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Carlos Hernández-Echevarría

Periodista de La Sexta especializado en Estados Unidos.

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¿Qué hacer con las mentiras de Trump?

Lo habré oído un millón de veces: "¿Por qué los medios no ignoran las salidas de tono de Trump y se centran en lo importante?" No es que no tenga sentido. Cualquiera puede notar que en cuanto las cosas le van mal, el presidente insulta a un periodista, amenaza a unos inmigrantes o dice que si hace frío es que no existe el calentamiento global. Cualquier frase explosiva que empuje a los periodistas a hablar de ella, a iniciar un nuevo ciclo informativo y, por tanto, a enterrar el actual. Al ritmo que va, la vida media de la mayoría de sus polémicas está en unos dos días. Siempre hay un escándalo nuevo, recién salido del horno.

Está claro que nos manipula, así que: ¿por qué nos dejamos manipular? Es un debate que va desde cada pobre periodista que está en un mitin, hasta los más sesudos estudiosos de la comunicación. El gurú de la lingüística George Lakoff ya ha pedido a los medios que no repitan las mentiras de Trump, ni siquiera para desmentirlas. Malcolm Gladwell considera a Trump imposible de "factcheckear" y Jay Rosen advierte de que hacerlo "tiene una contribución nula a evitar que repita falsedades. Existe el riesgo de que la prensa se agarre a estas prácticas caducadas porque eso es lo que saben hacer".

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Trump deja de atacar a la caravana de migrantes justo después de las elecciones

Muchos no lo recordaréis porque ha pasado una eternidad, ¡una semana! ¿Os suena aquella caravana de migrantes que cruzaba México con la intención de entrar a EEUU? Se trataba, en palabras de Trump, de un grupo de "criminales" y "matones" que por suerte, parece, se ha esfumado. De forma casi sobrenatural, aquella "invasión" que requería desplegar 15.000 soldados en la frontera ya no está. O al menos ya no se la ve por ninguna parte en las palabras del presidente, que se pasó toda la recta final de la campaña hablando de ella y que la ha olvidado por completo. Ni mú. Ni caravana ni caravano.

Su "desaparición" ha sido el efecto menos esperado de las pasadas elecciones. En el momento en el que el último estadounidense metió su voto en la urna, Trump decidió que ya no tenía mucho sentido seguir hablando de ello. Hemos pasado de amagar con disparar a esos inmigrantes a no concederles ni un segundo del tiempo presidencial. De amenazar a los gobiernos centroamericanos con cortar la ayuda humanitaria a que a Trump no le importe nada el asunto. Porque podemos asegurar que la caravana sigue allí, en marcha, tratando de llegar a EEUU. Nuestra compañera Gabriela Sánchez está con ellos.

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Por qué en EEUU es tan difícil votar y contar votos

Este martes se cumple una semana de las elecciones en EEUU. Tiempo suficiente para que Trump haya tuiteado más de cuarenta veces, despedido a un ministro y expulsado de la Casa Blanca a un corresponsal de CNN. Pero en todo ese tiempo, EEUU no ha conseguido tener el resultado oficial de las elecciones. Aún no tenemos ganador en diez escaños de la Cámara de Representantes y otros dos del Senado. Eso además de no saber quién será el gobernador de dos estados.

Schadenfreude es una palabra alemana infernal que se ha puesto muy de moda en el periodismo estadounidense y que significa algo así como "la alegría que recibimos por la desgracia de los otros". Eso es exactamente lo que muchos europeos sienten cuando ven que los casi todopoderosos estadounidenses, con sus aires de superpotencia y su Silicon Valley, hacen el ridículo una y otra vez tras sus elecciones cuando son incapaces de contar votos. Es verdad que llevamos tiempo sin alcanzar las cotas de bochorno del año 2000, cuando el Tribunal Supremo declaró ganador a Bush frente a Gore 35 días después de la elección, pero todos los años hay ejemplos nuevos. Nos preguntamos: ¿por qué?

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Trump y su victoria "histórica" pero inexistente

La verdad, y hay que reconocerla, es que Trump es un tipo muy creativo. Hay cosas que a él se le ocurren que a un político normal ni se le pasan por la cabeza. Un ejemplo: la noche del martes  perdió veintitantos escaños y el control de la Cámara de Representantes. ¿Su explicación? Pues a grandes rasgos, Trump dice que todo ha sido una mera cuestión logística. Que donde él ha ido personalmente a hacer campaña, ahí casi siempre han ganado. El problema, ves, es que no puede estar en todos los sitios.

A estas alturas ya deberíamos saber que Trump nunca, NUNCA, tiene la culpa de nada. Y su rueda de prensa postelectoral ha sido un fascinante ejercicio de repartirla entre los demás. Empezando, por cierto, por los candidatos de su partido que cometieron el imperdonable error de no querer que hiciera campaña por ellos. Entre risas, con algo de sadismo, Trump ha ido leyendo uno por uno los nombres de los republicanos moderados que no se hicieron la foto con él y que han perdido. Según el presidente su problema es que no eran suficientemente trumpistas.

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Trump pierde el control de la Cámara de Representantes y mantiene el Senado

La gran "ola azul" que esperaban los demócratas no ha llegado, pero a Donald Trump el agua le llega ya por la cintura. La oposición recuperará la mayoría en la Cámara de Representantes por primera vez en ocho años, aunque los republicanos mantendrán el control sobre el Senado.

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Las dos Américas en 54 millas: votando en los bastiones de Trump y de los demócratas

54 millas dan para mucho. En los 87 kilómetros que van de Gaithersburg (población: 60.000) a Williamsport (población: 1.800) se pasa de la socialdemocracia al trumpismo y más allá. No es por caer en tópicos, pero caigamos: esta mañana en Gaithersburg había unas 60 personas haciendo cola bajo la lluvia para votar y todas estaban mirando el móvil, nadie hablaba con nadie. Ahora mismo en Williamsport los vocales de la mesa electoral casi ni tienen que preguntarle a nadie el nombre porque todos se conocen. En el condado donde está Williamsport, Trump ganó las últimas elecciones con una ventaja de 30 puntos. En el de Gaithersburg, Clinton le sacó 50.

Los pueblos son lugares fantásticos para hacer periodismo. En Gaithersburg se me paraba a hablar uno de cada diez, en Williamsport todos a los que pregunto. Hasta ahora, no he encontrado ni un demócrata, pero tienen poco que ver con los exaltados que conocí ayer en el mitin de Trump. Votan al partido del presidente y, por tanto, legitiman sus barbaridades aunque no quieran. Pero lo hacen con la boca pequeña: "No me gustan muchas de las cosas que dice, pero...", "no me parece presidencial, pero...". Pero votan. Dicen que están contentos con la marcha de la economía, que ciertamente va muy bien.

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Así es un mitin de Trump por dentro

Como casi todos los acontecimientos importantes en EEUU, un mitin de Trump comienza en un parking gigantesco. Aquí todo el mundo va en coche, así que para este tipo de actos multitudinarios siempre hay un enorme centro de convenciones con un aparcamiento para miles de vehículos, que además hoy es gratuito. Ya desde aquí se puede ir calando un poco a la concurrencia: mucha ranchera, más Cadillacs que Toyotas, y sobre todo muchos hombres blancos con gorras rojas. El aparcamiento de un mitin de Trump es el lugar menos racialmente diverso que me he encontrado en este país.

Dos horas antes de que llegue el presidente, las gradas están ya llenas y es imposible acercarse al escenario. Como si fuera un campamento de verano para mayores de 50, se van formando grupitos y amistades improvisadas entre los trumpistas. Hablan con preocupación de las elecciones del día siguiente que pueden ser la primera derrota de su héroe, pero cuando les acercas la grabadora cambian de tono: “Estoy seguro de que vamos a arrasar”.

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La decepción de la ciudad a la que Trump prometió "hacer grande otra vez"

Cuando Donald Trump llegó a Monessen, en Pensilvania, hacía medio siglo que un candidato a presidente no pisaba la ciudad. Kennedy la había visitado en 1960 cuando era un pujante núcleo industrial con 18.000 habitantes y Trump se encontró en 2016 un pueblo deprimido de apenas 7.000. Entre medias había cerrado la planta siderúrgica que daba empleo y sentido a una ciudad artificial, fundada estratégicamente al pie de un río, junto a una autopista y una vía de tren, con la idea de ser una gran fábrica que surtiera de más acero a la capital mundial del acero: Pittsburgh.

Pero el acero ya no es lo que era y Trump quiso hacer de Monessen un símbolo. Por eso fue hasta allí y apareció en el escenario rodeado de bloques de metal prensado. Su "hacer a América grande otra vez" pasaba por prometer a la gente de Monessen y a la de otras tantas ciudades industriales decaídas que si llegaba a presidente haría retroceder el reloj. Que volverían las fábricas y los empleos bien pagados. Que la culpa era de Obama y de México y de los chinos, pero que con él iban a cambiar las cosas. "Podemos darle la vuelta. Y podemos hacerlo deprisa".

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Los ‘trumpistas’ acusan a los demócratas de enviarse bombas a sí mismos

Mientras lees esto, la policía investiga al principal sospechoso detenido por el envío de cartas bomba a 12 destinatarios que tienen una cosa en común: son objetivos habituales de la ira del presidente Trump. Hablamos de Obama, su vicepresidente Biden, la excandidata demócrata Hillary Clinton, un exministro, el exdirector de la CIA, dos legisladores y la expresidenta del Partido Demócrata, además de la CNN, el actor Robert De Niro y el millonario George Soros. O como Trump se ha referido en el pasado a a cada uno de ellos: enfermo, loco, corrupta, escoria, charlatán, tonta, horrible, neurótica, sonado y pagador de manifestantes.

Esto, por supuesto, no quiere decir que Trump haya inspirado los ataques. Es pronto para saber eso. Pero la derecha estadounidense tiene ya unas explicaciones muy creativas. El propio Trump, horas después de que uno de esos paquetes bomba obligara a desalojar la redacción de la CNN en Nueva York, ha culpado a las "informaciones intencionadamente falsas e incorrectas de los medios tradicionales". Pero los suyos van mucho más allá. Dicen que son los propios demócratas, en connivencia con los medios, los que envían las bombas para influir en las elecciones legislativas de dentro de 10 días.

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Los peores bulos de Trump sobre la caravana de migrantes que va hacia EEUU

Unas 7.000 personas latinoamericanas están cruzando México en dirección a la frontera estadounidense. Dicen que huyen de la violencia y la pobreza, pero Trump sabe la verdad. Sabe que son terroristas musulmanes, criminales o activistas pagados por el partido demócrata. ¡Tal vez incluso todo a la vez! Y lo sabe porque lo ha visto en FOX News o en internet. Nada da para más teorías de la conspiración que 7.000 "no blancos" caminando hacia tu frontera. Repasemos algunos de los mejores bulos sobre la caravana de migrantes que recorre ahora mismo Centroamérica.

Este es el gran tema que ocupa a los republicanos estos días: de dónde sale el dinero. Caminar hacia EEUU, se figuran, es caro. Y eso hay que pagarlo. Trump ya ha dicho que "mucho dinero está repartiéndose a la gente para que vengan y traten de llegar a la frontera antes de las elecciones porque creen que será negativo para nosotros" y ese "asalto a nuestro país" está "dirigido" por los demócratas. Por supuesto, no hay ninguna prueba de esto, pero ese es un capítulo que con Trump ya pasamos hace tiempo.

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