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José Luis Sastre

Nacido en Valencia, licenciado en periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y periodista de la Cadena SER.

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Razones para pensar que no habrá elecciones (y una que sí)

Nunca sabremos lo que de verdad se dicen, así que componemos el relato a partir de lo que filtran, sea en público o en privado y, siempre, de manera interesada. Nada nuevo, en fin, aunque extenúe: de tanto hablar de los giros estratégicos de Iván Redondo, jefe del Gabinete del presidente, Pedro Sánchez ha acabado enredado en su propia espiral de globos sonda y no sé sabe a ciencia cierta cuál es su última propuesta, porque cada rato le dan un nombre. Empezaron con lo del Gobierno de cooperación y han desembocado en los ministros técnicos. Darán más pasos, en vista de que contemplan “todos los escenarios”. Todo por no verbalizar lo que se les entiende a lo lejos: que con Iglesias no, por decirlo a la manera en que lo coreó la militancia socialista. Que coreó otro apellido, por cierto.

La semana se ha ido en eso, entre frases de ministros y mensajes de los partidos a los medios para que se radiara una negociación que podía tener que ver con la negociación real o podía no parecérsele. Nada nuevo. Sánchez, que vuelve a dejarse ver para que no le hagan otros el relato, ya no dice que la investidura será en julio o no será y asume que viene un verano largo de conversaciones. El comisario socialista Moscovici ha contado que en Europa no hay prisa. Tienen margen, de manera que ahora que las cosas se han crispado más -fue reseñable la dureza de Adriana Lastra contra Pablo Iglesias tras el fracaso de su reunión con Sánchez- es cuando más improbable parece la repetición electoral, aunque esas percepciones vayan por días.

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Café largo

Esta semana en que ha fracasado el acuerdo entre PP, Ciudadanos y Vox es cuando más exitosa ha resultado esa alianza, porque aunque hayan roto en Murcia al final -no es el final, más  bien empiezan a hablar en serio- han normalizado su relación.

Albert Rivera, que ya había compartido foto y había puesto su logotipo junto al de Vox en los papeles, se sienta en la misma mesa que la extrema derecha, con la que su partido conversó cinco horas a la vista de todo el mundo. Cariño, esto no es lo que parece, salieron diciendo: “Hemos quedado para tomar café”. Rivera toma café con quien siempre negó que negociaría después de que ese mismo partido le llamara acojonado y lameculos, pero se niega por dignidad a entrevistarse con el candidato a la investidura que designó el rey.

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Te llamarán equidistante

Sujeto, verbo y predicado, te dicen como si fuera tan fácil. Resulta que es de lo más complejo, empezando por el sujeto. ¿Quién es el que hace o no deja hacer? Prueben a explicar esta historia y escriban, por ejemplo: Pedro Sánchez no cede y fracasa al buscar apoyos para su investidura. Es una explicación posible y real, en vista de que, en efecto, el PSOE rechaza que Pablo Iglesias comparta la mesa del Consejo de Ministros. Sánchez podría ser el sujeto, pues.

Cabría otra explicación, sin embargo: Iglesias se enroca y acerca una eventual repetición electoral. O incluso: Casado y Rivera niegan la abstención que ellos mismos pidieron a Sánchez y lo abocan a apoyarse en los independentistas. Todas esas descripciones son plausibles y uno tiene que elegir entre ellas igual que en las novelas en que escogías tu propia aventura, porque lo más difícil está en encontrar el sujeto. El sujeto es el culpable de la historia, el asesino de la novela. 

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Este no es un artículo sobre Albert Rivera

La semana pasada ya escribimos de Albert Rivera en esta esquina y no se puede escribir de lo mismo todo el tiempo, que el lector se aburre. Escribimos de Rivera porque mientras prometía que cambiaría el país entero iba dejando las cosas como estaban, con el PP en los gobiernos autonómicos. Escribimos de él porque él negaba los acuerdos con la extrema derecha al tiempo que los firmaba. Motivos para escribir había, pero hay que cambiar de asunto. En verdad, tampoco es que Albert Rivera sea un personaje tan relevante para que le escriban tanto, aunque ese fenómeno le ha acompañado siempre: a Rivera le han escrito mucho y muy bien, no porque fuera buena la literatura a su alrededor, sino porque era elogiosa y dulce. Él era la regeneración y el cambio a todas horas, el hombre del momento en las recepciones de alfombra y canapé. 

Tampoco merece que le escribamos tanto, si esta semana se han dado noticias políticas de interés, como la constatación para el PSOE, tras el acuerdo en Navarra y en Canarias, de que habrá de apoyarse en la abstención de Esquerra o de Bildu. Además, Pablo Iglesias quiere ser ministro y Pedro Sánchez no le deja y andan discutiendo sobre lo que significa estar en el Gobierno, que es lo mismo que debaten a otra escala PP y Vox en el Ayuntamiento de Madrid. Gobierno es ser ministro o concejal, dicen en Unidas Podemos o en Vox. Gobierno es una secretaría de Estado o la viceconsejería de un distrito, responden en el PSOE o en el PP. Vivimos en eufemismilandia y José Luis Ábalos preside la academia de la Lengua. 

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Albert Rivera de Lampedusa

La fragmentación en varios partidos resultó un artificio para que la derecha se uniera más que nunca y ahora que José María Aznar ha desaparecido es cuando más se presenta su espíritu. Los lazos entre PP, Ciudadanos y Vox son sólidos, desde lo económico a lo ideológico, y se comprueban no sólo con las fotografías que se harán en ayuntamientos y comunidades, sino en los papeles que firman por mucho que en esos papeles se hable de violencia intrafamiliar, como si se mataran los hermanos o los primos por asuntos domésticos y no existiera una violencia contra la mujer.

Violencia intrafamiliar, pone en el papel que salva los primeros presupuestos de la Junta de Andalucía y en el que lucen los emblemas de los tres firmantes. Esta misma semana, Vox se apartó en Valencia de la concentración en repulsa por un crimen machista porque no comparte que haya violencia machista. Con ese partido es con el que acuerda el PP. Y Ciudadanos. Con el partido que cuestiona la memoria histórica y revive a Cristóbal Colón.

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La investidura: el 'revival'

Tomen asiento. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se disponen a abordar la investidura, el PP ejerce de enlace para que Vox y Ciudadanos negocien sin tocarse como sucedió en Andalucía, los socialistas se preparan para darle a la derecha el Gobierno de Navarra y en Podemos el líder ha vuelto a fulminar a su secretario de Organización, esta vez con un golpe de memes y un toque de diccionario: a la destitución la llaman rotación. Esta película ya la hemos visto antes y la prueba consiste en saber si reviven la historia para repetirla o repararla. De momento, desfilan ante sus propios espejos. 

Que vivamos la secuela no supone que sepamos su final, sólo supone que nos vienen grandes dosis de interpretación. Quizá averigüemos antes lo que pasará si nos preguntamos qué es lo que no puede pasar o lo que, al menos sobre el papel, no está claro que se puedan permitir. Preguntémonos cuál sería el coste de las alternativas. Por ejemplo: ¿podrían el PSOE y Unidas Podemos fracasar en la negociación? ¿Tiene Iglesias las fuerzas para exigir ministerios si al desplome en las urnas le siguieron las críticas internas, de Kichi a Espinar? Lo que Sánchez quiere es salvar su investidura, no a Podemos, aunque Podemos le haga falta. 

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Espejismos

A veces la realidad molesta, con lo confortable que resultan las proyecciones, de manera que la semana se ha ido en intentar convencer al personal de que o no se votó o se votó poco o se votó según ellos quieran hacernos ver, con lo que las declaraciones se han llenado de "los españoles han pedido en las urnas esto o aquello" como si el escrutinio hubiera que explicarlo. Será por eso que el recuento se alarga y existen ciudades que, tras tanto lío, no podrían decir con exactitud quién quisieron los vecinos que fuera el alcalde ni el alcalde sabe qué quisieron sus vecinos.

Así, y pese a la caída en las generales, en las europeas, en las autonómicas y en las municipales, Pablo Iglesias ha preferido el silencio, porque ya que ha descubierto la discreción de las negociaciones pretende alargarla también a las explicaciones. En vez darlas, se somete a las incomodísimas preguntas de Juan Carlos Monedero junto al que le hace la autocrítica a los demás y se felicita de lo bien que estuvo en los debates electorales. Qué más dará el recuento, si uno puede proclamarse vencedor en los debates de la tele, donde Albert Rivera se decía imbatible y presumía de su premio de juventud al mejor orador. La cosa iba de eso, entonces, de la lucha entre hermandades universitarias. Si Iglesias se largó el domingo sin comparecer y no se siente en la exigencia de tener que dar explicaciones de fondo, es una quimera esperar la asunción de responsabilidades.

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Las metamorfosis

Lo normal era que al final de la campaña se apagara el ruido y así, sin estridencias, cada cosa regresara a su lugar y a su volumen, pero lo normal se ha vuelto exótico y los lugares no resisten en sus sitios. Este estruendo de ahora, con diputados que aporrean sus escaños y gritan y agitan, no es producto de la campaña sino de la época y se extenderá, como poco, a lo largo de la legislatura.

Se quedará la crispación porque es la manera en que algunos entienden que se crece en política. Sucedió otras veces, pero lo reviven con nuevos bríos porque, si la economía mejora y se disipa en las calles la sensación de conflicto, ellos necesitan sostener la tensión para que les vaya bien y se les vea. La política como escaparate.

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Marchas fúnebres

La muerte invoca lo más noble y, a la vez, lo más hipócrita, de manera que en un funeral desfilan al mismo trote admiradores y detractores del difunto, que los tanatorios andan llenos de exequias increíbles inspiradas por una suerte de tributo reparador contra el que clama, sola en su escaño, Cayetana Álvarez de Toledo, fact checker de magdalenas. Algo así pudo verse en la despedida de Alfredo Pérez Rubalcaba, por donde concurrieron algunos rivales entre elogios a una determinada política que, al poco, estaban dispuestos a bloquear. Tiene su lógica: piden lo que en realidad impiden, que es lo que han hecho esta semana los partidos independentistas. Si no lo bloquearan, no lo podrían pedir.

No hace falta que muera nadie más para aceptar que una parte de la política que se loó en Rubalcaba podía continuar, al menos en lo simbólico, con la designación de Miquel Iceta en la presidencia del Senado, cargo que le obligaba más a la institución que al partido, al Estado que al PSOE. Simbolizaba –a ver si fue eso lo que votaron mayoritariamente los ciudadanos– una voluntad de diálogo, palabra en la que se han envuelto deprisa los independentistas para que no parezca lo que en realidad es.

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¿Está todo votado o por votar?

Se ha escrito que lo del 26 será la vuelta de lo que fue el 28 y los que perdieron entonces alientan la esperanza de la remontada, como si Pablo Casado fuera a ser Jurgen Klopp. No es posible encontrar dos perfiles más distintos: uno es de izquierdas y otro de derechas, uno lidera y otro preside. Lo que pasó la última vez que Casado alzó una copa no fue tanto que él venciese como que perdió su rival, Sáenz de Santamaría. Necesitado ahora de que esto fuera la Champions, el PP entero -no sólo su dirección- medirá su supervivencia en una campaña a la que el CIS ha puesto el marco: no ganará en ninguna comunidad.

Las urnas están a punto de abrirse al tiempo que acaban de cerrarse y, según como les fue en abril, los partidos venden lo que sucederá en mayo. Quienes perdieron tratan de estimular la idea de que todo se tiene que votar todavía, que falta por decir la última palabra. Quien ganó, que es el PSOE, preferiría pensar que está ya todo escrito y sólo le queda afianzar la ventaja que anticipa el CIS. De ahí que Pedro Sánchez considere que puede aparecerse en espíritu, como hizo al citar a Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias para que fueran a la Moncloa a besarle el anillo. Mientras los demás se pelean por la sala en la que comparecen, el presidente en funciones los despacha con un tuit y muchas gracias. Llega a ser una deferencia que se asome a las escalinatas a recibirles.

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