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Aitor Sáez

Licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Un año en Brasil bastó para entender que este oficio no tiene sentido si no es al lado de las personas. Tras acabar la carrera realicé prácticas en El País y Barcelona Televisió. Luego me lancé a la aventura del freelance primero en Alemania y desde septiembre de 2014 en Grecia, donde me he centrado en temas de migración y he cubierto la llegada al poder de Syriza para La Razón.

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Reynosa, el enclave del narco mexicano que obliga a los migrantes a pagar una cuota para seguir su camino a EEUU

El café de Yaíma es muy dulce. Porque "la dulzura nunca se pierde, papi, y además quita el hambre", suelta bajo una mueca esta cubana que vende refrigerios en un albergue para migrantes en la frontera de Reynosa, al noreste. Llegó hace cinco meses tras un agónico periplo.

Yaíma y su esposo Maykel entraron a México en enero por Mérida, donde su coyote (traficante) los estafó y dejó casi sin dinero, por lo que tuvieron que trabajar durante cuatro meses en la península de Yucatán hasta ahorrar lo suficiente para comprarse un vuelo a Monterrey. Recién aterrizados el 14 de junio, en el trayecto del aeropuerto al terminal de autobuses, un grupo de hombres armados asaltó su taxi y los secuestró.

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El caso del ladrón que robó un móvil en la frontera

Dos robos de teléfonos móviles. Uno con violencia y el otro sin. Un par de semanas de diferencia entre ambos sucesos. Ninguno judicializado. Un mismo implicado: David. Esta historia jamás se contaría si la víctima del primer hurto y autor del segundo, no fuese hondureño. O mejor dicho, si no fuese un hondureño en México. Es decir, migrante.

Corría otro achicharrante mediodía en Tenosique, ciudad tabasqueña fronteriza a Guatemala, cuando en una de las esquinas de la plaza central se armó el revuelo entre el tumulto de gente que hacía fila a las puertas del Banamex para cobrar su ayuda social. Una patrulla de policías municipales rodeaba a David, un corpulento afrodescendiente. Los agentes lo custodiaron varios metros calle abajo hasta el Hotel Don José, donde comprobaron en sus cámaras de seguridad que, en efecto, él había aprovechado un momento de despiste de la recepcionista para robar un teléfono móvil de su mostrador.

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Ser periodista en el feudo del narcotráfico en México: "Vemos como algo natural que nos amenacen"

– ¿Cuál es su último deseo?– le preguntó su captor.– Que Dios le perdone, porque va a dejar a tres niñas huérfanas– respondió la periodista.

Quizás esas palabras le salvaron la vida. Era la primera vez que una de sus víctimas bendecía al verdugo, quien luego hizo todo lo posible por frenar la orden de ejecución de Dulcina Parra, la reportera sinaloense que habían secuestrado hacía unas horas.

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Los migrantes intentan escapar de las redadas del Gobierno mexicano: "Vamos con miedo, hay muchos obstáculos"

—¿Falta mucho, mamá? —pregunta Wilmer, de cuatro años.

—Ya llegamos —repite Vivian.

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Los migrantes a los que EEUU lanzó gases lacrimógenos en la frontera: "Nos sentimos humillados, no traemos armas"

Después de 4.500 kilómetros de recorrido por tres países durante 44 días, solo faltaban dos más para alcanzar el destino. Los que separan la unidad deportiva Benito Juárez, acondicionada como albergue, y el paso fronterizo peatonal hacia San Diego. Los dos mil pasos más difíciles eran los de antes de saltar la valla que los separa de Estados Unidos, una decena de calles en Tijuana por donde unas 500 personas de la caravana migrante corrieron en estampida durante toda la mañana de este domingo para encontrar el punto más fácil por donde 'brincar': arriesgar su vida saltando el muro metálico de unos ocho metros de altura para pisar suelo estadounidense.

A mitad de ese camino, un puñado de antidisturbios bloqueó la subida por el puente que lleva directamente al paso fronterizo peatonal de El Chaparral. "Si no se puede por arriba, vamos por abajo", susurraban los más inquietos. Tras media hora de espera, los centroamericanos rompieron el frágil cordón policial y corrieron hacia el canal seco que cruza hacia el muro fronterizo.

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De reclutador de las pandillas a vivir escondido de ellas: "Estar en la Mara te da poder"

Nadie abandona jamás a la Mara. "O me salía y sabía que la pandilla me iba a estar buscando para matarme. O me quedaba y cualquier día cometía un error que me costara la vida", cuenta Jesús, un expandillero que ahora vive escondido en un retiro de la Iglesia. La única alternativa para salvar su vida, la de un marero, que de lo contrario casi nunca supera la veintena sin morirse de un disparo.

Fue el 26 de octubre de 2010, recuerda con precisión, cuando decidió entrar al Barrio 18. "En mi calle habían matado a cinco muchachos, uno crea rencor. Junto a otro niño pensamos que necesitábamos un arma para no ser los siguientes que matasen", cuenta sobre los motivos de su ingreso con apenas 10 años. "Si ustedes aceptan está bien, pero una vez dentro, ya no pueden salirse", fue la advertencia que recibieron desde el primer momento por parte de "uno de los hommies (pandilleros) ya tatuados con su nombre y apellido", como se identifica a los líderes.

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Las mujeres hondureñas se ven más forzadas a huir: "Mi marido me violaba delante de mis hijos"

"No puedo estar aquí (larga pausa), por los pandilleros. Tengo que tener cuidado, no puedo andar tranquila, ando escondida, no camino con mis hijos por miedo a que los maten. Aún estando embarazada me decían que me iban a sacar a mi bebé y lo iban a matar", relata Miriam* mientras desmenuza un pañuelo en sus manos.

Siete veces ha tratado de 'llegar al norte'. Lo consiguió en una ocasión y la deportaron al pisar San Antonio, en Texas. "Esa vez agarramos doce trenes y pasamos 32 túneles, estuvimos cinco días en el desierto", recuerda. La migración hondureña hacia EEUU aumentó un 61% en el último año, según datos del gobierno norteamericano: 300 hondureños al día tratan de cruzar la frontera.

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Artesanas de una comunidad indígena en México denuncian el plagio de Zara a uno de sus bordados tradicionales

No es una pasarela de París o Milán, pero la industria de la moda se ha fijado en la originalidad de sus vestimentas. Por los pedregosos caminos de Aguacatenango, un humilde poblado de Chiapas, desfilan a pasos cortos mujeres indígenas luciendo coloridas prendas tejidas por ellas mismas. Algunos de esos estampados son similares a los que vende la marca española Zara. Las artesanas, junto a la ONG Impacto, denuncian el reciente "plagio" de uno de sus bordados tradicionales por parte de la firma de ropa.

"Hace dos años vinieron unos chinos, nos exigieron mucho trabajo, nos pagaron muy poco, vinieron solo dos veces y ya no aparecieron más", apunta a eldiario.es una de las tejedoras, María Méndez, sobre la que es su principal hipótesis del origen del plagio denunciado, aunque también apuntan que podrían haberlo "robado" de imágenes en redes sociales. 

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Los indígenas embera, castigados por la guerra y las secuelas de la conquista española

El hedor a orina concentrado ahoga apenas entrar. Los dos finos halos de luz que se cuelan por las pocas ventanas destapiadas dejan entrever los restos de esos desechos. Solo hay un baño y la única agua es la que se cuela de la lluvia. Este bloque conocido como 'La Fortaleza' lo habitan ahora hacinados decenas de indígenas embera despojados de unas tierras por las que dejaron su sangre desde la llegada de los españoles. Los dueños de esas praderas andinas viven ahora en un zulo.

Unos 736 indígenas desplazados por el conflicto en Chocó y Risaralda malviven en los céntricos barrios de Santa Fe y San Bernardo, los más azotados por la violencia y el tráfico de drogas en Bogotá. Abandonados desde hace más de tres años sobreviven en la marginalidad y en unas precarias condiciones que les obligan incluso a lavar su ropa y cocinar con la misma agua que se filtra por el techo. La miseria les ha robado hasta la identidad, que dos bombillos parpadeantes han reducido a sombras. "No tenemos comida. No tenemos colchones. No tenemos trabajo", lamenta Arnuvio Restrepo, uno de los líderes de la comuna, en un castellano casi incomprensible.

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"Solo queremos que la paz no nos cueste la vida"

19 de octubre. 19.45. Dos hombres encapuchados paran en motocicleta en frente de la casa de Esneider González, en Corinto, quien se encontraba hablando con una vecina. La motocicleta se caló. Tardaron dos segundos en encenderla antes de dispararle cuatro veces. Tiempo que salvó la vida de Esneider.

"Empujé a mi vecina y me volteé hacia la puerta. Me alcanzaron dos disparos en la cabeza y uno en la espalda", cuenta a eldiario.es el hombre de 35 años. Tres días antes en esa misma región, dos sicarios en motocicleta mataron a balazos a Yimer Chávez Rivera, en Sierra. Ambos eran defensores de derechos humanos en sus comunidades, en el departamento del Cauca, donde según organizaciones sociales se han producido 17 asesinatos en lo que va de año.

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