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José Manuel Rambla

Periodista cultural y columnista. Ha sido redactor de Levante-EMV y redactor jefe de Cartelera Turia. Ha colaborado o colabora en medios españoles y latinoamericanos como TintaLibre, Público, El Viejo Topo, Yucatán Hoy, el ecuatoriano República Sur, así como en Valencia City o Valencia Plaza. Su vocación de observador le ha llevado a viajar por Iraq, Nicaragua, México, Argelia, India, Bolivia o Túnez, además de residir en Brasil entre 2012 y 2016. Así mismo, es autor del estudio Quan el temps era sang. Sagunt en les cróniques i relats de la Guerra Civil, publicado por la editorial Alfons el Magnànim.

Fake Games

De pequeño siempre quise tener una de esas elegantes –y trasnochadas ya para entonces– colecciones de soldaditos de plomo. Pero me quedé con las ganas. Así que tuve que conformarme para mis juegos con pequeñas figurillas de plástico con las que dar vida a valientes soldados o intrépidos vaqueros. Con ellas imaginaba lejanas aventuras, mundos paralelos de juguete en los que, por supuesto, en aquel tiempo no había cabida para las figuras de mujer y solo se abría la puerta a la presencia del “otro” con algunos indios de penachos tristones por la grisura de los materiales de fabricación. Los mismos tonos grises y verdes que vestían la policía y la guardia civil que reprimía las protestas obreras de mi pueblo en aquellos años finales de la dictadura, lo que complicaba nuestro afán de chiquillos por evadirnos de la realidad y agudizaba nuestra imaginación infantil para conseguirlo. Unos años más tarde, con la muerte de Franco, nos llegarían los primeros madelmanes que con su color articulado superaban la rigidez de los viejos juguetes como anunciando los nuevos tiempos democráticos que se estrenaban. Pero esa es otra historia.

Estos días se puede ver en el IVAM la icónica imagen del miliciano caído captada por Robert Capa o Gerda Taro convertida, precisamente, en una de aquellas figurillas de plástico que acompañaron mi niñez. La propuesta surge del artista Fernando Sánchez Castillo que nos invita a reflexionar sobre la presencia de la memoria en esas cosas intranscendentes que, como los humildes juguetes, acompañan nuestras vidas. O nos recuerdan otras vidas que pudieron ser, como ese pequeño miliciano de hojalata fabricado en la antigua juguetera de Ibi durante la guerra civil. Fue el único juguete que la fábrica, bajo control obrero, pudo construir mientras duró la contienda. Para su diseño se aprovechó el viejo molde de un policía al que se le eliminó la porra para transformar aquel brazo represivo en el emancipador puño alzado del miliciano: toda una metáfora utópica.  La pieza incluida en la muestra de Sánchez Castillo es la única que se conserva, lo que la convierte en testigo y testimonio de unos sueños colectivos que el franquismo se apresuró a borrar con violencia y la transición no estuvo en condiciones de ni tan siquiera recordar.

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El soviet de los pajes

Es cuestión de días, apenas unas horas: España está a punto de vivir la operación más audaz de su historia. También la más terrorífica. Y sin embargo los españoles, que todavía andan espolsándose el confeti de Nochevieja, parecen adormecidos, como si aún no se hubieran recuperado de la ingesta de cava, incapaces de compender lo que se avecina. Y eso a pesar de los desvelos de Cayetana Álvarez de Toledo por prevenirnos ante la “investidura contra los cuatro Reyes”. Sí, los cuatro, aunque por suerte la seguridad de Felipe VI durante la Pascua Militar parece garantizada por el arrojo del general Fulgencio Coll.

Por desgracia, no ocurre lo mismo con Gaspar, Melchor y Baltasar, sumidos en una indefensión que esperan aprovechar los felones para llevar a cabo su golpe de gracia. El Día D será este domingo. La Hora H, el arranque de las cabalgatas de los Reyes Magos que en su omnipresencia recorrerán las calles de hasta el más minúsculo pueblo de España. Será en ese preciso momento cuando, aprovechando la cortina de caramelos lanzados desde las carrozas y la algarabía de los niños ante la lluvia de dulces, un grupo de despiadados pajes adiestrados en Cuba y Venezuela, ejecutarán su diabólico plan para reducir y detener a los Magos de Oriente. Neutralizados los tres regios objetivos, todo el país quedará bajo el control de una siniestra red de soviets de pajes. Lo que vendrá después nos lo adelantaban estos días algunos columnistas desde las páginas virtuales del diario de Pedro J. Ramírez: el martes se producirá la investidura de Pedro Sánchez, comenzando así la implantación de un nuevo “régimen revolucionario socialista” que Pablo Iglesias, desenmascarado ya como el “Lenin en la Moncloa”, se encargará de llevar hasta sus últimas consecuencias.

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Greta Thunberg en el portal de Belén

Ya nos lo advertía Perogrullo: los tiempos cambian. En realidad Perogrullo, fiel a su sabiduría primaria, nunca nos descubre nada nuevo pues, al fin y al cabo, si algo caracteriza al tiempo es su perpetua mutación. Pero ya se sabe que a veces no viene mal recordar lo evidente. Los tiempos cambian. Antes, por ejemplo, el grito de “¡las mujeres y los niños primero!” trataba de poner orden en el pánico de un naufragio. Hoy, sin embargo, en el naufragio político, ambiental  y social que vivimos, aquella vieja consigna ha pasado a ser enumeración de los enemigos a batir para esos sectores carpetovetónicos que  andan tan crecidos. “¡Las mujeres y los niños primero!”, parece gritar la ultraderecha mientras proyecta sus vómitos contra el feminismo o caen granadas de mano en un centro de menores.

La virulencia de esos ataques resulta chocante pues las mujeres y los niños asumen en el imaginario colectivo algunas purezas atávicas, y si algo fascina a un reaccionario son las purezas atávicas, aunque más las de la patria que las de la matria. En cualquier caso, la mujer entronca con la tierra, con el misterio del origen de la vida. Y los niños encarnan la inocencia, la ingenuidad, la ausencia de malicia. Ambas purezas se han fusionado en los últimos meses en el nombre propio de una niña, el de Greta Thunberg, la nueva Juana de Arco de la alerta climática.

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Oh, Satán

Hace muchos años, cuando la adolescencia despierta esas primeras inquietudes vitales que si no les pones remedio te amargan el resto de la vida, un amigo y yo decidimos alegremente firmar un pacto con el diablo. Al ignorar por completo cómo era eso de invocar al demonio y como yacer con un macho cabrío era una perspectiva que no nos terminaba de seducir, optamos por dejarnos llevar por nuestras primeras influencias literarias. Así que animados por Baudelaire y unos tragos de absenta, comenzamos a recitarle letanías al Ángel más bello y sabio, al Príncipe del Exilio: “Ô Satan, prends pitié de ma longue misère!”

Patético, pero cierto. Es lo que tiene el mal de letras, que si te descuidas te deja en la más terrible de las evidencias; y si no que le pregunten al bueno de Alonso Quijano o a la pobre señora Bovary. Porque resulta que al final todo es más sencillo, incluso para entrar en comunicación con Belcebú: no es necesario firmar con sangre, ni levantar cruces invertidas, ni sacrificar vírgenes o niños, ni recitar letanías de Baudelaire; basta con rellenar un formulario y presentarlo en el registro correspondiente. Es lo que ha hecho un grupo de jóvenes universitarios que acaban de constituir la primera asociación española de satanistas. Y hasta han realizado ya un primer cónclave, con carnosas tentaciones y manzanas del pecado incluidas.

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Decepcionados

Estoy decepcionado: se anuncia un pacto de gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos, pasan los días y todavía no ha ardido ninguna iglesia. Tampoco se han nacionalizado las empresas de Amancio Ortega para comenzar a producir monos azules con los que vestir milicianos prêt-à-porter. Y la monarquía ni se ha inmutado. Un desastre de acuerdo. Es verdad que el gobierno todavía no se ha formado, pero, vamos a ver, ¿qué le hubiera costado a Pedro Sánchez hacer algún gesto simbólico para convencernos de que su giro “progresista” va tan en serio como su anterior viraje al centro? Por ejemplo, haber matriculado a la princesita Leonor en un colegio público.

Así que comprenderán fácilmente mi decepción, hasta mi enfado, ante semejante acto de renuncia de la izquierda. Incluso pensé en tirar la toalla, dar por perdida la madre de todas las batallas ideológicas y hacerme anacoreta, que es lo más parecido a echarse al monte que la actual correlación de fuerzas nos permite. Si no lo he hecho es por este carácter mío tan primario que se consuela con pequeñas cosas, como ver a otros todavía más decepcionados e indignados que yo. Soy así de simplón.

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Ken Loach y la melancolía rebelde

Ken Loach ha conseguido hacer de la combinación entre el melodrama y el materialismo histórico un arte. Por eso, sus películas son un puñetazo en la conciencia. Y en algunas ocasiones en la boca del estómago, que duele más. Eso es lo que consigue con su último filme, Sorry We Missed You. Cuando las luces de la sala se encienden tras haber sido testigos de la historia de este obrero, reconvertido en repartidor de paquetes, de su esposa, cuidadora de enfermos y ancianos, y de sus adolescentes y desorientados hijos, es difícil que la mudez no se apodere del espectador. Posiblemente estemos ante la película más dura del veterano cineasta trotskista. Si hasta ahora Loach nos dejaba un resquicio para esa bocanada de aire esperanzadora frente a la asfixiante realidad del nuevo capitalismo salvaje que nos tiene rodeados, aquí parece haber desaparecido la más mínima salida. El sistema habría logrado la cuadratura del círculo, el sueño perfecto del capitalismo: que sea el propio explotado quien se autoesclavice gracias a las presuntas economías colaborativas. Y que todas las redes de solidaridad salten por los aires por una competencia despiadada entre desdichados “emprendedores”, o bien porque el vecino deja de ser tu igual para transformarse en ese cliente al que no le importan tus miserias sino la efectividad de tu servicio de entrega. Es el individualismo extremo que nos deja a la intemperie, sin el cobijo siquiera de una familia que se desmorona entre el agotamiento y el desconcierto de sus miembros. Y la mudez se apodera de nosotros porque de una forma u otra acabamos sintiéndonos como ese repartidor, desesperado y apaleado, que conduce su furgoneta a ninguna parte que no sea su propia desgracia, condenado a estrellarse contra el muro que espera al final del callejón sin salida donde nos han encerrado.

Todo ello hace de Sorry We Missed You una película demoledora. Más atroz aún entre nosotros después de que el azar haya hecho coincidir su estreno con la sentencia del Tribunal Constitucional que amenaza con dinamitar definitivamente los derechos laborales de este país. Con su decisión de avalar el despido, incluso por ausencias del trabajo justificadas por enfermedad, el máximo tribunal certifica la agonía de la clase obrera. Una agonía que, a partir de este implacable 155 a los derechos sociales, no eximirá a sus cada vez más precarizados miembros de tener que trabajar hasta el último aliento.

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La órbita del centro

Entelequia para unos, paraíso sociológico para otros; el centro se ha convertido en la obsesión de todos. Mariano Rajoy trataba de adularlo apelando a la “mayoría silenciosa” que condensaba su sabio sentido común un callar estoicamente frente a esa minoría levantisca siempre dispuesta a exigir ese derecho que las tijeras presupuestarias se apresuraban a cortar en bien de la macroeconomía. Ahora Pablo Casado, después de meses abominando de él, se deja crecer la barba rajoniana con la esperanza de recuperar el favor de ese silencioso centro. Y lo mismo hace Pablo Sánchez, que tras sus devaneos largocaballeristas, asume la terminología del exregistrador de la propiedad de Santa Pola para reivindicar a la “mayoría cautelosa”. Tras el ocaso de los grandes relatos ideológicos, conservadores y socialdemócratas flirtean con las mayorías sociales a partir del matiz: unos las prefieren mudas y los otros, más tolerantes, que no hablen más de la cuenta.

Esta obcecación por el centro no es nueva. Nació con la restauración democrática propiciada, según la versión oficial, por un rey y un duque centrista. Eliminados del relato los obreros apaleados, los comunistas fusilados y encarcelados, y hasta borrados del mapa en Suresnes los viejos socialistas exiliados, el afán por conquistar el centro era la lucha por recuperar una especie de estado virginal, de placidez a resguardo de extremismos imaginados, de legitimación colectiva que el grupo Prisa se encargaba de remarcar. Pero sobre todo el centro se percibía con un comodín con el que afrontar el gran póker electoral, la carta más preciada cuando no se tenía la capacidad de esconder algún as en la manga.

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El insomnio electoral

Dicen los expertos que al tercer día sin dormir una persona normal comienza a sufrir alucinaciones y a perder el contacto con la realidad. Supongo que lo que sucede en la cabeza de esa persona normal acontece también en el complejo cerebro de un presidente, aunque sea en funciones. Así que imagino el calvario por el que ha debido pasar Pedro Sánchez desde que en la noche del pasado 28 de abril comenzó a tener dificultades para conciliar el sueño solo de pensar que en su consejo de ministros podría colarse algún perroflauta. No es para menos, imaginarse compartiendo mesa cada viernes con las rastas de Alberto Rodríguez le quitaría el sueño a cualquiera. Y más a él, a quien la prensa italiana había bautizado como Pedro El Bello.

Si no hubiera estado sometido a tanta tensión, Sánchez podría haber ido a un terapeuta que le ayudara a comprender lo inconsistente de sus desvelos. Tal vez así, él y Pablo Iglesias podrían haber avanzado en las negociaciones asumiendo la táctica y la estrategia amorosa que defendía Mario Benedetti. Al menos el líder morado ya había interiorizado los consejos estratégicos que recomendaba el poeta: Mi estrategia es / que un día cualquiera / no sé cómo ni sé / con qué pretexto / por fin me necesites. Les fallaba, eso sí, los aspectos tácticos defendidos por el uruguayo: Mi táctica es / mirarte / aprender como sos / quererte como sos.

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Correlación de fuerzas

Hubo una vez un referéndum, hace mucho, mucho tiempo, que afectaba a la integridad territorial de España. Frente a él, Mariano Rajoy se mostró tajante ante los periodistas. Aquella consulta, afirmó, no tenía “ningún valor legal” y su resultado adolecía de una total “falta de credibilidad”. Pese a ello, Rajoy no anunció el envío miles policías y guardias civiles patrocinados por Piolín, ni ningún fiscal ordenó detenciones, ni se amenazó con tomar medidas que restringieran el autogobierno de aquel territorio, ni se incitó a la población a manifestar su patriotismo con banderas por las calles pese a las presiones de algunas minorías fascistoides. No, Rajoy, consciente de la complejidad de un conflicto que se remontaba en el tiempo, aseguró que lo que de verdad importaba era solucionar aquel contencioso y por eso defendió con firmeza la única alternativa posible: el diálogo. Había que “continuar esas conversaciones con determinación y con cautela”, sentenció.

El párrafo anterior, obviamente, no se refiere a Catalunya, ni siquiera como un ejercicio futuro de política ficción. Aquellas declaraciones tuvieron lugar en noviembre de 2002, cuando el hoy presidente de gobierno ocupaba el cargo de vicepresidente en el ejecutivo del ultramontano José María Aznar. También aquel referéndum fue real. Lo celebraron los ciudadanos del Peñón de Gibraltar que mayoritariamente se pronunciaron en contra de una soberanía compartida con España. Y la voluntad de diálogo también parece firme y real: 15 años han transcurrido desde entones sin que nadie en este país se haya rasgado las vestiduras ni sienta herido su orgullo patrio.

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Cataluña y el piolet de Trostky

Ha vuelto a ser noticia el famoso piolet con el que Ramón Mercader asesinó a Trotsky. Desaparecido durante décadas, el mortífero artilugio sale ahora a la luz como la pieza estrella del futuro museo del espionaje que prevé inaugurar en Washington un coleccionista privado. Y con él también ha regresado la polémica sobre los motivos que llevaron al agente estalinista a utilizar tan peculiar artefacto para su atentado. Por lo común, la mayoría de las hipótesis coinciden en subrayar que Mercader buscaba un arma contundente, capaz de garantizarle el éxito de su acción, y silenciosa para proporcionarle alguna opción de huida. Sin duda se trata de teorías bien fundadas. Sin embargo, eluden un aspecto crucial en esta truculenta historia: el origen español y catalán del asesino.

Porque las Españas -como las llamaban los antiguos con mejor criterio que los modernos- casan mal con las discretas y sofisticadas armas de los espías de película. Hasta las efectivas pistolas parecen encajar poco en un imaginario que desde el romanticismo quedó atado al primitivo trabuco. En España, las Españas, la tierra de Puerto Hurraco, la amenaza fatal no sabe de sutilezas y se siente más cómoda en el garrotazo goyesco. Por su parte Cataluña, a pesar del mítico seny, no es inmune a ese atavismo que incluso reivindica en su himno: bon cop de falç. Y si fundimos en una única pieza aquel garrote y esta hoz, el resultado se asemeja en gran medida al piolet elegido por Mercader.

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