Amar de memoria

Hoy todos nos hemos acordado de alguien. Estoy segura. Al menos, todos los que hemos crecido buscando referentes en la huérfana memoria de este país. Una no puede elegir los recuerdos. Son como balas que se fijan en el pensamiento y vienen a doler como si estuvieran sucediendo ahora mismo. Y dado que ni el debate mediático ni el Gobierno en funciones están dando la talla en este asunto de la memoria histórica -asegurando que hoy se cierra un ciclo- necesito escribir los nombres o algunas de las historias de esas personas que dieron la talla y la vida por una democracia que ahora ni les recuerda ni sabe dónde ir a llorarles. Y me acuerdo entonces de Juan Tejera, amigo de mi madre, comunista de Gran Canaria, teldense, al que nunca le preguntamos si a su hermano José le tiraron a la sima de Jinámar vivo o muerto, ni cómo pudo convivir toda la vida con ese dolor. Me acordé también de aquella historia que escuchó mi madre y yo la creo, de una mujer de los Realejos en Tenerife que cuando le arrancaron a su marido de su lado, ella sin saber nada de política intuyó que era la última vez que vería a su marido y la pena que le quedó toda su vida, era que su marido al alejarse, detenido, no hubiera entendido el gesto que ella le hizo mientras se acariciaba el vientre. Se lo dijo sin llorar a mi madre delante de su hija que, cuarenta años después, ya no era un gesto, sino una mujer que no sabe donde está enterrado su padre.

Me acordé de Urbana, la abuela de mi amiga María, que se pasó la vida mirando por la ventana a ver si de la antigua escuela de la República, después convertida en penal, salía su padre que una vez entró y ya no le volvió a ver. Y miraba y miraba a ver si de mucho mirar no se creía lo que en Argomedo se creía, que era que el cuerpo de su padre, Patricio, fue arrojado al río. Me acuerdo, claro que me acuerdo porque es memoria y es y la memoria es justicia, del pasaje del generoso libro de Marcos Ana Decidme cómo es un árbol donde cuenta la historia de Ana Faucha, una señora del sur de España que tras perder a su marido en la guerra civil solo le quedaba en el mundo su hijo encarcelado en Valdenoceda y para verle caminó por media España siguiendo las vías del tren mientras pedía limosna para poder juntar en un saquito comida que llevarle a su hijo a la prisión. Después de un viaje de penurias llegó a la ventanilla de la prisión donde la tuvieron esperando a la intemperie de uno de los inviernos más duros de la época y allí esperó, día tras día, hasta que murió de frío sin poder darle un beso a su hijo.

Yo que sé donde ir a llorar a mi padre, sé del descanso y del derecho a la tristeza y no entiendo ni a los restos de fascistas que quedan en nuestras instituciones, ni la impunidad de un Régimen “atado y bien atado” que dice que en la Izquierda tenemos rencor. ¿Cómo va a ser rencor querer saber donde llorar a un padre? ¿Cómo va a ser rencor pedir que un país democrático se retiren condecoraciones a torturadores de una dictadura? Hay víctimas de Billy el Niño que si se pasan una parada de metro en Madrid se encuentran de frente con su verdugo. ¿Cómo va a ser rencor pedir que nadie y menos las víctimas puedan vivir sin miedo? Quizá lo que asusta es que no es rencor sino todo lo contrario. Que lo único que puede mover a las familias a una lucha de tan triste recompensa como es la de buscar los restos de un ser querido, solo puede ser el amor. Solo es amor. Y el amor se abre paso. Si no es por la justicia será una cuestión de tiempo. Hoy mientras los restos del dictador volaban en helicóptero sobre Madrid, otro helicóptero llegaba desde Valencia con una pequeña incubadora donde viajaba la sobrina de mi compañero el fotógrafo Dani Gago. A esa niña le pondrán contar que en un día cómo hoy dos helicópteros sobrevolaban Madrid y cada uno con un mensaje; el de la España caduca que nos heló el corazón y la de la esperanza, la justicia, el amor y la memoria.

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25 de octubre de 2019 - 09:51 h

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