Olga Tokarczuk y el abandono de la utopía en la izquierda

La escritora polaca Olga Tokarczuk.

La recién galardonada con el Premio Nobel de Literatura, Olga Tokarczuk, vuelca a través de Janina, protagonista de Sobre los huesos de los muertos, la siguiente meditación: “Crecí en una época maravillosa que por desgracia ya es historia. Una época en la que había una gran disposición a los cambios y existía la capacidad de concebir visiones revolucionarias. Hoy ya nadie tiene el valor de imaginar nada nuevo. Se habla sin cesar de cómo son las cosas y se retoman ideas antiguas”. Nos hallamos, salta a la vista, ante un diagnóstico certero de la civilización actual. Una civilización hostil con las modificaciones y novedades significativas, huérfana de imágenes alternativas del futuro, condenada a mimetizar el pasado, obsesionada con lo que el mundo es y sorda ante los ecos de lo que debería ser. Estas afecciones nos afectan a todos. Incluso a Janina, embriagada por los recuerdos de una supuesta “época maravillosa”, rendida a la nostalgia manada del ambiente que denuncia.

En apenas cuatro líneas, Tokarczuk recopila los síntomas idiosincrásicos de la crisis de la utopía social. Ni tenemos “disposición a los cambios” ni producimos “visiones revolucionarias”. ¿Por qué ocurre esto? Básicamente, porque el capitalismo tardío goza de una autoridad tal que no logramos concebir la vida sin él. Falto de antagonistas, erguido en cada recoveco de la cultura, inocula su relato al conjunto de la población, siendo así que la creencia según la cual “no hay alternativa” al modelo productivo imperante parece tan de sentido común como la de que “mañana saldrá el sol”. Repárese, si no, en la ciencia ficción coetánea, atiborrada de futuros donde la tecnología posterga o elimina la muerte. Lo llamativo es que dichos logros acontecen, salvo honrosas excepciones, en un contexto socioeconómico análogo al nuestro. Imaginamos desmesuras como el fin de la muerte sin problemas, pero cuando intentamos vislumbrar mañanas postcapitalistas colapsamos.

¿Cuál es la respuesta adecuada a semejante tesitura? A mi entender, la que acepta de mala gana que “no hay alternativa” para precisar, acto seguido, que no la hay de momento y realizar, finalmente, un llamamiento a mejorar ya mismo la realidad. Que estemos faltos de alternativas por ahora no significa que debamos esperar de brazos cruzados. Existen medidas que, si bien no entrañan superar el capitalismo, amplificarían como nunca el alcance de la emancipación. Cuantiosos pensadores progresistas (Thomas Piketty, Olin Wright, Rutger Bregman, Nick Srnicek, Paul Mason, Alex Williams, Jeremy Rifkin y Joseph Stiglitz, entre otros) insisten en un par de ellas: la Renta Básica Universal y la reducción de la jornada laboral. El problema para consumarlas es que la coyuntura pinta peor que la descrita por Tokarczuk. No solo estamos impedidos para abrigar visiones revolucionarias, sino hasta reformistas.

La prueba más dolorosa de esto la localizamos en la izquierda de las cuatro últimas décadas. Derrotada por la irrupción neoliberal a mediados de los setenta y acomplejada por la caída del muro de Berlín, eliminó las propuestas verdaderamente redistributivas de su discurso y se afilió a las luchas culturales. De ahí que carezca de lo que siempre la definió, es decir, de programas económicos capaces de desafiar lo que el pensamiento único cataloga de realizable. Votar a la izquierda significa, tiempo ha, votar a la defensiva, a modo de mal menor que evite el desmantelamiento del Estado de Bienestar nacido de las utopías de nuestros antepasados.

Justo es reconocer que van dándose algunos indicios esperanzadores, caso del giro izquierdista protagonizado por el Partido Laborista británico bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn. Amén de versiones minimalistas del par de medidas señaladas, el manifiesto presentado en 2017 incluye otras como la eliminación de la educación privada, la nacionalización de los sectores estratégicos y el aumento impositivo a las multinacionales y grandes fortunas. Formaciones como Más País y Unidas Podemos empiezan a hablar del fin de semana de tres días, mas en lo referente a la idea de ingresar un sueldo a todo individuo por el simple hecho de existir se muestran todavía más timoratas y dubitativas. Sea como fuere, algo es algo.

Las redes sociales corroboran la gran cantidad de militantes progresistas que recelan de la defensa de la RBU. El argumento que aportan es que se trata de un gesto de cara a la galería, habida cuenta de su inviabilidad. Calcando al neoliberal de turno, se preguntan: “¿cómo se financiaría eso?”. Mejor, concluyen, consagrarnos a lo factible. Descorazona comprobar cómo la utopofobia más abusiva ha penetrado en muchas mentes de izquierda. Por supuesto que la RBU es hoy por hoy inviable. Pero justo por eso haríamos bien en empezar a fomentarla, divulgarla y estudiarla. Las exigencias de trabajar ocho horas diarias, de cobrar las vacaciones y disfrutar de una sanidad gratuita tampoco parecían viables en el instante en que se formularon. Por fortuna, los activistas de entonces no se dejaron amedrentar por la tiranía del realismo y se pusieron manos a la obra. Gracias a ellos, los sucesores habitaron un mundo algo más justo. Y es que movilizarse en pos de medidas destinadas al futuro no contradice la obligación de atender a la actualidad en sus propios términos. La izquierda con opciones de mando combinó en sus períodos álgidos sendas facetas, la utópica y la posibilista. Al desertar de la primera y extraviar, como dijo Tokarczuk, “el valor de imaginar algo nuevo”, no solo deja en manos del adversario a las generaciones venideras. Traiciona, de igual modo, a las generaciones presentes al enclaustrarlas en el puro aquí y ahora, despojarlas de un horizonte ilusionante y negarles la posibilidad de participar en el progreso.

*Francisco Martorell Campos es doctor en Filosofía y autor de Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla (La Caja Books, 2019).Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla

Etiquetas

Descubre nuestras apps

stats