¿Estamos viviendo realmente una distopía?

'La máquina se para' (Forster, 1909), retrato de una civilización subterránea que atrinchera a sus miembros en “celdas” exclusivas.

De entre los clichés suscitados por la Covid-19, destaca la afirmación de que estamos viviendo una distopía. Lo curioso es que los comentaristas que la divulgan intentan ilustrarla citando obras que no son distopías, o distopías que carecen de parentescos significativos con el presente. Ante tamañas vaguedades, no vendría mal recordar, por de pronto, que la noción de “distopía” designa al género literario y cinematográfico caracterizado por criticar el modus operandi de civilizaciones venideras peores que, y derivadas de, la existente. Es por eso que la tradición distópica difiere de las otras dos escuelas fatalistas de la ciencia ficción con las que se la suele confundir: la apocalíptica y la postapocalíptica. Aunque a veces concurran junto a la distopía, ninguna de ellas trata, por sí sola, de civilizaciones hipotéticas en pleno funcionamiento. La corriente apocalíptica versa sobre cataclismos ecológicos, virus letales, ataques extraterrestres, invasiones zombis, contiendas nucleares, asteroides descomunales y rebeliones robóticas que destruyen o merman nuestra civilización. La postapocalíptica sobre la brutal guerra por la supervivencia desplegada tras la caída, cercana o remota, de la misma.

A la luz de las demarcaciones indicadas, resulta bastante obvio que la crisis reinante evoca, sobre todo, a la captada por Contagio (Soderbergh, 2011), Virus (Sung-su, 2013) y el resto de películas apocalípticas de vocación realista cuyas pandemias no tienen por desenlace el fin del mundo. Entonces, ¿cuáles de las vivencias vinculadas al Covid-19 pueden tildarse con rigor de distópicas? A mi juicio, las referidas al confinamiento. Gran cantidad de distopías giran, de hecho, alrededor de poblaciones confinadas, por lo general dentro de ciudades amuralladas o espacios cerrados. Desde Nosotros (Zamiatin, 1924) a La fuga de Logan (Anderson, 1976), pasando por Un mundo feliz (Huxley, 1932), THX 1138 (Lucas, 1971), El mundo interior (Silverberg, 1971), Más que humano (Bass, 1971), Globalia (Rufin, 2004), Aeon Flux (Kusama, 2005), Delirium (Oliver, 2001) o Snowpiercer (Joon-ho, 2013) este motivo se repite con insistencia. Pero el encierro que padecemos es distinto. Tiene por sede a los propios domicilios y acarrea el distanciamiento mutuo, detalles que lo hermanan, veremos que solo hasta cierto punto, con el confinamiento alternativo presentado por las “distopías del yo confinado”, ambientadas en futuros donde los ciudadanos viven al estilo “hikikomori”, es decir, separados físicamente unos de otros, sin marchar jamás, o casi nunca, de sus habitáculos particulares, entornos altamente automatizados que actúan a modo de microcosmos autosuficientes.

Lo que será el mundo en el año 3000 (Souvestre, 1846) vislumbró el confinamiento del yo, propósito de la “República de los Intereses Unidos”, régimen ultracapitalista en el que hasta los saludos y el aire se pagan. Las viviendas de las élites, equipadas con robots domésticos, poseen dispositivos telegráficos, pantallas televisivas y conductos por los que llegan cartas y periódicos. Don Atodo, ideólogo del lugar, comenta: “en una casa como esta, nadie necesita de otro... Algunos esfuerzos más, y la civilización conquistará para el hombre el aislamiento, es decir, la libertad; porque cada cual podrá prescindir completamente de los servicios de sus semejantes”. La aspiración de Don Atodo se hace realidad en La máquina se para (Forster, 1909), retrato de una civilización subterránea que atrinchera a sus miembros en “celdas” exclusivas. Las relaciones intersubjetivas se ejercen sin cesar. Eso sí, únicamente de manera no presencial, a través de pantallas y mecanismos electrónicos. Legitimada mediante la patraña de que el aire de la superficie destila sustancias tóxicas, la biopolítica del aislamiento administrada por el “Comité Central” provoca que la simple expectativa de hallarse cara a cara frente a los semejantes produzca nausea y angustia entre los residentes, igual que la opción de abandonar la celda, tecno-útero en el que los deseos se sacian al instante, pulsando el botón oportuno. Kuno, galán del relato, declara que “la gente no se tocaba nunca. Esa costumbre había quedado obsoleta”.

Con variaciones puntualmente interesantes, los registros de La máquina se para reaparecen en Ciudad (Simak, 1952), Una vida muy privada (Frayn, 1972), Unidad de cuidados intensivos (Ballard, 1977), Ora:cle (O´Donnell, 1983), La posibilidad de una isla (Houellebecq, 2005) y Surrogates (Venditti, 2005). Mención aparte merecen El hombre que despertó en el futuro (Manning, 1933) y El sol desnudo (Asimov, 1957), títulos en los que el confinamiento del yo trasciende las estancias reducidas y herméticas supeditadas a la agorafobia y la claustrofilia para cursar en territorios abiertos e inmensos. Mas la soledad severa y la repulsión a encontrarse en carne y hueso con los demás, no digamos ya a tocar o ser tocado, perdura. “¿Compañía? ¿Estás loco? Es la tontería más grande”, espeta el nativo del año 20.000 al protagonista de El hombre que despertó en el futuro. El sol desnudo da voz, por su lado, a los pobladores de Solaria, humanos que “viven completamente aislados y nunca se ven”, salvo por medio de hologramas.

Salta a la vista que el objetivo rector de los textos reseñados estriba en la denuncia de los potenciales impactos alienantes y disciplinarios de las tecnologías de la comunicación, acusadas de colonizar el poder político con miras a sustituir lo real por lo virtual, lo natural por lo artificial, el cuerpo carnal por el espectro digital, la conjunción offline por la conexión online, lo cualitativo por lo cuantitativo, el saber por los datos. Ni que decir tiene que la figura del sujeto solitario y enclaustrado que pasa los días delante de pantallas a fin de trabajar, entretenerse, aprender, comprar o relacionarse hace lustros que desbordó el campo de la ciencia ficción. Durante los últimos meses, grandes cantidades de personas han devenido a la fuerza en sujetos parecidos. ¿Acaso se han cumplido los vaticinios distópicos? No exactamente. A fin de cuentas, la causa ha sido un virus, no las tramas malévolas de gobiernos totalitarios, tecnologías inherentemente deshumanizadoras e instancias similares, hecho que abre serias discrepancias entre el confinamiento efectivo y el imaginado por La máquina se para y su descendencia. En efecto, mientras que las distopías elucubran sobre confinamientos permanentes que apenas nadie ambiciona abandonar, nosotros participamos de un confinamiento transitorio que todos esperamos que termine, por mucho que aceptemos el beneficio de respetarlo. El héroe distópico, presto a vulnerar el aislamiento y escapar al exterior, contradice lo que la mayoría entendemos ahora mismo por heroico, excepción hecha de los amantes de las teorías conspirativas y los partidarios ultras de Donald Trump.

Después de lo comentado, queda patente que el aislamiento actual contrasta, por procedencia y por contenido, con el de las distopías convencionales. A pesar de los pesares, y en contra de lo sostenido por Margaret Atwood en The Guardian el 16 de abril, creo que sigue siendo técnicamente viable etiquetarlo distópicamente. Si nos inspiramos en las meditaciones formuladas por Ernst Bloch acerca de las “utopías médicas”, concluiremos que articula una “distopía médica del confinamiento”, impulsada por el temor global al contagio, la enfermedad y la muerte, rayana con las producciones apocalípticas realistas. Lo cual no implica, desde luego, que se restrinja a lo sanitario. A fin de cuentas, las connotaciones económicas, ideológicas, tecnológicas y sociales inherentes al Covid-19 son tan agudas que la amenaza desborda la esfera médica. Sea como fuere, sin su irrupción la vida transcurriría igual que antaño.

Con casi total seguridad, la distopía médica terminará tarde o temprano. El desafío decisivo, y en esto coincidí hace pocos días con Elisabetta Di Minico (especialista en el género distópico), vendrá después, cuando tengamos que contrarrestar la distopía política de la precariedad, la discriminación y la desprotección, rentabilizada por la extrema derecha y apuntalada por la sucesión de ramalazos neo-autoritarios de los diferentes gobiernos, brotada del colapso de 2008 y radicalizada a raíz de la pandemia. Por fortuna, el estado de alarma también ha traído consigo el debate sobre la Renta Básica Universal, las redes de ayuda mutua, la revalorización de los servicios públicos, la percepción del valor supremo de lo común, la ampliación de las suspicacias ante el modelo económico neoliberal y la certeza de que hay que frenar el exterminio de la biodiversidad. Nada está escrito.

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25 de abril de 2020 - 21:53 h

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