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Alberto Sabio Alcutén

Profesor de Historia Contemporánea, Universidad de Zaragoza.

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Bajen los decibelios

Finalizó un ciclo electoral, aun cuando los pactos no hayan dicho la última palabra. Quedaron atrás las furgonetas tuneadas con los logos de los partidos políticos y coronadas con altavoces a todo volumen. En tiempos se valoraba mucho a los políticos con voz profunda, sonora y penetrante, lo que les permitía dirigirse a una audiencia de diez o doce mil personas al aire libre, con ayuda de “repetidores”, hombres dotados de oído fino y voz estentórea, que repetían las palabras para que fuesen oídas por las últimas filas de la multitud congregada. Hoy, repleta la vida política de micrófonos y altavoces, los “repetidores” se dedican a compartir en redes la actividad diaria de su líder político. Durante la campaña, estos líderes han cantado y rasgado la guitarra, se les ha preguntado a qué dedican su tiempo libre y hemos visto fotos de su más tierna infancia o con greñas setenteras favorecedoras. Vale, muy bien. Pero basta. Vayamos a la gestión de los asuntos públicos.

Cuentan las crónicas que un cacique local muy conservador contrató una banda de música para que tocase de continuo y a gran volumen mientras Joaquín Costa pronunciaba su mitin electoral. Nadie pudo escuchar las ideas del insigne aragonés. Se impuso el ruido. A la vista de los resultados electorales en las Cortes de Aragón y en los ayuntamientos de las tres capitales provinciales, ¿el trío de Colón cambiará la potencia megafónica por una agenda social basada en la defensa de los espacios públicos? Parece difícil. Tienen sus lealtades primordiales.

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La memoria de aquella Casa Cuartel

Vivo muy cerca de la Casa Cuartel de Zaragoza que Josu Ternera ordenó hacer saltar por los aires en 1987. Levanto la persiana de mi habitación y me acuerdo a menudo de las once personas que murieron, seis de ellas menores de edad. Fue muy dura aquella comitiva de féretros blancos. La antigua ubicación del cuartel se denomina hoy Plaza de la Esperanza y es un lugar agradable. Aquellas víctimas que lo deseen tienen derecho al olvido, pero también hay un deber de memoria por parte de los demás. Es necesario escribir contra el olvido. Sin odio, pero contra el riesgo de que se blanquee el terrorismo.

Hoy, por fortuna, han desaparecido los susurros y los murmullos en el País Vasco, también los guardaespaldas, y ya no se habla bajo, “no te vayan a oír”. Pero hay quien empiezan a practicar un discurso de olvido u orillamiento del terrorismo etarra bajo fachada de normalidad democrática. Pasan página sin que el arrepentimiento forme parte de la solución.

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Política cascabelera

Entre campaña y campaña electoral son tiempos cascabeleros, aun cuando algunos viven en este ambiente ruidoso de manera permanente. Conozco escritores cascabeleros que recomiendan su libro a sí mismos. Les encantan sus propios comentarios en las redes sociales y ponen el corazoncito correspondiente. Incluso provocan pequeños altercados o salidas de tono para que se hable más de ellos. Ejercen como agentes literarios de sí mismos y, si se tercia, hasta usurpan el papel del editor. Son hombres orquesta y juguetes que producen siempre ruido al moverse, a veces desafinando. Van con el sonajero siempre a cuestas, libro tras libro, pues los producen de forma estandarizada y a la misma velocidad que si fabricasen chorizos en serie. No se pierden un sarao promocional, sobre todo si hay photoshop embellecedor. Son partidarios del postmodernismo del “todo vale”, con tal de que sea efectista y supuestamente vanguardista. Aun con excepciones, a su obra le suele faltar poso, tensión narrativa y contextualización bien informada. Les sobra precipitación. Por el contrario, conozco a otros escritores que esculpen con mimo cada palabra de sus novelas o ensayos. Revisan sus textos hasta el perfeccionismo máximo. Se documentan hasta convertirse en especialistas en la materia, aunque su siguiente novela aborde ya otra temática. Rompen borradores una y otra vez. Y, claro, ello lleva su tiempo. Alejados del oropel y del ruido mediático, hasta han renunciado a galardones literarios de prestigio, como el Premio de las Letras Aragonesas.

En campaña electoral se convierten en cascabeleros todos los políticos, hasta los más serios. Y algunos viven permanentemente en la algarada mediática, como la Marquesa de Casa Fuerte, Doña Cayetana, que nos seguirá deleitando desde el Congreso de los Diputados. ¿Seguirán compitiendo patológicamente con el jinete barbudo o cambiarán esta estrategia errada?

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