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Patricia Casado

Estudió Políticas pero su facultad estaba pegada a la de Periodismo. Desde hace años sigue con la misma intensidad la información política y la del Cuore. Ha trabajado en muchos sitios y en uno le pagaron muy bien. Vive en un pueblo pero cerca de una smartcity.

No es Walden

El fin de semana pasado fui al pueblo, a uno de mis pueblos. Yo es que no soy de pueblo, soy de pueblos. Podía haber heredado un imperio o un piso en El Sardinero que me rentara, pero tuve suerte y heredé un pueblo de padre, un pueblo de madre y emparenté con un señor con pueblo. Pues en uno de ellos he pasado el fin de semana. Es un pueblo pequeño, muy pequeño, pero, a pesar de ello, tiene dos barrios: el Barrio de Arriba y el Barrio de Abajo. En el Barrio de Abajo está mi casa. Allí vamos y allí nos encontramos a los cuatro vecinos que viven a diario: dos adultos, una niña y una anciana flaca y lista, como son casi todas las ancianas de esa zona.

Pues resulta que me llevé de acompañamiento 'Un año en los bosques' de Sue Hubbell. Un libro que pertenece a un movimiento literario llamado Nature Writing y cuyo padre espiritual es Thoreau. El Nature Writing es algo muy norteamericano que consiste en que estás que ya no puedes más con la vida y te vas solo a las montañas. Y allí, ante la mismísima inmensidad de la naturaleza, en lo más profundo de esa hostilidad tan natural, te transformas en un ser mejor y te sitúas correctamente en el lugar del mundo que te corresponde.

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La crisis

Hoy he caído en que sigue habiendo crisis, no te lo pierdas. Se me va el santo al cielo y hay días que ni me doy cuenta. Es que una pierde la cuenta. ¿Cuánto hace que tenemos crisis,  8 o 9 años ya? ¿O eran 80 o 90? Que la crisis era una coyuntura de cambios sujeta a evolución, decían. Pero no, que esta crisis no cambia, está como siempre, ahí quieta, bien agarradita para no soltarse. A veces parece que afloja un poco pero no, es sólo una sensación. Como la sensación térmica del calor y el frío, una cosa así. Esta crisis nuestra se ha hecho crónica pero sigue matando, que ya es mala suerte. Si es que lo tiene todo, la cabrona.

Hace unos días leía El mundo de ayer de Stefan Zweig y el pobre Stefan contaba que hasta que el mundo empezó a saltar en pedazos y Europa se convirtió en una fábrica de bestialidad colectiva, él vivía en la edad de oro de la seguridad. Derechos y obligaciones bien definidos, normas claras y bien aceptadas, cada familia con un presupuesto fijo y bien repartido, hogares seguros y tranquilos y trabajos donde jubilarse llegado el momento. Que no digo yo, claro que no lo digo, que antes de la crisis viviéramos así de tranquilucos, no, pero algo parecido a lo que sentía Stefan sí que lo vivimos algunos, aunque ahora vayamos de tremendos luchadores; eso sí lo digo.

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El viejismo

Hay un programa en Telecinco que se llama Cazamariposas. Lo dan por la noche, después de cenar. Es un programa del corazón diseñado para verlo con la tripa llena y la mente vacía; o para no verlo, yo que sé. Lo presentan dos muchachitos sinsorgos y un poco bobos, como somos casi todos. Hablan de cosas del corazón, de juicios y condenas, de bloggers de moda y de Ylenia; lo típico de nuestros tiempos de mierda. Utilizan siempre un tono irónico, pretendidamente divertido. Y bueno, vale, hay gente que encuentra gracioso a Dani Rovira, a Bertín Osborne o a Facu Díaz, puedo aceptar ya cualquier cosa. Pero hay noches en las que hablan de personajes como Isabel Preysler o Mario Vargas Llosa y toda la broma gira en torno a su ancianidad: Jurassic Love llaman a su relación. Y qué asco ser así de mayor y encima enamorarse. Y besarse y tocarse con lo que olerán a viejo, jajajaja. En realidad, todo el programa gira en torno a que los jóvenes son tontos del culo y los viejos dan asco. Y esta segunda parte es la que estamos asumiendo con extraña normalidad.

Porque el viejo Vargas Llosa es un tipo difícil de querer, lo sé, pero también es un Premio Nobel de Literatura y el señor que ha escrito algunos libros que podrían mearse encima de lo mejor que hagamos en nuestra puta vida. Y, además, un señor de casi 80 años.

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Elegir no es fácil

Mi hija de  diez años se pidió para Reyes ropa de mayor, porque ya no soy una niña, mamá, y el maletín de sheriff de Playmobil para jugar; cosa lógica porque la chiquilla sale a su madre. Porque querer ser niña y mayor a la vez no es achacable a su incipiente preadolescencia, no, es la genética, que es muy cabrona: en la naturaleza de su madre está no saber nunca lo que quiere, gustarle de todo un poco y casi siempre de nada. ¡Pues menudas navidades he tenido! No he conseguido decantarme por nada, cada nuevo asunto súper importante para el devenir de España me sumía en un debate interno, profundo e intenso. Y tía, no te rayes, tenía que decirme constantemente.

Pero este no saber qué pedirse y no saber qué hacer no ha sido sólo cosa mía estas navidades, no. Muchos han sido los que, como mi hija, se enfrentaban a las dudas que genera el no saber en que lado de la vida ponerse. Y también en cosas súper importantes para España.

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No me riñan más, por favor se lo pido

No recuerdo que de pequeña me riñeran mucho. No sé si es que fui una niña buena, si los buenos eran mis padres o es que también he olvidado esa parte de mi vida. Eso sí, creo que me lo están compensando de mayor. Ahora me riñen cada día, no hay día en que alguien no me eche una buena reprimenda. Que si compro calcetines baratos, que si protesto poco, que si veo Telecinco, que si no quiero saber lo que pasa de verdad, que si mi sofá me droga, que si no me importan los refugiados, ni los palestinos, ni el ébola que está lejos de casa, que no sé lo que es el TTIP... Me riñen todo el rato, será que ahora sí que soy mala, yo que sé. Además es que cada vez que veo una buena riña me doy por aludida, vaya por Dios. Sobre todo si los que increpan son los de casa.

Porque antes te reñían más los de fuera, los que decían aquello tan original sobre que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Ese reconvenir me hacía hasta gracia, en el fondo me lo tomaba como un pequeño triunfo. Que viene Carlos Slim y me dice que trabajamos poco, pues vale. Que viene la vieja Europa y dice que hay que jubilarse nunca, pues vale también. Que vienen Obama o Putin y te dicen que son los putos amos, pues venga. Que Rajoy, Albert Rivera o Pedro Sánchez me hablan de gobernar con sentido común, pues por lo menos te echas una risas. Y, además, que cómo te lo dicen todo los de fuera, oye; con cariñete, suavemente, bésame. Que las riñas así molan más. Ya saben ellos que los de casa somos más y que es mejor llamarnos la atención con delicadeza. Primero nos dicen que people have the power, que saben que somos los mejores y los más importantes, que el mundo es nuestro y luego, zas, la regañina. A esto ya me había acostumbrado.

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'Hayqueestar'

Cuando yo era joven y alegre el verano empezaba en las fiestas de Comillas. Luego el Carmen en algún pueblo, Santiago y Santa Ana en otro igual de pequeño pero divertido, Nuestra Señora, las fiestas de Ampuero, las de Potes y cerrábamos el verano a lo grande, tiritando en las madrugadas de Reinosa en honor a San Mateo. Por el medio, eso sí, romerías y verbenas en Pesquera, Bielva o hasta en Enterrías. Bueno, eso lo hice sólo un verano. Después ya no; fuimos recortando poco a poco sitios donde bailar Qué hiciste, abusadora, qué hiciste porque ya había cosas mucho menos divertidas que hacer: exámenes que aprobar en septiembre, novios o trabajos a los que acudir cada mañana serena y limpia. El caso es que a todas esas fiestas fui porque había que estar, había que dejarse ver. No choice. Y eso que entonces no había redes sociales para estar aun más, eso sí que hubiera sido una locura.

Los políticos modernos, comprometidos, humanos y cercanos ahora practican mucho eso que hice yo hace 20 años, el dejarse ver, el hayqueestar (bueno, a ver, confío en que no practiquen todo lo que hice yo).

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Adioses

Una vez fui a la boda de una amiga y a eso de las cuatro de la mañana decidí irme para casa. Me despedí de los novios deseándoles un maravilloso viaje, felicité a los orgullosos y algo borrachos padrinos, besé cariñosamente a algunos invitados con los que había bailado y me fui.

Yo estaba convencida de que me iba, hubiera dado una rueda de prensa para despedirme si así me lo hubieran pedido. Se acababa, era el final. Así que cogí un taxi y a la altura de Cuatro Caminos caí en que uno de los invitados me gustaba un poco y por algunas cosas que recordaba era probable que yo también a él: otra vez me había precipitado, mierda. No me quedó mas remedio que pedir al taxista que volviera a llevarme a la fiesta. Entré, hice el gesto habitual de no te preocupes, cosas mías a mi amiga, sonreí a los confusos padrinos y a por el guapo invitado que fui.

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Distintas formas de mirar un teleférico

Hace un par de semanas me enamoré otra vez de Julio Llamazares leyendo su último libro. No es una expresión, no.  Enamoramiento del bueno, del de Patri x Llamazares. Desde hace años tenemos una extraña relación: le amo, me aburre, está loco, le amo, qué tío pesado, le amo. Creo que me voy a plantar aquí, una se cansa de tanto trajín.

El caso es que su libro trata de cómo se enfrentan diferentes miembros de una familia a una muerte frente a un pantano. Un pantano que en su construcción se llevó por delante el pueblo en el que siempre habían vivido y que tuvieron que abandonar en nombre del progreso, dejando allí raíces, memoria y arraigo. Un tema recurrente en Llamazares pero que lo borda. O a mí me lo parece, no sé.

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Mi primera vez

Hay un par de cosillas malas en esto de envejecer; un par, nada más. Una de ellas es que cada vez hay menos primeras veces. La primera vez de las cosas es algo que empiezas a valorar mucho a medida que maduras, o lo que sea que se hace cuando envejeces.

El caso es que cada vez hay menos primeras veces chulas. Ya besé por primera vez, pasé toda una noche riendo por primera vez, tuve un hijo por primera vez, leí mi libro favorito por primera vez y me sentó mal el hielo que me echaron en la copa por primera vez. Y, la verdad, no sé qué sería de mí si no fuera por este renacimiento político que estamos viviendo y que me permite seguir disfrutando de primeras cosas de dar gustirrinín a estas alturas. No hay nada tan rejuvenecedor.

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Alegría

Bueno, ya está bien, ya basta. Ya valió lo de este columnismo tan pesado, todo el día criticando al Gobierno, es que ya cansan todo el rato con lo mismo. Si tienen razón cuando os llaman tristes, que sois unos tristes, siempre quejándoos y amargados por todo, hombre ya. Que me parece que lo que no queréis es ver lo bonito de las cosas, lo fácil siempre es criticar sin mostrar la parte positiva.

Os parece mal que se impute y se pidan de cuatro a seis años por hacer un escrache en la Universidad. ¿Por qué?  Unos muchachos a la cárcel que saldrán de las listas del paro y dejarán hueco a otra gente seria y formal que no protesta. Y la justicia se saca unos dinerillos de aquí y allá.

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