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Bárbara G. Vilariño

Periodista con apellidos: corporativo, cultural y con visión de género.

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“No está mal para ser una mujer”

Vengo del triatlón, deporte que nació como teóricamente igualitario desde su concepción hasta el reconocimiento a deportistas, Federación Internacional de Triatlón mediante. Ya sabrán por anteriores capítulos como el machismo en el atletismo (a través de iniciativas como la Carrera de la Mujer) o la desigualdad en los premios por sexo en otras disciplinas que esto de la mujer en el deporte no suele acabar bien. Lamento el spoiler.

Desde luego, mi reino no es de ese mundo de alta competición, pero incluso en este páramo de kudos de Strava y alguna que otra prueba popular, una se encuentra con otros muros más complicados de subir que los de los puertos de montaña. Mi incursión en el ciclismo comenzó prácticamente en el nivel triciclo, así que necesité equiparme.

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El eje del bien es homosexual (y vegano)

En 2005, la publicación del libro El eje del mal es heterosexual se convirtió en todo un lema en un momento político relevante en España. Prácticas queer dejaban ver que el cambio, si es que se podía producir, no iba a llegar de mano de varones blancos y heterosexuales, sino a través de personas diversas quienes, desde su divergencia, pudiesen atisbar otro panorama gracias a la mirada que concede vivir y pensar como ente ajeno a la norma.

Christopher Wiley y Yuval Noah Harari son los nuevos referentes de pensamiento divergente. Ambos gays. Ambos veganos. Uno destapó en los últimos meses las prácticas poco éticas de Facebook y la manipulación política a través de esta red social y otro plantea a través de sus ensayos la génesis de nuestra propia especie humana y nuestras posibilidades de progreso y futuro como especie animal sobre otro tipo de congéneres. Cuestiones que se han saltado a la palestra desde medios generalistas y que nos ayudan a plantearnos otras formas de ver fuera de los dogmas.

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Por San Valentín… otra vez ÉL

Ay, él. Ese por quien suspiras, amiga bollera. Te lo dicen las newsletters de casi cualquier tipo de entidad que sigas, así esté relacionada con algo aparentemente banal como lo textil o ciencias ocultas como el tricotaje. La heterosexualidad obligatoria, el capitalismo rosa y el pinkwashing*** dan saltitos cogiditos de la mano bajo un arcoiris en las fechas circundantes a San Valentín. ¿Por qué sigo recibiendo correos en los que me sugieren ideas para regalarle a ÉL si mi personalidad digital está totalmente fuera del ciberarmario? ¿Saben que mañana tomo un vuelo, a qué hora me levanto y en qué invierto mi ocio pero no saben que soy lesbiana?

Pues no sé, chica. Por una parte, Adidas me envía un mensajito en el que aparecen dos zagalas muy monas -aunque carentes de unos buenos bocatas nutridos de colesterol del bueno- con sendas camisetas oversize en las que se encuentran plasmados corazones estampados. Oye, qué sutil, pero no me la cuelas, Adidas, aunque el año pasado te lucieras con un community manager muy centrado en evitar comentarios homófobos en publicaciones en redes sociales. N o mercantilices mi sexualidad.

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La increíble fábula de la mujer deportista y la medalla de oro de baratillo

Adoro el deporte. Me empodera y me regala valores que son fácilmente trasladables a otras esferas de mi vida. La superación, el sacrificio, la igualdad. Llevo cuatro años compitiendo. En las pruebas coincido con hombres, porque hago el mismo recorrido aunque luego existan categorías diferenciadas. Algunas veces, hasta gano a muchos de ellos. Pagamos la misma cuantía económica por competir y, sin embargo, en muchas ocasiones el primer hombre ganador se lleva una cantidad superior que la primera mujer ganadora. El silogismo parece sencillo. Mismo precio de inscripción, misma posibilidad de llevarse los mismos premios, ¿no? Pues esta lógica no se aplica en muchas pruebas deportivas –incluso en algunas federadas– que se celebran hoy en día.

La justificación que esgrimen las organizaciones deportivas la encuentran en que no suelen competir tantas mujeres como hombres, y por ello les resulta más plausible premiar a los hombres por el simple hecho de tener más contrincantes que batir. Trasladando este argumento, la medalla de oro olímpico –y su recompensa económica asociada– de la nadadora Mireia Belmonte no vale más que la del piragüista Saúl Craviotto, aunque por estadística haya muchas más nadadoras que piragüistas. ¿Seguimos sin ver el absurdo?

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LGTB… ¿I? WTF?

Saber y ganar, uno de los concursos culturales televisivos de más solera en España -y no solo por su presentador (chascarrillo obligado, lo siento)-. Pregunta: ¿a qué colectivo hace referencia la “I” en las siglas LGTBI? “Indefinido” responde uno. "Hermafrodita”, se lanza al rebote desesperada otra.

Una cuestión que parecía de las típicas de relleno de cultura popular y conocimiento general acaba siendo la que se le atraganta a los cerebritos que acuden a un programa en el que se hace gala de los conocimientos más variopintos, desde ríos perdidos, páginas recónditas de la literatura o generalidades de la sociedad en la que vivimos; donde se ve que la intersexualidad sigue siendo una gran desconocida. Porque es intersexualidad (y no 'hermafroditismo', como se nombra coloquial y erróneamente) el término correcto para designar una realidad que abarca a un 1% de la población: quienes presentan características cromosómicas, genitales u hormonales que rompen con lo que se espera de un cuerpo 'de mujer' o 'de hombre'. 

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El selfi es político

Si nos guiamos por aquella máxima de que lo personal es político, bien podemos concluir en esta primera línea que el selfi es la máxima expresión del ciberactivismo. Solo un par de antecedentes a la afirmación: la autofoto más retuiteada de la historia de Twitter partió de la cuenta de la presentadora y activista LGTBI Ellen Degeneres, y diariamente, el activista transexual Aydian Dowling sube sus autorretratos en Instagram para más de 150.000 seguidores.

Tenemos una realidad política que difunde sus mensajes a través de hashtags, morritos y espejos con una velocidad y calado que ya querrían ostentar muchas cabezas de partidos o medios de comunicación... Y es que no creo que haya mayor lucha contra la transfobia que una autofoto que refleje la plenitud individual de un proceso de reasignación física y social o el apoyo colectivo a las personas transexuales que forman parte del ejército estadounidense -a las que el presidente Trump quería largar del estamento-. No infravaloremos estos mensajes de autoafirmación pop, porque el selfi pega fuerte, y pega donde hace falta: en lo mainstream.

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Concíliate con tu hedonismo

El feminismo, como toda batalla social contra la vida y sus tiranteces, tiene greatest hits sempiternos: prostitución sí, prostitución no, identidades queer, identidades binarias, maternidades variopintas... Y un tema del que todavía me pregunto cómo se ha colado casi en exclusiva en terreno amazona: la conciliación; ese fragmento de reloj resquebrajado que queda entre dormir y conseguir pagar las facturas.

La conciliación vino a la agenda feminista como el supremo derecho de una madre a dedicarse a los cuidados de su prole, en lugar de haberse defendido de primeras como el derecho individual de cualquier persona a disponer de un equilibrio entre las facetas profesionales y las de otro tipo de cuidados, quehaceres o las de asueto, sean estas dedicarse a la reproducción, la cría de agapantos, entrenar una maratón o la vida contemplativa.

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International Normative Orgullo No Sissy Included

Todo el año apestando a alcanfor para por fin desplegar las plumas en el Orgullo. Que en este 2017, caris, será World Pride. Casi ni resulta necesario que especifique que hablo del de Madrid, porque el resto de eventos de provincias se consideran réplicas a pequeña escala que hacen encaje de bolillos para evitar coincidir con las fechas de la capitalina fiesta grande. Desde que el Orgullo es Orgullo, está claro que la fiesta por la fiesta ha tonteado con las manifestaciones y actividades más reivindicativas y culturales, pero debiéramos plantearnos hasta qué punto permitimos que nos vendan un activismo barnizado de oportunidad para la rapiña capitalista.

Llamadme loca, pero en un momento en el que el presidente de COGAM –uno de los históricos colectivos LGTB– explica en una rueda de prensa que "el World Pride irá más allá de la imagen de la marica loca encima de una carroza", me da un mareo y me cambia la vida. Luego ves una programación eminentemente basada en el petardeo y con poco peso a la actividad cultural y te preguntas quién anda detrás: pues una asociación de empresariado de ocio nocturno gayfriendly .

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The mamas and the vacas

Madre no hay más que una… de una especie en concreto: la humana. Ocurrió hace un año, pero las redes sociales nos han vuelto a recordar aquello de la sororidad entre todos los movimientos minorizados. La historia se resume en lo siguiente: una madre acudió con su bebé a un restaurante vegano y pretendía amamantarlo con leche que no era suya, sino de otra especie animal: una vaca.

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Santiaguarse la diversidad

Hoy quiero confesarme... creo en la espiritualidad vivida desde la diversidad sexual. Y eso que porto una cruz que casi me planta en viacrucis: fui una jovenzuela religiosa que pegó la vuelta y colgó su fe en el gabán. Aquello que relataba aquel pastor del Señor no acababa de encajar con mi expresión de género y mi orientación sexual. Tampoco eran tiempos (en los comienzos del 2000) de internet ni de modernizar la interpretación de la religiosidad, así que tuve que abrazar otros dogmas que me reconciliasen con esas ansias de elevarme como persona.

Sería bastante hipócrita por nuestra parte que nos neguemos la impronta judeocristiana en nuestro desarrollo vital. El sacrificio, el amor desinteresado, la solidaridad... fueron proclamas del cristianismo que adoptamos en la sociedad laica. Perogrulladas, ¿no? Además, yo no soy ninguna doctora de la Iglesia ni de la espiritualidad como Santa Teresa, a la que tal vez convendría una lectura para desempolvarnos los prejuicios y aprender de la que fue una de las primeras feministas de las que se tiene registro –amén de algunos versos erótico-festivos nada desdeñables en esa imagen del corazón transverberado–.

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