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Opinión - 'En la España de hoy...', por Esther Palomera

Hay políticos y hay comentaristas. No se confundan de camiseta

23 de marzo de 2026 22:39 h

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¿Cómo volver a hablar de esta guerra incomprensible, injusta, estúpida, ilegal sin repetirnos hasta el aburrimiento? Efectivamente, es imposible. Porque además, cualquier párrafo escrito a media mañana sobre los hechos, bombardeos, selección de objetivos, declaraciones públicas de Trump, tropieza con la evidencia más absoluta de la imposibilidad de atrapar en un instante la volatilidad de una mente caótica, voluble, inconstante, serpenteante y que no vacila en decir a las 13.00 lo contrario que dijo a las 12.00. Ya hay toda una polémica de altura desatada en Estados Unidos sobre el estado mental de su presidente. Con estos bueyes hay que arar nuestros campos: la estulta veleta trumpiana y el fanatismo asesino de Netanyahu. El mundo explota, los precios suben, nuestra vida sufre un terremoto porque estos dos bucéfalos han decidido poner patas arribas -y destruir- aquello que no les gusta. El corolario de esta situación es obvio: si los causantes de toda esta catástrofe mundial no saben a dónde van ni cómo salir del embrollo creado por ellos mismos, ¿cómo podemos responder las víctimas, directas e indirectas para frenar este seísmo descontrolado, fuera de cualquier lógica moral o política?

Los países tratan de paliar los efectos devastadores con medidas que hay que elaborar sobre la marcha y con la terrible sospecha de que quizá la semana próxima tengan que doblar la apuesta, si estos mostrencos deciden apretar aún más tuercas de la irracionalidad. España lo ha hecho, claro. 80 normas para ir pasando el apuro sin que la guerra acabe con los avances sociales que tanto ha costado lograr. Muchas de esas medidas sin duda serán muy discutibles, y aquí mismo Alberto Garzón o Ignacio Escolar han escrito sus serias discrepancias con algunas de las decisiones, entre ellas las bajadas de impuestos. A ambos les hubiera gustado que las medidas de corrección se aplicaran más a topar los beneficios de las petroleras, que al fin y a la postre son las que se hinchan a ganar dinero. El Ojo, modestamente, se suma a la propuesta.

Hubo, según nos cuentan las crónicas, dura batalla en el Consejo de ministros planteada por Sumar -aunque parece que menos fiero es el lobo- para al final romper en dos el paquete, con un decreto exclusivo para los alquileres, bello envoltorio con lindísimo lazo, pero encarrilado, directamente, al cubo de los deseos nunca cumplidos. No hay votos en el Congreso, o eso parece, para su aprobación. Todavía nadie lo dice, no es el momento, pero el PP, loco como Trump y perdido en la hojarasca del insulto y la demagogia - ¿de dónde sacará este partido a los Tellado y los Jaime de los Santos, para qué pensar, para qué razonar si nos sobra y basta el insulto barriobajero y la grosería insolente? - aún no sabe cómo va a montar su batalla y Junts esconde sus muchas vergüenzas. ¿Preguntan por Vox? Hagan el favor de no perder el tiempo pidiendo decisiones políticas serias al circo de las pulgas. 

Pero con estos mimbres encima de la mesa, quizá pudiéramos perder el tiempo - ¿para qué otra cosa sirve un artículo de prensa? - y divagar unos pocos minutos sobre el papel de los partidos políticos y sus diferencias con los grupos de moralistas, el gremio de los profesores universitarios, y, por supuesto, de los analistas políticos, entre otros colectivos que pudieran confundir al respetable sobre métodos y fines. Tiene el Ojo el día diletante y vamos a aprovechar este caos que nos envuelve para charlar entre amigos. Pero como tampoco se trata de hacer un examen de Ideas en la Facultad correspondiente, hagámoslo facilito, para andar por casa en cómodas chanclas y conformémonos con un vuelo a lo máximo gallináceo. O sea, Gémini frente a Carl Schmitt. Siempre sigamos, pues, a nuestros admirados Epi y Blas. Definición a la pata la llana de qué es un partido político: “Asociación voluntaria y estable de ciudadanos que comparten una ideología, principios y objetivos comunes, cuyo fin principal es participar en los procesos electorales para alcanzar el poder político y gobernar”. ¿Añadimos “para mejorar la vida de los ciudadanos”? Venga. 

Hasta ahora estas disquisiciones solo afectaban a la izquierda. La cosa se dividía entre los pragmáticos -también llamados vendidos al capital por los segundos que ahora citamos- y los asaltadores de cielos, tipos visionarios e inútiles según los primeros. Ahora se da la cosa en la derecha, hay que ver qué risa. Los pragmáticos quieren copar las instituciones para gobernar a su aire, pero los más fieros prefieren no asumir riesgos y se limitan a tirar de la cuerda para ver hasta dónde se llega sin ahogar al que finalmente -el destino es inexorable- va a ser su amigo, camarada y socio de gobierno. Aún más pedestres, que siempre un ejemplo es muy valioso. Vox le quita votos a un inane PP, pero hasta el momento, seguramente cambiará muy pronto la estrategia, ha logrado dejar sin gobierno, los dirigentes regionales del PP comiéndose las uñas de rabia, a Extremadura, Aragón y ahora Castilla y León. Quiso Feijóo -qué brillante estratega, qué inteligencia innata- castigar a Abascal con elecciones en esas comunidades y lo que ha logrado es apretar aún más la soga, pero en su propio cuello. ¡Qué éxito clamoroso, qué gran triunfo!

Gobernarán juntos PP y Vox, ya lo han hecho, y veremos de manera cruda y descarnada, la gran fuerza de los más pequeños, menos escaños, pero imprescindibles para llegar a la mayoría necesaria para aprobar cualquier medida. Porque hay que ceder, claro. ¿Mucho o poco? ¿Las renuncias son asumibles o te rompen el espinazo y te dejan tirado en el suelo, hecho un guiñapo? Se acabó el tiempo de las mayorías absolutas, y ni Felipe ni Aznar, en sus horas altas de mando absoluto serían hoy posibles. Ya pasaron por estrecheces. Echen atrás la memoria y acuérdense de cuando el gran hombre de las Azores tenía que salir en público - ¡qué bochorno! - a decir que él hablaba catalán en la intimidad para lograr los votos de Pujol, ni más ni menos. O llenarle el zurrón a Arzallus, que no te hago más concesiones porque no me las has pedido. Calvario que ya había recorrido con anterioridad Felipe González. 

Hoy, tantos años después, la situación es más compleja, mucho más compleja. En la derecha, lo hemos visto y lo vamos a ver. Desgraciadamente, ya no hay líneas rojas ni cordones sanitarios y el PP tendrá que tragar -¿quizá sin muchos problemas? - con un acatamiento vergonzante del ideario más reaccionario de Vox, vuelta a la posguerra y sus oscuridades. Y, por supuesto, lo vemos en la izquierda, siempre más fragmentada y atenazada a sus propias ideas, cuanto más pequeño más inflexible, escasamente dispuesta a ceder en sus principios, le corto la mano con un hacha como intente quitarme uno solo de mis mandamientos sagrados, se gruñen enseñando los dientes de una a otra facción. Decíamos antes, y ahora retomamos el hilo, que hay que diferenciar muy bien entre un dirigente de un partido, un analista, un simple tertuliano o un docto profesor. Está el primero obligado a que sus acciones se traduzcan en medidas concretas para la ciudadanía. Para eso están los partidos decentes cuando llegan al Gobierno. Trabajar, estudiar, pensar medidas que mejoren la vida de la ciudadanía. Y elaborar planes que puedan ser aprobados en un Parlamento muy dividido -recuerden: el que ha votado el pueblo- para llevar esas mejoras a los hogares. No así los grupos restantes, el docto y el parloteador, que pueden permitirse el lujo de lanzar bellas y honradísimas propuestas de igualdad, justicia distributiva y respeto a las personas, que todo lo que digo son palabras, palabras, palabras que se lleva el viento. 

Eso es la política, mal que nos duelan los higadillos. Una lucha constante entre lo mejor y lo posible. Ya saben, las siete y media: “O te pasas o no llegas, y el no llegar da dolor, mas ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!” Es que ese es el juego del sistema de partidos en los regímenes democráticos. Mayorías o minorías. Hace bien Sumar en pelear por ir más allá. Pero está obligado el socio mayoritario, 121 escaños por 26, en un momento de crisis mundial, a tratar de combinar las propuestas para que sea posible aprobarlas en ese Parlamento hostil, muy ajustados los votos y que sus efectos lleguen, de verdad a la población. ¿Añadimos a esos acuerdos una medida para topar los alquileres, ya vetada por otros grupos que tienen más votos que tú y la ciudadanía se queda sin esos primeros e imprescindibles beneficios que habías pergeñado? Buena la solución Sánchez-Díaz, que ya lo dijo Salomón, al niño no hay que cortarlo en dos. Utilícense dos niños, aunque lluevan las críticas de los analistas purísimos y los asaltadores de cielos. Y por supuesto, nunca renunciar a negociar hasta el límite para sacar esas medidas que mejoren el drama de la vivienda. Habrá, por supuesto, quien pida más guerra, queremos más guerra, que le rasquen el bolsillo a los capitalistas opresores, Juan Roig, un suponer. Muy bien. ¿Y cómo se aprueba eso? Ah, ese no es mi problema, responderán. De hecho, así lo dice Ione Belarra.  

Si la cosa no está mal, que cada uno cumpla con su labor. Pero que no se confundan de camiseta. Vivan las pancartas callejeras pero un político profesional está obligado a trabajar para conseguir más votos y no para tirarlos al pozo de la irrelevancia. Bien sabe el Ojo que hay partidos, por muy minoritarios, por muy revolucionarios o por muy fachosos, que su idiosincrasia les obliga a ejercer más bien de aviso tronante que de prudente legislador. Sea. Así que quiere acotar el Ojo este comentario de hoy a aquellos grupos que han participado, participan o aspiran a hacerlo, en coaliciones con labores de gobierno. 

Que aquí, en este otro lado, los comentaristas, los tertulianos, los finos doctores de la iglesia, seguiremos proclamando a unos y otros, menudos somos de listos, que se equivocan y que son unos inútiles. Cargados de razón. Y de tontería. 

Adenda. Cosa boba, pero significativa. Anda la Casa Real tratando de mejorar las relaciones con México, 135 millones de habitantes, punto clave de las relaciones con los países latinoamericanos. Y en público habló de abusos durante la llamada Conquista. Pues ahí que se montó la bronca, Feijóo no tardó en hacer el ridículo, marca de la casa, Abascal en sacar las garras patrióticas -cuánta mugre- y los habituales de la caverna se lanzaron al cuello del ocupante de La Zarzuela. ¡Hay que verlo, la derecha más reaccionaria del mundo, ellos y sus deberes patrios, su bandera, su himno, atacando a su propio jefe del Estado! Dice Federico Jimánez Losantos, siempre con el embudo en la cabeza, “que Felipe VI no puede atacar la memoria de los Reyes católicos”. Seguro que también les gusta este párrafo de Eduardo Inda: “El deplorable espectáculo de contemplar a la Corona arrastrándose ante todo bicho viviente woke no terminó ahí. Veinticuatro horas después, el Consejo de ministros socialcomunista, apoyado no lo olvidemos por ETA, sicarios chavistas y golpistas catalanes, respaldó ‘al 100%’ las palabras de Don Felipe”.

Si es que este señor tan mayor, 58 tacos, y tan alto, 1,97, se nos ha convertido en un rojo peligroso mientras nosotros mirábamos la luna. 

¿Qué tal Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia como cabeza de lista de Sumar en sustitución de Yolanda Díaz?