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Bárbara G. Vilariño

Periodista con apellidos: corporativo, cultural y con visión de género.

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¡Papa, quiero ser 'trendy'!

Lo ha vuelto a hacer. Perdonen la machada de inicio, pero en modo Michael Jackson balanceando a su vástago desde el balcón, el Papa ha vuelto a salir a su palestra del Vaticano no para un urbi et orbi, sino para evangelizar con que la homosexualidad -solo la masculina, claro- está más de moda que nunca.

¡Pero papi, si aún no tenemos camisetas que celebren las mariconeces! Por lo menos con esa otra moda del feminismo sí podemos hablar con propiedad, ya que en la temporada pasada nos hicieron un guiño con prendas que rezaban “I’m feminist” y proclamas del estilo. Pero ni un padrenuestro por lo LGTBQ en la industria textil, pater.

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La igualdad nos pilla en bragas

La igualdad nos pilla también con los pantalones bajados, porque nadie se atreve a llevarlos cuando se trata de las cuestiones más mínimas para evitar la diferenciación por sexo. ¿Pero es que aún era obligatorio en centros públicos que las niñas vistiesen falda? No sea que el pantalón altere la conciencia de género, claro…

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El carné de maricón

Ay, pillines del clikcbait… Cómo explotáis la mariconez para conseguir un sueldo con la gorra. Desde que el rojerío desbordó el amarillo de nuestra bandera no paran de ocuparse puestos de trabajo con profesionales que forman parte de grupos de presión. Ya saben: mujeres, personas con diversidad funcional… ¡hasta mariquitas y bolleras! ¿Qué será lo siguiente? ¿Salvaguardar a los rubios de ojos azules frente al moreno español? ¡Vienen a robarnos nuestros trabajos! ¡Solo “el mejor” puede merecer su puesto! ¿Nadie piensa en la meritocracia, esencia muy y mucho española?

Pero no se alteren, por suerte algo cala del discurso de Vox y de la sangre renovada de Casado. Este descalabro cuesta abajo pudo frenarse gracias a sentencias ejemplarizantes como la anulación de un concurso municipal “en el que se puntuaba por no ser heterosexual” (según recogía el objetivísimo y reflexivo titular del sexto diario más leído de España). Pero si los mariquitas, las bolleras y los transformistas (que ya me lío con el resto de siglas de ese singular número Pi de la diversidad sexual) están integradísimos. ¡Que se casan y todo! ¿Qué necesidad tendrán de priorizarse en un concurso público? ¿Nadie piensa en los heterosexuales?

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Cómo hacer periodismo (feminista) y no morir en el intento

Que el periodismo iba en serio es algo que parece que tenemos que repetirnos día a día desde las redacciones de grandes grupos editoriales, las -ya no tan- nuevas trincheras montadas con ordenadores recompuestos, en medio de calles ruidosas sosteniendo papel, bolígrafo y móvil entre barbilla y hombro, delante de las pantallas de plasma o en ruedas de prensa sin preguntas. No se confundan estos lamentos con algún quejido lastimero inquiriendo "hoy no hay nada en agenda".

Nos vendieron que iba en serio en la universidad (quien se aventuró en ella para ejercer) por medio de sesudos debates sobre reporterismo e injerencias entre géneros periodísticos. Teorías y citas emitidas por catedráticos cuyo máximo exponente de la profesión fue, valga la redundancia, sentar cátedra. Ya con los pies en movimiento, nos señalaron una agenda mediática, elaborada por poderes fácticos y ciertos grupos de presión, de la que se permitía poco más que desviar la mirada para algún escarceo en cajones de sastre de secciones de "Sociedad". Poco margen para hablar y, de lo que se dice, más parece que calla otras cuestiones.

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“No está mal para ser una mujer”

Vengo del triatlón, deporte que nació como teóricamente igualitario desde su concepción hasta el reconocimiento a deportistas, Federación Internacional de Triatlón mediante. Ya sabrán por anteriores capítulos como el machismo en el atletismo (a través de iniciativas como la Carrera de la Mujer) o la desigualdad en los premios por sexo en otras disciplinas que esto de la mujer en el deporte no suele acabar bien. Lamento el spoiler.

Desde luego, mi reino no es de ese mundo de alta competición, pero incluso en este páramo de kudos de Strava y alguna que otra prueba popular, una se encuentra con otros muros más complicados de subir que los de los puertos de montaña. Mi incursión en el ciclismo comenzó prácticamente en el nivel triciclo, así que necesité equiparme.

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El eje del bien es homosexual (y vegano)

En 2005, la publicación del libro El eje del mal es heterosexual se convirtió en todo un lema en un momento político relevante en España. Prácticas queer dejaban ver que el cambio, si es que se podía producir, no iba a llegar de mano de varones blancos y heterosexuales, sino a través de personas diversas quienes, desde su divergencia, pudiesen atisbar otro panorama gracias a la mirada que concede vivir y pensar como ente ajeno a la norma.

Christopher Wiley y Yuval Noah Harari son los nuevos referentes de pensamiento divergente. Ambos gays. Ambos veganos. Uno destapó en los últimos meses las prácticas poco éticas de Facebook y la manipulación política a través de esta red social y otro plantea a través de sus ensayos la génesis de nuestra propia especie humana y nuestras posibilidades de progreso y futuro como especie animal sobre otro tipo de congéneres. Cuestiones que se han saltado a la palestra desde medios generalistas y que nos ayudan a plantearnos otras formas de ver fuera de los dogmas.

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Por San Valentín… otra vez ÉL

Ay, él. Ese por quien suspiras, amiga bollera. Te lo dicen las newsletters de casi cualquier tipo de entidad que sigas, así esté relacionada con algo aparentemente banal como lo textil o ciencias ocultas como el tricotaje. La heterosexualidad obligatoria, el capitalismo rosa y el pinkwashing*** dan saltitos cogiditos de la mano bajo un arcoiris en las fechas circundantes a San Valentín. ¿Por qué sigo recibiendo correos en los que me sugieren ideas para regalarle a ÉL si mi personalidad digital está totalmente fuera del ciberarmario? ¿Saben que mañana tomo un vuelo, a qué hora me levanto y en qué invierto mi ocio pero no saben que soy lesbiana?

Pues no sé, chica. Por una parte, Adidas me envía un mensajito en el que aparecen dos zagalas muy monas -aunque carentes de unos buenos bocatas nutridos de colesterol del bueno- con sendas camisetas oversize en las que se encuentran plasmados corazones estampados. Oye, qué sutil, pero no me la cuelas, Adidas, aunque el año pasado te lucieras con un community manager muy centrado en evitar comentarios homófobos en publicaciones en redes sociales. No mercantilices mi sexualidad.

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La increíble fábula de la mujer deportista y la medalla de oro de baratillo

Adoro el deporte. Me empodera y me regala valores que son fácilmente trasladables a otras esferas de mi vida. La superación, el sacrificio, la igualdad. Llevo cuatro años compitiendo. En las pruebas coincido con hombres, porque hago el mismo recorrido aunque luego existan categorías diferenciadas. Algunas veces, hasta gano a muchos de ellos. Pagamos la misma cuantía económica por competir y, sin embargo, en muchas ocasiones el primer hombre ganador se lleva una cantidad superior que la primera mujer ganadora. El silogismo parece sencillo. Mismo precio de inscripción, misma posibilidad de llevarse los mismos premios, ¿no? Pues esta lógica no se aplica en muchas pruebas deportivas –incluso en algunas federadas– que se celebran hoy en día.

La justificación que esgrimen las organizaciones deportivas la encuentran en que no suelen competir tantas mujeres como hombres, y por ello les resulta más plausible premiar a los hombres por el simple hecho de tener más contrincantes que batir. Trasladando este argumento, la medalla de oro olímpico –y su recompensa económica asociada– de la nadadora Mireia Belmonte no vale más que la del piragüista Saúl Craviotto, aunque por estadística haya muchas más nadadoras que piragüistas. ¿Seguimos sin ver el absurdo?

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LGTB… ¿I? WTF?

Saber y ganar, uno de los concursos culturales televisivos de más solera en España -y no solo por su presentador (chascarrillo obligado, lo siento)-. Pregunta: ¿a qué colectivo hace referencia la “I” en las siglas LGTBI? “Indefinido” responde uno. "Hermafrodita”, se lanza al rebote desesperada otra.

Una cuestión que parecía de las típicas de relleno de cultura popular y conocimiento general acaba siendo la que se le atraganta a los cerebritos que acuden a un programa en el que se hace gala de los conocimientos más variopintos, desde ríos perdidos, páginas recónditas de la literatura o generalidades de la sociedad en la que vivimos; donde se ve que la intersexualidad sigue siendo una gran desconocida. Porque es intersexualidad (y no 'hermafroditismo', como se nombra coloquial y erróneamente) el término correcto para designar una realidad que abarca a un 1% de la población: quienes presentan características cromosómicas, genitales u hormonales que rompen con lo que se espera de un cuerpo 'de mujer' o 'de hombre'. 

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El selfi es político

Si nos guiamos por aquella máxima de que lo personal es político, bien podemos concluir en esta primera línea que el selfi es la máxima expresión del ciberactivismo. Solo un par de antecedentes a la afirmación: la autofoto más retuiteada de la historia de Twitter partió de la cuenta de la presentadora y activista LGTBI Ellen Degeneres, y diariamente, el activista transexual Aydian Dowling sube sus autorretratos en Instagram para más de 150.000 seguidores.

Tenemos una realidad política que difunde sus mensajes a través de hashtags, morritos y espejos con una velocidad y calado que ya querrían ostentar muchas cabezas de partidos o medios de comunicación... Y es que no creo que haya mayor lucha contra la transfobia que una autofoto que refleje la plenitud individual de un proceso de reasignación física y social o el apoyo colectivo a las personas transexuales que forman parte del ejército estadounidense -a las que el presidente Trump quería largar del estamento-. No infravaloremos estos mensajes de autoafirmación pop, porque el selfi pega fuerte, y pega donde hace falta: en lo mainstream.

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