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José Luis Sastre

Nacido en Valencia, licenciado en periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y periodista de la Cadena SER.

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Juegos de colores

En el camino del martirio, los consejeros de Quim Torra dicen de su president que está "determinado" a llegar hasta el final por la causa, a la que ellos mismos han desprovisto de gravedad y altura para reducirla a unos lazos y a unas cuantas pancartas a las que pretenden que todos miren para que nadie vea que, en realidad, no están haciendo nada. Solo se afanan con los letreros para invocar la desobediencia y pensarse como Mandela. Antes se habían comparado con Anna Frank porque, a falta de propuestas, llenan el vacío de símbolos sin importarles banalizarlos.

Determinado a asumir todas las consecuencias, dicen del president, incluso si las consecuencias incluyen la inhabilitación. Sería una broma del destino que fuera al exponerse al riesgo de que le inhabilitaran cuando Torra descubriera que estaba habilitado para gobernar. En eso, Carles Puigdemont lucha contra el olvido y ha mandado que se mantenga la tensión de cualquier forma, consciente de que ha perdido la capacidad de hacerlo como solía, con cadenas humanas, con telas esteladas que llenaban la Diagonal de orilla a orilla.

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La carrera

Jonás es el personaje de un relato de Albert Camus que vive de su buena estrella, sin hacer nada para que las cosas le ocurran. Pero le ocurren. El Corriere della Sera dio esta semana con una especie de Jonás moderno que, además, es ministro y vicepresidente de la República. Según publicó el periódico italiano, Matteo Salvini ha pasado sólo 15 días por su despacho de Gobierno y ha dedicado el resto de las horas a sacarse fotos en actos y lugares de lo más variados, consciente de que para ocupar la televisión en toda su parrilla no necesita más que sonreír y decir "patata".

Eso trata de hacer Santiago Abascal, del que cuanto más se habla menos se sabe, no fuera que, si aparece, los periodistas le arrinconaran con preguntas a las que él tuviera que responder que no importa nada de eso porque lo importante es que lleva a España en el corazón, que es donde se llevan los países: o en el corazón o en el bolsillo. Abascal vive como vivía Jonás, dejando que los demás le lleven en andas y le sacudan de su ausencia a fuerza de invocarlo.

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La trampa ideológica

Las cosas más evidentes son a menudo las que menos se ven. España es un país, no una ideología, pese a la carrera política por apropiarse de las identidades y volverlas etiquetas excluyentes. Hay españoles de izquierdas y de derechas, altos y bajos, porque tantos años después conviene escribir aún que la bandera, al ser de todos, no es de nadie. Así sucede con el feminismo, que se puede ser de izquierdas o de derechas y feminista porque nadie tiene la capacidad de adueñarse de esa lucha. 

Por la ideología, sin embargo, arguyó el PP que se ausentaría de la manifestación del 8 de marzo, porque discrepa "del feminismo de izquierdas, que enfrenta a hombres con mujeres". Sostiene Pablo Casado que el manifiesto de esa marcha les apartaba, pero el manifiesto no es el feminismo. Era, en todo caso, la expresión de una de sus partes, no de un conjunto que se construye entre todas. Entre todos. Las cosas evidentes a menudo se nos ocultan: si eres feminista, nadie puede excluirte de lo que eres. Basta, eso sí, con que lo seas. 

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Esa concreta parte

"Están sonando tambores de guerra en el Caribe", empezó a decir Pablo Bustinduy en la tribuna, citando a José Mujica entre algunas miradas extrañadas. La mayoría había ido al Congreso a lo que había que ir, que era a arrearse, pero aquel diputado prefirió un discurso de despedida sin estridencias sobre el papel de la política. Un exotismo tal como viene el Diario de Sesiones, al que pronto habrá que borrar del historial de búsqueda como si fuera porno, tan cargado de obscenidades. "Es tremendamente preocupante la deriva de la derecha española [prosiguió el parlamentario de Unidos Podemos]. Cuando ustedes quieran echarle el freno de mano, no van a poder”.

Al rato, mientras Albert Rivera y Pablo Casado caminaban sobre su propia incandescencia y Teodoro García Egea ya había llamado “indocumentado” al presidente del Gobierno, Joan Tardà, también de salida, hizo resonar una reflexión desapasionada: "Señor Casado, es usted demasiado joven para destilar tanto odio. No puede ser que una persona nacida en democracia destile este odio, no se entiende. Algo no habremos hecho bien lo que somos un poco mayores que usted. No tiene sentido que aquí se respire el aire que se desprendía pocos días antes de que ocurrieran cosas muy graves en el año 36".

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¿A quién beneficia la crispación?

Si se evaporaron las respuestas, extraño será que acertemos con las preguntas. Pero hay una de ellas que se presenta cada mañana y que a poco que uno atienda a los debates parlamentarios alcanza a tocarla incluso, con todos sus interrogantes: ¿a quién beneficia la crispación? Se ha vuelto todo tan volátil e impredecible que no existe una conclusión cierta, pero a alguien tiene que ser para que haya cundido tanto.

En el cálculo partidista -¿hay otro?-, puede que la crispación beneficie al PP y a Ciudadanos y a Vox, que necesitan la tensión de un escenario polarizado. Puede, en cambio, que saque ganancias el PSOE si logra instalar la idea de que otros atacan las propuestas que ellos envuelven en corazones y rosas. No está claro eso de a quién beneficia la crispación; está más claro quién resulta perjudicado si se agría el debate, que es el debate mismo, porque toman por crispación la marrullería y el golpe bajo y confunden la ocurrencia con la originalidad. Lo que sufre es aquello que se conoce como el nivel, que cuanto más cae más agrava la brecha entre el común de la gente y la gente que se dedica a la política y a contarla. ¿A quién beneficia entonces que se nieguen unos a otros?

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Bailar sobre el calendario

Lo que tiene ir donde la bandera más grande es que luego las convocatorias te pueden quedar pequeñas, como le ocurrió a la derecha y a la ultraderecha, que fueron a buscar el plano general de la multitud y acabaron desayunando los planos cortos, para que se distinguieran las caras de Albert Rivera y de Pablo Casado en la misma estampa que Santiago Abascal. PP y Ciudadanos fueron a empezar la semana y la campaña en esa foto, en ese manifiesto de mentiras "con gran parte de veracidad", y ahora que van los carteles electorales camino de la imprenta andan reclamándose como los partidos "de la moderación".

En la mañana de lunes, con la derecha abrazada, y sin tener él ya interlocución con los independentistas, Pedro Sánchez bailó sobre las hojas del calendario: le recordaron las distintas opciones para las elecciones, sus ventajas e inconvenientes, y dejó que su entorno jugara a las quinielas. A todos los presidentes les gusta notarse en el centro del foco, tropezando con los micrófonos mientras van diciendo buenos días, buenas tardes, buenas noches. Eso ha hecho Sánchez esta semana, sonreír entre tuit y tuit, sin dar explicaciones. Había tomado la decisión, pero bailaba. A Sánchez le agradaba combinar los silencios con el tiempo, como si Mariano Rajoy le hubiera dejado el manual durante el traspaso de poderes.

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Las hojas secas

En realidad, esta semana no ha pasado nada. Sólo palabras, en las que ha ido a enredarse el Gobierno y sobre las que luego ha retozado la oposición, con el verbo incendiado. Se han dicho muchas cosas, muy confusas o muy graves, pero apenas ha habido hechos, de los que se pueden tocar, ver o medir. Lo primero que pasará de verdad esta semana está por pasar aún, con la movilización que tres partidos que se dicen antinacionalistas compartirán a la sombra de la bandera más grande. "Moción de censura en la calle", dicen en el PP, resueltos a cambiar el Parlamento por el adoquín, a la manera independentista.

Es el modelo andaluz, apto para gobiernos y manifestaciones: el PP reúne a Rivera y Abascal. Cuanto más niega Ciudadanos a Vox, más espacios comparten. Prósperos matrimonios empezaron así, sin querer saber uno de otro mientras no podían dejar de mirarse. Te empiezas odiando y te acabas dando las arras y la comisión andaluza que se ocupa de la memoria histórica. En Ciudadanos hay quien quisiera que fuera ya mayo para intentar que pactos puntuales con el PSOE alejen la sombra larga de Abascal, pero todavía es febrero. Es febrero y hay mani. 

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Madrid cainita

El pasado enseña que esta batalla en Madrid que ha puesto a la izquierda a afilar sus cuchillos ya se vivió antes sin remedio. Y ahí está otra vez, como siempre, envuelta en las apelaciones morales con las que la izquierda rodea los debates de posición, de poder. De personas. La escalada en Podemos es tal que no pueden apearse de las palabras gruesas e hirientes y se llaman lo mismo que Pablo Casado llama a Pedro Sánchez, acaso con más odio. Traidor, se oye que se dicen. Lo otro que llama Casado a Sánchez es cobarde y eso aún no ha saltado a las conversaciones sobre Errejón e Iglesias. A las conversaciones públicas.

El consejo ciudadano de Podemos constató la hondura del cisma, pero el propósito de aquella reunión no era arreglar la ruptura, ni siquiera disimularla. Hubiera sido demasiado y además es imposible. Al menos por ahora. Lo que trataron de conjurar los territorios era el riesgo real de que la crisis madrileña se expandiera a otras partes en este curso electoral. Trataron de asegurar sus expectativas y de paso sus cabezas. O sea, que la desmovilización no cunda en aquellas autonomías en las que los gobiernos dependerán de unos cuantos miles de votos, que pueden ser todas ellas. 

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Material incandescente

En cuanto Juan Guaidó se proclamó a sí mismo presidente, la situación de Venezuela volvió a prender en la conversación política española, de donde nunca llegó a esfumarse. Prendió sometida a sus condiciones, que son la visceralidad y las prisas. Esa misma noche, Pablo Casado corrió a la Puerta del Sol de Madrid para clamar por la libertad y, de paso, pedir el voto para su partido en las elecciones municipales: “Nuestro candidato será el alcalde que acabe con Podemos y con los amigos de Maduro”, dijo al final de su arenga, entre banderas venezolanas.

No hay asunto que la política española, acostumbrada a la tensión de una campaña electoral constante, no baje al barro del reproche y la confrontación partidista, desde la crisis en Venezuela hasta la violencia machista, como ha ocurrido en las últimas semanas. Visceralidad, precipitación y personalismos en la era del click y los bots. Material incandescente. Al país de los consensos, según describían las crónicas que acaban de glosar el cuadragésimo aniversario de la Constitución, se le agotan los espacios de encuentro fuera y dentro de los partidos, que es donde se conspira mejor. El debate público se crispa y por el fondo asoma la extrema derecha. El temor a que Vox se implante en las próximas autonómicas es real.

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Izquierda rota, derecha unida

Hay semanas sin nada y otras lo tienen todo. La misma tarde en que PP y Ciudadanos recibieron los votos de Vox para desalojar al PSOE de la Junta de Andalucía, la izquierda incubaba una doble crisis interna. De la derecha dicen que se fragmenta, que antes se arracimaba toda en torno al PP y ahora se desperdiga, pero cuanto más se fragmenta, más crece la suma de sus partidos. La derecha gobierna la comunidad más poblada de España y Pablo Casado convoca a su partido para “rearmarlo”. Aznar regresa a caballo. En el PP lo más reciente es pasado y lo más pasado es reciente. Rajoy apenas es ya un recuerdo.

De la izquierda no hace falta que digan lo que se ve de lejos: sin la Junta, Ferraz acelera contra Susana Díaz antes de que eventuales derrotas en mayo debiliten al secretario general. En Podemos, la palabra crisis se queda corta. Se trata de una ruptura, una escisión. Al partido de la revolución de las sonrisas le duele lo mismo que a los partidos viejos aunque cumpla sólo cinco años. Dijo Carolina Bescansa que los años en Podemos eran años de perro y uno duraba como si fueran varios.

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