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Alberto Sabio Alcutén

Profesor de Historia Contemporánea, Universidad de Zaragoza.

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Misas sin cariño

Un decreto del obispo de Huesca, Julián Ruiz Martorell, ordena que se evite en los funerales leer cartas de despedida al difunto o escritos de agradecimiento al público congregado. La normativa entrará en vigor a partir del 1 de octubre. Tampoco se permitirá pronunciar alocuciones laudatorias o biográficas del finado, ni añadir lecturas o música que no sean las “adecuadas” para el ritual de las exequias. Es decir, se apuesta por misas sin cariño, estandarizadas, despersonalizadas. Decía Jerrold que la religión está en el corazón y no en las rodillas.

Mi amiga Esther comenta, con toda la razón del mundo, que prohibir una despedida es inhumano y cruel. Suele suceder que el sacerdote no conoce al que va en la caja. ¿Qué hay de malo en poner voz, historia y nombre a quien tanto quieres? Aunque nos sepamos la Biblia a pie juntillas, el Nuevo Testamento de memoria y la eucaristía de corrido, ¿qué nos aprovecha todo esto sin humanidad, cariño y respeto? Y si resulta incompatible con la liturgia y el ceremonial religioso, algo falla.

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Sabanización y democracia

La naturaleza nos devuelve, con intereses, el trato que recibe ¿Se habrá convencido el tío de Rajoy de que el cambio climático ha llegado para quedarse y, en muchos casos, resulta ya irreversible? Frente al optimismo irrefrenable y al supuesto progreso ininterrumpido del planeta, se acusaba a los ecologistas pioneros de ser unos “aguafiestas” con su sentimiento trágico de la vida… Para muchos, eran unos catastrofistas, milenaristas y excéntricos barbudos que se dedicaban a asustar al personal, amenazando con cualquier tipo de males que nunca llegarían a ocurrir. Otros opinaban, con cierto paternalismo, que eran buenos chicos, simpáticos y bastante exagerados, que obraban con una dosis de ignorancia y atrevimiento de adolescentes y a los que no había que prestar demasiada atención. Y, por último, estaban los convencidos de que esto del ecologismo no era más que una moda pasajera, un sarampión inocente que pasaría enseguida. Pero, hoy por hoy, las cosas son como son. Ojalá aquellos ecologistas de hace medio siglo no hubiesen tenido razón en sus avisos y protestas. Pero la tenían. Los resultados van confirmando sus hipótesis.

Hay una relación entre el medioambiente y la estructura social, por más que durante décadas apenas se lo plantearan ni los pensadores liberales ni los marxistas. Estos últimos presentaban al capitalismo como un sistema económico histórico, no “natural”, y tal vez les pareció que introducir consideraciones ecológicas conllevaba una naturalización indeseada, buscando las causas de su estabilidad o cambio en la naturaleza y no en la historia humana de los conflictos entre las clases sociales. Por su parte, muchos liberales contemplaban el medioambiente como un fenómeno inmutable, como un escenario que nunca cambiaba y sobre el que se desarrollaba la actividad humana, cuando en realidad algunos cambios ecológicos pueden llegar a ser ciertamente rápidos. Véase, por ejemplo, la transformación que ha afectado a las líneas de consumo en los países ricos desde 1950, con un incremento enorme en el ritmo de extracción de recursos naturales, con la motorización generalizada y hasta con un aumento sin precedentes del consumo de carne.

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La reforma del Concordato, una eterna cantinela

El nuncio apostólico en España, Renzo Fratini, critica la exhumación de los restos de Franco: “Dejarlo en paz era lo mejor. Ya lo juzgará Dios”. Monseñor, la historia y los ciudadanos juzgan también. Señor nuncio, los símbolos son importantes, aunque no sean banderas, y usted se inclina abiertamente por mantener la iconografía del franquismo. No se puede ser equidistante ante quien provocó una Guerra Civil, una represión concienzuda y selectiva, y un atraso evidente en la sociedad española.

La Iglesia católica española obtuvo del franquismo múltiples privilegios, como la prohibición de toda actividad proselitista de otras confesiones, la garantía en el ejercicio del culto católico, la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en todos los centros y a todos los niveles, el reconocimiento oficial de las Universidades de la Iglesia, la dotación económica al clero, la ayuda para edificaciones, la exención de los clérigos del servicio militar, la asistencia religiosa a las tropas, el fuero eclesiástico, la obligatoriedad del matrimonio canónico para todos los bautizados, la disponibilidad de medios de comunicación propios, la libertad de las asociaciones religiosas de la Iglesia, la inviolabilidad de los templos… No ha de extrañar pues que, en el momento de la muerte de Franco, una parte de la jerarquía eclesiástica siguiera siendo notablemente «adicta», adherida a una forma nostálgica de catolicismo que complacía a la patriotería nacional franquista.

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Frente al cortejo de la caverna

Que no nos venga ningún relajo: hoy es un busto de Abderraman III por moro, aunque fuese hijo y nieto de habitantes de la Península Ibérica porque entonces –lo siento, señor Ortega Smith- todavía no existía España. Mañana puede ser García Lorca por homosexual, y el siguiente puedes ser tú por no pensar como ellos… Esa supuesta identidad españolista que los tiene tan enardecidos sería muy distinta sin la herencia cultural árabe, pero la ignorancia es muy atrevida. Hay quienes defienden incluso que puede escribirse la historia sin nombres propios, por ejemplo sin indicar quiénes firmaron el consejo de guerra instruido a Miguel Hernández, finalmente condenado a muerte. Escribir la historia sin nombres es censurar. No tiene vuelta de hoja. Es un camino involucionista en un país en el que ya de por sí hay demasiadas trabas en el derecho a la investigación y a la información de carácter histórico.

Pasados más de 40 años desde la instauración de la democracia en España, el acceso a la documentación pública referida a la dictadura franquista sufre todavía grandes restricciones. Esto no sucede en otros países europeos. En España no se ha aprobado una ley de transparencia ni se respetan las recomendaciones del Consejo de Europa sobre acceso a los documentos públicos, aun cuando haya sentencias en las que el derecho a la investigación prevalece frente al derecho a la honra. Precisamente para salvaguardar esta “honra” se recurre a la ley de protección de datos.

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Bajen los decibelios

Finalizó un ciclo electoral, aun cuando los pactos no hayan dicho la última palabra. Quedaron atrás las furgonetas tuneadas con los logos de los partidos políticos y coronadas con altavoces a todo volumen. En tiempos se valoraba mucho a los políticos con voz profunda, sonora y penetrante, lo que les permitía dirigirse a una audiencia de diez o doce mil personas al aire libre, con ayuda de “repetidores”, hombres dotados de oído fino y voz estentórea, que repetían las palabras para que fuesen oídas por las últimas filas de la multitud congregada. Hoy, repleta la vida política de micrófonos y altavoces, los “repetidores” se dedican a compartir en redes la actividad diaria de su líder político. Durante la campaña, estos líderes han cantado y rasgado la guitarra, se les ha preguntado a qué dedican su tiempo libre y hemos visto fotos de su más tierna infancia o con greñas setenteras favorecedoras. Vale, muy bien. Pero basta. Vayamos a la gestión de los asuntos públicos.

Cuentan las crónicas que un cacique local muy conservador contrató una banda de música para que tocase de continuo y a gran volumen mientras Joaquín Costa pronunciaba su mitin electoral. Nadie pudo escuchar las ideas del insigne aragonés. Se impuso el ruido. A la vista de los resultados electorales en las Cortes de Aragón y en los ayuntamientos de las tres capitales provinciales, ¿el trío de Colón cambiará la potencia megafónica por una agenda social basada en la defensa de los espacios públicos? Parece difícil. Tienen sus lealtades primordiales.

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La memoria de aquella Casa Cuartel

Vivo muy cerca de la Casa Cuartel de Zaragoza que Josu Ternera ordenó hacer saltar por los aires en 1987. Levanto la persiana de mi habitación y me acuerdo a menudo de las once personas que murieron, seis de ellas menores de edad. Fue muy dura aquella comitiva de féretros blancos. La antigua ubicación del cuartel se denomina hoy Plaza de la Esperanza y es un lugar agradable. Aquellas víctimas que lo deseen tienen derecho al olvido, pero también hay un deber de memoria por parte de los demás. Es necesario escribir contra el olvido. Sin odio, pero contra el riesgo de que se blanquee el terrorismo.

Hoy, por fortuna, han desaparecido los susurros y los murmullos en el País Vasco, también los guardaespaldas, y ya no se habla bajo, “no te vayan a oír”. Pero hay quien empiezan a practicar un discurso de olvido u orillamiento del terrorismo etarra bajo fachada de normalidad democrática. Pasan página sin que el arrepentimiento forme parte de la solución.

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Política cascabelera

Entre campaña y campaña electoral son tiempos cascabeleros, aun cuando algunos viven en este ambiente ruidoso de manera permanente. Conozco escritores cascabeleros que recomiendan su libro a sí mismos. Les encantan sus propios comentarios en las redes sociales y ponen el corazoncito correspondiente. Incluso provocan pequeños altercados o salidas de tono para que se hable más de ellos. Ejercen como agentes literarios de sí mismos y, si se tercia, hasta usurpan el papel del editor. Son hombres orquesta y juguetes que producen siempre ruido al moverse, a veces desafinando. Van con el sonajero siempre a cuestas, libro tras libro, pues los producen de forma estandarizada y a la misma velocidad que si fabricasen chorizos en serie. No se pierden un sarao promocional, sobre todo si hay photoshop embellecedor. Son partidarios del postmodernismo del “todo vale”, con tal de que sea efectista y supuestamente vanguardista. Aun con excepciones, a su obra le suele faltar poso, tensión narrativa y contextualización bien informada. Les sobra precipitación. Por el contrario, conozco a otros escritores que esculpen con mimo cada palabra de sus novelas o ensayos. Revisan sus textos hasta el perfeccionismo máximo. Se documentan hasta convertirse en especialistas en la materia, aunque su siguiente novela aborde ya otra temática. Rompen borradores una y otra vez. Y, claro, ello lleva su tiempo. Alejados del oropel y del ruido mediático, hasta han renunciado a galardones literarios de prestigio, como el Premio de las Letras Aragonesas.

En campaña electoral se convierten en cascabeleros todos los políticos, hasta los más serios. Y algunos viven permanentemente en la algarada mediática, como la Marquesa de Casa Fuerte, Doña Cayetana, que nos seguirá deleitando desde el Congreso de los Diputados. ¿Seguirán compitiendo patológicamente con el jinete barbudo o cambiarán esta estrategia errada?

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