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Francisco Martorell Campos

Doctor en Filosofía y autor de Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla (La Caja Books, 2019).

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La distopía de Unidas Podemos

Imaginemos el futuro con las lentes de moda:

Personas anónimas ven el informativo matinal. Artefactos esféricos flotantes similares a Hal-9000 monitorizan sus rostros abatidos. Las noticias son demoledoras. El ejecutivo anuncia la derogación de la ley contra la violencia machista y el abaratamiento del despido. De paso, niega el calentamiento global. Los personajes se colocan mascarillas. La polución es temible en la calle. Ignorado por el trajín urbanita, alguien exclama megáfono en mano: “¡No hay trabajo suficiente para una generación! ¡La gente está perdiendo sus casas! ¡Las pensiones no dan ni para sobrevivir con dignidad!”. Finalmente interpela: “¿en qué tipo de sociedad queremos vivir?”. La joven que vertebra el relato escucha la exhortación. De vuelta a casa, teclea no sabemos qué en el móvil y golpea la máquina de vigilancia. Justo entonces, irrumpen instantáneas de manifestaciones sociales, ecologistas y feministas actuales. Acto seguido, observamos a nuestra protagonista movilizándose junto a otros ciudadanos. Una voz en off entona: “Si queremos cambiar el futuro, la lucha es hoy, en el presente. Y tú, ¿qué futuro quieres?”.

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Olga Tokarczuk y el abandono de la utopía en la izquierda

La recién galardonada con el Premio Nobel de Literatura, Olga Tokarczuk, vuelca a través de Janina, protagonista de Sobre los huesos de los muertos, la siguiente meditación: “Crecí en una época maravillosa que por desgracia ya es historia. Una época en la que había una gran disposición a los cambios y existía la capacidad de concebir visiones revolucionarias. Hoy ya nadie tiene el valor de imaginar nada nuevo. Se habla sin cesar de cómo son las cosas y se retoman ideas antiguas”. Nos hallamos, salta a la vista, ante un diagnóstico certero de la civilización actual. Una civilización hostil con las modificaciones y novedades significativas, huérfana de imágenes alternativas del futuro, condenada a mimetizar el pasado, obsesionada con lo que el mundo es y sorda ante los ecos de lo que debería ser. Estas afecciones nos afectan a todos. Incluso a Janina, embriagada por los recuerdos de una supuesta “época maravillosa”, rendida a la nostalgia manada del ambiente que denuncia.

En apenas cuatro líneas, Tokarczuk recopila los síntomas idiosincrásicos de la crisis de la utopía social. Ni tenemos “disposición a los cambios” ni producimos “visiones revolucionarias”. ¿Por qué ocurre esto? Básicamente, porque el capitalismo tardío goza de una autoridad tal que no logramos concebir la vida sin él. Falto de antagonistas, erguido en cada recoveco de la cultura, inocula su relato al conjunto de la población, siendo así que la creencia según la cual “no hay alternativa” al modelo productivo imperante parece tan de sentido común como la de que “mañana saldrá el sol”. Repárese, si no, en la ciencia ficción coetánea, atiborrada de futuros donde la tecnología posterga o elimina la muerte. Lo llamativo es que dichos logros acontecen, salvo honrosas excepciones, en un contexto socioeconómico análogo al nuestro. Imaginamos desmesuras como el fin de la muerte sin problemas, pero cuando intentamos vislumbrar mañanas postcapitalistas colapsamos.

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El cuento chino de 'El cuento de la criada'

La serie El cuento de la criada adapta la novela homónima de Margaret Atwood publicada en 1984 al hilo de la teocracia iraní y la llegada de Reagan. A menudo, recibe elogios. Una fotografía y un montaje admirables, más un elenco de personajes complejos y una pericia sorprendente para saltar de la introspección a la extrospección lo justifica. Nos equivocaríamos, sin embargo, si redujéramos el valor de la macabra historia interpretada por Elisabeth Moss a los apartados técnicos o estéticos, máxime si tenemos en cuenta que se ha instituido en un símbolo reivindicativo del feminismo.

Huelga decir que no es oro todo lo que reluce. Y no me refiero a que las resonancias contestatarias de la serie estén condenadas a desvirtuarse (la menor de las Kardashian acaba de celebrar una fiesta Handmaid´s Tale). Ni a la suspensión constante de la incredulidad que suscita la tercera temporada. Tampoco a la ausencia de testimonios de la “econogente”, la clase obrera de Gilead. Ni siquiera a que la filiación distópica del producto le impida desbordar el marco de la denuncia y la advertencia. La contrariedad a resaltar es otra, en concreto la aparición en pantalla de un dogma naturalista muy cuestionable: el que predica, a la manera de Aristóteles, la existencia de una naturaleza diferencial de la mujer, y por ende del hombre.

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Dejad a la escuela en paz

Llegó la vuelta al cole, y junto a ella la escena ya tradicional de algunas de las principales asociaciones de padres y madres solicitando medidas que optimicen la conciliación familiar. La demanda parece a primera vista loable. Sin embargo, a poco que nos detengamos a reflexionar comprobaremos cómo el contenido que suele adoptar resulta cuanto menos sospechoso. Me explico: la solución que por regla general tales asociaciones aportan consiste, básicamente, en adelantar el inicio del curso al 1 de septiembre, incluso a finales de agosto (imagino que dotando a las aulas de aire acondicionado). O sea, en modificar el calendario escolar, reivindicación que volverá a salir a la palestra mediática cuando se aproximen los diferentes períodos vacacionales.

¿Por qué semejante propuesta es sospechosa? No tanto porque peque de simplista e implique un desconocimiento absoluto de las dinámicas educativas. Tampoco porque refleje la típica y desinformada hostilidad de buena parte de los progenitores hacia las vacaciones del personal docente (y hacia los docentes en sí mismos, para qué engañarnos). Ni siquiera porque entrañe una concepción instrumental y mercantilizada de la educación, con las escuelas al servicio del mercado y convertidas en almacenes donde depositar a los niños y niñas el máximo tiempo posible. La propuesta es sospechosa porque despolitiza el conflicto que aborda, gesto que la ubica en el modus operandi conservador de la “ideología post-ideológica” tantas veces desenmascarada por Slavoj Zizek.

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