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Suso de Toro

Suso de Toro Santos, licenciado en Geografía e Historia en la Universidad de Santiago de Compostela, es autor de Otra idea de España y Siete palabras, entre otras novelas. Su obra Trece campanadas ha sido llevada al cine. Ha obtenido el Premio Nacional de Narrativa en el año 2003.

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Este Estado crea su odio

El poder se ejerce por las buenas o por las malas y el modo de ejercerlo tiene consecuencias distintas: afección o rechazo, afecto u odio. Este Estado fue fundado por los militares rebeldes y tuvo su primera capital en Burgos, pero tuvo una inflexión cuando Franco diseñó su sucesión y los cambios para adaptarse a su contexto político, la integración en la OTAN y el Mercado Común.

La Transición se hizo con algunos pactos tutelados por la Monarquía y el Ejército, en los que se integró la Catalunya de "Llibertat, amnistia i estatut d'autonomia" y garantizó la continuidad de las estructuras profundas del Estado y de la economía pero también abrieron aire, dieron juego social y permitieron aliviar presión, excepto en el País Vasco, donde la respuesta al régimen militar fue también una respuesta militar que no podía vencer a un Estado y prolongó la violencia, asesinatos, cárcel y tortura.

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A pesar de todo

Si usted cree que la política estatal da asco, le confieso que yo también siento y pienso lo mismo, pero aún así me atrevo a animar a votar cuando toque. Nuestro voto no pierde el valor que cada uno le da. Hay quien sabe que es una afirmación de nuestra existencia como ciudadano y hay quien cree que simplemente es una mercancía que nos roban los políticos y con la que luego trapichean, pero aún así y en cualquier caso me atrevo a animar a votar cuando toque.

Que nos decepcionen o nos enfaden los políticos no nos absuelve de nuestras responsabilidades. Si ellos y ellas lo hacen mal, es su responsabilidad. La nuestra es tomar una decisión: qué política quiero que hagan. Y por muy decepcionantes que sean, nunca es indiferente quien gobierna.

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'O que arde' y no es gratuito

Nos han ido acostumbrado al ruido y al humo de colores y nos asusta el fuego de verdad. La película 'O que arde' de Oliver Laxe llegará en la sofisticada Francia, que siempre tuvo el olfato para identificar el arte salvaje que tanto le cuesta producir, al doble de pantallas que en España, colonizadas sus pantallas por la industria norteamericana. En Cannes no les molestó que los personajes hablasen su lengua, el gallego.

Oliver Laxe es un director delicadísimo, se comprobó en su 'Todos vós sodes capitáns!', rodada con muchachos de las calles de Tánger o en 'Mimosas' en las montañas del Atlas; pero el comienzo de su película es salvaje, en el sentido de brutal, y salvaje por cuanto fascina y ofende. El arte fuerte siempre alcanza algo la carne por debajo de la piel. Ese comienzo de destrucción probablemente encierre el espíritu de la película aunque luego lleguen imágenes de una montaña que aparentemente es bonita pero que realmente es un lugar de dolores.

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El gobierno menos malo

Sólo ver lo que acaban de hacer los políticos del PP/Ciudadanos/VOX en la administración andaluza obliga a aceptar una realidad: cualquier gobierno es menos malo que eso.

Lo menos malo es lo deseable en este caso, así que no nos pongamos exquisitos y ni siquiera nos pongamos a pedir dignidad, democracia, política social o cualquier otra cosilla, pidamos un gobierno que no nos envenene.

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Terroristas fantasma

Recuerdo en los periódicos una fotografía de militantes de organizaciones antifranquistas calificados como "terroristas". Las "informaciones", además, aportaban datos sobre explosivos, artefactos y preparación de atentados. Nada era cierto. Aquellas personas habían sido detenidas, torturadas y, sin derechos ni defensa legal alguna, sometidas a parodias de juicios por fiscales y jueces franquistas. Y todo por su militancia en organizaciones que cuestionaban el Estado fundado por los militares, pero la difamación y las mentiras en la prensa eran necesarias para destruir su legítima posición política.

La prensa reproducía la "información" que le pasaba la policía política (toda lo era); es decir, el Gobernador Civil; es decir, el Ministerio; es decir, el Gobierno; es decir, la Jefatura del Estado. Franco y sus generales.

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En el nombre de este Estado

¿Debemos seguir el día a día de los pactos y chalaneos aquí y allí? ¿No sería más conveniente pararse a ver lo que realmente está ocurriendo, hacia dónde vamos? Aparentemente el proceso de crisis de Estado que vivimos desde hace unos años, y que se podría retratar en la sucesión del Borbón Juan Carlos a Felipe con dos modos de interpretar la jefatura del Estado, es algo decisivo. Si no lo es, ya me dirán lo que lo es.

Hace unos días en las redes sociales, porque los medios convencionales prácticamente lo ignoraron de modo muy consciente, se armó un silencioso ruido porque el Tribunal Supremo reconocía formalmente a Franco como jefe del Estado. Es cierto que es algo terrible, pero esa es nuestra terrible realidad. Lo que a muchas personas les parece una anomalía a los magistrados del Supremo les parece lo normal, han vivido eso toda su vida como su normalidad, porque lo es.

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La nueva política existe

La "nueva política" existe... en Catalunya. Un amigo me escribe desde Madrid preocupado porque el Parlamento catalán rechazó la candidatura de Miquel Iceta para presidente del Senado. Considera que, además de inconstitucional, va por el mal camino y es incomprensible. Mi amigo desea sinceramente una solución política para el conflicto entre Catalunya y el Estado, pero él piensa desde el prisma de la política española que no ha cambiado en lo sustancial y sigue basada en un consenso profundo entre esos partidos que han participado en los debates electorales televisados recientemente.

Antes eran dos partidos estatales y ahora son cuatro o cinco pero, como han mostrado con claridad esos debates, ninguno ha planteado una ruptura con el sistema político nacido de la sucesión de Franco en la jefatura del Estado, la Ley de Reforma Política y la consiguiente Constitución del 78.

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Somos iguales, pero no homogéneos

Las personas somos semejantes, debemos gozar de los mismos derechos y ser iguales ante las leyes pero no somos iguales en el sentido de nuestra identidad, no somos homogéneas. Y, por si hubiese duda, me gusta que sea así. Que no seamos homogéneas se debe antes de nada a la aleatoriedad de la genética pero también a causas culturales, el entorno familiar que nos cría y la cultura social, de clase y nacional, que nos envuelve.

Disculpen estas generalidades pero viene a cuento porque conversando con dos amigos que viven en Madrid, siendo oriundos de otros lugares del territorio español, sale, cómo no, el asunto de los catalanes, esos españoles heterodoxos, y uno dice algo así como "es más parecida una persona de Madrid a otra de Barcelona que una de un pueblo de Burgos a una de Madrid". Y pienso que está completamente equivocado, primeramente porque parte de un tópico sobre el campo que oculta una realidad, las transformaciones socioeconómicas y culturales de los últimos setenta años han conducido a que haya muy poca diferencia cultural entre una persona que haya nacido y vivido en un núcleo mediano o pequeño del campo y otra en un barrio de una ciudad.

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Los antiguos amigos

Me encuentro de compras con un viejo amigo luego de años sin vernos. Me cuenta que cuando viaja a su tierra a ver a la familia prácticamente no puede ya hablar, incluso antiguos amigos que habían militado en organizaciones antifranquistas ahora en cuanto sale la palabra "Cataluña" saltan como un resorte airado contra los presos y exiliados. Él no lo entiende, está indignado por la actuación policial, judicial y política del Estado y ahí se ve enfrentado a esos antiguos camaradas con los que compartió ideales democráticos y la animadversión al franquismo. Él no entiende lo que ha ocurrido o lo que les ha ocurrido a sus amigos y eso lo perturba.

Sus antiguos amigos ahora cierran filas con la fiscalía del Estado, la abogacía del Estado y Vox contra los procesados. Con las policías, la judicatura, el Gobierno de antes y el de ahora y el mismo Rey. Se identifican con el Estado, sus instituciones y los mismos símbolos monárquicos que antaño aborrecían, al entender que está cuestionado.

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El Estado, la Justicia al desnudo

Ya sé que lo urgente es hablar de la convocatoria electoral, pero prefiero hablar de lo importante que no nos es tan evidente porque de eso se encargan nuestros amos. Cómo evitarnos presenciar el juicio más importante tras la muerte de Franco. El juicio del 23-F fue una formalidad tras el 'pacto del capó', el golpe de Estado fue la corrección definitiva del rumbo de la Transición y marcó el futuro hasta aquí, pero el juicio a los dirigentes políticos y sociales catalanes es el gran juicio de "la democracia española", como definió el fiscal, que se ve atacada por esas nueve personas y otras exiliadas en Europa.

Los televidentes españoles no disfrutaron en su día del servicio que le deberían haber dado sus televisiones al hurtarles las imágenes de las cargas de la Policía Nacional y Guardia Civil contra personas desarmadas e indefensas, no les permitieron ver en qué consistía el "¡A por ellos!". Ahora esperaba, ingenuamente, que TVE emitiese la verdad de este juicio, que les permitiera a los televidentes españoles ver y oír con sus ojos y oídos para poder tener una opinión propia, sin estar cocinada previamente en la redacción y bien rebozada con valoraciones. Pero no. TVE sólo emite voz e imágenes del juicio en directo para Catalunya, como si eso fuese un problema local, exclusivo de los catalanes y no del conjunto de la ciudadanía española.

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