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José Manuel Rambla

Redactor del diario Levante-EMV desde 1997 a 2010. Ha colaborado en diferentes medios valencianos, españoles y latinoamericanos como la L’Informatiu.com, Cartelera Turia, El Viejo Topo o Yucatán Hoy. Su vocación de observador le ha llevado a viajar por Irak, Nicaragua, Chiapas, Argelia, India, Marruecos o Túnez. Desde marzo de 2007 mantiene el blog A este lado del paraíso. En la actualidad reside en Brasil desde el año 2010.

Correlación de fuerzas

Hubo una vez un referéndum, hace mucho, mucho tiempo, que afectaba a la integridad territorial de España. Frente a él, Mariano Rajoy se mostró tajante ante los periodistas. Aquella consulta, afirmó, no tenía “ningún valor legal” y su resultado adolecía de una total “falta de credibilidad”. Pese a ello, Rajoy no anunció el envío miles policías y guardias civiles patrocinados por Piolín, ni ningún fiscal ordenó detenciones, ni se amenazó con tomar medidas que restringieran el autogobierno de aquel territorio, ni se incitó a la población a manifestar su patriotismo con banderas por las calles pese a las presiones de algunas minorías fascistoides. No, Rajoy, consciente de la complejidad de un conflicto que se remontaba en el tiempo, aseguró que lo que de verdad importaba era solucionar aquel contencioso y por eso defendió con firmeza la única alternativa posible: el diálogo. Había que “continuar esas conversaciones con determinación y con cautela”, sentenció.

El párrafo anterior, obviamente, no se refiere a Catalunya, ni siquiera como un ejercicio futuro de política ficción. Aquellas declaraciones tuvieron lugar en noviembre de 2002, cuando el hoy presidente de gobierno ocupaba el cargo de vicepresidente en el ejecutivo del ultramontano José María Aznar. También aquel referéndum fue real. Lo celebraron los ciudadanos del Peñón de Gibraltar que mayoritariamente se pronunciaron en contra de una soberanía compartida con España. Y la voluntad de diálogo también parece firme y real: 15 años han transcurrido desde entones sin que nadie en este país se haya rasgado las vestiduras ni sienta herido su orgullo patrio.

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Cataluña y el piolet de Trostky

Ha vuelto a ser noticia el famoso piolet con el que Ramón Mercader asesinó a Trotsky. Desaparecido durante décadas, el mortífero artilugio sale ahora a la luz como la pieza estrella del futuro museo del espionaje que prevé inaugurar en Washington un coleccionista privado. Y con él también ha regresado la polémica sobre los motivos que llevaron al agente estalinista a utilizar tan peculiar artefacto para su atentado. Por lo común, la mayoría de las hipótesis coinciden en subrayar que Mercader buscaba un arma contundente, capaz de garantizarle el éxito de su acción, y silenciosa para proporcionarle alguna opción de huida. Sin duda se trata de teorías bien fundadas. Sin embargo, eluden un aspecto crucial en esta truculenta historia: el origen español y catalán del asesino.

Porque las Españas -como las llamaban los antiguos con mejor criterio que los modernos- casan mal con las discretas y sofisticadas armas de los espías de película. Hasta las efectivas pistolas parecen encajar poco en un imaginario que desde el romanticismo quedó atado al primitivo trabuco. En España, las Españas, la tierra de Puerto Hurraco, la amenaza fatal no sabe de sutilezas y se siente más cómoda en el garrotazo goyesco. Por su parte Cataluña, a pesar del mítico seny, no es inmune a ese atavismo que incluso reivindica en su himno: bon cop de falç. Y si fundimos en una única pieza aquel garrote y esta hoz, el resultado se asemeja en gran medida al piolet elegido por Mercader.

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Los emprendedores y la huida

Desde que nos transformaron por decreto en emprendedores todos andamos locos por emprender. Cualquier cosa, algo sencillo que nos permita ir tirando, si es posible aprovechando las virtudes de las nuevas redes sociales con alguna aplicación de mendicidad online, por ejemplo. O convertirnos en telemamporreros, telechaperos o telelimpiadores de urinarios virtualmente públicos. Cualquier cosa que nos reconfortara un poco esa moral que ya debe de andar por los subsuelos y le alegrara los datos de empleo a la ministra Fátima Báñez, como alegra al cuerpo un amor de verano. Vamos, que nos conformamos con emprender lo que sea. Porque si pudiéramos elegir -es decir, si realmente pudiéramos hacerlo- lo que de verdad nos gustaría a la inmensa mayoría de nosotros es emprender la huida.

De hecho, este afán por la huida es la auténtica transversalidad de estos tiempos, aunque Laclau todavía no haya reparado en ello. Los ricos los primeros, por supuesto. Porque, veamos, ¿con cuántos ricos nos encontramos por la calle, paseando al perro o esperando pagar en el chino? Ninguno. Y sin embargo los ricos existen. Incluso los muy, muy ricos. Solo que para el resto de los mortales son como la recuperación económica, que solo la vemos en las estadísticas. La última oportunidad de vislumbrarlos nos la ha facilitado el Ministerio de Hacienda al publicar los datos definitivos de los contribuyentes en 2015.  Según este informe, 686.616 de nuestros vecinos, el 3,76% de todos los españolitos que hicimos aquel año la declaración del IRPF, declararon unos ingresos superiores a los 60.000 euros.

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Rajoy, Sánchez y el ronquido de los colibrís

Pocos pájaros consiguen despertar una sensación de alegría tan delicada como el colibrí o picaflor. Su diminuto cuerpecito, su trepidante aletear entre las flores, la intensidad brillante de su plumaje, todo ello le convierte en la evocación perfecta del paraíso, de la paz infinita, de la felicidad sin tiempos. Pero hace mucho que sabemos que detrás de la belleza más frágil siempre acaba rondando algún defecto que viene a alterar nuestras idealizaciones. Pues bien, el pequeño colibrí no iba a ser una excepción. Porque hoy descubrimos para nuestra decepción que el gracioso pajarillo también tiene su lado oculto, no tanto como el simpático pingüino aficionado a la necrofilia, pero casi. Y es que, según han logrado desvelar unos abnegados ornitólogos, nuestro entrañable colibrí ronca.

La culpa de todo la tiene el torpor, ese extraño letargo en el que entran algunos animales hasta reducir casi a la nada su más mínima actividad metabólica. Al entrar en esa fase, el colibrí se sitúa al borde mismo de la muerte de la que solo puede escapar aspirando una buena dosis de aire, acción desesperada responsable de ese peculiar ronquido, tan impropio a su apariencia de fragilidad como el estruendoso eructo con que algunos infantes dan por concluida su satisfacción corporal tras una maternal lactancia.

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Los niños de Fátima, Kichi y san Pedro Sánchez

Desde que Nietzsche decretó la muerte de dios siempre he pensado que lo mejor que podría hacer la iglesia católica era reconvertirse en una empresa de pasatiempos. El éxito del negocio estaría asegurado. Porque, vamos a ver, ¿cómo puede competir el más sesudo crucigrama, el sodoku más algorítmico o el más endiablado cubo de Rubik con rompecabezas tan perfectos como la Santísima Trinidad, por poner un ejemplo? El día que Edipo fue capaz de descifrar su famoso enigma, la Esfinge tuvo que cerrar su tenderete con tamaño disgusto que acabó suicidándose. Pero, ¿qué pasa con los misterios de la fe? Pues eso, que son tan insondables que no los desvela ni dios.

Todo esto viene a cuento por la reciente canonización por el papa Francisco de Jacinta y Francisco Marto, los dos pastorcillos que hace un siglo aseguraban haber visto a la virgen en Fátima. El vicario de Cristo más laico que ha tenido hasta la fecha la autoproclamada Santa Madre Iglesia conseguía así un golpe de efecto que descolocaba a sus poderosos enemigos en el Vaticano. El problema es que sin pretenderlo ha dado pie a un debate teológico mucho más apasionante que el juego de la oca. Porque, veamos, si un santo es aquel que nos proyecta una vida ejemplar, ¿qué ejemplo pueden darnos un par de niños que murieron poco después de la pretendida visión? ¿El de su inocencia? ¿Pero acaso no son puros todos los niños a los ojos de dios, como se preguntaba con escepticismo un teólogo portugués?

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La memoria olvidada

Nos dice el Diccionario de la Real Academia en su primera acepción de la palabra memoria que esta vendría definida por la facultad psíquica que nos permite retener y recordar el pasado. También nos recuerda en otra que para la filosofía escolástica se trata de una de las potencialidades del alma. En total, el diccionario contempla catorce acepciones y, aunque en alguna de ellas no falta referencias indirectas a significados que superan la básica relación entre una persona y el pasado, lo cierto es que la academia restringe nuestra relación con el ayer al mero ámbito del individuo.

Esta limitación no deja de ser significativa en un país que lleva años discutiendo sobre la memoria compartida, como estamos viendo estos días con la revisión del callejero de Valencia. Esta otra dimensión nos sitúa ante un terreno diferente, el colectivo, cuyos resortes para articular el recuerdo no dependen tanto de facultades psíquicas como de condicionantes políticos. Y la política es por esencia el territorio del conflicto, de la confrontación de intereses contrapuestos, de las relaciones de fuerza y de poder. Si en la memoria individual Freud nos ayuda entender las motivaciones que nos conducen a recordar u olvidar nuestro pasado, para la memoria colectiva nos siguen resultando mucho más útiles las herencias de Carlos Marx.

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De la moción de censura a la loción de ternura

Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

Pero las artes de la transmutación no son monopolio de Zeus. La derecha española demostró sus habilidades en este campo al pasar sin despeinarse del nacionalcatolicisimo a la democracia. Y en ese travestismo sigue empeñado el PP, ahora a cuentas de la corrupción, como hemos podido comprobar estos días con la milagrosa transformación de Carlos Fabra que, gracias a la pérdida de algunos quilos, un mínimo cambio en el peinado y la sustitución de las gafas oscuras por un ojo de cristal, ha logrado ocultar su imagen de discípulo aventajado de Corleone tras un apacible look de viajante de comercio.

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Afrorismos republicanos

“Es más fácil para una hormiga transportar una montaña que mover a su reina”. Con esta sabia sentencia los miembros de la etnia Mongo de la República Democrática del Congo nos recuerdan lo complicado que suele resultar hacerse oír por nuestros gobernantes y también el titánico esfuerzo que es necesario emplear para intentar cambiar las malas cosas que dependen de palacio. Titánico y demasiado a menudo infructuoso esfuerzo, añadiría.

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La androide que me amó

El pasado viernes, Zheng Jiajia se sintió la persona más feliz de los más de 9 millones de habitantes de la ciudad china de Hangzhou. Y no era para menos pue se trataba del día de su boda. No es que fuese muy mayor, pero con 31 años a Zheng ya comenzaban a pesarle los continuos comentarios maliciosos de amigos y familiares que le auguraban una larga vejez de soltería, especialmente después de sus últimos desengaños amorosos. Se sabía retraído y no especialmente agraciado, así que la perspectiva de una vida en soledad era una obsesión que comenzaba a perseguirle en sus no menos solitarias noches. Por eso el viernes estaba exultante observando de reojo la felicidad de su madre o la alegría de sus amigos al ver desmentidas sus tristes predicciones. Y también, claro, gozoso de ver a su lado a la pequeña Yingying. Tan frágil, tan bella, cubierta por el pañuelo rojo que marca la tradición, tan decidida a pronunciar aquel definitivo sí quiero, como si aquellas dos palabras fueran las que dieran sentido a su vida. Cuando las escuchó Zheng se sintió el centro de aquella moderna urbe a orillas del río Qiantang. Más aún, el centro del mundo entero.

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Rajoy y los noruegos

Mariano Rajoy, como buen gallego, se siente a gusto en esos territorios indeterminados en los que ni se va ni se viene. Ignoro por qué lo gallegos tienen esa peculiaridad. Tal vez sea por la acumulada inmigración sobre sus espaldas, que les hizo confiar más en los trayectos que en la dirección final de sus destinos. O su condición de habitantes del Finisterre, ese confuso espacio de encuentro entre lo que empieza y lo que termina que desorienta nuestros sentidos. Lo cierto es que, sea la causa que sea, los gallegos son así y Rajoy no iba a ser la excepción.

Eso explicaría la razón por la que el presidente se encuentra más seguro en sus reflexiones metafísicas, que algunos erróneamente han tomado por lapsus, que en la concreción de sus planteamientos. Es por eso que el inquilino de la Moncloa está como pez en el agua cuando nos sorprende con pensamientos de compleja hermenéutica como “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles”, o con cualquier otra de sus famosas sentencias que intentan en vano desentrañar los más sabios cabalistas. Por el contrario, cuando Rajoy desciende al terreno farragoso de lo concreto tiene una irrefrenable inclinación a meter la pata, por no recurrir a una descripción más escatológica de su comportamiento.

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