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Javier Lorente Doria

Javier Lorente Doria es periodista. Desde marzo de 2018 es director de Contenidos en SER Navarra y cuenta noticias todos los días en Hora 14 Navarra. Desde 2012 también cubre la información de Navarra para El País, especialmente la relacionada con la política. 

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Virus sin Corona

Michelle McNally es una galesa de 55 años a la que la declaración del estado de alarma le ha pillado en Pamplona realizando el Camino de Santiago por octava vez. Es una de esas personas a las que esta situación les ha dejado en un extraño y sorprendente limbo. Albergues y hoteles cerrados, pero ella dice confiar, en un reportaje que leímos en Diario de Noticias, en la solidaridad de la gente que le pueda albergar en sus casas. En su limbo, Michelle habrá escuchado estos días aplausos a una hora concreta, música atronadora con las ventanas abiertas y sonido de cacerolas la noche del miércoles 18 de marzo. Michelle dice odiar “el pánico de las masas” y seguramente desconozca el por qué de esos sonidos durante su paso por Navarra. Pero si preguntó a alguien por el ruido de cacerolas seguramente se habría sorprendido al saber que era una protesta ante el discurso que el rey Felipe VI realizó con motivo de una situación inédita en esta generación; un estado de alarma y confinamiento general. La pelea contra el Covid19 es lo más parecido a una guerra que viviremos quienes nacimos después de 1939.

A Michelle le sonará raro porque en su país la institución de la monarquía y la figura de la reina Isabel gozan del respaldo de casi 3 de cada 4 personas. A Isabel II la II Guerra Mundial le convirtió en una persona cercana a la ciudadanía británica. Se enroló como conductora y mecánica en el servicio auxiliar del ejército y celebró el día de la Victoria en las calles confundida entre las multitudes. A Felipe VI el estado de alarma le pilló renunciando a una herencia millonaria de dudoso origen depositada en un banco suizo.

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Campeones

A los campeones habitualmente se les premia con una copa o una medalla, pero a ellos les dejan carbón. Es una imagen que se repite cada Navidad desde hace más de una década. 4 personas caracterizadas como Olentzero y los 3 Reyes Magos acuden a la puerta del Arzobispado de Pamplona, un edificio barroco en un rincón tranquilo del casco viejo de la ciudad, y dejan un saco de carbón en su puerta. Nadie sale a recogerlo, ni tampoco a saludar a los personajes que la tradición popular creó para alegrar la fiesta cristiana a los más pequeños.

Quienes organizan esta particular adoración son quienes en 2007 fundaron la Plataforma en Defensa del Patrimonio Navarro, un colectivo pionero en España en la denuncia de la apropiación por parte de la Iglesia Católica de patrimonio artístico con fines de culto religioso, pero también de centenares de inmuebles sin ninguna posibilidad de ser “la casa de Dios”, como la Iglesia considera a sus templos.

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Nacer

Para cualquier persona, los dos momentos más importantes de su vida son nacer y morirse. Desgraciadamente, solemos tener poco que decidir tanto en uno como en otro momento. Salvo en los casos de muerte violenta (asesinatos, accidentes o suicidios), a la inmensa mayoría la de la guadaña le pilla en un hospital y habitualmente tan cansados y doloridos que son pocas las cosas que se pueden prever, por lo que es el entorno más cercano quien toma el papel decisorio. 

En el caso del nacimiento, en el llamado Primer Mundo es extraño quien lo hace fuera de un centro sanitario. Aumenta poco a poco el número de alumbramientos en casa, como les ocurrió a nuestros abuelos y abuelas, pero para hacerlo hoy es necesaria atención privada que asegure el éxito. La sanidad pública no contempla el parto a domicilio. 

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La política tiene arte

¿Tiene el arte ideología política? En muchos casos sí.

¿Hay que evaluar a los artistas en función de su ideología política? Ahí ya empiezan las dudas.

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El txipirón

Le llamábamos “el Txipirón” porque cuando te ponías detrás de él una nube negra te impedía prácticamente verlo. Era el coche de mi amigo Miguel, que tenía problemas con el cárter y gastaba muchísimo aceite. Era esa época en la que, con 20 años, eras feliz teniendo vehículo propio y todos los nuestros tenían algún fallo de ese tipo; perdían aceite, había que arrancarlos en tercera o calentar la llave con un mechero en invierno. Miguel llevaba consigo siempre una garrafa de aceite para alimentar al Txipirón, pero el cacharro era insaciable y si el trayecto era largo, se encendía el piloto rojo con una jarra de aceite en el salpicadero que en la autoescuela nos decían que era la puerta del apocalipsis. Miguel llegó a un punto que decidió colocar una tira de esparadrapo negro sobre el piloto del salpicadero. “El Txipirón” seguía perdiendo aceite de forma casi letal, pero él prefirió seguir viviendo sus trayectos con normalidad sin tener ese piloto en rojo martilleando su conciencia. 

Lo que lleva ocurriendo entre Cataluña y el resto de España trae a menudo a la mente la historia juvenil del coche de mi amigo y su particular solución. Quizás alguien pensó que, una vez el Supremo dictara sentencia, el problema catalán había terminado. Que el independentismo catalán aceptaría que sí, que era mejor dejar las cosas como estaban y olvidarse de lo de la independencia. Pero resultó que no. La sentencia que condenó a penas de entre 13 y 9 años de cárcel a los componentes del gobierno catalán no ha apagado nada, sino todo lo contrario. Y eso que el texto resalta que la independencia proclamada por el Parlament fue un farol y que con la sola publicación de la suspensión de la autonomía en el Boletín Oficial acabó esa República de un fin de semana de vida. 

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Miedo

Berliner Unterwelten.

Es una de las visitas que no hay que perderse cuando se va a la capital alemana. Se trata de un recorrido guiado por personas voluntarias por los antiguos búnkeres del Berlín de la Segunda Guerra Mundial en el que además de lo que se ve, merece la pena lo que se cuenta. Una de las historias más curiosas que, cuando estuve, contó un joven hijo de emigrantes uruguayos que guiaba la visita en castellano era que los nazis, cuando llegaron al poder señalizaban puertas de almacenes del metro, o simples armarios, como refugios para supuestos bombardeos. Hablamos de mucho antes de que Hitler invadiera Polonia y comenzara la guerra en sí. Años previos en los que mientras la comunidad internacional no hacía nada por evitar lo que ya estaba ocurriendo con disidentes y judíos en Alemania, los nazis repartían mascaras anti gas, que ni siquiera funcionaban, entre la población. Esas máscaras inservibles también las ves en Berliner Unterwelten y para lo que servían era para crear la sensación de miedo a un ataque extranjero en la ciudadanía lo suficientemente anestésica para justificar las medidas que llevaban a cabo los nazis.

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Líneas rojas

“¿Y usted, qué líneas rojas plantea a la hora de buscar acuerdos?”

Se ha convertido en la pregunta ineludible en cualquier entrevista a alguien que se presenta a unas elecciones. En el tiempo de las mayorías absolutas no hacía falta preguntarlo, porque quienes se presentaban lo hacían pensando en que si ganaban no tendrían que preocuparse por aguantar a gente de otros partidos en su casa. Pero eso ya acabó y ahora tienen que fajarse en la negociación si quieren lograr el cetro.

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La cigüeña

Todo el mundo sabe que a nadie nos ha traído una cigüeña desde París. Sin embargo, salvo alguna rara excepción, a nadie le ha dado sus padres detalles concretos de cómo le hicieron. Sólo pensarlo nos da una rarísima sensación indescriptible y no se nos suele ocurrir preguntarles sobre aspectos más o menos escabrosos de aquella noche o día en el que un espermatozoide se introdujo en el óvulo de nuestra madre. 

Lo que hemos vivido durante este verano en la política nacional se parece bastante a esa sensación que podríamos experimentar si nuestra madre nos diera detalles del momento de nuestra concepción. Quizás sea cosa de los nuevos tiempos y pronto la gente suba a la red Instagram stories con ese tipo de particularidades para que familia y futuros descendientes sepan todo al detalle. Quizás entonces descubramos que es algo sano para conocer nuestro origen sin tabúes ni complejos. Quizás.

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Nuevos viejos tiempos

Sostiene el filósofo Daniel Innerarity en su ¨Política en tiempos de indignacion¨ que “cualquiera que no esté en el gobierno representa al cambio, que no es un valor ni de izquierdas ni de derechas, sino de la oposición”. En 2015 alcanzaron gobiernos municipales y autónomos partidos y candidatos que, en su mayoría, no habían pisado un despacho oficial en su vida y se autodenominaron gobiernos o ayuntamientos “del cambio”. Una denominación que crearon ellos pero luego los medios de comunicación han repetido y propagado acríticamente durante los 4 años siguientes. En realidad, los gobiernos “del cambio” se convirtieron en pocas semanas en gobiernos a secas. La oposición “del cambio” vio su llegada con el mismo estupor con el que la nobleza versallesca vería cómo los sans-culottes se bebían sus vinos a morro. Se les pasó rápido y se pusieron en la labor de recuperar algo que han considerado siempre propio por derecho y no por resultado de la elección popular. 

Una de las armas más eficaces para convencer al electorado de la necesidad del retorno de “los de siempre” ha sido la apelación a la tradición como si de un tótem tribal se tratara en los intentos de los gobiernos “del cambio” por establecer límites entre lo civil y lo religioso.

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Adoquines o losetas

La disyuntiva se dio en la década de los 90. Entonces, el Ayuntamiento de Pamplona, gobernado por un tripartito entre CDN, PSN e IU, comenzó la peatonalización del casco viejo de la ciudad. Comenzó la eliminación de las angostas aceras y el pavimento elegido en un principio fueron unas losetas de piedra caliza. Y ahí llegó la polémica.

Grupos ciudadanos consideraron que la loseta era un pavimento ajeno a la “tradición” pamplonesa. Las calzadas en el casco viejo eran de adoquín. Un pavimento incómodo para el calzado, las bicis, los carritos y propenso al charco en una ciudad lluviosa, pero muy “de aquí”. En la pelea de adoquines contra losetas coincidieron dos sectores que se separaron ideológicamente a principios del siglo XX pero siguen unidos en la defensa de “lo de siempre” y en la vehemencia de sus posiciones: nacionalismo vasco y navarrismo españolista.

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