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Ignacio Molina

Investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Es Doctor por esa universidad, Master en Ciencias Sociales (Instituto Juan March, Madrid), Master en Derecho Europeo y Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y Sociología (Universidad de Granada). Ha sido investigador o profesor visitante en una decena de universidades y ha sido invitado para impartir seminarios en una treintena de centros académicos o institutos de análisis. Sus áreas prioritarias de interés son el estudio de la política exterior y europea de España, el futuro de la UE, la europeización del sistema político español, el análisis de la capacidad institucional del Estado y la calidad del gobierno en España. Ha participado en una treintena de proyectos de investigación, nacionales o internacionales, y tiene varias decenas de publicaciones incluyendo libros, capítulos de libro y artículos en revistas especializadas.

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Curso urgente de política para la izquierda radical (edición en griego)

Hace ahora menos de tres meses, Alexis Tsipras era vilipendiado por todos sus socios de la UE y por la mayor parte de los analistas políticos o económicos internacionales. Acababa de convocar un referéndum que nadie entendía, tras cinco meses de gobierno mayormente estériles marcados por diversos episodios de enfrentamiento con Bruselas y los demás estados miembros; lo que incluía contraproducentes desaires a Berlín, guiños muy desconcertantes a Putin, el haberse coaligado con un partido nacionalista de derecha o el nombramiento de un ministro de finanzas bastante soberbio capaz de enemistarse con todos sus colegas del Eurogrupo. El mero anuncio de esa votación –interpretada por las instituciones europeas y las capitales nacionales como un o No maximalista a la permanencia en la moneda común- había provocado que a finales de junio se disparara de nuevo la ya de por sí altísima prima de riesgo y que se precipitara un corralito bancario que parecía hundir definitivamente la castigadísima economía de Grecia.

A Syriza sólo le parecía ir bien en los sondeos internos –gracias a un ambiente de épica que en general se atribuía a la retórica populista- y, más allá de las fronteras, en el espectro político e intelectual situado a la izquierda de la socialdemocracia que consideraba al líder griego un referente de lucha audaz contra las políticas de austeridad que tanto daño habían hecho al sufrido país. Pero incluso estos apoyos que podían servir de consuelo a Tsipras (sobre todo después del resonante triunfo en el referéndum) comenzaron a desvanecerse cuando a principio de julio, ante la inflexibilidad de Alemania y el resto de países acreedores, tuvo que ceder y firmar un tercer rescate que venía acompañado de una condicionalidad  tan dura como los anteriores. La facción más radical de su partido (representada por Lazafanis y Varoufakis) decidió abandonarle y sus más célebres admiradores externos, algunos adornados con el Premio Nobel de Economía, se declararon profundamente decepcionados. El joven y sonriente primer ministro resultaba en julio un desastre para casi todos -ya fueran apocalípticos o integrados- aparentemente condenado a pasar a la historia de la larga crisis del Euro como un breve paréntesis de esperanza idealista o heterodoxia imprudente. Pero entonces Tsipras siguió desconcertando y empezó a demostrar a todos que no había que subestimarle como político.

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Syriza abre una estrecha ventana de oportunidad en Grecia

Las encuestas no se equivocaron. Alexis Tsipras ha ganado claramente las elecciones en Grecia y será el próximo primer ministro. Aunque Nueva Democracia no ha perdido muchos apoyos –menos de dos puntos porcentuales con respecto a 2012-, el hundimiento definitivo del menguante centro-izquierda socialdemócrata (PASOK y DIMAR) ha supuesto casi diez puntos adicionales para Syriza. Y ese aumento, combinado con la prima de cincuenta escaños que se concede al partido ganador, le permitirá formar gobierno.

El impacto devastador que ha producido siete años de crisis en el bienestar griego solo es comparable al que ha tenido sobre su sistema de partidos. Baste decir que en 2007 era el cuarto país más bipartidista de Europa (España era el tercero), con un 80% de los votos concentrados entre Nueva Democracia y el PASOK, pero tras las elecciones de ayer la suma de ambos ni siquiera llega a un tercio (27,8% + 4,7%). Es verdad que las pautas tradicionales de la política griega ya estaban muy erosionadas desde las anteriores elecciones, pero ahora se asiste al imponente entierro de cuarenta años de historia contemporánea.

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Podemos y las envenenadas calendas (electorales) griegas

La aparición estelar de Pablo Iglesias en el mitin central de campaña de Syriza del pasado jueves y las constates alusiones de Alexis Tsipras a los paralelismos de rebelión anti-austeridad en Grecia y España han vinculado de manera nítida a ambas formaciones en el imaginario de sus respectivos votantes. Nadie parece cuestionar entonces que una victoria de la izquierda radical en las elecciones griegas que se celebran hoy supondría una excelente noticia para Podemos.

Sin embargo, quien firma este análisis tiene serias dudas. La razón de ese escepticismo es que dos de los tres escenarios-tipo que se abren en Grecia en el caso de que Tsipras consiga ser elegido primer ministro son potencialmente muy nocivos para las expectativas de su fuerza homóloga en España y el único que resulta positivo parece políticamente imposible de que tenga lugar antes de las elecciones españolas. Veámoslo uno a uno.

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En el Día Nacional…

Nos quedamos en la cama igual. Porque a los españoles, en efecto, no nos estimula demasiado la música militar. No es nada personal. Al menos, no necesariamente. Fuerzas Armadas y Corona, que protagonizan la celebración de este día, tienen un importante número de detractores aunque en general disfrutan de alta estima ciudadana (las series del CIS las sitúan entre las cinco instituciones mejor valoradas). Pero, aun admitiendo que el Ejército o el Rey podrían haber redimido sus culpas históricas a ojos de una mayoría de españoles y sin despreciar a quienes hoy disfruten viendo por televisión a la Patrulla Águila, parece evidente que la expresión de la identidad nacional española no está hoy conectada a exaltación alguna por la calle.

Además, a diferencia del personaje de la canción de George Brassens (que adaptó Paco Ibáñez o, para los de mi generación, Loquillo) ese distanciamiento de los altares de la patria goza incluso de buena reputación. Algo evidente en los ambientes nacionalistas periféricos pero que también puede detectarse entre quienes no tienen dudas de sentirse españoles. La pereza patriótica está más generalizada en la izquierda social aunque alcanza incluso a buena parte del espectro conservador. Baste recordar que el hoy presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, fue sorprendido hace unos años lamentándose de que el desfile le fastidiaba un puente otoñal en Galicia.

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Escocia después de votar: ¿resultado win-win?

La típica caricatura del análisis de resultados en las madrugadas postelectorales consiste en esa imagen en la que nadie (o casi nadie) dice haber perdido. Unos subrayan que han sido quienes han obtenido más votos, otros que han crecido, y están incluso quienes se alegran conformándose por haber logrado mayor apoyo del que le anunciaban las encuestas. Hay mil formas imaginativas de barrer para casa y sólo los que han sufrido un desastre sin paliativos reconocen la derrota.

Ese espectáculo, tantas veces parodiado en el que “todos ganan”, resulta difícilmente trasladable a un referéndum. Máxime cuando consiste en una pregunta binaria donde, por definición, hay una opción vencedora y otra vencida. Desde luego, de haber triunfado la secesión ayer en Escocia, tendríamos ahora un impactante paisaje desolador que alcanzaría no solo a los unionistas escoceses, sino también al resto de británicos y más allá; incluyendo a Washington y Bruselas o también, como es notorio, al Gobierno y buena parte de la opinión pública española. Pero ha ganado el “No” y, aparte de que eso supone una celebración menos entusiasta que ayuda a reducir la sensación de derrota en la otra parte, la lectura puede en efecto evitar el blanco y negro.

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Escocia antes de votar: un referente contradictorio

A pocas horas de saber si los escoceses optan por la independencia o por mantener su ciudadanía británica, y considerando la incertidumbre sobre el resultado final, parece interesante ordenar los diversos elementos que hacen de este referéndum un acontecimiento político tan notable. Tanto que, dependiendo del desenlace, podría ser incluso el de mayor relieve del año. El proceso tiene desde luego importancia propia pero, al mismo tiempo y contemplado desde otros países con fenónemos secesionistas, adquiere un valor añadido muy especial.

Comenzando la reflexión por la relevancia objetiva que tiene el caso per se, serían al menos cuatro los motivos que justifican tanto interés. Los dos primeros son obvios y se refieren a la doble cara de la misma moneda: por un lado, el posible alumbramiento de un nuevo Estado con todo lo que eso supone y, por el otro, el consecuente impacto de esa escisión en el país matriz que la sufre. Es verdad que, dicho así, el fenómeno no sería tan novedoso (ha habido decenas de secesiones recientes y, por ejemplo, hace solo tres años que Sudán del Sur se escindió de Sudán sin atraer excesiva atención). Pero sucede que este caso tiene circunstancias muy excepcionales. Escocia no sólo sería el primer Estado que nace en Europa occidental desde hace medio siglo, sino seguramente un caso inédito en toda la historia contemporánea fuera de contextos coloniales, bélicos o post-autoritarios.

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La elección de Juncker, entre la historia y la histeria

Hace algo más de tres meses, en un seminario celebrado en Bruselas, pudimos escuchar esta curiosa confesión de una eurodiputada socialdemócrata: prefería que el Partido Popular Europeo ganase, por un único escaño de diferencia, las elecciones de mayo. No se trataba de una disidente con Martin Schulz ni mucho menos una traidora a la causa progresista. Al contrario, estamos hablando de alguien cercana al núcleo central del Partido de los Socialistas Europeos que, sin embargo, aspiraba ante todo a asegurar que el resultado electoral fuese esta vez determinante para designar el futuro presidente de la Comisión.

Con ese fin, todas las familias ideológicas del Parlamento Europeo (salvo conservadores euroescépticos y ultranacionalistas eurófobos) habían hecho una lectura audaz del Tratado de Lisboa designando candidatos a ese puesto, de modo parecido a como se hace para elegir un primer ministro nacional. Un paso quizás percibido como modesto por la desencantada opinión pública europea pero con gran potencial politizador. Si el jefe del poder ejecutivo europeo empezaba a emanar del voto popular y no de un arreglo intergubernamental, se estarían poniendo las bases de un doble avance democrático. Por un lado, las elecciones europeas podrían dejar de ser una colección de 28 votaciones separadas dominadas por debates nacionales -que es lo que básicamente son ahora- para pasar a convertirse en un auténtico proceso con entidad propia, capaz de determinar el rumbo político de esa UE que tanto nos afecta. Por otro lado, sería posible una Comisión más autónoma de los estados miembros y con un líder que rendiría cuentas por igual a un alemán o un chipriota.

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