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CV Opinión cintillo

El territorio habla

El territorio habla.

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Durante años, en muchas comunidades indígenas de Perú, la violencia contra las mujeres no se denunciaba: se callaba. No porque no doliera, sino porque el miedo, la costumbre y el abandono institucional hacían creer que no había otra opción. El silencio se convirtió en una forma de sobrevivir.

Ser mujer y lideresa indígena en el territorio amazónico donde vivo no ha sido un camino fácil ni rápido. Mi liderazgo surge de caminar espacios, de equivocarme, aprender y encontrarme conmigo misma en procesos colectivos, junto a organizaciones como Flora Tristán o Farmamundi. En ese recorrido entendí mi voz y reconocí que también tenía derecho a ocupar espacios.

Hoy, ser lideresa significa representar a mi comunidad con responsabilidad, pero también aprender constantemente y devolver ese aprendizaje a otras mujeres que no han tenido las mismas oportunidades. Dialogar con lideresas de otros territorios de la Selva Central y de la sierra, con jóvenes, confirma que nuestras luchas están conectadas, aunque vivamos realidades distintas. Juntas somos más fuertes.

Durante décadas, la violencia contra las mujeres en comunidades indígenas fue normalizada, justificada por la costumbre o invisibilizada por el aislamiento geográfico y la discriminación estructural. Antes no se respondía frente a la violencia: no había denuncia, ni acompañamiento, ni información. Las mujeres callaban por miedo y vergüenza. Salir de la comunidad hacia la ciudad, además, significaba exponerse a nuevas violencias.

El territorio también marca cómo se vive la violencia. En comunidades más alejadas, esta suele ser silenciosa y normalizada. En zonas más cercanas a la ciudad hay mayor acceso a información y participación, lo que permite visibilizarla. Pero la violencia no distingue territorios ni culturas: afecta a todas, seamos indígenas, campesinas o de ciudad.

Algo empezó a cambiar cuando las mujeres comenzamos a organizarnos. En mi comunidad siempre estuvimos presentes, pero durante muchos años no fuimos escuchadas. El cambio no fue inmediato ni sencillo. Fue el resultado de procesos de formación, del trabajo con instituciones que creen en el liderazgo de las indígenas y del diálogo entre las que compartimos lengua, cultura y vivencias similares.

Reunirnos para hablar de nuestras preocupaciones cotidianas —como la economía o los emprendimientos productivos— se convirtió, sin darnos cuenta, en una estrategia de prevención de la violencia. Cuando una mujer se siente escuchada y acompañada, también se siente con derecho a hablar.

Este proceso demuestra que la lucha contra la violencia de género no puede desligarse del fortalecimiento económico, emocional y político de las mujeres. La organización no solo genera capacidades técnicas o ingresos: genera confianza. Además, permite alertar a tiempo, acompañar a quien sufre y exigir respuestas a las autoridades.

Otro aspecto fundamental es la construcción de agendas desde el territorio. Durante mucho tiempo, las políticas públicas hacia las mujeres indígenas se diseñaron sin escucharnos, como si nuestras realidades pudieran entenderse desde fuera. Una agenda construida desde abajo refleja la vida cotidiana, los miedos reales, los espacios inseguros y las propuestas concretas. Esa legitimidad es la que debería obligar a las autoridades a actuar.

Incidir políticamente no es solo participar en reuniones. Es perder el miedo, ocupar espacios históricamente negados y sostener la voz incluso cuando no hay respuestas inmediatas. También es asumir un alto costo emocional: escuchar historias de violencia, exponerse públicamente y aprender a cuidarse para no quebrarse en el camino. Por eso, nuestro liderazgo necesita redes de apoyo, cuidado emocional y un compromiso institucional real.

La prevención de la violencia, además de escuchar, exige seguimiento, recursos y voluntad política sostenida. Las mujeres indígenas no somos beneficiarias pasivas de proyectos, sino sujetas políticas con propuestas claras y un conocimiento profundo de nuestros territorios. Ignorar esto es perpetuar la desigualdad.

Escuchar casos de violencia es duro. Yo aprendí a cuidarme y a apoyarme en personas de confianza para no cargar sola el dolor ajeno. Aun así, sigo creyendo que una comunidad libre de violencia es posible con decisión política y colectiva. La prevención, el acompañamiento y el cuidado entre mujeres salvan vidas. Hoy el territorio habla a través de sus lideresas. La pregunta es si las instituciones y la sociedad, tanto en Perú como en otras partes del planeta, están dispuestas a escucharnos de verdad. Las autoridades deben diseñar y/o aprobar políticas y proyectos pensados especialmente para las mujeres desde los territorios y no desde los escritorios.

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