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José Albelda

Doctor en Bellas Artes, pintor y ensayista. Es profesor titular del Departamento de Pintura de la Facultad de Bellas Artes de San Carlos (UPV), donde imparte asignaturas vinculadas a la relación entre el arte, la naturaleza y la ecología. Actualmente es miembro del Centro de Investigación Arte y Entorno (UPV). Ha colaborado durante 20 años con el movimiento ecologista, y forma parte de la Junta Directiva de Greenpeace-España.

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La naturalización del capitalismo

El peor enemigo no es el que sabe esconderse, sino el que ni siquiera es considerado como tal, aunque continuamente nos lamentemos del daño que nos causa. Esta idea se ajusta muy bien a lo que ocurre con la cosmovisión capitalista. Las crisis económicas se consideran como un mal pasajero, una alteración excepcional que debe corregirse para volver al “orden natural” de las cosas. La idea de corrección no tiene aquí intención de cambio sistémico, sino de fiel retorno al mismo modelo neoliberal causante del problema, pretendiendo –inocentemente- mejorar sus estructuras de control. En realidad, si lo comparáramos con el desarrollo de un organismo, sería una “crisis de crecimiento”, como las conocidas calenturas de los niños cuando dan un estirón, pero nadie cuestiona que el niño tiene que crecer, pues está en su naturaleza. Por eso no se da un verdadero análisis profundo de las causas de la crisis multifactorial que nos están destruyendo -ecológica, económica, social- , porque la  lógica capitalista que está en su origen ni se cuestiona. Así, la disyuntiva que planteaba Ernest García par la humanidad contemporánea en su imprescindible El trampolín fáustico, o bien una existencia larga y modesta o una corta y lujosa, en realidad no es un dilema que se escenifique como debate sociopolítico. Simplemente nos dejamos llevar por la inercia dominante –el capitalismo de la acumulación y el crecimiento continuo-, y vamos lamentando sus consecuencias. En gran medida la cosmovisión capitalista ya forma parte de nosotros –de las sociedades occidentales que rigen el orden del mundo-, y de casi todas las demás que están en su esfera de influencia mediática y económica. No hay un afuera real desde donde observar con la suficiente perspectiva.

Podríamos decir que el capitalismo se ha ido “naturalizando”, considerándose como la evolución normal y deseable de las sociedades tecnocientíficas; como si “el desarrollo” fuera necesariamente un camino unidireccional, y como si tuviera algún sentido y futuro un modelo que agranda la pobreza de muchos y la riqueza de unos pocos, siendo finalmente incompatible con los límites de la biosfera. Desde un más que cuestionable darwinismo cultural, se entiende que de entre todas las posibilidades de evolución de los modelos socioeconómicos, el capitalismo es el que “naturalmente” se ha impuesto. A partir de ahí, el fracaso a la hora de combatirlo está asegurado, porque ya no se concibe como una alternativa más, sino como la previsible evolución de las culturas desarrolladas. Y sin embargo esto es absolutamente falaz. No hay un determinismo estricto en los procesos socioculturales, ni es natural desde el punto de vista del funcionamiento de la physis: todo en la naturaleza tiende a lo circular, no a la linealidad del crecimiento continuo. También nosotros como organismos somos circulares, no crecemos indefinidamente, ni vivimos eternamente. El capitalismo no es el télos inevitable de las culturas humanas, pero sí es cierto que ha sido el modelo que más ha triunfado de entre los posibles, y debemos ahondar en los motivos de su éxito.

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Diez argumentos en contra del desánimo frente a la crisis socioecológica

Todo los informes científicos apuntan a que la actual crisis socioecológica nos conduce hacia un colapso civilizatorio de dramáticas consecuencias a lo largo del actual siglo XXI, propiciado tanto por el cambio climático como por el acabamiento de las fuentes de energía fósil de buena calidad en las que se basa nuestro modelo de economía capitalista. Frente a este escenario, procede tomar un gran número de medidas para minimizar el daño y preparar la adaptación a los nuevos escenarios. Pero antes que nada hay que evitar las lógicas tentaciones del autoengaño y el desánimo, ante el panorama que inevitablemente se nos presenta.

Argumentaremos al respecto a modo de decálogo:

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¿Cómo comunicar lo urgente que no deseamos?  

Desde el ecologismo llevamos casi medio siglo insistiendo en que la protección del medioambiente debe ser uno de los objetivos prioritarios de nuestra época, y que no hay posibilidad de vida buena generalizable sin reequilibrio ecosistémico. Desde los años setenta del siglo pasado el ecologismo y el ambientalismo han ido creciendo, y se han buscado sinergias con otros movimientos sociales y políticos que se sitúan del lado de la justicia ético-social en un mundo globalizado. Pero en este lapso de tiempo, ha crecido mucho más la devastación de los ecosistemas naturales y el expolio de sus recursos, así como las desigualdades entre los pueblos y en el reparto de la riqueza. Hasta el punto en que actualmente nos enfrentamos a la urgencia de unos cambios que, de no producirse, nos llevarán directamente a un colapso civilizatorio.

Sin embargo debemos reconocer que hasta ahora no hemos conseguido modificar el rumbo. Ante ello nos preguntamos: ¿por qué lo más necesario no enraíza apenas, y mucho menos lo suficiente como para ser eficaz? Vamos a intentar apuntar brevemente las principales causas de esta dificultad. En primer lugar nos enfrentamos a tres poderosos factores que distorsionan el modo en que afrontamos nuestra realidad: la ocultación, el engaño y el autoengaño. Las instituciones, las empresas y los medios de comunicación dominantes se esfuerzan enormemente por ocultar las verdaderas causas del deterioro ecológico y social, a la vez que nos engañan con la esperanza ficticia de la recuperación del crecimiento económico (que finalmente siempre se volverá contra nosotros por no atender a los límites de la biosfera).

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