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José Luis Sastre

Nacido en Valencia, licenciado en periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y periodista de la Cadena SER.

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Albert Rivera de Lampedusa

La fragmentación en varios partidos resultó un artificio para que la derecha se uniera más que nunca y ahora que José María Aznar ha desaparecido es cuando más se presenta su espíritu. Los lazos entre PP, Ciudadanos y Vox son sólidos, desde lo económico a lo ideológico, y se comprueban no sólo con las fotografías que se harán en ayuntamientos y comunidades, sino en los papeles que firman por mucho que en esos papeles se hable de violencia intrafamiliar, como si se mataran los hermanos o los primos por asuntos domésticos y no existiera una violencia contra la mujer.

Violencia intrafamiliar, pone en el papel que salva los primeros presupuestos de la Junta de Andalucía y en el que lucen los emblemas de los tres firmantes. Esta misma semana, Vox se apartó en Valencia de la concentración en repulsa por un crimen machista porque no comparte que haya violencia machista. Con ese partido es con el que acuerda el PP. Y Ciudadanos. Con el partido que cuestiona la memoria histórica y revive a Cristóbal Colón.

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La investidura: el 'revival'

Tomen asiento. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias se disponen a abordar la investidura, el PP ejerce de enlace para que Vox y Ciudadanos negocien sin tocarse como sucedió en Andalucía, los socialistas se preparan para darle a la derecha el Gobierno de Navarra y en Podemos el líder ha vuelto a fulminar a su secretario de Organización, esta vez con un golpe de memes y un toque de diccionario: a la destitución la llaman rotación. Esta película ya la hemos visto antes y la prueba consiste en saber si reviven la historia para repetirla o repararla. De momento, desfilan ante sus propios espejos. 

Que vivamos la secuela no supone que sepamos su final, sólo supone que nos vienen grandes dosis de interpretación. Quizá averigüemos antes lo que pasará si nos preguntamos qué es lo que no puede pasar o lo que, al menos sobre el papel, no está claro que se puedan permitir. Preguntémonos cuál sería el coste de las alternativas. Por ejemplo: ¿podrían el PSOE y Unidas Podemos fracasar en la negociación? ¿Tiene Iglesias las fuerzas para exigir ministerios si al desplome en las urnas le siguieron las críticas internas, de Kichi a Espinar? Lo que Sánchez quiere es salvar su investidura, no a Podemos, aunque Podemos le haga falta. 

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Espejismos

A veces la realidad molesta, con lo confortable que resultan las proyecciones, de manera que la semana se ha ido en intentar convencer al personal de que o no se votó o se votó poco o se votó según ellos quieran hacernos ver, con lo que las declaraciones se han llenado de "los españoles han pedido en las urnas esto o aquello" como si el escrutinio hubiera que explicarlo. Será por eso que el recuento se alarga y existen ciudades que, tras tanto lío, no podrían decir con exactitud quién quisieron los vecinos que fuera el alcalde ni el alcalde sabe qué quisieron sus vecinos.

Así, y pese a la caída en las generales, en las europeas, en las autonómicas y en las municipales, Pablo Iglesias ha preferido el silencio, porque ya que ha descubierto la discreción de las negociaciones pretende alargarla también a las explicaciones. En vez darlas, se somete a las incomodísimas preguntas de Juan Carlos Monedero junto al que le hace la autocrítica a los demás y se felicita de lo bien que estuvo en los debates electorales. Qué más dará el recuento, si uno puede proclamarse vencedor en los debates de la tele, donde Albert Rivera se decía imbatible y presumía de su premio de juventud al mejor orador. La cosa iba de eso, entonces, de la lucha entre hermandades universitarias. Si Iglesias se largó el domingo sin comparecer y no se siente en la exigencia de tener que dar explicaciones de fondo, es una quimera esperar la asunción de responsabilidades.

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Las metamorfosis

Lo normal era que al final de la campaña se apagara el ruido y así, sin estridencias, cada cosa regresara a su lugar y a su volumen, pero lo normal se ha vuelto exótico y los lugares no resisten en sus sitios. Este estruendo de ahora, con diputados que aporrean sus escaños y gritan y agitan, no es producto de la campaña sino de la época y se extenderá, como poco, a lo largo de la legislatura.

Se quedará la crispación porque es la manera en que algunos entienden que se crece en política. Sucedió otras veces, pero lo reviven con nuevos bríos porque, si la economía mejora y se disipa en las calles la sensación de conflicto, ellos necesitan sostener la tensión para que les vaya bien y se les vea. La política como escaparate.

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Marchas fúnebres

La muerte invoca lo más noble y, a la vez, lo más hipócrita, de manera que en un funeral desfilan al mismo trote admiradores y detractores del difunto, que los tanatorios andan llenos de exequias increíbles inspiradas por una suerte de tributo reparador contra el que clama, sola en su escaño, Cayetana Álvarez de Toledo, fact checker de magdalenas. Algo así pudo verse en la despedida de Alfredo Pérez Rubalcaba, por donde concurrieron algunos rivales entre elogios a una determinada política que, al poco, estaban dispuestos a bloquear. Tiene su lógica: piden lo que en realidad impiden, que es lo que han hecho esta semana los partidos independentistas. Si no lo bloquearan, no lo podrían pedir.

No hace falta que muera nadie más para aceptar que una parte de la política que se loó en Rubalcaba podía continuar, al menos en lo simbólico, con la designación de Miquel Iceta en la presidencia del Senado, cargo que le obligaba más a la institución que al partido, al Estado que al PSOE. Simbolizaba –a ver si fue eso lo que votaron mayoritariamente los ciudadanos– una voluntad de diálogo, palabra en la que se han envuelto deprisa los independentistas para que no parezca lo que en realidad es.

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¿Está todo votado o por votar?

Se ha escrito que lo del 26 será la vuelta de lo que fue el 28 y los que perdieron entonces alientan la esperanza de la remontada, como si Pablo Casado fuera a ser Jurgen Klopp. No es posible encontrar dos perfiles más distintos: uno es de izquierdas y otro de derechas, uno lidera y otro preside. Lo que pasó la última vez que Casado alzó una copa no fue tanto que él venciese como que perdió su rival, Sáenz de Santamaría. Necesitado ahora de que esto fuera la Champions, el PP entero -no sólo su dirección- medirá su supervivencia en una campaña a la que el CIS ha puesto el marco: no ganará en ninguna comunidad.

Las urnas están a punto de abrirse al tiempo que acaban de cerrarse y, según como les fue en abril, los partidos venden lo que sucederá en mayo. Quienes perdieron tratan de estimular la idea de que todo se tiene que votar todavía, que falta por decir la última palabra. Quien ganó, que es el PSOE, preferiría pensar que está ya todo escrito y sólo le queda afianzar la ventaja que anticipa el CIS. De ahí que Pedro Sánchez considere que puede aparecerse en espíritu, como hizo al citar a Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias para que fueran a la Moncloa a besarle el anillo. Mientras los demás se pelean por la sala en la que comparecen, el presidente en funciones los despacha con un tuit y muchas gracias. Llega a ser una deferencia que se asome a las escalinatas a recibirles.

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Matarse sin suicidarse

Está el mes por empezar pero ya puede resumirse entero, porque se oyeron temprano las dos frases que lo explicarán hasta que se abran de nuevo las urnas. Ni siquiera era mayo cuando la militancia del PSOE coreó en la calle de Ferraz: "Con Rivera no", que es un grito que se impregna y permanece en la sede socialista y allí sigue aunque la gente se marchara, aunque se disipara la euforia de la primera victoria en once años. En el silencio de esos despachos donde se piensan borradores de próximos gobiernos, a veces se oyen voces con la misma letanía: "Con Rivera no". 

¿Y con Pablo Iglesias? José Luis Ábalos ha respondido con el frío de un "acuerdo programático", que no es el gobierno en coalición que reclaman en Podemos. Por si acaso, Ábalos se ha apoyado también en otras expresiones para decir algo sin decir nada: "No decepcionaremos a la militancia". Queda mucho mes, aunque no será en este mes. Este mes lo escribirán con la tensión artificial de la campaña.

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En este extraño silencio

Cinco días después de que lo invocara Albert Rivera, se apareció el silencio de la jornada de reflexión. ¿Lo oyen? Como si hubiéramos vivido los últimos meses junto a una lavadora en permanente estado de centrifugación, la máquina se ha detenido de pronto y, antes de que empiece de nuevo, deja esta sensación de orfandad y vacío, sin ruido al fondo. Se acabaron los mítines y los debates decisivos sobre los debates definitivos. Han puesto la hipérbole en pausa. 

Se diría que no pudimos resistirnos a los capítulos de una serie entera por mucho que criticásemos el guión y ahora nos falta el último episodio. Creímos que era Juego de Tronos y luego vimos los parecidos con La que se avecina, pero aquí estamos, en cualquier caso: esperando a que los indecisos aprovechen para oír este silencio de reflexión, pensando en lo último que supimos de las encuestas, preguntándonos si esa movilización sostenida que se ha visto en los actos de Vox estaba en el radar de los sondeos o si las intervenciones en televisión de los cuatro candidatos principales cambiaron tanto las cosas. 

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De qué sirven los días que no sirven

Será la Semana Santa, será que en campaña llevábamos meses, pero no parece que el calvario de los mítines y las promesas haya alterado mucho el tablero. El episodio más trascendente, y eso lo define todo, ha sido el sainete de los debates y el inexplicable tiro en el pie del PSOE. A decir de los trackings, lo que estaría ocurriendo en los últimos días −conviene hablar en condicional para estas cosas− es que caería Ciudadanos y subiría Vox, que ya compite con sus propias expectativas y puede triunfar fracasando si entra en el Congreso con menos de lo que espera: y quien se propone la reconquista debe de esperarlo todo. 

Resulta que la campaña, que en realidad empezó cuando la moción de censura, aún está por empezar, porque supone un incordio ir a movilizar a la gente −que para eso se hacen estos esfuerzos− cuando la gente está de asueto y desconexión. Con este panorama, les ha dado por decir a los estrategas y articulistas que la competición arrancará en verdad con el debate televisado, que ahora serán los debates televisados, y a partir de ahí los indecisos aparcarían −más condicionales, ya lo siento− sus metafísicas, que son el meollo del asunto. La paradoja está en que esta partida tan ideológica la resolverán (o resolverían) los menos ideologizados, si es que la resuelve alguien y no toca repetir las elecciones. 

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Si uno pudiera

Si uno pudiera dejar de ponerle palabras a la campaña, que ya le ponen muchas, se dedicaría a lo más excéntrico, que es el silencio para pensar el voto. Antes de que el jueves empezara la carrera electoral, estaban todas las palabras puestas y estaban hasta las señales de crispación, con las manos llenas de sangre. Estaban los signos de intolerancia, con el intento de boicot a Álvarez de Toledo en la universidad. Estaba el discurso machista y xenófobo que escarba la tierra para resucitar a don Pelayo. Había otras muchas cosas, claro, pero también la tensión, que es lo que tantos pretenden.

Antes de que empezáramos hubiéramos podido acabar, que ya habían puesto los lemas y también los datos y el 41% que ha declarado que no lo tiene claro es el que menos palabras necesita, porque le van a dar emociones, que no caben en un eslogan ni en un debate. Dijo Pablo Iglesias cuando presentó su moción de censura a Mariano Rajoy que las emociones que movían la política eran tres, igual que las virtudes teologales: la humillación, el miedo y la esperanza. Habrá cambiado el escenario, pero lo de las tres emociones se mantiene.

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