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Rodrigo Sosa

Periodista y experto en comunicación institucional. Máster de periodismo (UAM/EL PAIS) y licenciado en Historia (Universidad de Buenos Aires). Ha publicado en EL PAIS, Le Monde Diplomatique y National Geographic Viajes, entre otros medios en España y Argentina. 

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La esperanza cumple 10 años

Arantxa acaba de salir del cole. Es una niña vivaz, animada, alegre. Y muy alta, de hecho, con cerca de 1,5 metros, es la más alta de su curso. “Incluso ya casi me alcanza a mí”, dice su madre, con orgullo. Le gustan la plástica y la música, aunque le cuesta un poco sentarse a hacer los deberes. Pero lo tiene muy claro: “De grande quiero ser veterinaria, me encantan los animales”, dice, decidida. Es reconfortante ver su vitalidad y su entusiasmo, como el de todos los niños de su edad. Arantxa es una niña como cualquier otra. Pero no, también es alguien especial. Tiene otra estrella. Porque ella es un poderoso símbolo que nos recuerda la fuerza vital que puede resistir a la peor barbarie. El 24 de mayo cumplirá 10 años, tras sobrevivir junto con su madre, entonces embarazada de siete meses, a los brutales atentados del 11-M.  Aquel jueves de marzo de 2004, en la estación de El Pozo, Cristina Mora Palomo, con su enorme y redonda barriga de avanzado estado de gestación, se quitó de encima los trozos del vagón hecho pedazos y, esquivando hierros y cadáveres, saltó del tren, guiada por el poderoso instinto de proteger a su niña. “Aún hoy me sigo acordando, casi todos los días, de lo que pasó ese día”, dice con una mirada distante que parece evocar aquellos duros recuerdos. Todo fue excepcional esa mañana. Normalmente, Cristina tomaba el tren de las 10 para ir al trabajo, pero el 11 de marzo tenía que ir más temprano. Además, Antonio, entonces su marido, solía acompañarla: “Ese día, por suerte, no vino”. Ya en la estación, subió al tren y en seguida se produjo una primera explosión. “Me di la vuelta para taparme la barriga y entonces sentí la segunda … fue muy cerca y noté cómo se vino hacia mí”, relata. El estallido se produjo dentro de un vagón de dos pisos y la parte de arriba se derrumbó: “En ese momento, sólo pensé en la niña… No sé cómo lo hice, pero me quité las cosas que me habían caído encima y salí del vagón”.“Me costó mucho poder volver a subirme a un tren, especialmente a uno de dos pisos”, explica. Un día, con una amiga, tenían que ir a un trabajo y no tenían más remedio que tomar el tren. “Entonces vino uno de dos pisos y yo le pedí a mi amiga que esperáramos al siguiente”. Pero el segundo también fue uno de dos pisos y también lo dejaron pasar. “Entonces vino el tercero, y no me lo podía creer, pero era de dos pisos”. Ya estaban llegando tarde al trabajo, así que no tuvo más opción que subirse. “Me agarré con todas mis fuerzas de la baranda durante todo el trayecto, por suerte eran sólo tres paradas”, dice. “Al final fue todo un reto, pero lo conseguí”, afirma aliviada.

Durante varios años, cuando llegaba el 11-M, madre e hija solían tomarse el día para hacer un plan especial, para celebrar esta segunda oportunidad de la vida. “Este año también lo celebraremos, haremos una tarta, con 10 velas”, dice Cristina. “Me suelen llamar para felicitarnos, es como otro cumpleaños, para las dos”. Desde que se lo contaron a Arantxa hace unos tres años, el 11-M ya es una historia normalizada en la familia. “Ella empezó a preguntarme ‘¿mamá qué paso?’… Ahora se lo cuenta a sus amigas, lee los reportajes que se publicaron”, dice. Y añade: “Pero ella y sus amigos lo viven con más naturalidad, no les afecta tanto”. Aunque sí es consciente del revuelo y de la atención que genera: “Hoy les contaba entusiasmada a sus amigos: ‘va a venir un periodista a casa’”.

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