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Antonio Franco

Periodista y escritor. Primer director de El Periódico de Catalunya (1978), en 1982 fue nombrado director adjunto de El País para lanzar su edición catalana. En 1988 regresó a la dirección de El Periódico, cargo que ocupó hasta agosto de 2001. Ha sido galardonado con diversos premios como el Luca de Tena, Ortega y Gasset, Antonio Asensio, Creu de Sant Jordi, Ciudad de Barcelona, etc.

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Cuando lo que necesitamos son precisamente relatores

Por supuesto que el tema del relator es una cuestión discutible, como casi todo. Pero quienes lo proponen no merecen que se les machaque con la sinfonía de insultos, descalificaciones, desprecios y desmesuras dialécticas que se han puesto en circulación. Surgen del rencor partidista y de la animadversión recelosa contra todo lo de Catalunya (sepan que en Catalunya la mayoría de la gente detecta que no se circunscribe a ir contra los irresponsables dirigentes que desean la independencia aunque no sea la opción de la mayoría de los catalanes). Pero en España lo que predomina es el miedo a que Pedro Sánchez, a efectos electorales, pueda cumplir su promesa de encontrar una solución política para el conflicto de Catalunya que no suponga la independencia.

Vuelvo a acogerme hoy a la expresión 'Reñidero Español', acuñada desde el libro de Franz Borkenau, para señalar que en este país tan bien definido por estas dos palabras lo que necesitamos son precisamente relatores. En un escenario repleto de cobardías y secretitos en casi todos los contactos políticos la existencia de relatores independientes que levanten actas de esas reuniones evitarían las medias palabras subjetivas con que luego nos explican lo que han tratado.

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Solo el juicio puede reagrupar al independentismo

El soberanismo catalán juega con prisas, poco éxito y escasa convicción, sus últimas cartas de antes del juicio. La franja que busca una independencia por la vía unilateral en un plazo de tiempo más o menos corto  y a través de una movilización popular mucho más enérgica y combativa que las producidas hasta ahora, apura sus nuevas apuestas sin conseguir hasta ahora emocionar o convencer a quienes necesita enrolar.

¿Las dos últimas jugadas? Lo de hundir al Gobierno Sánchez zancadilleando los presupuestos españoles ya es visto por una amplia mayoría de catalanes como pegarse un tiro en el pie. Hacer caer a los socialistas equivaldrá a forzar el casi inmediato regreso de otro 155, esta vez con efectos inmediatos sobre la inmersión lingüística en la enseñanza y poniendo un punto final a la navegación prosecesionista de los medios públicos de comunicación. Sería la apoteosis de un cuanto peor mejor que una mayoría absoluta —incluidos los votantes de las formaciones separatistas— no desea con toda seguridad. La otra maniobra, la botadura de La Crida, ha provocado pocos entusiasmos y enmaraña todavía más al espectro soberanista, lo fragmenta aún más porque supone la materialización de un nuevo corte en un pastel ya muy dividido.

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La jornada barcelonesa de los dos éxitos

A la vista de las nuevas tendencias del tipo de vida que los independentistas quieren imponer como habituales y normales en la actual fase del conflicto catalán urge algo esencial: aclarar dónde empieza lo que técnicamente tenemos que considerar violencia. Esta cuestión ya es la clave de la parte más compleja de los acontecimientos de hace un año que se juzgarán a partir de enero; las otras son la vulneración explícita del Estatut y la Constitución que hizo una parte del Parlament, y la procedencia del dinero gastado en el Procés y las consultas populares promovidas desde la Generalitat y desautorizadas por los tribunales. Y debemos tener en cuenta que el debate sobre la violencia sin duda continuará retorciéndose y eternizándose desde los dos lados para imposibilitar que lo pueda descifrar con claridad la opinión pública.

Los agitadores de Arrán han elevado a la categoría de Gran Teoría formal que actualmente tirar piedras contra los agentes policiales ya no es violencia. ¿Respalda ese criterio la mayoría de la gente? ¿Lo suscriben la Policía, así como los tribunales de aquí y los del resto de la Unión Europea, incluso tomados estos dos últimos por separado? Que un grupo reducidísimo de personas corte a su voluntad autopistas y carreteras, levante peajes de autopistas, forme barreras con contaminantes montones de neumáticos ardiendo aprovechando en muchas ocasiones la inhibición total o temporal de los policías, ¿es técnicamente violencia? Y si no lo es, ¿pueden hacerlo en el momento que lo deseen todos los ciudadanos?, ¿podrán efectuarlo libremente a su placer los catalanes en caso de que al final accedan a la República? Como aquí hay tanta contaminación dialéctica e informativa sugiero que se pida un arbitraje o un dictamen internacional con garantías para aclarárnoslo.

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Las nuevas estrategias duras del independentismo

Los ciudadanos catalanes detectan las nuevas tendencias para endurecer las reglas de juego que intenta imponer el independentismo en todo el territorio. Se dan por quemadas etapas con prácticas que ya han quedado victoriosamente consolidadas, como la marea de lazos amarillos o el progresivo incremente de rótulos tipo No Pasarán, y ahora el hincapié se pone en una cuestión psicológicamente capital: en subir todavía más el listón de que unos se pueden manifestar pacíficamente y otros, los contrarios no.

De forma creciente a los no independentistas les provocan contramanifestaciones e incidentes violentos cada vez que solicitan permiso para exhibirse y expresarse en la calle, como ha pasado el Día de la Constitución. El argumento fácil es que son simplemente fascistas peligrosos. Esa hostilidad no la protagonizan las familias con niños que asumían el papel central en la etapa blanda de las diadas de las sonrisas, sino grupos bastante reducidos de jóvenes y adultos -alrededor de veinte personas- inidentificables tras sus pasamontañas y con palos de béisbol. Ante sus actuaciones tienen que intervenir los Mossos, y lo hacen. Intentan diferenciar áreas para unos y otros, y fijarlas con barreras de hombres y separadores metálicos, pero habitualmente son desbordados.

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La Teoría Adolfo Suárez-Manuel Marchena

A veces conviene repasar la Historia. Adolfo Suárez fue cuidadosamente seleccionado para traicionar la herencia política de Franco en su calidad de Secretario General del Movimiento. Era un Tiempo de Ciegos y Miopes. Ha pasado a la posteridad Ricardo de la Cierva, que vivía de analizar, por su capacidad de perspectiva en su famosa frase "Qué error, qué inmenso error" pretender que fuese Suárez quien encarrilase una transición. Desde la bancada de la prensa también dio la nota mi queridísimo Cuadernos para el Diálogo que acuñó el título de portada más compartido por la progresía de la época: "El apagón". Para la revista Suárez era el apaga y vámonos a cualquier esperanza de apertura.

Los posibilistas confiaban en que el elegido sería José María de Areilza, a quien el muñidor de la jugada, Torcuato Fernández-Miranda, todavía más ortodoxo que Suárez encarnando al franquismo del Movimiento Nacional, ni siquiera incluyó en la terna de candidatos a la presidencia del Gobierno que le presentó al Rey. Los otros dos nombres, recuérdenlo, eran el ultracristiano no demócrata Federico Silva Muñoz (que luego se hizo prudentemente invisible cuando se investigó la trama civil del golpe del 23-F), y Gregorio López Bravo, opusdeista, algo así como la extrema izquierda de la extrema derecha. Siguiendo con las miopías, a quien más le gustó el primer discurso presidencial de Adolfo Suárez fue al editorialista del diario El Alcázar, que tituló su texto "Lealtad y Continuidad".

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Se endurece el pulso secesionista entre legalidad resignada y "lo que haga falta"

Los dos temas centrales que tenemos ahora encima de la mesa  están muy relacionados entre sí. La votación de los presupuestos de Pedro Sánchez, necesitados del apoyo de los secesionistas catalanes para aprobarlos, y la proximidad del juicio por una discutible rebelión de sus políticos. Lo diabólico es que la posible caída del Gobierno si no logra aprobarlos podría crear dos escenarios peores para los independentistas: un Pedro Sánchez más reforzado (que en adelante ya no les necesitaría para nada), o una llegada a La Moncloa de Casado y Rivera que retrotraería la relación Catalunya-España a los momentos duros y sin puentes de diálogo de la etapa Rajoy.

Los secesionistas han puesto precio al respaldo: que por ejemplo haya gestos en favor de los presos. Los gestos se están dando aunque trasciendan poco. Un ejemplo, la desobediencia-provocación de celebrar una fiesta en la cárcel en el aniversario del 1-O, con pasteles, fuera de las horas de discrecionalidad que tienen los presos y en una dependencia inadecuada no ha comportado su alejamiento fulminante a prisiones de fuera de Catalunya. Pero el independentismo quiere más. Y al Gobierno español no le sobra la finezza:  la tontería de Borrell al hacer una apuesta pública a favor de una posible bajada de pantalones de ERC y que apoyará los presupuestos no ayuda precisamente a facilitar las cosas.

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La batalla que no es por Barcelona

Todos coinciden en llamarla "La batalla de Barcelona" y  la consideran emblemática de la trascendencia que tendrán las próximas elecciones municipales. Pero si se fijan bien percibirán que a los políticos involucrados lo que menos les interesa es el debate sobre el modelo de ciudad. Alardean de que esa es su preocupación (es lo políticamente  correcto) pero mienten. Manuel Valls busca un empleo que comporte mando, y no enfrentarse a los desahucios. Nadie cree que al Maragall viejo, más conocido por ser el hermano mayor del auténtico, le apetezca volver a enredarse con las ordenanzas sobre el uso de las bicicletas.

Lo de Barcelona será crudamente una lucha para mostrar e imponer fuerza en la Catalunya actual, un pulso del poder por el poder. Y si quieren hilar más fino piensen en un escenario teatral en el que se representará el drama de ver si ganarán las alianzas entre diferentes mal avenidos o la fuerza de quienes tengan la tentación de ser coherentes.

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La otra bifurcación catalana de vías

El símbolo de la bifurcación de unas vías férreas, que tiempo atrás hizo fortuna en el mundo independentista como la imagen alegórica de la separación Catalunya/España, vuelve a estar de actualidad aunque ahora con un significado diferente. Lo que divide en estos momentos la bifurcación es la vía férrea secesionista que antes dejó atrás a la vía española. Porque las diferencias internas en el mundo separatista no son ni menores ni coyunturales, por mucho que las dos sensibilidades enfrentadas se hayan conjurado para minimizarlas y ocultarlas. Se acerca el juicio de los responsables de los hechos de hace un año y todo lo que lo rodea es como un ácido sulfúrico que erosiona y quema los puentes entre las dos posturas dando validez de aquella imagen de la nueva bifurcación.

El sector independentista radical que encarna Carles Puigdemont y habla a través de Quim Torra se ha encerrado a cal y canto en la estrategia maximalista de defender, ante el juicio, que sólo puede aceptarse la absolución total de los encausados porque hace un año o bien no pasó nada o bien no pasó nada delictivo. Se trata de la continuidad de la máxima confrontación posible. Sin haber mostrado hasta ahora ninguna predisposición a aceptar nada que no sea la independencia o el choque máximo posible con España, el nuevo desafío es defender que la única alternativa es la absolución total o el choque frontal, sin tomarse siquiera la molestia de precisar que harían los independentistas en caso de la imposible absolución total. La postura no deja ningún resquicio para que Pedro Sánchez y su gobierno puedan sacar adelante una tercera vía que podría intentar construirse desde la política. Torra ya ha anticipado su cerrazón rechazando públicamente una posible mejora de la autonomía: o independencia o nada, en la misma línea de o absolución o nada.

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No saben qué hacer

Las fotografías de la reunión de la comisión bilateral del Gobierno español y la Generalitat eran expresivas. Recuerden que al acabar el encuentro el desacuerdo era tan grande que ni siquiera se pusieron de acuerdo en eso. La representación catalana lo consideró decepcionante y casi nada fructífero mientras los enviados desde La Moncloa se acogían al éxito formal de que se hubiera regresado a la normalidad institucional pero no hablaban de avances en ninguna materia. Aun así las imágenes confirman algunas cosas positivas. La primera y principal: que hubo reunión. Un contacto demorado siete años sin justificación (salvo que consideremos como tal la abulia de Mariano Rajoy) finalmente se produjo. Un segundo dato que proporcionan las fotos era que a los dos lados de la mesa había gente normal hablando y escuchando pese a sus discrepancias sobre casi todo. Hablando y escuchando, sí, tras años de un largo silencio enconados. Los desacuerdos, con todo, desembocan en un avance: las reuniones seguirán y tienen ya esbozados temarios concretos.

Es difícil deducir lo que buscaba la Generalitat en este primer contacto más allá de dar testimonio de que su prioridad absoluta es resolver el problema de los presos y buscar la manera de que en Catalunya haya un referéndum de verdad sobre la relación con España (enésima confirmación de que el 1 de Octubre fue muchas cosas pero no eso). Es muy difícil deducir nada más porque en este momento el soberanismo no sabe qué hacer y además se le nota mucho. Dice que tiene una República pero no es verdad, y reconoce en cambio que no tiene la mayoría social necesaria para imponerla. Rechaza el autonomismo pero lo ejerce. Y carece de apoyos externos para avanzar. En realidad no sabe si al sentarse con Madrid está ganando o perdiendo tiempo.

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La condenada Justicia española

La renuncia de Pablo Llarena a recurrir ante el Tribunal de Justicia de la UE la negativa legal alemana a entregar a Carles Puigdemont por rebelión significa varias cosas. La primera, que Llarena sabe que allí volvería a perder. La segunda, que no le queda más remedio que aceptar que de forma global la justicia europea considera erróneos los criterios que él (y que se sepa el resto del Tribunal Supremo español) quiere aplicar para castigar como rebelión la actuación del ex president de la Generalitat y sus principales colaboradores. La tercera es que, contra lo que él dice, estamos ante una actuación judicial europea que no cortocircuita el mecanismo diseñado para la cooperación en la persecución conjunta de los delitos. Eso funciona y continuará funcionando bien y España lo sabe perfectamente.

La negativa alemana lo que nos sitúa es ante un caso en el que Europa intenta ampliar las garantías del derecho a una justicia justa que tenemos los españoles desde que pertenecemos a la UE. Esa fue precisamente una de las razones por las que muchos hicimos todo lo posible para que llegase nuestra integración.

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