea compartida.  

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Nuestra identidad socialista

El indiscutible referente moral del PSOE en Asturias es una mujer y se llama Ángeles Flórez, Maricuela. Fue miliciana en la Guerra Civil, con 18 años, y sufrió luego las cárceles franquistas y 57 años de exilio en Francia. Milita en el PSOE desde hace 80 años. Hace unos días, en una asamblea del partido en Gijón, convocada para analizar la actual situación política, pidió la palabra, esperó cuatro horas a que llegara su turno y, tras alcanzar con dificultades al atril, dijo que dentro de un mes sería su cumpleaños y que "desearía que a mis 98 años me dieseis el regalo de decir no, no y no".

El debate sobre la posición que debe mantener el PSOE ante la investidura de Rajoy, por muchas vueltas que se le quiera dar, es un debate sobre nuestra identidad. Por eso repugna más que a nadie a nuestros militantes históricos, que han realizado con dolor muchas gimnasias ideológicas pero se niegan a aceptar la última derrota de ver a nuestro partido aupar al Gobierno a Rajoy, como si en estos cinco últimos años aquí no hubiese pasado nada.

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Nada para la gente

Cuando las negociaciones para formar gobierno ya parecen abocadas al fracaso, parece claro que nos encontramos a las puertas de repetir unas elecciones por una nueva decisión táctica de Podemos. Se miente a sabiendas cuando se dice que el acuerdo no se produjo por diferencias programáticas, porque no dieron tiempo siquiera a que estas se constatasen. ¿Cómo se puede entregar un documento con veinte propuestas en una mesa de negociación y dinamitarla al día siguiente, sin haber recibido una respuesta, cuando estábamos todavía valorándolas, tal como habíamos acordado? Ese documento tenía el mismo valor que las palabras previas de Iglesias, su teatralidad o el libro de baloncesto: generar un titular y una foto.

Muchos socialistas tenemos desde hace tiempo la certeza de que toda la estrategia política de Iglesias pasa por la eliminación del PSOE. Para ello, el líder podemista se plantea únicamente dos escenarios posibles: adelantarnos electoralmente o, de no conseguir el anhelado sorpasso, bloquear cualquier posibilidad de acuerdo para abocar al país a esa gran coalición que él desea más que nadie. No existen más opciones para Iglesias. O gano o bloqueo.

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Recuperar la confianza

Los socialistas concurrimos a las próximas elecciones municipales pensando más que nunca en las personas, porque sabemos que en España muchas personas lo están pasando mal. La crisis ha empeorado la vida de muchas familias, el desempleo se ha incrementado y los recortes sociales y los derechos de la ciudadanía, cada día que pasa, están más mermados por culpa de una derecha omnipotente que gobierna casi todo.

Nuestra razón de ser, nuestro ADN, tiene que ver con la defensa de los derechos de los más débiles, que son los trabajadores, las mujeres, los jóvenes. Los socialistas queremos impulsar más que nunca las políticas de proximidad y en el escenario de esta crisis económica tan dura hay mucha gente que necesita nuestro apoyo.

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