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¿En el PP, otra vez debate de personas en vez de ideas?

Cospedal, Rajoy y Maillo, en una imagen de archivo

Antonio Franco

El Partido Popular encara el futuro sin haberse tomado la molestia de intentar aclarar qué le ha pasado y qué le ha llevado hasta donde está. En su seno se intuyen cosas, pero nadie enumera ni sistematiza la naturaleza de los errores, nadie efectúa una autopsia de su propia muerte como Gobierno. Allí se habla de rectificar pero nadie con autoridad reclama ventilar públicamente lo que han hecho mal tanto Mariano Punto Rajoy como persona y líder como el conjunto del partido en su relación de subordinación total y adoración a su presidente.

No se profundiza, al menos de puertas afuera. ¿La corrupción? Existía, hay que evitarla, se debe conseguir que los votantes piensen que ya ha quedado atrás, pero no hay ganas de determinar sus porqués. Ni porqué ha sido tan generalizada, ni porqué se ha consentido, ni porqué se ha protegido tan hasta el final a los investigados. ¿Tiene todo eso relación con una casi imprescindible implicación personal de Rajoy? ¿Continuará evitando a partir de ahora el reingresado registrador de la propiedad el banquillo de los acusados? Si el partido como tal abre este melón en vez de tener un congreso celebrará un psicodrama, pero si no lo hace protagonizará una comedia costumbrista.

Con todo, la corrupción es sólo uno de los aspectos que merecen que se sustancien las responsabilidades. También están el autoritarismo interior que convertía en nada la democracia interna del partido, la prepotencia sistemática de los viejos y jóvenes que sujetaban las riendas, la táctica suicida del avestruz de no querer ver la realidad con Catalunya, la desconexión cada vez más pronunciada con la franja de la España real que es conservadora pero no ultramontana... Esas y otras cuestiones pesan mucho en el vistazo hacia atrás y el corte de mangas que le está efectuando la ciudadanía, pero hay otra, quizá más trascendental: la sustitución de la ideología por una simple e indefinida continuidad conservadora tal vez muy pragmática pero cada vez más abstracta. Pero la racionalidad no debe hacer ilusiones: en vez de hablar de eso el PP desea zanjarlo todo como si fuese una cuestión de personas. Se hace la ilusión de que todo se regenerará automáticamente con un relevo de líder.

En la calle Génova hay incredulidad y desconcierto con lo que está pasando con Pedro Sánchez. Una amplia franja de españoles lo acepta y no porque previamente le quisiese o le esperase sino porque ha echado inesperadamente a la costra que formaban ellos. Y encima, ya puesto en La Moncloa no derrapa e intenta gobernar con un talante que tiene una única virtud: es distinto al de Rajoy como lo es el color blanco respecto al negro. También porque trae bajo el brazo cierta claridad y afronta deberes pendientes sencillos que muchos esperaban, como el de no rematar a Franco sino intentar ponerlo en su sitio. Sánchez de momento genera pocos misterios: demuestra que no hizo pactos secretos para recibir en la moción de censura los votos cansados con el PP. Por eso se desmarca de los nuevos grandes interrogantes abiertos, como el de qué pasó la tarde en que Rajoy se escondió en un bar para no dimitir como le pedían los suyos o cuáles son las verdaderas razones por las que Núñez Feijoo o no quiere o no puede sustituirle ahora.

Viene un congreso en el que no sabemos qué España quiere la dura señora Cospedal ni la de la Soraya de los tejemanejes hasta ahora fracasados. Son dos incógnitas pese a que las conozcamos desde hace tanto tiempo. Muchos sospechan que sus respectivos proyectos se limitan a concretar que a partir de ahora mandarán ellas en vez del tancredo tan amortizado. Existe el temor de que sean dos señoras que desconocen que en esto del futuro pasa lo mismo que con la migración de los que huyen de la guerra: volver atrás no es nunca una solución. Falta por ver si piensan lo mismo los hombres y mujeres del PP que tienen que darles o negarles el voto al elegir al sustituto de Rajoy.

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