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José Miguel Contreras

Periodista. Catedrático de Comunicación en la Universidad Rey Juan Carlos. Especialista en Comunicación Política. Ha desarrollado una amplia carrera en prensa, radio y televisión. Trabajó como programador en diferentes cadenas como Canal+ o Telemadrid. Creador de GECA, empresa dedicada a la investigación aplicada al mundo audiovisual. Socio fundador de la productora Globomedia. Ha sido productor de una larga serie de programas televisivos de diferentes géneros como El Club de la Comedia, 59 segundos, El Objetivo de Ana Pastor, El Intermedio, etc. Fue el creador y consejero delegado de La Sexta. En la actualidad colabora como analista político en La Sexta y preside Lacoproductora.

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Los debates presidenciales: un lío espantoso

La celebración de debates presidenciales televisivos en España ha sido siempre objeto de gran polémica. Carecemos de norma alguna al respecto. Tampoco hemos tenido experiencias repetidas que ayuden a asumir una tradición. Ha habido de todo. Suárez nunca hizo debates; González, cuando le interesó; Aznar les cogió aversión tras una mala experiencia; a Zapatero le gustaban; Rajoy hizo y no hizo a 2 y a 4, según le vino en gana; la "nueva política" parecía haber consolidado un modelo que la Junta Electoral ha tumbado. Como siempre, casi nadie está de acuerdo en cómo han de celebrarse y dónde. Esta es la auténtica tradición en España: el lío.

Adolfo Suárez nunca aceptó debatir en televisión. Había sido director general de RTVE y fue el último presidente de la dictadura. Sus apariciones en TVE siempre fueron en solitario. En las primeras elecciones de 1977, ni siquiera hubo polémica sobre la inimaginable posibilidad de realizar un debate presidencial. Ya se celebraban en todo el mundo, desde que en 1960 Kennedy y Nixon participaran en el primero en Estados Unidos. En España, a los partidos, algunos recién legalizados, el gobierno de Suárez sólo les permitió un discurso televisivo por separado la noche anterior al día de reflexión.

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¿Por qué se embarra el terreno político?

La derecha sabe que una de las mayores debilidades de la izquierda española es la fragilidad de parte de su electorado que, ante la más mínima brisa en contra, se abandona a no votar. En las elecciones andaluzas, tanto el PSOE como Podemos, como consecuencia de sus manifiestos errores, provocaron la marcha a la abstención de cientos de miles de sus votantes. En estas elecciones, la derecha sólo puede conseguir la mayoría si se produce una abstención significativa en ese voto progresista al que no le gusta mancharse el calzado cuando caen dos gotas de agua y puede haber algo de barro en el suelo.  

El País abría el sábado la portada con este encabezamiento: "La campaña electoral se embarra en su primer día".  Informaciones similares pueden encontrarse en diferentes medios y basta con ver un rato cualquier programa de actualidad política en televisión para corroborar la situación que vivimos. La oposición conservadora ha decidido subir a tope la estrategia de acoso y derribo de la figura de Pedro Sánchez. Embarrar el terreno de juego parece la única táctica posible para obtener rédito inmediato, teniendo en cuenta que estamos demasiado cerca de las elecciones. Hay diversos factores coyunturales que contribuyen a la agudización del fenómeno:

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¿Hay manzanas podridas en el periodismo?

Estamos acostumbrados a escuchar cuando aparece un caso de corrupción, abusos o mala praxis profesional la misma explicación. Nos dicen que se trata de algunas manzanas podridas y que simplemente basta con extraerlas para que desaparezca el problema. El cómico Chris Rock en uno de sus monólogos desarrollaba una interesante tesis. Defendía que la teoría de las manzanas podridas no vale para todas las profesiones. Nunca subiríamos a un avión si nos dijesen antes de despegar que el piloto pertenece a un colectivo que por lo general garantiza la seguridad, salvo algunas manzanas podridas que siempre surgen. Difícilmente aceptaríamos ser operados en un hospital en el que nos explicaran que los cirujanos en ese centro son bastante eficaces, salvo algunas manzanas podridas.

En estas semanas, varias noticias relacionadas con el periodismo en España han colocado a nuestra profesión en un abierto debate. También, en todo el mundo, coincidiendo con el auge de los movimientos populistas, los medios de comunicación han sufrido un serio desgaste. En Estados Unidos, en 2016, coincidiendo con la elección de Donald Trump como presidente, la confianza de los ciudadanos en los medios descendió al nivel más bajo nunca alcanzado. En estos últimos dos años y medio, se está produciendo un significativo cambio de percepción. El último estudio realizado por Gallup mantiene una creciente tendencia de mejora. El índice de confianza se sitúa en el 45%, el mismo que existía en 2006 antes del inicio de la gran crisis financiera que derivó en una generalizada frustración y rabia frente a un sistema que nos había llevado hasta el abismo. Curiosamente, la diferencia de percepción según la ideología, lejos de aminorarse, se ha polarizado aún más. El 76% de los ciudadanos más progresistas, votantes demócratas, confía en los medios. Por el contrario, solo el 21% de los más conservadores, votantes republicanos, mantiene su credibilidad en la información tradicional y se apoya en preocupantes vías de comunicación alternativas.

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El efecto resaca en la derecha

Cuando decides meterte al agua desde la playa, conviene observar si hay corrientes que puedan arrastrarte. Es normal que te metas apaciblemente a refrescarte y aparezcas desplazado un centenar de metros sin saber donde te encuentras. Incluso, puede que la resaca te lleve hacia aguas más profundas y luego resulte complicado volver a tierra. Se requerirá un extraordinario esfuerzo para regresar al punto de partida para evitar acabar en tragedia.

En estas últimas semanas, no se me va de la cabeza la imagen de los dirigentes del PP y Ciudadanos alejándose de sus posiciones iniciales sin darse cuenta de que una potente corriente les impulsa mar adentro. La corriente tiene un nombre: Vox. El mayor peligro que tiene ser arrastrado por este tipo de corrientes se produce cuando no eres consciente de lo que está pasando. Es más, puedes sentir la errónea percepción de que tienes más que dominada la situación, puesto que no haces esfuerzo alguno. Tiendes a pensar que, al no moverte, lo lógico es que permanezcas en el mismo sitio. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. La pasividad y la falta de reacción solo contribuyen a que la corriente te arrastre hacia el fondo irremisiblemente, sin resistencia por tu parte. La tragedia suele desencadenarse cuando en plena inconsciencia colaboras con la resaca nadando en la misma dirección que ella te impulsa. La velocidad de alejamiento de la orilla se acelera.

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¿Y tú, de qué tribu eres?

Uno de los juegos de navegador para multijugador más famoso del mundo se llama Guerras Tribales (Tribal Wars). Fue creado en Alemania hace algo más de 15 años y va camino de contar con cerca de 50 millones de guerreros que luchan virtualmente entre sí. Según sus instrucciones, el objetivo de Tribal Wars es "atacar, saquear y conquistar a tus oponentes en tiempo real, sin dejar de defender tu reino contra los atacantes" y considera como estrategia recomendable la de "unirse con otros jugadores para formar una tribu y declarar la guerra a tus enemigos". No cabe mejor descripción del actual panorama político español en este período electoral.

Explicaba con toda la razón Iñaki Gabilondo en su entrevista en eldiario.es que algunos partidos en España se han acostumbrado a prometer iniciativas que no pueden cumplir porque requieren grandes acuerdos que a la vez rechazan. Es una contradicción en toda regla. Es imposible abordar los principales problemas que tenemos ante nosotros con una exigua mayoría parlamentaria. Un ejemplo claro es el conflicto catalán, donde cualquier vía de resolución pasa por encontrar un terreno de entendimiento entre los principales partidos en Catalunya y, a la vez, por una solución que sea asumida por una amplia mayoría de los españoles.

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¿Será el verde el nuevo rojo?

Una encuesta reciente elaborada sobre el proyecto Madrid Central por el Instituto Invymark para Telemadrid mostraba un resultado desconcertante. La idea, como es sabido, consiste en restringir el tráfico en el centro de la capital en línea con lo que ya se hace en las principales capitales del mundo. Salvo matices siempre mejorables, cabría pensar que se trata de una medida desideologizada y que para los madrileños su posición sobre el tema poco debería tener que ver con sus simpatías partidistas. El resultado señala todo lo contrario. En primera lectura, se observa una opinión positiva respecto al plan (49% a favor y un 42% en contra). Lo llamativo aparece cuando miramos ese mismo balance teniendo en cuenta a quien vota cada encuestado. En el estudio aparece que defienden la medida medioambiental los votantes de Podemos (83%) y los del PSOE (50%). Por el contrario, se manifiestan en contra los seguidores del PP (75%), Vox (67%) y Ciudadanos (60%).

¿Valoramos una medida de protección medioambiental por el interés para nuestra salud o por lo que digan los líderes políticos a los que apoyamos? La respuesta, desgraciadamente, parece evidente y nos lleva a otro interrogante ¿No resulta un poco triste esta comprobación?

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Pedir el voto por lo hecho y por lo no hecho

El Gobierno aprobó el viernes pasado la tramitación como decreto ley de la obligación a las empresas de llevar un control efectivo de las horas extras. Ha sido una más de las iniciativas encuadradas en los bautizados como "viernes sociales". El haber promovido la iniciativa mediante este procedimiento, destinado a cuestiones de urgencia y necesidad inmediata, ha sido de nuevo objeto de crítica. Lo que no se ha explicado en exceso es que se trata de una reforma que en estos últimos nueve meses había sido bloqueada hasta 60 veces en la Mesa del Congreso, con los votos de PP y Ciudadanos, para impedir su tramitación ordinaria a través del debate y consiguiente votación en el parlamento.

Cuando la moción de censura se hizo efectiva el 1 de junio pasado, se anunció que le esperaba a Pedro Sánchez una oposición muy dura. En aquel momento se argumentó desde la oposición conservadora que más que una legislatura, el Gobierno pretendía llevar a cabo una campaña electoral. Reapareció en la política española la crispación. La estrategia de la oposición era manifiesta. Se trataba de que la legislatura fuera lo más corta posible y que resultara improductiva. Que, de ninguna manera, el PSOE pudiera sacar provecho alguno.

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Los mundos virtuales del procés

En el mundo digital se maneja un concepto que tiene que ver con la existencia de universos virtuales. Se denominan metaversos. El término fue acuñado a principios de los años 90 por el escritor Neil Stephenson en su novela Snow Crash. En esos entornos virtuales, los individuos podíamos tener avatares que se desenvolvían dentro de unas ciertas leyes físicas y con unos condicionantes limitados. Si trasladamos la nomenclatura de Stephenson a nuestra España actual podemos descubrir que habitamos simultáneamente en metaversos diferentes que conviven en entornos paralelos. Cada vez, resulta más difícil discutir o aclarar situaciones porque no sabemos bien en qué universos, ficticios o verídicos, nos encontramos.

En los últimos tiempos, la diferenciación entre lo virtual y lo real tiene cada vez fronteras menos definidas. La vida cotidiana nos ha enseñado que más vale vivir de realidades antes que de suposiciones. Sin embargo, en el territorio de la comunicación política esta máxima no siempre se cumple. De hecho, cada vez más se tiende a pensar que las percepciones que la gente tenga de una realidad pueden acabar pesando más que el propio hecho en sí.

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¿Quién es más macho?

Siete de cada diez estadounidenses (el 71%) piensan que este año van a aumentar la crispación y los ataques entre los partidos republicano y demócrata. Es el nivel más alto que se ha obtenido en todo este siglo. Hace apenas una década, este índice estaba por debajo del 40% (Survey of U.S. Adults Conducted 2019). En España, no tenemos estudios que nos permitan comparar este dato, aunque a nadie le extrañaría encontrar cifras similares. Las próximas citas electorales no ayudan a tener buenas sensaciones al respecto. La crispación no sólo está garantizada. Da la sensación de que va a acrecentarse.

La novedad en la vida política española es que los frentes de batalla se han incrementado. De manera tradicional, se ha mantenido la polarización izquierda-derecha como centro del litigio. En estos últimos tiempos, el conflicto catalán ha tenido efectos demoledores en la convivencia democrática. Catalunya se ha dividido más allá de las ideologías políticas. Dentro del independentismo se afilan los cuchillos entre los seguidores de Puigdemont, los clásicos militantes de Convergencia y los de Esquerra. Y los de la CUP contra todos a la vez. Los partidos no independentistas mantienen sonoras diferencias entre los españolistas más recalcitrantes y los partidarios de fórmulas de diálogo. Las discusiones han llegado, como de todos es sabido, a dividir familias y a romper amistades de toda una vida.

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