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José Miguel Contreras

Periodista. Catedrático de Comunicación en la Universidad Rey Juan Carlos. Especialista en Comunicación Política. Ha desarrollado una amplia carrera en prensa, radio y televisión. Trabajó como programador en diferentes cadenas como Canal+ o Telemadrid. Creador de GECA, empresa dedicada a la investigación aplicada al mundo audiovisual. Socio fundador de la productora Globomedia. Ha sido productor de una larga serie de programas televisivos de diferentes géneros como El Club de la Comedia, 59 segundos, El Objetivo de Ana Pastor, El Intermedio, etc. Fue el creador y consejero delegado de La Sexta. En la actualidad colabora como analista político en La Sexta y preside Lacoproductora.

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El vandalismo como arma política

Todo lo ocurrido en torno a los incidentes vividos esta semana en Cataluña ha cambiado la mirada que teníamos sobre la vida política en España. Hemos asistido a sucesos desconocidos. Aún es pronto para tener una mínima perspectiva de lo que ha pasado, de sus causas y de sus consecuencias. La amenaza de nuevos incidentes sigue presente, lo que dificulta aún más poder asimilar lo acaecido. El movimiento independentista catalán había marcado la no violencia como uno de sus puntales. La desastrosa gestión política que propició la actuación de las fuerzas de orden público el 1-O de 2017 había quedado como el principal paradigma de un manifiesto y descomunal error.

Ahora, grupos de manifestantes han desatado una ola de vandalismo callejero que a muchos nos ha obligado a frotarnos los ojos frente al televisor. Falta aún comprobar si estamos ante unos hechos coyunturales que irán decayendo en intensidad o ante el comienzo de una descontrolada ola de imprevisible futuro. Para dilucidar esta disyuntiva, necesitamos entender quién ha propiciado este salto cualitativo en la reivindicación independentista. Las investigaciones policiales esperemos que puedan arrojar luz sobre el origen de lo sucedido y de quienes han promovido y dirigido estos acontecimientos que no han sido espontáneos. No parece complicado adivinar dónde está el germen y algunos indicios ya existen al respecto.

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Vandalismo intelectual

Vivimos días de especial convulsión. Todo parece haber coincidido para complicar aún más el espíritu de convivencia cordial que algunos echamos de menos. No se trata de caer en el buenismo simplista. Es puro pragmatismo. Se solucionan mucho mejor los problemas mediante el acuerdo que mediante el conflicto. Así pues, lo más útil que podríamos hacer es desterrar la imposición unilateral de nuestras ideas como norma de conducta. Todo acuerdo necesita entender y aceptar las razones de aquellos que piensan distinto a nosotros.

Peter Ditto, profesor de la UCI (University California Irvine), mantiene una interesante teoría respecto a la capacidad de la gente para entenderse en el debate público. Según su planteamiento, el problema es que creemos que pensamos como científicos, cuando en realidad lo hacemos como abogados. La diferencia es muy significativa. Un científico no prejuzga. Analiza los datos en su laboratorio y según lo que descubra, obtiene una conclusión. Un abogado actúa a la inversa. Parte de la conclusión a la que tiene que llegar y se dedica a buscar argumentos que la respalden. Aquí surge el error. Amontonamos juicios supuestamente presentados como argumentos políticos con la única pretensión de reforzar aquello que pensamos de antemano.

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Vox busca pelea y sabe lo que hace

En la izquierda no existe división en la condena al franquismo. En la derecha, que esta cuestión se convierta en tema central de la campaña puede crear un serio problema. Vox lo tiene claro. Va a recuperar la bronca al respecto hasta sus últimas consecuencias, tal y como han demostrado estos días. Rocío Monasterio llevó la presión al PP en la Asamblea de Madrid. Ortega Smith cargó de forma miserable contra las 13 Rosas en TVE. Finalmente, en el mitin de ayer, Abascal calificó la historia del PSOE como si de una organización criminal se tratara. Es más que evidente que la formación ultraderechista ha decidido buscar la provocación al máximo nivel en esta delicada materia. Tiene una explicación. Tienen una estrategia.

Todas las encuestas coinciden en que Vox puede sufrir un significativo descenso en su apoyo popular el 10 de noviembre. Si así sucediera, significaría la quiebra de la tendencia creciente que supuso su irrupción en el arco parlamentario en España. Cabría pensar en que este resurgir de la ultraderecha se quedará en un fenómeno puntual derivado de la delicada coyuntura vivida por el PP, tras la moción de censura que acabó con el gobierno de Rajoy. Vox necesita reaccionar y no tiene mucho tiempo. Su mayor problema es de discurso. Le resulta complejo encontrar mensajes identificadores que justifiquen la utilidad de su existencia. Todos los estudios demoscópicos coinciden en que hay una parte de sus electores que se plantean volver a apoyar al actual Partido Popular, a la vista de que la fragmentación de la derecha beneficia la posibilidad de que los socialistas se mantengan en el poder.

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Cuando las condiciones son favorables

La irrupción de Más País a las puertas de una nueva convocatoria electoral supone un enredo añadido a la intrincada oferta de alternativas ideológicas. Una perspectiva interesante tiene que ver con los cambios que la aparición de este nuevo partido ha provocado en el campo de la comunicación política, particularmente en el de los argumentos en los que los candidatos apoyan la fuerza de su discurso público. Los líderes expresan lo que pueden y no lo que les gustaría. Los condicionantes que les rodean suelen limitarles el campo de actuación mucho más de lo que cabe imaginar. Al final, cada uno aborda la realidad sin excesiva libertad de movimientos, debido a las múltiples ataduras en las que se convierten los problemas que van surgiendo. Este tipo de estrategias condicionadas tienen que ver tanto con aspectos puramente operativos como con valores intangibles.

Un ejemplo: en el primer apartado, el de las ataduras operativas, podemos observar cómo el salto a la batalla electoral nacional de Íñigo Errejón ha estado marcado por la peculiar coyuntura en la que estamos inmersos. Parece claro que Más País no cuenta con una estructura suficientemente sólida como para abordar la batalla en condiciones similares a otras fuerzas ya asentadas. Ha resultado imposible organizar candidaturas en todas las provincias con un mínimo de control. Ante este imponderable, observamos cómo Errejón intenta transformar la limitación en un valor político. Según su discurso, el partido renuncia a presentarse en aquellas circunscripciones en las que una mayor fragmentación en las fuerzas progresistas provocaría la inutilidad de un buen número de votos. Añade que podrían ser absolutamente necesarios en una contienda tan igualada como la actual, en términos de bloques.

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¡Me aburro! ¿Podemos avanzar?

He trabajado muchos años en equipos de creatividad intentando desarrollar contenidos televisivos. Muchas de las reuniones estaban centradas en la búsqueda de situaciones de comedia. Tenían que ser originales, inteligentes y divertidas. No era fácil. Cuando cada uno exponía sus ideas teníamos una ley inquebrantable: prohibida la crítica si no iba acompañada de una propuesta alternativa. Es fácil juzgar negativamente lo que hacen otros. Además, resulta poco edificante. Lo realmente útil es ser capaces de mejorar lo que hay.

Asistimos estos días a la inagotable justificación de los diferentes partidos políticos sobre la evidente anomalía que supone tener que volver a votar seis meses después de haber alcanzado una participación histórica en las urnas el pasado 28 de abril. El ejercicio argumental de cada uno es más o menos elocuente, pero en todos los casos se elude el razonamiento fundamental. Todos los partidos han tomado conscientemente la decisión que han considerado mejor, según sus particulares intereses partidistas. En todos los casos, ha primado la defensa de sus legítimos principios frente a la voluntad de contribuir a que existiera un gobierno operativo en nuestro país. Creo que ha llegado el momento de pensar en ir acabando la discusión.

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El final

Parecía imposible, pero por fin ha llegado el final de esta historia. En las próximas horas se dilucidará cómo termina uno de los episodios más enrevesados de la política española en los últimos años. Mañana martes, Pablo Iglesias debe tomar la decisión de si abre la puerta a la investidura de Pedro Sánchez o la vuelve a bloquear. Esta decisión va a depender lógicamente de lo que haga o deje de hacer el líder socialista. Cabe suponer que debería realizar un último movimiento que supere la negativa a la extraña oferta de la "coalición a prueba" propuesta desde Unidas Podemos. Esta alternativa de Iglesias parecía más un intento de forzar la réplica de Sánchez que una posición finalista.

Desde la reinstauración de la democracia hasta hoy, hemos aprendido que la política ha acertado cuando ha convertido en realidad legislativa lo que era previamente una extendida demanda social. Desde la legalización de los partidos políticos emprendida por Suárez hasta los significativos avances sociales promovidos estos últimos meses gracias al apoyo de Unidas Podemos al Partido Socialista. Por el contrario, la política ha fracasado estrepitosamente cuando ha hecho lo contrario, desatender la convicción mayoritaria de la ciudadanía. Lo vivió Aznar y su guerra y más recientemente Rajoy al pretender ignorar ante los españoles la existencia de la corrupción dentro de su partido.

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Autopista hacia el infierno político

Vamos otra vez a elecciones. Hasta los más optimistas hemos bajado los brazos. Hemos perdido. Lo único positivo que podemos sacar de la crisis política que estamos viviendo es la lección aprendida de la desastrosa experiencia. Tenemos la oportunidad de descubrir cómo nos hemos cargado los lazos de convivencia que aporta el sistema democrático y determinar qué es lo que no tenemos que volver a hacer en el futuro. Toda narración tiene un principio y estamos a punto de empezar una nueva historia. No estaría de más comenzar bien. Lo primero que tenemos que hacer es enterrar los restos contaminantes de lo padecido y arrancar la nueva etapa sin volver a cometer graves equivocaciones desde el inicio.

Una vez que el rey confirme en unos días que se convocan elecciones al no haberse configurado ninguna mayoría de gobierno, lo primero que deberíamos acordar es superar esta etapa. Es decir, agotar esta semana todos los reproches, descalificaciones, autojustificaciones, invectivas y victimizaciones en las que tengamos tentación de caer. Tenemos algo más de una semana para hacer terapia colectiva y desahogarnos. Si todos nos comportamos de la misma manera que lo hemos hecho estas últimas semanas, el resultado de lo que venga será exactamente el mismo. Si queremos otro desenlace, tendremos que asumir comportamientos diferentes y tomar decisiones distintas.

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Si quieres un acuerdo, hay que echar una mano

El último artículo que escribí antes de la pausa veraniega coincidió con la decisión de Pablo Iglesias de renunciar a su presencia en el Gobierno, con el fin de facilitar la consecución de un acuerdo. En esa columna, planteaba la oportunidad histórica que se abría y defendía que todos aquellos que mantienen ideas progresistas deberían unirse, por una vez, para crear el entorno necesario para un entendimiento. Las posiciones se enconaron y todo acabó en desastre. Pablo Iglesias decidió que no había problema en dejar la negociación para septiembre, si no obtenía en julio lo que exigía. Pedro Sánchez decidió que, si después de haber aceptado un gobierno de coalición ofreciendo una vicepresidencia y tres ministerios UP no apoyaba la investidura, daba por agotada esa vía. Cada uno tenemos una opinión sobre lo ocurrido. Da igual, el resultado es el mismo.

Sorprende en esta situación el permanente interés de los representantes de la derecha política y mediática en opinar sobre la negociación para un gobierno progresista. Tienen todo el derecho del mundo a hacerlo, pero su opinión es irrelevante. Esto no va con ellos. Da la impresión de que, en realidad, lo que buscan no es ejercer el legítimo derecho a opinar de lo que les venga en gana.Cada vez es más notorio que lo que persiguen es condicionar la negociación de sus adversarios ideológicos de la forma más negativa posible.

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Toca retratarse: ¿A favor o en contra del gobierno de coalición?

Vivimos tiempos de vértigo. La decisión de Pablo Iglesias de renunciar a su deseo de formar parte del gobierno de coalición entre PSOE y UP ha quedado ineludiblemente atrás. Todo dio un giro inesperado la tarde del viernes y, desde entonces, se ha abierto un amplio y enconado espacio para el debate público. Lo más llamativo es la insistencia en la pelea entre detractores y partidarios de ambas formaciones políticas y de sus líderes. Incluso, subsisten en la red hashtags dedicados a configurar activos bloques de confrontación ¿Cabe mayor muestra de estupidez colectiva? Creo que no.

Pedro Sánchez dio un evidente ejemplo de renuncia a sus planes al aceptar finalmente la conformación de un gobierno de coalición con Unidas Podemos. Es una indiscutible muestra de búsqueda del acuerdo. El cambio de postura de Pablo Iglesias ha debido ser doloroso a buen seguro. No hay otra posibilidad que poner en valor su actuación. Dan igual las razones de fondo que les animaran a ambos a moverse de sus anteriores postulados. Han permitido que el resultado electoral que dio una clara mayoría a las ideas progresistas frente al conservadurismo pueda convertirse en la puesta en marcha de un sólido gobierno para los próximos cuatro años. Ahora, todo el trabajo, todo el esfuerzo y todo el apoyo social debe centrarse en impulsar un indispensable acuerdo entre el PSOE y UP.

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El lío de la abstención de la derecha

Cuando hay demasiado ruido alrededor es imposible entenderse. En España, una vez más, la bulla invade nuestro entorno y resulta imposible oír qué nos decimos unos a otros. En política, el estruendo se rebaja reduciendo el tono de las declaraciones, eludiendo la descalificación, descartando el uso del insulto y rehuyendo las frases tópicas de los argumentarios repetidas ya infinidad de veces. Uno de los problemas que se deriva de la discusión política actual es que al final no se sabe muy bien de qué debatimos. Las declaraciones grandilocuentes, basadas casi siempre en juicios preestablecidos, no abren el diálogo, sino que lo cierran. Sería conveniente, como fórmula constructiva, fijar con claridad cuáles son los asuntos objeto de la controversia y, si fuera posible, en lugar de mezclarlos unos con otros, fuéramos capaces de priorizar su importancia. A veces, enfrentamientos sobre cuestiones secundarias nos impiden llegar a acuerdos sobre los asuntos fundamentales. 

PSOE y UP tendrán que acabar entendiéndose. Los dos lo necesitan. Es absurdo que discutan sobre a quién podría perjudicar más el desacuerdo. Eso solo conduce a potenciar el conflicto. Lo lógico sería centrarse en negociar unas políticas progresistas que sirvan de ánimo e impulso al acuerdo. Por este camino, al final se entenderían. Hay espacio de acomodo entre lo deseable y lo posible. Pedro Sánchez debería presentar su programa de gobierno al resto de fuerzas, empezando por UP. De esta forma, Pablo Iglesias y los suyos podrían plantear sus alternativas y seríamos capaces de determinar si ambos proyectos están en sintonía, más allá de la conocida disconformidad en relación con la posible o no incorporación del líder de Podemos en un futurible gobierno. A partir de la creación de una alianza electoral progresista debería iniciarse el camino para constituir una mayoría parlamentaria que no dependa de los partidos independentistas. La experiencia hasta ahora no ha sido buena al respecto. En realidad, ellos son los que han marcado el qué y cuándo se han producido los acontecimientos políticos más relevantes de los últimos tiempos en España. Al ser minoritarios, no han podido cumplir sus objetivos perseguidos. A cambio, han utilizado su determinante valor en la aritmética parlamentaria para condicionar el devenir político de nuestro país. 

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