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Miguel Ángel García García

Estudiante de Economía, vicepresidente primero y tesorero del Consejo de Estudiantes de la UMU (CEUM)

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Contra aquellos que nos gobiernan: sobre la ausencia de conciencia social

Tolstói es altamente conocido por ser autor de grandes novelas de la literatura universal como ‘Ana Karenina’ o ‘Guerra y Paz’, pero también escribió multitud de ensayos políticos, los cuáles son menos conocidos pero tan relevantes como sus novelas.

Precisamente en uno de sus ensayos, ‘Contra aquellos que nos gobiernan’, plantea una pregunta que quiero que se convierta en el punto de partida de este artículo, si me permiten parafrasearla: ¿Cómo es posible que habiendo miles de personas con nefastos trabajos y paupérrimas condiciones de vida sigamos tan tranquilos preocupándonos de otras nimiedades?

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Un poema llamado 'Esperanza'

Hace no mucho escribí para este mismo diario un artículo que hablaba sobre lo que iba a ser el cierre del Cine Rex y como aquello no era más que un síntoma de la decadencia cultural que sufre nuestra sociedad, y particularmente nuestra ciudad. Puse como uno de los agentes nocivos de dicha putrefacción el aumento exponencial de casas y salones de apuestas, sobre todo en los barrios obreros o de familias humildes.

Finalmente el cierre del Rex se prorrogó unos meses más, pero las casas de apuestas siguen floreciendo como la mala hierba en campos descuidados, a la vez se cierran sitios asociados a la cultura; como, por ejemplo, la librería Colette, una humilde tienda cuya labor fundamental era acercar el mundo de la lectura a todos los habitantes de nuestra ciudad, con libros de todas las temáticas y a todos los precios. Lamentando esta pérdida, que no es la única ni será la última, veo como jóvenes entran a un salón de juego guiados por la falsa esperanza de vete a saber qué.

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Eficiencia vs. equidad: ¿paradigma de la economía?

Eficiencia versus equidad, este breve enunciado recoge por completo la ley que fundamenta cualquier estudio económico desde tiempos remotos, esta simple regla nos dice que la eficiencia de la economía y la equidad de la misma están contrapuestas. Si hablásemos en términos matemáticos, son sucesos disjuntos; es decir, no pueden ocurrir a la vez, no se puede ser eficiente y equitativo al mismo tiempo. Esta afirmación se ha convertido con los años en la Ley de Gravitación Universal de la ciencia económica; es decir, es la regla a partir de la cual parte todo estudio. Y nadie, absolutamente nadie, podía negar que la relación entre eficiencia y equidad era una relación negativa. Hasta ahora.

A lo largo de la historia tanto la economía como la política se han enzarzado en debates polarizados entre aquellos individuos que buscan la mejora de la sociedad en su conjunto mediante una equitativa distribución de los recursos y aquellos que tienen por objetivo la maximización de la renta -personal o nacional-, y así tener una economía que funciona a la perfección, que -a su parecer- es lo más eficiente posible.

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El fracaso de una democracia

Para ustedes no es ninguna novedad que les diga que nuestra democracia tiene sus fallos, incluso que ha fracasado. Me atrevería a decir, sin vacilar un instante, que es una idea bastante generalizada y arraigada en nuestra sociedad. Los políticos nos han ido decepcionando año tras año, desde hace décadas, han ido minando la confianza de los ciudadanos de este país; esto no ha provocado únicamente el odio y rechazo a la clase política, siendo en España esta profesión sinónimo de calificativos peyorativos, también ha horadado el respeto hacia el vetusto sistema político que es la democracia.

Pero, ¿el problema está en la democracia per se?¿O acaso es que la mala praxis de nuestros políticos ha corrompido y envenenado un sistema ideal?

Podríamos señalar fallos de nuestro sistema tales como la Ley D'Hondt, la desigualdad territorial en el peso electoral, etcétera. Pero esos -múltiples- fallos no son más que errores de método, de la aplicación de fallidas herramientas políticas, con posibilidad de subsanarse. El fracaso de nuestro sistema político es un fallo de base, de definición, y es que precisamente tenemos que remontarnos a la definición de democracia.

La democracia es, por definición, un sistema político que garantiza la soberanía del pueblo, es decir, en una democracia la estructuración de la sociedad y cuestiones políticas surgen por y para el pueblo. Como es física y metodológicamente imposible que cada uno de los ciudadanos de una nación tengamos nuestro pedacito de poder, se transformó el concepto de democracia en el de democracia representativa.

En las democracias representativas el pueblo elige a un grupo de personas que se dedicarán única y exclusivamente a velar por los intereses de ese pueblo y representarlos de una forma efectiva en el desarrollo de la sociedad. Es decir, el pueblo y estas personas acuerdan de forma tácita que unos vivirán a costa de los otros, pero con la condición de que estos últimos cuiden y protejan al pueblo, sus derechos y sus intereses.

Pero este acuerdo tácito hace mucho que se desvirtuó y aquellas personas elegidas para representarnos se han convertido en una élite más de esta sociedad que se aprovecha de quienes le han puesto ahí. Se han olvidado de su labor representativa y ahora se dedican en exclusiva a las peleas de gallinero.

Representar al pueblo no significan solamente apoltronarse en un sillón del Congreso, representar al pueblo significa escuchar su voz y hacer caso a sus demandas. Y si esa voz pide que se lleguen a acuerdos, que las fuerzas políticas similares converjan y pacten, pues los elegidos para representar al pueblo deberán hacerlo, dejando a un lado consideraciones personales y estrategias electoralistas, porque están ahí para representarnos, no para ocupar cargos.

Aquellos que buscamos el progreso de nuestra nación, la conservación de nuestro planeta, la lucha por las igualdades, la justa distribución de la renta, en definitiva, los que queremos hacer de nuestra sociedad una más equitativa y moderna debemos pelear por la democracia, y eso implica pedir a nuestros políticos que no se olviden de por qué están ahí.

Votaremos, porque es nuestro derecho y deber, pero lo haremos con la esperanza de cambio, y lucharemos para que así sea.

Una democracia representativa no consiste en votar cada cuatro años, en nuestro caso cada siete meses, consiste en escuchar las demandas del pueblo y atenderlas sin miramientos, darle voz y luchar por una sociedad mejor.

Nuestro sistema debería ser por y para el pueblo, no por y para un asiento.

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Me duele mi Región

Me duele España, decía Unamuno. A mí me duele la Región de Murcia, y la Vega Baja, y cada uno de los pueblos y ciudades que han quedado destrozadas por el monstruoso temporal.

Soy una persona poco impresionable, no suelo llorar ni emocionarme, pero ayer al mediodía viendo en el telediario las imágenes de las inundaciones por culpa de la DANA no pude evitar sentirme compungido, con un nudo en la garganta que me hizo pensar en un puñal clavándose en mi pecho por cada familia que ha perdido algo importante en estos días tormentosos.

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La proliferación de las apuestas y el fin de la cultura

El fin del verano nos traía un triste momento histórico para la ciudad de Murcia: tras un siglo abierto, el cine Rex cerraba sus puertas. Esto no era más que un síntoma de la virulenta tendencia anticultura que toma nuestra ciudad.

A la vez que presenciábamos el fin de uno de los faros culturales de nuestra ciudad también contemplamos la cada vez más cercana fecha de apertura de una macrocasa de apuestas a las afueras de Murcia. Apagamos la luz guía de nuestra cultura para encender la mecha de la bomba de las adicciones y el ocio nocivo y corrosivo.

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Sobre las tasas universitarias: no me tomen el pelo

A los estudiantes "nos han perdonado la vida" y deberíamos dar las gracias, o al menos eso quiso hacer pensar el consejero de Universidades, Javier Celdrán, cuando tras el Consejo Interuniversitario se alegró de haber mantenido las tasas universitarias congeladas por sexto año consecutivo, afirmando que bastante es que no se actualicen con el IPC. En resumidas cuentas, que mejor nos callemos y demos las gracias.

Pues permítanme que me plante aquí. Estoy harto de que los estudiantes y jóvenes seamos, a ojos de la Administración, una especie de parásitos a los que nos hacen un favor dándonos dinero para esa locura a la que llaman educación pública.

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